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Lugares de LNMO para perderse en verano

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Los integrantes de la familia de LA NOCHE MÁS OSCURA os muestran algunos lugares en el mundo en los que perderos este verano. Quién sabe si acudiréis a alguno de ellos y, por suerte o por desgracia, encontraréis la huella de alguno de ellos. Alguna de las sugerencias podrían acarrear consecuencias nocivas para vuestra salud, física o mental:

viajefresno9La palma (de mi mano). El lugar de Mercado Navas

El otro día cayó entre mis manos uno de los suplementos de El País: El Viajero. Fotografías con una definición y un contraste increíbles (superiores a los que percibo con mis propios ojos) y una apabullante y exhaustiva propuesta de actividades. Experiencias para todos los gustos y de todos los formatos imaginables.

Tuve la agobiante sensación de que no queda nada por inventar, por descubrir ni por hacer en el ámbito de una de las más pujantes industrias de nuestro tiempo: el turismo. No nos engañemos: por muy exclusivo y original que pueda parecer un plan, considero que, desde el preciso momento en que se trata de algo confeccionado por otro para que lo disfrute (y lo pague) un tercero, éste último se convierte en un consumidor más, perdiendo su posible condición de viajero por la más venial de turista.

De modo que la única forma que he encontrado de poder leer un poquito durante cada desayuno dicho suplemento ha debido pasar por la íntima convicción de que no compraría ninguna de las ofertas ni me propondría conocer buena parte de los destinos sugeridos, que imagino ya irreversiblemente masificados.

De hecho, es probable que frecuente cada vez menos mis paraísos lejanos particulares pues, víctimas de sus encantos, están siendo cada vez más elegidos por turistas y viajeros. Me tendré que orientar hacia lugares con atractivos más discretos pero igualmente sugerentes. Algo así como los protagonistas de las fotografías de Bleda y Rosa.

Pero como esta colaboración no deja de ser un encargo y como uno tiene a bien cumplir con lo que de aceptable le mandan, les voy a hablar de un sitio al que viajo a pie frecuentemente en compañía de mi perro. Y digo bien viajo porque este esparcimiento cotidiano me ayuda a abstraerme en la contemplación minuciosa de la naturaleza en su tránsito por las distintas estaciones del año.

Así que, si Vds. se avienen a utilizar Google Maps, la finca La Zarzuela del Monte, situada en el término municipal de Alalpardo-Valdeolmos, constituye en buena medida el primer retazo de soto mediterráneo-continental que interrumpe el predominio de la estepa cerealística al Este-Nordeste de la Comunidad de Madrid. Está recorrido por el arroyo Calderón, que suele llevar agua de octubre a mayo. Esta circunstancia posibilita la existencia de un bosquecillo de ribera poblado por fresnos, chopos, sauces, madreselvas y zarzales. Aquí y allá, en el curso medio del arroyo, hay pozas que se me antojan artesianas pues llevan agua todo el año. El pequeño valle por el que discurre el Calderón se va ensanchando a medida que apunta hacia la confluencia con el Jarama. Agüitas arriba, el soto se espesa y se convierte en prieto bosque de encinas.

El ecosistema es refugio de toda suerte de rapaces, alimañas y sus presas. En época de caza, más vale no merodear la zona los martes, jueves y fines de semana. Durante la veda, podremos cruzarnos, muy de vez en cuando y al albur de las temporadas, con algún que otro recolector de setas y espárragos. Gente poco habladora y celosa de los lugares donde creen haber encontrado una exclusividad que sólo yo les permito imaginar.

Les ruego me permitan esta inmodestia pero es que son ya 35 años de viaje, siete de ellos con mi can, algo que me ha permitido considerar el entorno desde otra perspectiva, más animal.

Si algún día se les ocurre dar una vuelta por ahí, sean respetuosos y vayan con cuidado. Al fin y al cabo, estarán Vds. caminando por la palma de mi mano.

viajetombuctu5Tombuctú, Mali. El lugar de Benny del Paso.

Los cruces de caminos alojan nuestras ánimas y nos guardan de nuestros demonios. En una de las puertas del desierto al Sahara, junto al río Niger, en las profundidades de un país, Mali, se erigió la ciudad de Tombuctú. En ella reina el círculo del conocimiento, guardianes del saber e historia escrita de los pueblos africanos y árabes que confluyeron, en algún momento de su historia, en este cruce de caminos. Arte y saber, transmitido y cedido durante siglos por los viajeros y mercaderes que llegaron a la ciudad de la luz divina.

viajeraina6La calle Raiña. El lugar de Daniel Prieto.

