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Morrison Hotel (2ª parte): Hard Rock Café

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Al cruzar el umbral de aquel tugurio me encontré con un ambiente muy distinto del que se podía presagiar por su fachada. A pesar de que todo el mundo fumaba sin descanso, el aire que se respiraba era muy puro, refrescante incluso. Un viento ligero y sibilino cabalgaba por encima del libertinaje y el descontrol que allí se mascaban. El amplio espectro de individuos que se concentraba en apenas unos metros cuadrados se arropaba en torno a decorados construidos a base de troncos, hojas secas y piedras, bajo un techo de un azul intenso recortado por nubes de algodón. Aunque había mucha gente en la barra, conseguí hacerme un hueco para solicitar mi primer trago.

-Eh, chico, ¿sabes conducirte por ti mismo? –me asaltó la camarera, una chica de labios sensuales, enormes ojos y pálida como la ceniza, antes de que yo pudiese abrir la boca.
-Claro que sí, nunca suelto las manos del volante ni separo la vista de la carretera –le contesté con un tono que me salió bastante forzado, con el ánimo de parecer seguro y resuelto.
-¿Vienes a pasar un buen rato?
-Eso espero.
-Pues si estás con fuerzas, aquí puedes rodar toda la noche, rodar y rodar toda la noche. Solo tienes que tomártelo con calma, dejarte llevar y disfrutar. ¿Lo pillas?
-Si tú lo dices…
-Así te lo digo, aunque ten en cuenta que el futuro es incierto y el final siempre está cerca. ¿Qué va a ser?
-Me levanté esta mañana con una cerveza y creo que ahora tomaré otra. Gracias, guapa. Me voy a dar un rulo por ahí.

hardrock2Avancé hacia el interior del local hasta un gran neón en forma de sol que estaba apagado en esos momentos. Varios clientes, hombres y mujeres bastante jóvenes con el torso desnudo, se encontraban de pie frente a él, junto a unas tumbonas vacías y muy desgastadas. Daba la impresión de que llevaban allí desde el principio de los tiempos, esperando que ocurriese algo, con el rostro en pose de éxtasis. Yo me figuré que confiaban en que el luminoso se encendiera de una vez para liquidar una larga noche de incontroladas experiencias sensoriales y poder reconfortarse con su calor.

Por debajo de la puerta del servicio cercano, profusamente forrada con margaritas y amapolas naturales colgadas boca abajo por multitud de pinzas, salía agua a raudales, pero a nadie parecía importarle. Todo lo contrario. El reguero se remansaba en una esquina del garito donde llegaba a cubrir hasta la rodilla. Varias parejas jugaban a mojarse empujando el agua con el pie. Pronto me contagié de su diversión y me descubrí chapoteando con saltos cada vez más acelerados.

-¡¡Esta es la noche más extraña que he conocido!! –grite súbitamente, sin poder reprimir las palabras y sin conocer exactamente su significado ni la oportunidad de pronunciarlas ante todos esos desconocidos. Una ola de fraternidad se desató entre la concurrencia.
-¡¡Sííííííí!! –respondieron ellos—. Y continuación, todos juntos: ¡¡La primavera ha llegado!! ¡¡La primavera ha llegado!! ¡¡La primavera ha llegado!!

Después se quedaron callados y dirigieron de nuevo sus miradas hacia el sol de neón, que seguía sin brillar. Cuando se cansaron fueron a sentarse a las hamacas con la vista puesta en el luminoso. Me acordé de Pam. ¿Qué estaría haciendo en la habitación del hotel? Conociendo sus impredecibles reacciones podría estar quemando las cortinas o algo peor. Quién sabe. Deseé que estuviera allí conmigo, en medio de aquella expectación compartida. ¡Oh Pam, sigo sin saber qué es lo que salió mal entre nosotros! Realmente te quiero de verdad; te necesito, nena. Dios sabe que es así, porque no soy lo suficientemente real sin ti...

