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Mara no vota

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Mara es una gallega de 19 años a quien el Tribunal Constitucional ha ratificado la imposibilidad de ejercer su derecho al voto por incapacidad intelectual. La joven, síndrome de Down, fue sometida a un examen de conocimiento político por parte de un juzgado de primera instancia quien, una vez constatadas las respuestas, decidió privarla de expresar en las urnas su opinión política. Al parecer, como Mara, hay otras 100.000 personas en esta misma situación en España. 100.000 compatriotas que, a pesar de poder desear participar en la vida política de la manera más cargada de simbolismo, no lo pueden hacer por impedimento legal.

Desgraciadamente, no he tenido modo de acceder al tipo de examen (imagino que estandarizado) previsto para estos casos pues me habría gustado conocer qué nota habría yo sacado. En cualquier caso, me alegro de que las autoridades no se planteen validar mi capacidad para contribuir a orientar el sentido ideológico de los gobiernos que tendremos porque yo soy de los que no faltan nunca a las citas electorales.

mara3Por otro lado, esta mala noticia para 100.000 españoles me ha dado que pensar un poco más. ¿Y si, a la vista de los desastrosos resultados electorales para los factores del Sistema (Brexit, Trump, Podemos, secesionistas catalanes, colombianos opuestos a la paz con las FARC, etc.), el propio Sistema se encargara de negarles el voto? Los mandamases del orden establecido se comprometerían a hacer público acto de contrición, a prometer devolverle el poder al pueblo pero a través de un sufragio restringido y merecido por todos aquéllos a los que se permitiera votar.

Gente cultivada, autónoma en sus decisiones, en condiciones de cambiar el sentido de su voto tras analizar los resultados de los gobiernos que se sucedieran, que acreditara no ser telespectadora de basura ni perder el tiempo en Internet. Gente que conociera al dedillo la Constitución Española y que supiera, incluso, quiénes participaron en la redacción de la Carta de los Derechos Humanos. Gente que aprobara el examen de marras (que se habría generalizado y vuelto más difícil). Gente que dispusiera de su carnet de votante autorizado.

No me acuerdo de qué politólogo dijo en su día que, para cada coyuntura problemática dada, nunca habría más de un millón de personas en codiciones de optar por la solución más sensata. A veces (las menos) esa población bastaba para que la totalidad de su pueblo saliera adelante pero lo normal es que sus mejores y más cabales deseos fueran preteridos por la errada solución motivada por la mayoría.

mara2Si esa minoría hubiese sido la triunfante en el pasado, la Humanidad no habría avanzado dando los extremados tumbos que ha dado hasta la fecha. Las revoluciones habrían sido menos y menos sangrientas. Las restauraciones menos y menos sanguinarias. Menos rebeldes se habrían convertido en tiranos y menos tiranos habrían desencadenado inanes rebeldías.

Platón llamó a este sistema censitario epistocracia, el poder en manos de una aristocracia intelectual y moral, volcada en obrar por el bien común. Y yo, aunque no pudiera sacarme el carnet de votante a la primera, lo seguiría intentando una y otra vez.

Sin embargo, considero que este remedio sería, tal y como están hoy las cosas, peor que la enfermedad. Las masas de nuncavotantes, de hinchavotantes (aquéllos que son de un partido político como lo son de un equipo de fútbol) y de contravotantes serían acaudilladas por un salvapatrias que propiciaría la celebración de un referendum que entronaría definitivamente a estas nuestras democracias incapaces de conseguir que los pueblos se tomen en serio la política para seguirle impidiendo a Mara y a otros 100.000 españoles más que ejerzan su derecho a voto.

Factor humano

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Ahora que se nos viene encima lo que se antoja un auténtico desembarco de robots de todo tipo a precios cada vez más al alcance de cualquiera parece oportuno suscitar una pequeña reflexión al respecto que trascienda el entusiasmo o el rechazo apresurados a cuya tentación pudiéramos sucumbir.

factor2El robot se inscribe en la esperable evolución que experimentaron las primeras herramientas que inventó el ser humano para conseguir llevar a cabo las más diversas tareas con más rapidez, menor esfuerzo y mejores resultados. Primero fue, pues, el útil, luego llegó la máquina, que permitió multiplicar el factor cantidad, y ahora se empieza a generalizar el autómata, que no es sino una máquina más autónoma, diríamos que dotada de una capacidad de autodiagnóstico e iniciativa casi humanas.

A lo largo de miles de años, pues, hemos venido comprobando cómo, de la misma manera que el hombre ha sido capaz de ahorrarse muchas penalidades y transformar más y mejor el entorno a su antojo, se ha ido progresivamente desvinculando de la autoría, de la paternidad, de la responsabilidad directa de todo los producido o transformado a través de estos medios cada vez más sofisticados.

Paralelamente, ha ido tomando cuerpo una cada vez mayor especialización en los procesos de creación, perfeccionamiento y reparación de todos estos inertes sirvientes. Estos útiles han sido pergeñados por el ser humano pero, con el paso del tiempo y debido a la progresiva sofisticacion de sus mecanismos, cada vez menos individuos son capaces de idear, comprender, reparar o mejorar este género de ayudantes.