La calle Raíña, en donde tuve el privilegio de vivir unos años, es una vetusta arteria de la zona vieja de Santiago de Compostela, esa ciudad universitaria concebida para disfrute de los funcionarios. Innumerables bohemios vivieron allí antes y otros vivirán después. Desde mi ventana veía la catedral, esa maravilla pétrea románica y ominosa. Prisciliano de Ávila nos contemplaba cada noche desde su sepulcro. Una ciudad levítica erigida gracias a una mentira que los trovadores de la lírica galego-portuguesa ya denunciaron con encono en su momento. Los suevos, el Batallón literario, el Pórtico de la Gloria, los muertos de la Quintana... todo quedaba a un paso de nuesto hogar. Le habíamos alquilado aquel infecto piso a un mantrimonio de ancianos que estaban forrados pero que vivían como en la posguerra. Él era mutilado de guerra y cantaba en el coro de la Catedral. Lo oíamos ensayar a veces, descojonándonos de aquella voz beata que nos reclamaba hatsa el último céntimo de las facturas. Su hijo era médico y había sido alcalde de un pueblo cercano. Cagaban dinero, aquellos viejos. Tenían cuatrocientos pisos en Santiago. Pero comían leche mezclada con maíz, las papas de la guerra. Era asqueroso aquel olor, inundando las escaleras. Era un edificio de tres pisos. En el primero nuestros entrañables caseros, en el segundo dos chavalitas a las que espiábamos a ver si las veíamos en bragas y en el tercero mi compañero Samuel y yo. Era un lugar deprimente y maravilloso a la vez en el que llegamos a acoger al propio Andrés Calamaro en una noche memorable de la que él probablemente no se acuerde ni de coña, tras su apoteósico concierto en sui época de Honestidad brutal, probablemente su mejor disco. Manoliño y su coma etílico, bolsas llenas de cazadoras vomitadas del Hospital Xeral, lavados de estómago, coitos fugaces con preciosas caribeñas... muchas historias guardan aquellas cuatro paredes desvencijadas. Teníamos un brasero y una vez nos bebimos una botella de Larios a pelo porque no habíamos compradro refrescos. Juventud, divino tesoro. Esa misma noche descubrí que Samuel era alérgico a los porros; estuvo varias horas temblando sobre un barreño que iba acogiendo sus vómitos... pensé en llamar en serio a un médico pero él me lo impidió en el último momento. Inyecciones de vitamina B12 en el hospital. Muchas viviencias... como aquel día que hicimos lentejas, les escupimos, e invitamos a comer a Moncho, que dijo que estaban riquísimas... Si os pasáis por la Raíña recordad que somos inmortales. Que Samuel y yo estaremos con vosotros mientras bebéis los vinos del bar Coruña, del Central, del Trébol o del Orense... y cuidado con los tigres.

viajetunez7Túnez. El lugar de Lorens Gil.


Muchas son las familias europeas que han optado por este destino de vacaciones durante los últimos años. Descubrir este lugar es conocer un enclave estratégico en la cuenca mediterránea para civilizaciones romanas e islámicas a lo largo de la historia.

Esta afluencia de turismo ha quedado sin embargo paralizada desde los atentados de 2015, suceso a partir del cual los tour operadores dejaron de ofertar este destino.

El panorama a día de hoy es ‘desalentador’. Y lo digo entre comillas porque hoy es el día en el que cuando aterrizas, los taxistas no están en la puerta del aeropuerto a la caza, ni se percibe el ‘acoso al turista’.

Este es el mejor momento para visitarlo en su estado más intenso y real, conociendo la sencillez y el calor de sus gentes, los aromas de sus mercados, el calor de sus playas.  

El argumento terrorista no es sino una excusa socialmente aceptada y extendida por los medios de prensa para cortar una tendencia turística con un incremento progresivo de los precios en el país que si comienza de nuevo se reajustará a la baja. A fín de cuentas, a día de hoy no estamos más a salvo de un ataque terrorista en los países europeos de origen.

viajemalo2Saint-Maló. El lugar de María G. Antúnez.

Ciudad que vio nacer a los corsarios franceses más ilustres, como Jacques Cartier o Robert Surcouf, bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial y reconstruida fielmente después, Saint-Malo es mi lugar favorito de todos los que he visitado. Daría lo que fuera por pasear ahora mismo por su muralla mientras veo una de las mareas más altas de Europa y, por supuesto, me como una galette bretonne.

Desde este año, gracias al tren de alta velocidad, Saint-Malo se encuentra a solo dos horas y cuarto de París. Un aliciente más para visitar una de las mayores joyas de la costa Esmeralda. Recomendación: disfrutar desde sus playas de los fuegos artificiales del 14 de julio es una experiencia que hay que vivir una vez en la vida. No imagino una postal mejor.

viajeromaEl cielo romano. El lugar de García Cardiel.

Si tuviera que escoger un lugar en el mundo para pasar un solo día, ese sería, sin lugar a dudas, Roma. Qué original, dirán ustedes. Pues no, no mucho, pero qué le vamos a hacer, tampoco es mi intención aparentar. Quizá más de uno se haya dado cuenta del énfasis en ese “un solo día”. Estoy seguro de que quienes lean esto y hayan estado en Roma, en la maravillosa y caótica ciudad eterna, lo comprenderán.

Pero si hay un sitio de Roma en el que me quedaría toda la vida, con una compañía apropiada, se entiende, ese es el Gianicolo. El Gianicolo, o Janículo como lo llamaban los antiguos romanos y continuamos denominándolo los de mi ralea, es un monte que separa el Vaticano y el Trastévere, y que por tanto queda frente al Campo de Marte, al otro lado del Tíber. ¿El Campo de Marte, dije? Me refiero a la zona del Campo de’ Fiori y la Piazza Navona, para entendernos. Lo recorre un agradable paseo ajardinado, bastante empinado bien es cierto en sus dos extremos, pero que merece la pena recorrerse sin prisas. Entre las esculturas y monumentos dedicados a los partisanos y a los luchadores por la independencia hispanoamericana puede uno contemplar las mejores vistas de Roma. Puede uno recrearse en la romántica decadencia de sus ruinas y edificios sin verse subsumido en las riadas de turistas y en el tráfico enloquecido de la ciudad. Puede uno respirar Roma, y acaso alguno de los que me lean me entienda, sin tener que enfrentarse a la otra Roma. No me extraña que César hospedara a Cleopatra precisamente aquí.