hardrock5De alguna manera, todo lo que estaba ocurriendo en aquel inquietante café resultaba como una ensoñación, un plano paralelo, una dimensión diferente, un suceso virtual. ¡Yo qué coños sé! Es una sensación que he tenido en muchas ocasiones. En ausencia de ella me siento un espectador entre las sombras, una marioneta con los pasos bien aprendidos, un jinete sobre un potro manso y sin rumbo, una estrella mortecina en el firmamento de los vivos. Estuve a punto de salir corriendo del bar y cruzar la calle para subir de dos en dos los escalones de su corazón, para decirle “te necesito, nena; realmente te necesito, es cierto”. Porque no soy lo suficiente real sin ella. Es la que me vuelves real. “Solo tú, nena, tienes ese atractivo. Déjame, por favor, deslizarme en tu tierno y profundo mar. Hazme sentir, amor. Libérame”.

No sé cuánto tiempo pudieron enredar aquellas ideas mi cerebro. Puede que fuese mucho. Tampoco tengo noción de haber salido del local con el propósito de visitar a Pam, ni de haber regresado a la barra para pedir otra cerveza. Entonces me puse a dar vueltas frenéticamente, poseído por una danza telúrica, girando y girando, como si quisiera taladrar la tierra para encontrar el magma de la vida. Giré y giré hasta desvanecerme de cansancio, embriagado de dolor y pasión.

El siguiente recuerdo me sitúa en una de las hamacas, con el rictus desencajado al notar el tacto de un líquido denso y viscoso en mis pies descalzos. El color y el olor no dejaban duda. Era sangre. Pero, ¿de quién? ¿Cómo había llegado allí? Mucha sangre, un río de sangre que brotaba del mismo rincón donde antes había agua. Me estaba subiendo a la altura de los tobillos cuando alguien susurró por detrás: “Hay sangre en las calles de Chicago. Yo vengo de allí”. Volví la cabeza, pero mi informante se había esfumado. El torrente crecía, camino de mis rodillas. Otra voz dijo: “Hay manchas de sangre en los tejados y en las palmeras de Venecia”. Repetí la operación de girarme. No descubrí a nadie.

hardrock4Por un pequeño ventanuco se colaba un rayo de sol color sangre, la sangre de la fantástica ciudad de Los Ángeles. Durante un breve instante asomó la cara de Pam, con la luz marcando un fuerte destello sobre su pelirroja cabellera. Después hizo un guiño y se alejó. La aparición no pasó desapercibida para las mujeres que deambulaban por el café. Todas se pusieron a llorar sin excepción cuando mi chica se evaporó. El llanto colectivo generó un río de lágrimas que se mezcló con el torrente de sangre hasta diluir complemente su tonalidad y convertirse en una masa traslúcida. De repente se presentó la camarera, subió a una silla y se agarró a una lámpara con sorprendente agilidad. Tomó impulso y empezó a columpiarse como si estuviese en un trapecio, por encima de las cabezas de los parroquianos, que seguían absortos sus movimientos. Llevaba un diminuto pantalón corto vaquero que marcaba bien su culo y mostraba unas bonitas piernas. El silencio se apoderó de la estancia, quizá en espera de que la espontánea se arrojase a la concurrencia como en un colchón. No fue así. La delgada chica de labios voluptuosos y piel de ceniza se colgó boca abajo, sosteniéndose por las corvas y continuó balanceándose mientras bramaba: “¡¡¡Genteeeeeee, la sangre es la rosa de nuestra misteriosa unión, no la desaprovechéis!!! Los clientes interpretaron la consigna como una invitación a beber el fluido que antes había sido colorado y que ahora estimulaba una especie de comunión universal, por lo que arrojaron lo que les quedaba de su bebida y llenaron sus copas con el brebaje, como si fueran cálices. Entre brindis, vítores y abrazos, todos apuraron el elixir hasta la última gota, justo antes de que retumbase un gran estruendo. La pálida camarera de grandes ojos se había soltado de la lámpara para precipitarse hacia el suelo, donde se quedó posada, en una postura que recordaba a una rana a punto de pegar un salto.