Paradójicamente, cuanto más son capaces de asistir estas herramientas y máquinas más o menos autónomas al ser humano, menos está éste en condiciones de sentirse como verdadero autor de todo lo que consigue a través de ellas. Pero es que, además, la comodidad y la facilidad con la que alcanza sus propósitos mediante gestos cada vez más sencillos lo priva de la capacidad de apreciar lo que supondría tener que ejecutar todo el trabajo ahorrado.

factor3Parece claro que el uso sistemático de maquinaria cada vez más operativa priva al hombre de crecer intelectual y moralmente a través de la cultura del esfuerzo o de conocer de primera mano las materias originales y los demás seres vivos que comparten su mundo. A partir de un determinado nivel de desempeño, estos inventos tan aparentemente interesantes no implican a la larga sino una atrofia física y mental de las capacidades de Homo sapiens sapiens, su progresiva enajenación con respecto al entorno en el que surgió y con el que interaccionó de primera mano.

Sin querer entrar en las consecuencias que este proceso imparable acarreará en lo que respecta a la destrucción de millones de puestos de trabajo y ante la previsible siguiente fase del desarrollo de estos robots (mejorarse ellos mismos pensando mucho más eficiente y rápidamente de lo que lo haría un simple ser humano), me pregunto a qué se dedicarán las masas de los tiempos futuros: ¿acaso se convertirán en el ganado criado por unos poderosos detentores del aparente control de sus máquinas pensantes? ¿En qué invertirán su tiempo? ¿A qué se dedicarán al margen de activar los mecanismos de respuesta de sus artificiales lacayos?

No me gustaría asistir al espectáculo de una humanidad asistida permanentemente por máquinas, divirtiéndose indefinidamente en gigantescos parques temáticos, habiendo dimitido de aquello que le puede evitar este desolador "final feliz": pensar, ser curiosa, hacer.

Maniquí

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Tras el segundo gol que nos metieron el otro día los ingleses, su autor decidió celebrarlo quedándose por unos instantes petrificado en una postura divertida a la vez que desafiante. El comentarista glosó la iniciativa diciendo que no hacía sino reproducir una moda que se había vuelto epidémica en las redes sociales. Desde ese día hasta el momento en que me pongo a escribir estas líneas, no cesan los ejemplos de este tipo con los que me topo en los distintos canales de comunicación audiovisual que frecuento. Gentes de toda clase y con la única condición de disponer de un "teléfono inteligente" se entregan ya a esta práctica con la inmediata voluntad de difundir sus particulares composiciones a amigos, conocidos y "seguidores". En algunos casos, "el maniquí" llega, incluso, a ser masivo. Sospecho que esta posibilidad lo hace todavía más interesante.

maniqui2Hoy, no parecería más que soy de los pocos que todavía no se han atrevido a seguir esta tendencia al menos una vez. Pero ya les puedo asegurar de que no es por no disponer de un "teléfono inteligente".

Y es que, en primer lugar, tengo que reconocer que soy bastante reacio a agregarme a las muchedumbres y que me pueden llegar a dar miedo muchos hombres y mujeres haciendo o pensando lo mismo a la vez y ello por mucho que yo pueda compartir ese pensar o ese hacer.

En segundo lugar y en relación más directa con el fenómeno que nos ocupa, creo que su plasmación es sintomática de algunas características específicas de la "sociedad conectada" que conocemos. 

Por un lado está la voluntad de dotar de mayor duración al instante artificialmente prolongado mientras se aguanta una postura. Esta ficción obedecería al deseo de oponerse de alguna manera a la fugacidad de la rutina. Sería un modo de dar a entender que no estamos satisfechos de la velocidad a la que se precipitan nuestras vidas. Una captura del presente, del tiempo que huye. Por ahí, nos inscribimos en la historia de una de las más nobles y legítimas aspiraciones de los individuos: permanecer en su propio recuerdo y en el de quienes los sucederán.

maniqui3Por otro lado subyace la reivindicación de lo estático frente a la supremacía del movimiento en nuestra sociedad. Me gustaría creer, a este respecto, que podría, incluso, tratarse de sugerir un correlato del texto. El texto está constituido por elementos estáticos por mucho que éstos puedan evocar imágenes o pensamientos en movimiento. Esta consideración me conduce también a juzgar como positiva la moda en cuestión.

Ocurre, sin embargo, que lo que está circulando por todo el mundo no son instantáneas robadas que puedan apuntar a lo que Ortega llamaba la "Intrahistoria de los pueblos" que puedan dar cuenta de cómo éramos a principios del siglo XXI sino a unos posados que no persiguen, en el mejor de los casos, más que proyectar cómo nos gustaría que esas instantáneas robadas nos sorprendieran. Un modo de rechazar lo que podemos aparentar ser para proyectarnos en una imagen más consonante con aquélla con la que nos gustaría que los demás nos asociaran.

Una parte del "progreso" reciente nos separa progresivamente de la verdad, de la realidad, de lo que somos, de donde venimos, de la tierra. Nosotros, en vez de rebelarnos contra ese alienante y deprimente destino, decidimos subirnos a su carro en el consuelo de que nuestra obscena imbecilidad compartida nos la pueda hacer más soportable. Al fin y al cabo, ¿acaso no somos la generación más "guay"?

 

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