Quizá alguno de ustedes conozca el Gianicolo. Para los que no, se lo recomiendo. No dirán que no les doy una excusa para volver a Roma. Regresar a Roma una y otra vez me parece un objetivo vital tan bueno como cualquier otro.

viajejapon4Japón... El lugar de Estela de Mingo.

Lo primero que me encuentro cuando llego a Japón después de 18 horas de viaje es lo que menos me hubiera esperado encontrar: avería en la línea de tren Yamamote, la principal de la ciudad, la que me tiene que llevar a mi hotel.

En Japón no se estropea jamás el transporte público y tiene que hacerlo justo el día en el que necesito usarlo yo.

Inmediatamente nos dimos cuenta de que no había el mayor problema. Hordas de japoneses bien educados estaban dispuestos a ayudarnos. Una chica busca el hotel en su ordenador, nos imprime un mapa, nos señala una parada de metro y nos dice que cojamos el metro que va a llegar en 2 minutos a la estación del aeropuerto y nos bajemos en la séptima parada.

Dicho y hecho, llegamos al hotel sin la menor complicación.

Fue nuestro primer contacto con el país y con la extraordinaria cultura japonesa, donde la buena educación está a la orden del día, traduciéndose, entre otras cosas, en ayuda a los turistas que miran el plano del metro de Tokyo con cara de póker.

Teníamos 13 días por delante para empaparnos de esa cultura que, en ningún momento, dejó de sorprendernos.

La total despreocupación por dejar (valiosos) objetos personales sin vigilancia y a la vista de todo el mundo, sabiendo que cuando vuelvas a por ellos van a seguir allí.

La meticulosidad con la que hacen fila esperando el tren, para luego entrar tranquilamente en orden de llegada al andén.

La facilidad para esquivar cualquier contacto físico, incluso en el paso de cebra más transitado del mundo.

La absoluta puntualidad del transporte público, que hace que moverse por todo el país sea un juego de niños.

La mezcla de la modernidad que se respira en Tokyo, con sus rascacielos, su zona financiera, sus centros comerciales, sus tiendas caras, el manga, el anime, los videojuegos, los Cosplay, los Rockabillies...Con la tradición que irradia Kyoto, con sus miles de templos que bien merecen una visita, sus calles antiguas, el barrio de las gheisas, sus habitantes luciendo kimono...Sin olvidarnos de la increible naturaleza que envuelve todos estos lugares, que alcanza su máximo esplendor en los alrededores del Monte Fuji.

Solo llevas unas horas cuando ya te han atrapado con su cultura. De repente te encuentras despreocupada por llevar la mochila abierta a la espalda, preguntando si a alguien se le ha caído el dinero que te acabas de encontrar en el suelo, haciendo una pequeña reverencia al conductor del autobús que te agradece tu viaje cuando te bajas...

Todo lo que te envuelve te hace sentir como si hubieras viajado a otra dimensión, que esta sociedad de la que te encuentras rodeada es ficticia. Hasta ver la tele es una experiencia increíble en ese país.

Japón no defrauda. Japón te deja con ganas de más. Aún no te has ido cuando ya estás deseando volver.

viajeauvers8Auvers-sur-Oise. El lugar de Bonifacio Singh.

Voy a hablaros de un lugar al que todavía no he ido, pero por el que apareceré este verano. El que quiera podrá encontrarme por allí durante la segunda semana de agosto de este año. Iré hasta allí buscando el trigal con cuervos y las tumbas, una al lado de la otra, de Vincent y Theo. Subiré hacia el norte en mi Delorean hasta alcanzar el norte de París, recorriendo una vez más ese país en el que me encuentro como en casa. Una vez visité Amsterdam y en el Museo Van Gogh pude ver una foto estampada en la pared que retrataba los dos lechos eternos de los hermanos Van Gogh. Leí después su historia, de cómo Theo, el personaje oscuro y no famoso de la familia, había muerto poco después que su hermano, quizás a causa de la tristeza. Allí cerca, Vincent desarrolló sus últimos meses de frenética vida, de locura o de cordura máxima, quién sabe, pintando entre otros ese cuadro que siempre he sentido muy cerca. Vincent vivió como un indigente con el casi único apoyo de su hermano, de cerca y en la distancia. Nunca, ni después de muertos se separaron. Viajaré armado con las cartas que se enviaban y con las películas sobre su vida de Tavernier y Pialat. Acamparemos cerca de sus huesos, y Francia me hará respirar como cada verano, me dará un empujón para intentar mantener el tipo, de pié. Un consejo para todos: coged un coche y cruzad los Pirineos sin rumbo ni alojamiento fijo. Yo llevo realizándolo, casi religiosamente, las dos últimas décadas. Y creo que ya no podré dejar de hacerlo.