Tras el mismo cristal por donde había aparecido fugazmente el semblante de Pam, de su espíritu o de lo que quiera que fuese aquella epifanía, empezó a percibirse un resplandor cada vez más brillante. Algunos se acercaron a mirar. “¡Fuego, fuego, el barrio está ardiendo, el barrio está ardiendo!”, chillaron. Unos cuantos nos arremolinamos tras ellos, mientras otros salieron a la calle para corroborar el aviso. “¡Es verdad, es verdad, hay llamas por todos los lados! ¿Cómo es posible, cómo es posible?”, se preguntaban con creciente histrionismo.

En medio del monumental desconcierto me dio por pensar que hacía unas horas que ya estábamos en domingo, un domingo que se convirtió en el más triste de mi vida desde que empecé a albergar un presentimiento: Pam podría ser la causante de aquel siniestro. Por segunda vez aquella noche la imaginé detrás de las cortinas, escondiéndose de mí, pero esperándome al mismo tiempo, con una vela en la mano. Oh sí, mi chica es mía, ella es el mundo, ella es mi chica. Sí, me espera.

hardrock3A pesar del manto de pánico que se había extendido por el local, logré acurrucarme en un oasis mental preparatorio para el fin. Los pensamientos salían disparados. “La raza humana se está muriendo”, “no queda nadie para gritar y llorar”, “hay gente caminando sobre la luna”, “la niebla nos cogerá muy pronto”, “espero que nuestro pequeño mundo sobreviva”... Las letanías se repetían una y otra vez, aislando mi alma y mi cuerpo de todo cuanto me rodeaba, pese a que las llamaradas tocaban a la puerta con insistencia, el calor y el humo eran insoportables y el griterío, ensordecedor.

Cuando todo parecía perdido se oyó un murmullo desde la trastienda. Nos congregamos ante la barra para escuchar mejor y poco a poco el mensaje se fue haciendo más nítido. ¡El barco de los locos, el barco de los locos, suban a bordo. Vamos, vamos, podrán dejarlo todo atrás. El barco de los locos, el barco de los locos. Sí, he conseguido una granja para ti. Adelante, adelante”, exclamaba. Al fin vimos al tipo, grande, enorme, con poblados bigotes, vestido como el maestro de ceremonias de un circo y con un cartel colgado de una cadena de oro en el que se podía leer su nombre: Mr. Goodtrips.

¡Vamos, adentro todos. No os precipitéis, hay sitio para todos. El barco de los locos, el barco de los locos, el barco de los locos!

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Morrison Hotel

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Con la mano derecha abierta, como el que se dispone a estampar una mosca desprevenida, hice sonar varias veces el timbre sobre el destartalado mostrador, hasta que apareció un individuo con cara de pocos amigos. Seguramente había interrumpido bruscamente su holganza en algún sucio jergón de la trastienda, oculta por aquellas desgastadas cortinas de incierto color marrón. En esos momentos, por la escalera lateral bajaba con gran parsimonia un hombre no muy mayor, aunque prematuramente envejecido, con pinta de vagabundo. Llegó hasta la puerta del establecimiento abstraído en su mundo, sin mirarnos ni pronunciar palabra, y salió a la calle con una bolsa de papel vacía. El recepcionista tampoco le hizo el menor caso.

- Qué hay –esputó con desgana.
- Hola, buenos días. Quería saber si le queda alguna habitación libre para tres noches.
- A 4 dólares, con baño compartido. Documentación…
- ¿No le queda ninguna de 2,5? El cartel de fuera dice que tienen ese precio.
- Lo que dice es “a partir de…” No sabe leer o qué.
- Está bien, está bien.

morrison2Mientras buscaba en la mochila el carné de conducir, la única acreditación que podía exhibir, a pesar de que llevaba más de tres años sin tocar un vehículo, empezó a sonar con fuerza el traqueteo metálico de una furgoneta que estaba aparcando en la acera de South Hope Street, enfrente del hostal. Por el reflejo de la vidriera que había detrás de la repisa comprobé que se trataba de una vieja Volkswagen de la que salieron cinco jóvenes acompañados de una chica muy atractiva. Cruzaron la calle armando cierto alboroto, a paso ligero, comportándose con desenfado hasta que entraron. Todo indicaba que iban guiados por una clara determinación.

- Te lo dije, Jim. Es perfecto –dijo uno de los chicos, con gafas redondas y melena rubia.
- Desde luego, un gran lugar para planear un crimen o empezar una religión –contestó su amigo, también con pelo largo, moreno, y una penetrante mirada cargada de insolencia.

En el hall preguntaron al empleado si podían tomar unas fotos. El tipo les miró de arriba abajo y de izquierda a derecha con indisimulada displicencia hasta que soltó una drástica negativa.

- Aquí no se pueden tirar fotos. Ya os estáis largando.
- Pero bueno, ¿y eso? Solo son unas fotos. Acabamos rápido –espetó el que llevaba la cámara colgando del cuello.
- Déjalo Henry, menudo antro de mala muerte –terció otro que lucía grandes bigotes unidos a las patillas.
- Verás, no vamos a romper nada, ni hacer nada malo. De verdad. Solo que a mi amigo le hizo gracia el albergue, porque se llama igual que él. Solo eso. Es un recuerdo sin importancia.
- Que os larguéis. Los dueños no están y yo no os voy a dar permiso sin su consentimiento –argumentó el encargado con un rictus que empezaba a resultar agresivo.
- Oye, a ver si aprendes algo de educación –respondió el de la melena rubia.
- Vale, Ray. Tiene razón. No está autorizado. A lo mejor podemos volver otro día –intervino la chica del grupo.

Observé la escena sin ser advertido, sentado en un decrépito sofá que estaba pegado al escaparate. De repente sonó como un chorro cayendo desde arriba. Entonces, alcé la vista al mismo tiempo que el recepcionista, que no daba crédito, como yo, a lo que estaba pasando. El origen era un tío con aspecto de lunático, cuya desnudez cubría únicamente un holgado gabán, que estaba meando por el hueco de la escalera, como si de su picha brotase algún tipo de maná redentor.

-Yo os bendigo en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo. Amén –imprecó el tarado.

morrison6Con un tremendo bufido el encargado salió del mostrador como una centella y corrió a su encuentro subiendo los escalones de tres en tres. Al comprender sus intenciones el loco giró sobre sí mismo y desapareció por el pasillo, repitiendo una y otra vez “yo os bendigo”, “yo os bendigo”…

- Chicos, esta es la nuestra –alertó el fotógrafo–. ¡Vamos, vamos! Antes de que baje. No tenemos mucho tiempo. Poneos en el sofá, mirando hacia la calle. Yo voy fuera.

Como un silencioso resorte, desalojé el lugar en que me encontraba con suma discreción y me situé cerca de la chica, que observaba divertida la escena. Como la persiana estaba medio echada, la iluminación era algo deficiente. Al de la cámara no le importó. Desde la calle empezó a hacer señas para el que chico moreno, el que llevaba una camisa blanca sin cuello, se situase en el medio, con las manos en los bolsillos. Los dos con barba se pusieron detrás, a derecha a izquierda, éste último con las manos apoyadas en un respaldo. El rubio de las gafas redondas con trazas de intelectual prefirió quedarse de medio lado, con el brazo extendido encima de la cabecera. A pesar de las circunstancias, un tanto cómicas, todos adoptaron una pose excesivamente seria al exhibir sus ensimismados semblantes, como si hubiesen sido transformados en inquietantes maniquíes.