De París a jamais (para siempre)

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Tuve la suerte de conocerla en una clase de la escuela L’étoile, una de las academias más vetustas y baratas de todo París. Los grifos nunca cerraban del todo, la sala multimedia sólo comprendía una máquina de café y un ordenador Windows XP, y las fotocopias de la profesora estaban hechas con Wordart. Sí, se podría decir que estudié francés en uno de los establecimientos más crípticos del barrio de Saint-Germain-des-Prés.

Ya ha pasado algo más de un año, pero aún recuerdo como si fuera ayer mis trayectos diarios hasta Sèvres Babylone, las largas esperas para coger el RER en un momento de alerta terrorista y jamais2las evacuaciones debidas a los paquetes sospechosos. Para más inri, el primer día de clase me perdí. Nada nuevo bajo el cielo de París.

Podía haberme sentado en cualquier sitio, pero me puse a su lado. Me dijo que era italiana, el resto eran alemanas y estadounidenses. Se trataba de una clase especial para chicas au pair, una “profesión” en la que me vi envuelta por aquello de vivir la experiencia y limpiar culos de hijos ajenos. Y, aunque suene contradictorio, fue una gran decisión.

Se llamaba Laura y venía de la costa este de Italia, de una ciudad llamada Pesaro que, he de reconocer, no había oído en mi vida. Al acabar la clase, intercambiamos nuestros teléfonos para quedar y conocer juntas la ciudad de las luces. Pasaron los días y nuestra lista de sitios visitados empezó a aumentar. La casa de Nissim de Camondo, Notre-Dame, la rue Mouffetard, la place des Vosges, el Panteón, el Louvre, Orsay, l’Orangerie… En definitiva, lugares que sabían a crêpes, galettes, pains au chocolat y risas, muchas risas.

Cuando mi camino a Sèvres Babylone se convirtió en rutina y ya me había habituado a las clases de Florence, la profesora más dicharachera que he tenido, se acabó mi sueño francés. Recuerdo perfectamente el día en el que me despedí entre lágrimas de Laura en la estación de la Garenne-Colombes, con un abrazo y la promesa de vernos pronto.

Lo que cuento podría parecer ficción, pero en la ciudad de los enamorados no puse candados ni corazones, sino que encontré a una de las mejores amigas que se puede tener, uno de los lugares más especiales de este mundo. Vivimos en una época en la que las relaciones son superfluas, líquidas que diría Bauman, la amistad poco importa y se supedita al amor romántico, y las personas viven sumergidas en sus smartphones. Así es difícil, por no decir imposible, encontrar a alguien con quien poder contar más allá de una red social. El Whatsapp ayuda, y los audios interminables son cada vez más frecuentes, pero en nuestro caso son tan sólo una herramienta para paliar los casi 2.000 kilómetros que nos separan.

Nueve meses después de nuestra despedida, un tiempo eterno -y, si no, que se lo pregunten a una embarazada-, Laura me estaba esperando en el aeropuerto de Bolonia para irnos hacia Pesaro, la que es, según reza un cartel a su entrada, la ciudad jamais3de la música y de la bicicleta. Volvieron las risas, aunque esta vez acompañadas de gelati, pizze y piadine.

Nunca había estado en una ciudad costera italiana. Me sorprendieron las personas que cruzaban descalzas la carretera para ir a comprar un helado, las bolas de diferentes sabores sobre un brioche y lo poco fría que estaba el agua del mar Adriático. Pero en Pesaro, además de lucir cuerpazo en la playa, descubrí una preciosa sinagoga escondida en la zona judía del centro de la ciudad y conocí la casa en la que nació Rossini, ambientada por supuesto con El barbero de Sevilla en bucle. De músico a pintor, fuimos a Urbino y visitamos la casa de Rafael, el palacio ducal del famoso señor a una nariz pegado y subimos las interminables cuestas de la ciudad hasta llegar a un mirador desde el que pudimos contemplar la majestuosidad que rezuma Italia por cada rincón.

Para maravilla, Gradara, una ciudad dantesca. No quiero decir espantosa, sino que en su castillo-fortaleza medieval tuvieron lugar las aventuras narradas en el Canto V de la Divina Comedia. Sus paredes, y sobre todo su famosa trampilla, fueron testigos de la historia de amor y desdicha de Paolo y Francesca. Allí, recorrí la “passeggiata degli innamorati”, uno de los lugares más bellos a los que llevar a un hombre. jamais4De vuelta a Pesaro, pasamos por Fiorenzuela di Focara, un pequeño pueblo pintoresco cercano al mar.

Mi estancia llegó a su fin y visitamos Bolonia antes de volver a España. Me quedé con las ganas de ver a Neptuno, que estaba de reformas, pero disfruté durante unas horas del centro y, sobre todo, de la basílica de San Stefano, conocida por tener cuatro iglesias en una. Si algo me decepcionó fue el Duomo, feo si se compara con cualquier catedral italiana.

En el aeropuerto, acabé de nuevo abrazada a Laura, pero con la sensación de que nos volveríamos a ver pronto. ¿Próxima parada? Los escenarios de los libros de Zafón, su escritor favorito. Ella nunca ha visitado España y yo aún no he ido a Barcelona. Además, quiero llevarla a conocer el Prado, la Plaza Mayor y el barrio de las letras. Esta vez tocarán los bocadillos de calamares, de tortilla de patatas o de jamón.