La sesión duró poco. Enseguida rompieron la composición y abandonaron el local apresuradamente. En menos de un minuto, la furgoneta que les trajo zumbaba de nuevo por la avenida, a la que me asomé instintivamente. Tenía cierta curiosidad por adivinar a dónde podrían encaminarse con tan humilde botín. El vehículo se dirigía al oeste, rumbo a la autovía de Santa Mónica, quizás hacia la playa o al campus de la Universidad de California.

morrison4Regresé al hotel. Debido a las extrañas interrupciones de la mañana, aún no me habían asignado ningún aposento. Cuando al fin bajó el de la recepción, me pregunté de qué manera habría ajustado cuentas con el escatológico huésped. Sin hacer el más mínimo comentario sobre el incidente, rebuscó en el cajón y me entregó una llave con un cordón y una chapa en la que estaba grabado el número 112, apenas perceptible.

Estuve deambulando en busca de mi habitación por el angosto pasillo de la primera planta. Las descoloridas telas estampadas que forraban sus paredes iban conformando una suerte de túnel que incursionaba hacia una dimensión crecientemente irreal. Ninguna entrada estaba identificada. Ya me lo había advertido el chico de la recepción. Para orientarme hacia mi destino me explicó que tenía que contar 11 puertas a partir del rellano de la escalera y que la siguiente sería la que me correspondía. Para no equivocarme fui desplegando un dedo por cada una que iba dejando atrás. Cuando terminé con las dos manos me detuve. Más allá de la siguiente puerta un recodo cambiaba la dirección del pasillo. Me aproximé hasta él, pero a partir de esa posición había tal oscuridad que no se podía percibir nada. Tampoco encontré ningún interruptor para iluminar el tramo. Avancé a tientas, siguiendo el tabique con las palmas y dando pasos muy cortos. Al cabo de un rato no pude encontrar ninguna habitación más, por lo que volví a la zona con visibilidad, retrocediendo hasta la última puerta por la que había pasado antes.

morrison3Como me sentía fatigado, recosté mi espalda sobre ella. Sin querer, apoyé el codo en el picaporte hasta que éste cedió lentamente y dejó el paso libre. La repentina apertura me hizo perder el equilibrio y caer en el interior de la estancia. Desde suelo, a la altura de mis ojos, pude observar unos zapatos rojos muy lustrosos que giraban y giraban sin cesar, siguiendo de forma desacompasada una clásica pieza de rocanrol que una mujer de mediana edad y larga melena rubia tarareaba como perdida en un bucle. El brillo del calzado contrastaba con su pobre vestido de campesina. Al fondo, junto a una chimenea sin fuego y sin leña, un anciano de piel curtida, cubierto de algas y con una diminuta coleta para recoger sus exiguos pelos canos apuraba una botella de cerveza tras otra con la atención puesta en la ventana, desde donde se dominaba una suave colina.

-¿Quieres estarte quieta de una puta vez? Jodida Maggie, me tienes harto. Bájate a la ciudad y déjame en paz. ¿Es que no se puede emborrachar uno a gusto en esta casa? Mierda de tía. Te voy a desheredar. Así nadie querrá follar contigo. Ni siquiera esa escoria que tienes ahí tirada bajo tus pies.

Al reparar en mi presencia la mujer dejó de dar vueltas, se sentó a horcajadas sobre mí y empezó a restregar su sexo sobre el bulto que empezaba a crecer entre mis piernas. Cuando la tuvo a punto, bajó la cremallera del pantalón, metió la mano por la abertura y empezó a masturbarme toscamente hasta que me corrí en la ropa. Luego pegó un salto para incorporarse, me tendió su brazo con intención de levantarme y tiró de mí con ansias de salir de allí. Justo después de cerrar se escuchó el fuerte crujido de una botella estampándose contra la puerta.

Avanzamos por el corredor hasta la siguiente habitación. Íbamos cogidos de la mano, sudorosos y excitados. Por debajo de la puerta asomaba un intenso resplandor. Maggie se situó enfrente, la abrió de un puntapié, me empujó dentro, dio un sonoro portazo y no supe nada más de ella. Me encontraba ante un extenso y yermo paraje bañado por un sol cegador, pero hospitalario. Caminé en busca de una sombra y al cabo de un rato la encontré tras una gran roca cuya forma recordaba vagamente a una pipa. Fue cuando ocurrió algo inaudito. Aquella chica navaja con la que compartí una abrasadora semana cinco años atrás se encontraba ante mí, como una milagrosa aparición, tan sensual y deseable como siempre. Quise pronunciar la frase que tanto repetí teniéndola en mis brazos. Quise decirle “te amo más que a nada, mucho más que a cualquier otra que haya conocido en el verano indio”… No pude hacerlo, porque selló mis labios con su boca y me deslizó con su lengua un trozo de vegetal cubierto de una fina pelusilla cuyo amargo sabor al masticarlo supe identificar rápidamente.

La placidez de aquel viaje, dulce como una caricia, sinuoso como las marcas de un campo de cereal recién segado, no duró mucho. O tal vez sí. ¿Quién puede medir el tiempo? Todo terminó con unos brutales golpes en la pared del cuarto contiguo.

- Sé que estás ahí, James Douglas, lo sé bien. A mí no me engañas –los gritos retumbaron por todo el edificio.
- ¿Pamela? Esos chillidos son inconfundibles.
- Síííí, Pamela Susan Courson. ¿Qué pasa?
- ¿Cómo has llegado a este hotelucho? ¿Qué haces en la otra habitación?
- ¿Oír cómo te follas a esa puta india?
- No estábamos haciendo nada. Solo peinábamos nuestros cabellos con el susurro del viento.
- Métete tus versos mierderos por el puto culo, cabronazo.
- Amor, solo era eso, amor. Solo era eso, amor. Tú eres mi princesa, mi verdadera reina de la carretera. Te comportas como una tigresa, pero en realidad estás ciega.
- Ciego te voy a dejar yo a ti, monstruo de cuero negro. Te voy a sacar los ojos y se los voy a dar de comer a tus amigos los cuervos. Negros como tú, negros…

morrison5Las voces se replegaron hasta bien entrada la noche. El sofoco nos sumió en un agitado duermevela en el que no hubo más palabras ni reproches. El estruendo del camión de la basura batiendo la calle de madrugada dio inicio al segundo asalto, mucho más apacible, después de introducirme por el agujero de la pared y aparecer en su habitación como el genio de la lámpara maravillosa.

- ¿Por qué me vigilas, Pam?
- Porque me has contagiado tu mierda poética. Porque conozco aquel sueño que tuviste. Porque conozco la palabra que esperas oír. Porque conozco tu miedo más profundo y tu secreto.
- ¿De verdad?
- De verdad. Soy una espía en la casa del amor. Lo sé todo. Todo lo que haces. Los lugares a los que vas. Todos a quien conoces.
- Pam, quiero contarte algo. Mi abuela se enamoró de un marinero que navegó por el mar helado. El abuelo fue aquel ballenero que me puso sobre sus rodillas y me dijo: “Hijo, me estoy volviendo loco de vivir en tierra firme. Tengo que encontrar a mis compañeros y andar por tierras extranjeras”. Ese anciano era agraciado. Tenía una sonrisa de plata, fumaba en pipa de brezo y caminaba cuatro millas por el campo, cantando canciones de hermanas sombrías y de la libertad de antaño, canciones de amor y canciones de muerte. Canciones que liberan a los hombres. Tenía tres barcos, sesenta hombres y muchos puertos aún por arribar. Decía: “Estaré en el mástil, dejando soplar los vientos del norte hasta que la mitad de nosotros muera”. También solía recitar esto: “Cuando tenga en mis manos un billete de un dólar, compraré una botella y beberé hasta saciarme. Si tengo en mis manos uno de cinco, irá para la viva piel de esa chica. Cuando tenga en mis manos uno de dos, volveré a casa para casarme contigo. Casarme contigo, casarme contigo”.