Ninguno de los sitios que visitemos será tan importante como nuestra amistad, el mejor lugar al que volver. Pero de algo estoy segura: siempre nos quedará París.

Djemma El-Fnaa: la jauría humana

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En el balcón de enfrente de mi casa puedo ver a una mujer tendiendo la ropa enfundada en una túnica negra que casi no deja que se le va la cara. Cojo el metro rumbo al aeropuerto. Mi Ryanair (gracias, Dios de los aviones baratos) sale hacia el sur con puntualidad prusiana. El paisaje desde la ventanilla del avión no parece un desierto. Es bastante verde, con plantaciones suficientes para dar de comer a una buena cantidad de comehierbas, no parece estar en medio de un desierto. Descendemos. Se me taponan algo los oídos, incluso el izquierdo me pega un pitido que debe ser porque algún hijoputa se acuerda en este momento de mi en la península Ibérica.

Desciendo por la escalera y me dejan en mitad de la pista. Accedo a unas instalaciones con ligero aroma a urinario (pis  y caca mezclado con alcantarilla reseca), como en los antiguos estadios de fútbol. Llego hasta una garita. Entrego mi pasaporte y una hojita de papel que da detalles sobre mi estancia a un hombre gordo moreno vestido con un traje pasado de moda en todo occidente. El tío charla con otro también trajeado sobre unas fotos que están viendo en el móvil, entre risas. Se monta cola. Mira mi documentación. Me dice algo. No lo entiendo. Balbucea, sigo sin entenderlo. Mi acompañante cree que el tío quiere que yo escriba algo más en la casilla de “profesión”, que sólo pone una palabra que no comprende. Cuando viajamos a Cuba puse que era tornero fresador, debí escribir aquí lo mismo. Escribo lo primero que se me viene a la cabeza y me deja pasar.

fnaa4Una maraña de taxistas, taxistas entre comillas, me ofrecen sus servicios. Seguimos camino hacia la parada del autobús, donde uno de estos conductores regatea precios aun dándose cuenta de que no le hago ni puto caso. Le pregunto que si allí para el número 19, y me dice que sí y adivina que no hay nada que rascar, pero insiste una última vez.

Hace calor en el autobús. Veo muchas motos y bicis conduciendo cómo y dónde buenamente pueden. Tardamos poco rato en llegar a la parada de Jema El Fnaa, al lado de La Kutubia. Nos bajamos. Es mi primer contacto con la jauría humana. Me ofrecen taxis y alguno hachís. Me siento observado. Caminamos hasta la plaza. Es mediodía y hay poca gente, sólo vendedores de zumo y encantadores de serpientes agilipolladas. Tomamos la calle que nos indica google, pero está equivocada. Un tipo consigue pegarse a nosotros y nos lleva hasta el Riad, que se encontraba a mano derecha en vez de a izquierda como decía el puto mapa. El pobre hombre nos ve cara de no dar dinero y se marcha.

Detrás de una pequeña puerta en un callejón está el riad donde nos alojamos. Nos recibe un chico simpático, que nos ofrece un te y explica las excursiones (que no vamos a hacer) que pueden realizarse en los alrededores. Subimos a una habitación que es como un oasis. Los gruesos muros, como los de las casas antiguas de pueblo, aíslan del calor (mantiene temperatura constante) y del run run ensordecedor exterior de la jauría humana.

Caminamos por calles estrechas o muy estrechas a un paso de ser atropellados por motos, bicicletas o carros tirados por mugrientos burros conducidos por hombres muy abrigados para la temperatura reinante a velocidades de gran premio y que, milagrosamente, ni nos rozan. Continúo sintiéndome observado, desnudado por miles de ojos. Todo el mundo me chista para intentar venderme desde hachís hasta su cuerpo. Sondean mi indefinida nacionalidad preguntando a voces. Yo ni les miro, sólo digo el latiguillo del que ya no me separaré en cuatro días: “no, megsí”, que repetiré como un mantra unos cuantos miles de veces para zafarme de toda la jauría humana que trata de venderme su vida o de avasallarme para sacarme un puñado de dirhams.

Llama la atención la copiosa ropa que esta gente lleva puesta a una temperatura que ronda los treinta y cinco grados. Y no van abrigados para lucir moda prêt-á-porter, porque la mayoría de las chaquetas de plástico imitación al cuero están raídas y bajo las gruesas desgastadas chilabas se les transparentan los gayumbos negros chinos Kalvin Clein. También me escama que el noventa por ciento de los caminantes son hombres. Las mujeres, si es que lo son, porque van tapadas la mayoría de pies a cabeza con túnicas para intentar resultar indiseables sexualmente (aunque las moras antes de engordar una tonelada suelen estar muy buenas) y por ello un hombre podría perfectamente pasar por mujer, viven ocultas al gran público. Tampoco hay excesivos niños por la calle, y bebés prácticamente ninguno, a pesar de que la tasa de procreación (o fornicio con fecundación) es, al menos en las estadísticas, muy alta.