Pam se quedó callada durante un largo espacio de tiempo. Me levanté de la cama y fui al lavabo. Me había entrado una náusea repentina. Refresqué mi nuca con agua y crucé la estancia hasta la ventana. Al separar la cortina, me percaté de un luminoso de neón, al final de la manzana, que anunciaba “Cocktails” junto a la entraba de un garito de fachada roja que se hacía llamar Hard Rock Cafe.

CONTINUARÁ…

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Laika rolling stone

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Tras varias jornadas de navegación a buen ritmo sin incidentes reseñables, durante la travesía de regreso a la Tierra, cruzando el cinturón de radiación de Van Halen, poco antes de entrar en la órbita baja del planeta, una estruendosa colisión desvió ligeramente la trayectoria de la nave de prospección Collie Power C360. Ningún miembro de la tripulación podía explicarse cómo aquel objeto pudo haber burlado todos los sistemas de detección hasta impactar en la zona de almacenamiento. laika2Por fortuna, los desperfectos causados fueron leves. Así lo detallaron los operarios de guardia que acudieron a inspeccionar. La brecha abierta en el fuselaje del sector AZ3P, a tan solo 300 metros del motor auxiliar de retropropulsión, no afectó a los espacios colindantes. Las consecuencias podrían haber sido fatales y, sin embargo, la misión acariciaba la vuelta a casa con la única novedad de haberse tragado algún resto de basura cósmica.

A los miembros del equipo de mantenimiento les costó acceder hasta el lugar donde se había incrustado lo que parecía una vieja cápsula espacial, quizá de las primeras que fueron enviadas por la humanidad más allá de la atmósfera terrestre. Era lo poco que se podía adivinar de un artilugio de forma aparentemente cónica, aunque apenas reconocible. Posiblemente, una reliquia de alto valor histórico.

Bajo esta hipótesis estuvieron trabajando durante tres meses, con el máximo celo y la mayor discreción, los equipos multidisciplinares del Clúster de Recuperación del Patrimonio Científico-Técnico de la Corporación Firuláis, beneficiaria del hallazgo. Los expertos concluyeron finalmente, no sin apasionados debates y encontrados argumentos basados en discordantes conjeturas, que las partes rescatadas podrían corresponder a la Sputnik 2, a la que se suponía desintegrada desde hacía 265 años, concretamente 162 días después de su lanzamiento con una incauta perrita callejera a bordo.

laika3Después de una meticulosa restauración, la nave fue vendida al Museo Perkins & Perkins de la ciudad de Totalitaria, en la Demarcación H12 de los Estados Sumergidos Coaligados (ESC). Solo una parte quedó en poder del consorcio aeroespacial que la descubrió, la correspondiente a la caja blindada con el módulo de comunicaciones. Milagrosamente, las cintas magnéticas que registraron el sonido ambiente durante los cuatro días en los que Laika —o Kudryavka, su verdadero nombre en ruso antiguo— permaneció viva, girando como un canto rodante orbital, lamentándose del engaño al que había sucumbido por su imperdonable confianza en los bípedos, aún conservaban su imprimación de hierro y cromo.

Corporación Firuláis, una de las pocas compañías de Región Cabal en alcanzar la paridad de especie entre humanos y perros, tanto en puestos directivos como subalternos, reunió a todos sus informáticos para actualizar su propio software de traducción del aullido perruno al español preguasal, ambos totalmente en desuso. La mala calidad del sonido no impidió obtener el siguiente resultado. Varios investigadores creen que se trata del presunto itinerario emocional de una odisea canina sin precedentes:

Mar de notas meciendo el silencio
entre áridos destellos de nada y de todo.
Soy una prolongación del ser universal
que espera la llegada del tiempo.

El tiempo doblado sobre sí mismo
en retorcida postura,
en el filo de los planes secuenciales
que construyen el castillo de la vanidad
y el deseo.

Sucumbo a la fatalidad
de asomarme al espejo
y recibir una mirada vacía
que no quiere más preguntas
hasta que no mueran las últimas respuestas.