En cuatro días sólo vi un perro. Gatos, en su mayoría escuálidos y curiosamente muy sucios (algo raro, porque es un animal extremadamente limpio), unos cuantos, pero no tantos como cuentan los viajeros. Pues sí, solamente vi un perro. Una especie de pastor alemán cruzado con galgo o algo así que descansaba, o estaba muerto, sobre la acera de delante de la mezquita de La Kutubia. En medio del ruido ensordecedor del tráfico el animal dormía, temporal o eternamente, recostado contra el suelo, sin inmutarse y aparentemente confiado de no ser pisado u atropellado. Nos paramos un instante para ver si respiraba, pero pudimos dar fe de que lo hiciese. Nadie le hacía caso. ¿Dónde están los perros en Marrakech? Los musulmanes no comen cerdo, pero podría ser que lo sustituyeran por perro al horno.



Regresamos al riad por la tarde para descansar antes de salir a cenar. Llamamos a la puerta y nos abrió otro recepcionista diferente, Abdel. Charlamos un rato. Nos ofreció también un té con menta. No suelo tomar más de un té o un café al día, porque si no no duermo por la noche, pero esta vez hice una excepción. Charlábamos animadamente los tres cuando, con un hábil cambio de tema, Abdel se puso a impartirnos una charla sobre el aceite de Argán. Ya sabíamos la historia, pero escuchamos su relato haciéndonos los educados (que no lo somos, claro). Saltaron mis alarmas cuando comenzó a elogiar una tienda donde vendían el mejor aceite que pudiéramos imaginarnos. Aderezó todo ello con una rocambolesca anécdota en la que un amigo suyo egipcio le descubrió el maravilloso establecimiento durante una visita a la ciudad.

Pellizco la pierna de mi acompañante disimuladamente, para que corte el rollo, porque llevábamos ya media hora con Abdel, pero ella no me hace caso y le da carrete haciéndose la buena niña (que no, que no lo es, en absoluto). Ella trata de cambiar de tema elogiando los vasos en los que nos han servido el té, y entonces el animado recepcionista se descuelga con: “yo puedo conseguirte unos vasos baratos, a Euro el vaso”. Hago ademán levantarme adornándome con un falso bostezo, y Abdel me dice, sin que se lo pidamos, que nos acompañará a la tienda del aceite de Argán maravilloso. Qué hijoputa.

La comida es extremadamente barata. No acostumbramos a acudir a restaurantes, pero aquí es posible hacerlo sin que te despeluchen. Desde la terraza de uno observamos cómo la jauría humana sale de sus madrigueras por la noche a meter ruido a Jemma El Fnaa (no Fnac, Fnaa). La plaza en cuestión parece un volcán en erupción, con fumarolas de humo de fritanga y estruendosos ritmos impelidos por grupos de percusionistas desperdigados en un informe caos.

Paseamos sin rumbo por el lugar. Un tipo me acerca a la cara una pobre culebra que parece muerta o aterrada. Otro trata de que me siente en su chiringuito restaurante. Otro trata de que me haga una foto con su mono disfrazado de Cristiano Ronaldo. Me preguntan mil veces por mi nacionalidad y mi ciudad. A algunos les soy sincero e inmediatamente se declaran admiradores del Real Madrid como excusa para venderme un bolso, un farol, hachís o su propio cuerpo.

Nos desviamos en plena noche hacia una de las tortuosas calles. Allí parece que somos los únicos con tez blanca de los que pasean, lo que nos sitúa como blanco, más si cabe, de todas las miradas y voces. Tratan de vendernos mil veces objetos imposibles, comida, hachís o su propio cuerpo varios cientos de personas. Me llaman la atención una anciana y una mujer con dos niños pequeños que piden limosna en dos puntos diferentes, y a las que hace horas hemos visto en la misma postura en el mismo lugar haciendo lo mismo (y volveremos a encontrarlas a cualquier hora del día o de la noche allí, inamovibles). Fatigados de evitar ventas y motos en gran premio callejero nos retiramos al riad.

El desayuno del establecimiento hotelero es abundante y rico. Y dos pajarillos se suben a la mesa y picotean las migas en incluso los bollos sin apenas timidez. Nos cuentan que son “de allí”, que todas las mañanas entran, por sistema, a desayunar. Uno de ellos, inconfundible, tiene un hilo anudado a una pata. Otro, más chiquitillo, una mancha gris en el pico. Les han colocado un cuenco de metal con agua en el centro del patio para que beban y se bañen. Viven bien estos dos pájaros.

fnaa2Las chicas que hacen las tareas del riad son serviciales y amables, pero a mi no me miran casi a la cara, sonríen hacia el suelo. Apenas nos hablan, a nosotros sólo se dirigen dando palique los dos recepcionistas. Iassud, el más joven es muy amable y no nos persigue, al contrario que Abdel, algo más mayor. Cuando salimos de nuevo por la puerta nos alcanza e interroga sobre hacia dónde vamos. Nos insiste en que al día siguiente nos acompañará a la tienda de los cojones del aceite de Argán. Yo propongo a mi acompañante evitarlo, aunque ella es mucho menos hija de puta que  yo y sé que no será capaz de ser algo grosera o de hacerle notar que no vamos a ser tan gilipollas como para comprar lo que él nos diga.

La escala social en Jemma El Fnaa (o como coño se escriba) es piramidal. En la cúspide, el poder absoluto, Dios vivo, está el rey Mohammed VI, única imagen decorativa figurativa permitida (en fotos de dudoso gusto que adorman casi cualquier sitio). Más abajo, los hombres, raza masculina. Por debajo, los guiris, machos y hembras, estas últimas deseables sexualmente o no. En la base de la pirámide, en lo más bajo, al mismo nivel, mujeres autóctonas (raza femenina), negros subsaharianos, serpientes, monos, gatos, caballos. Cuando Mohammed VI llegó al poder reformó la constitución impidiendo, al menos sobre el papel, los casamientos forzosos y que las mujeres solteras tuvieran que someterse a la autoridad de su padre o de su hermano mayor. En las tiendas ninguna mujer despacha, sólo hombres, un manojo de pollas vendedoras de cuero, telas, faroles, minerales, hachís o sus propios cuerpos.

Tomamos una mañana dirección hacia los zocos. Una maraña impenetrable de calles estrechas en las que todo el mundo trata de venderte algo. Un laberinto. Tratamos de caminar hacia el norte rumbo a la Madrasa de Yousseff, una antigua escuela coránica en la que 900 personas vivían apiñadas en 100 pequeñas habitaciones aprendiendo que hacer con sus vidas y las de los demás a través de los preceptos del Corán. Conseguir un rumbo fijo es muy difícil para el profano en el lugar. Hablaba con mi inocente acompañante de cómo llegar a la madrasa cuando un tipo en moto nos escucha, frena en seco y nos invita a seguirle. Hijoputa. No le hacemos ni caso, pero él sigue como si fuera nuestro guía oficial. Nos desespera con sus gritos y ademanes, nos entristece, aturde y finalmente nos enfada. No hay ni forma de despistarle. Le hago una seña. Lo agarro del hombro y le digo, en mi macarrónico francés y con mi puta sonrisa falsa en la boca: “no quiero ofenderte, pero no quiero guía, sólo pasear tranquilo, ti compgand?. Me contesta: “sí, pero tengo que echar gasolina a la moto”. Saco tres dirham de mi bolsillo, se los doy y el tío me echa una mirada de asco. Le digo adiós con la mano mandándole a tomar por culo inequívocamente. Un rato más tarde nos lo volvemos a encontrar, y nos llama a voces “amigossss”, invitándonos a entrar en una tienda en la que venden cuero, faroles, agua, e imagino que hachís y sus cuerpos. Le saludo con una sonrisa y gesto de “qué coñazo eres”, me entiende y finge ponerse serio.

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Buscamos el zoco de los tintoreros entre el laberinto de calles y cuerpos, porque a mi acompañante se le ha metido en el chocho que tiene que verlo. Nos desviamos por una calleja y un tipo nos dice que no pueden pasar occidentales. Cuando me doy la vuelta, me encuentro a mi espalda con dos halcones comiendo carne sobre unos palos en la puerta de una tienda. Los dos paran de comer un segundo y me miran. Quiero soltarlos. Quiero soltarlos. Quiero soltarlos. Finalmente un tío vestido con una sucia chilaba grisácea nos escucha comentar y resulta que nos dice que estamos en la puerta del zoco de los tintoreros. Entramos. Mi acompañante le da conversación. Mal asunto. Nos descuelgan mil y un trapos a precios no baratos. Le digo que mañana volvemos, la típica mentira piadosa, y finge creerme. Regresamos hacia Jemma El Fnaa.
Comemos varias veces en el mismo restaurante, Tubkal, en una esquina del placerío. Los camareros son gente amable, casi las únicas personas que no tratan de comerte la oreja en medio de toda la maraña. En una de las comidas nos sentamos al borde de la terraza, junto a la calle, y una recua de vendedores de tabaco, de gafas, de pañuelos de papel, de hachís y de su propio cuerpo nos ofrecen constantemente sus productos. Todo el mundo debe ganarse, y no parece que muy fácilmente, el sustento.

A determinadas horas, de las mezquitas salen cantos llamando a la oración. No los recitan los moecines tradicionales, sino que se nota que son cintas de cassette pregrabadas con alaridos no muy acompasados. En las puertas de las mezquitas puede verse a mujeres con niños pequeños pidiendo limosna. Los cánticos suben de tono y se repiten hacia el horizonte por las diversas mezquitas configurando una amalgama de sonidos indescifrables, más parecidos al grito de los Morloch, esa raza tan magnífica del futuro, llamando a trabajar y a merendarse a los Siloy que cantos religiosos.

fnaa5Observamos, desde la terraza del Café de France, como la jauría humana entra en ebullición sobre Jemma El Fnaa. Se dejan llevar por el mantra de sonidos informes y por el olor a carnuza requemada. Bajamos cuando terminamos nuestros zumos, porque Djemma El Fnaa (o como leches se escriba) es sólo para abstemios, y varias mujeres, o al menos eso parece que son, tratan de vendernos horribles falsos tatuajes de henna. Recomiendan que ni las mires ni te acerques, porque si lo haces te cojen la mano, te pintan sin permiso y si no les das algún dirham se ponen farrucas (o farrucos, porque puede que bajo las túnicas haya hombres o mujeres).