Alguien, algunos, muchos o todos
me señalaron.
Un cruce de voluntades,
remando con osadía y futilidad
hasta acercarse al cogote de dios
y seccionar sus melenas flotantes.

Qué vano anhelo,
qué incapacidad para entender las cartas
y el juego.

Ahora me coloco la armadura
de la permanente reencarnación,
volando sin batir las alas,
soñando sin vencer resistencias,
hasta caer en la vigilia eterna.

Cuando asomo el hocico
por la estrecha escotilla
cruzan ante mí
espectros de una vida disuelta
resbalando por la húmeda retina.

Caricias antiguas,
carreras nerviosas,
sabrosos restos,
días pautados,
noches de alerta,
blanca espera.

Nunca se me ocurrió contemplar las nubes.
Será porque no huelen.
Ahora añoro desconcertarlas,
soplar con todas mis fuerzas
para que se busquen y se quieran,
para que se alejen y se vayan.

Si me raptara una estrella
no querría rescate, no.
Quién podría pagar
una borrachera de luz,
una bacanal de fotones
hacia la plenitud de un orgasmo
electromagnético.

laika4La siguiente transcripción de las grabaciones revela un estado de ánimo diferente, según las teorías más recientes. Estas elucubraciones señalan que el desconcierto y la indignación iniciales ante una aventura incierta, pero excitante por su radical singularidad, da paso a la añoranza de experiencias pasadas, a la necesidad del otro, al lamento por la soledad y la angustia que se esconden tras la sublimación de un amigo imaginario ante el que también aparece el reproche…

Hay un amigo ahí.
Desciende por el magma de la voluntad,
gira trenzando pasos de bailarín consumado,
sube con el ímpetu de cien mil ríos juntos,
de cien mil vientos juntos.

Detiene su mirada hasta encapsular
el instante infinito.

Hay un amigo haciéndome cosquillas en la tripa,
con el que troto hasta desfallecer,
hasta concentrar lejanos confines
en un coro de almas hermanas.

Es una síntesis perfecta de las voces
del mar y de la tierra,
de las cumbres y los valles,
del sembrado de perlas
que iluminan el agrio fondo de la soledad.

Hay un amigo que es capitán
de un ejército de esencias y olores,
que tiene un lápiz con punta de arcoíris
para pintar veloz
líneas de lapsos perpetuos.

Entona con verdor sinfónico
los latidos de cuantos seres han existido.
Tiene el gusto de darte el gusto
de probar cada mañana
el sabor de la vida y de la muerte.

Hay un amigo
que alza su pata,
que recibe y despide,
que guiña y se aparta,
que escucha y que niega,
que abraza y se espanta,
que quiere que pise
el salón de su casa
para arrojarme al corral del olvido
desde la más alta ventana.

laika5Aunque la mayoría de las expresiones o los conceptos no resultan inteligibles actualmente, ni para humanos ni para perros, los audios y los textos están disponibles en las dependencias del Cajón Neutral de Vestigios del Periodo Próximo-Pasado, de la Fundación Firuláis. Según los registros de acceso, solo diez o doce estudiosos han solicitado revisar el material desde que fue depositado allí. Yo me interesé por su existencia cuando mi abuelo me relató una historia de su abuelo que a su vez había conocido por su abuelo, o por el abuelo de su abuelo, no sé. Era sobre una perrita amiga de aquel antepasado nuestro que desapareció de las calles de una ciudad llamada Mosku, Moskow, Moskva, o algo así, donde ellos deambulaban a sus anchas, con penurias, pero felices, sin amos de los que existían entonces. Acabábamos de enterarnos de la noticia sobre el choque del Sputnik contra la Collie Power y enseguida até cabos. Acabo de llegar a casa con una copia de las cintas. De entrada, y en una primera escucha, aun sin entender prácticamente nada, no he podido reprimir un espontáneo y sonoro ¡GUAU!

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