Un tipo barbudo pasea con su mujer, embozada en una especie de burka, de la mano por la plaza. ¿Eso no era un sacrilegio? Regateamos con un vendedor de bolsos. Me dice: “no estoy regateando contigo, sólo con tu mujer”. Ella cede y le paga unos pocos dirham más de lo que yo hubiera hecho.  A él se le ve satisfecho. Luego ella me echa la culpa de haber pagado de más, la muy zorra, acto que repite varias veces con otros objetos absurdos que queremos comprar. Yo quiero agenciarme un farol. Entro en una tienda. El tipo me dice que vale 50 dirham el que quiero. Le digo que no. Me dice que cuánto quiero pagar, le digo que 10. Me dice que ni hablar, le digo que máximo 15. Me hace ademán de que me vaya de la tienda. Otro tipo fuera me escucha comentarlo y me ofrece uno por 20 Dirham. Le digo que no, que 10. Entonces me mira como si fuera un semejante de verdad y me dice que no puede ser tan barato, de verdad, que no gana casi nada con ello, que lo comprenda. La mirada y la voz, sinceras, me ablandan, y le doy los 20, abusivos, dirham, por el puto farol. Me siento satisfecho por sentir “el resplandor” al menos en una persona de todas las que me he cruzado en esta ciudad.

Desayunamos. Abdel nos sonríe y nos agasaja. Nos cuenta que al día siguiente no nos verá porque tiene el día libre, que luego se despedirá de nosotros y nos acompañará un rato. No le hemos invitado a acompañarnos, claro. Cuando pasamos por recepción no hay nadie. Le hago una seña a mi amiguita y salimos a la calle evitando el encuentro. Le digo que demos un rodeo, pero ella, confiada, se niega, porque además hace mucho calor y ella para caminar es más vaga que el brazo de Espinete. Error. Cuando andamos en dirección al sur a paso de fascista, Abdel nos alcanza como alma que lleva el diablo. Charlamos con él de camino. Llegamos al palacio-museo al que queremos entrar, pero Abdel se pone muy pesado con que vayamos a la tienda de los cojones del aciete de argán. Me rindo ante él y ante mi acompañante, que no puede negarse ni ser borde. Llegamos a la tienda, entramos y Abdel se despide tras dos minutos confiando en que las dependientas con su habitual labia y chantaje emocional nos hagan comprar. Pero yo les digo que ahora no queremos cargar con cosas y salimos escopetados. Ellas se dan perfecta cuenta de que somos unos hijos de puta, pero se quedan con la esperanza, vana, de que no les estemos mintiendo y volvamos.

Entramos al Palacio de la Bahía, que fue propiedad en el siglo XIX de un hombre poderoso, un tal Bu Ahmed apodado “el hombre tronco”. El tipo estaba al parecer muy gordo, y era famoso porque vomitaba la comida, en plan bulímico como algunas de nuestras amigas, para luego poder volver a comer. Cuentan que era un puto gordo despreciable. Luego bajamos hacia la kasbah, aplatanados por el calor, hacia las tumbas saadíes, el camposanto misterioso oculto a los occidentales que descubrieron por casualidad dos oficiales franceses en medio del laberinto de calles. Volvemos a Jemma El Fnna (o como coño se diga) por la avenida donde aparcan los taxis, que huele toda ella a pis humano soltado sobre los muros, y que termina en la avenida de los coches de caballos de alquiler, que huele que apesta toda a pis de caballo deshidratado pero que, milagrosa y misteriosamente, no se encuentra llena de heces (mierdas) de caballo.

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Salimos del riad y, saltando de bar en bar y de zoco en zoco para amortiguar el calor, esperamos a que llegue la hora de nuestro regreso al aeropuerto. Atravesamos por última vez la multitud que nos ofrece bolsos, tabaco, taxis, hachís, fotos con un mono (disfrazado en esta ocasión Messi) y sus propios cuerpos. Tomamos de nuevo el autobús 19. El calor me pega al asiento. El autobús da un rodeo por la zona nueva de la ciudad,  compuesta por avenidas polvorientas con tráfico incesante. A las afueras se encuentran los hoteles de lujo. En el aeropuerto se finge seguridad extrema y nos hacen rellenar de nuevo una hojita de papel con chorradas.

No encontramos, por ninguna parte, odaliscas bailando la danza del vientre. Eso sí, si bebes agua del grifo dicen que puede que hagas bastante de vientre (del idem). En todo caso, nosotros nos bebimos en los puestos ambulantes unos zumos muy ricos sin envasar y aquí estamos, y sin necesidad de cagar a todo trapo después.

En la sala de embarque charlamos con una pareja jovencita, él calvete alto rapado y ella con tetas visiblemente gordas y hermosas, que nos cuentan que sólo han salido del hotel un día tras pasar mucho susto esa única mañana en la plaza y los zocos durante la que un tipo les ha comido la oreja diciéndoles que había vivido en Barcelona, les ha llevado a diversas tiendas perdidas de la mano de Dios, “creíamos que nos iban a atracar”, nos cuentan.... y luego una tatuadora de henna la ha pintado la mano a la fuerza y la ha cobrado, y varios vendedores se les han puesto farrucos e insultantes.... total, que se han pasado los días en la piscina y en el jacuzzi del hotel. Nosotros, a su edad, no podíamos venir a follar a Marrakech, no teníamos dinero más que para fornicar en nuestras propias casas en ausencia de nuestros padres y en aparcamientos cuando caía la noche.

Espero no haber ofendido a nadie en este texto, lo digo irónicamente, claro. Jemma El Fnaa, o como coño se escriba, la jauría humana.


lanochemasoscura