ese ele
  • Home
  • Sonámbulos
  • Ese Ele
  • El Limbo

Morrison Hotel

morrison1

Con la mano derecha abierta, como el que se dispone a estampar una mosca desprevenida, hice sonar varias veces el timbre sobre el destartalado mostrador, hasta que apareció un individuo con cara de pocos amigos. Seguramente había interrumpido bruscamente su holganza en algún sucio jergón de la trastienda, oculta por aquellas desgastadas cortinas de incierto color marrón. En esos momentos, por la escalera lateral bajaba con gran parsimonia un hombre no muy mayor, aunque prematuramente envejecido, con pinta de vagabundo. Llegó hasta la puerta del establecimiento abstraído en su mundo, sin mirarnos ni pronunciar palabra, y salió a la calle con una bolsa de papel vacía. El recepcionista tampoco le hizo el menor caso.

- Qué hay –esputó con desgana.
- Hola, buenos días. Quería saber si le queda alguna habitación libre para tres noches.
- A 4 dólares, con baño compartido. Documentación…
- ¿No le queda ninguna de 2,5? El cartel de fuera dice que tienen ese precio.
- Lo que dice es “a partir de…” No sabe leer o qué.
- Está bien, está bien.

morrison2Mientras buscaba en la mochila el carné de conducir, la única acreditación que podía exhibir, a pesar de que llevaba más de tres años sin tocar un vehículo, empezó a sonar con fuerza el traqueteo metálico de una furgoneta que estaba aparcando en la acera de South Hope Street, enfrente del hostal. Por el reflejo de la vidriera que había detrás de la repisa comprobé que se trataba de una vieja Volkswagen de la que salieron cinco jóvenes acompañados de una chica muy atractiva. Cruzaron la calle armando cierto alboroto, a paso ligero, comportándose con desenfado hasta que entraron. Todo indicaba que iban guiados por una clara determinación.

- Te lo dije, Jim. Es perfecto –dijo uno de los chicos, con gafas redondas y melena rubia.
- Desde luego, un gran lugar para planear un crimen o empezar una religión –contestó su amigo, también con pelo largo, moreno, y una penetrante mirada cargada de insolencia.

En el hall preguntaron al empleado si podían tomar unas fotos. El tipo les miró de arriba abajo y de izquierda a derecha con indisimulada displicencia hasta que soltó una drástica negativa.

- Aquí no se pueden tirar fotos. Ya os estáis largando.
- Pero bueno, ¿y eso? Solo son unas fotos. Acabamos rápido –espetó el que llevaba la cámara colgando del cuello.
- Déjalo Henry, menudo antro de mala muerte –terció otro que lucía grandes bigotes unidos a las patillas.
- Verás, no vamos a romper nada, ni hacer nada malo. De verdad. Solo que a mi amigo le hizo gracia el albergue, porque se llama igual que él. Solo eso. Es un recuerdo sin importancia.
- Que os larguéis. Los dueños no están y yo no os voy a dar permiso sin su consentimiento –argumentó el encargado con un rictus que empezaba a resultar agresivo.
- Oye, a ver si aprendes algo de educación –respondió el de la melena rubia.
- Vale, Ray. Tiene razón. No está autorizado. A lo mejor podemos volver otro día –intervino la chica del grupo.

Observé la escena sin ser advertido, sentado en un decrépito sofá que estaba pegado al escaparate. De repente sonó como un chorro cayendo desde arriba. Entonces, alcé la vista al mismo tiempo que el recepcionista, que no daba crédito, como yo, a lo que estaba pasando. El origen era un tío con aspecto de lunático, cuya desnudez cubría únicamente un holgado gabán, que estaba meando por el hueco de la escalera, como si de su picha brotase algún tipo de maná redentor.

-Yo os bendigo en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo. Amén –imprecó el tarado.

morrison6Con un tremendo bufido el encargado salió del mostrador como una centella y corrió a su encuentro subiendo los escalones de tres en tres. Al comprender sus intenciones el loco giró sobre sí mismo y desapareció por el pasillo, repitiendo una y otra vez “yo os bendigo”, “yo os bendigo”…

- Chicos, esta es la nuestra –alertó el fotógrafo–. ¡Vamos, vamos! Antes de que baje. No tenemos mucho tiempo. Poneos en el sofá, mirando hacia la calle. Yo voy fuera.

Como un silencioso resorte, desalojé el lugar en que me encontraba con suma discreción y me situé cerca de la chica, que observaba divertida la escena. Como la persiana estaba medio echada, la iluminación era algo deficiente. Al de la cámara no le importó. Desde la calle empezó a hacer señas para el que chico moreno, el que llevaba una camisa blanca sin cuello, se situase en el medio, con las manos en los bolsillos. Los dos con barba se pusieron detrás, a derecha a izquierda, éste último con las manos apoyadas en un respaldo. El rubio de las gafas redondas con trazas de intelectual prefirió quedarse de medio lado, con el brazo extendido encima de la cabecera. A pesar de las circunstancias, un tanto cómicas, todos adoptaron una pose excesivamente seria al exhibir sus ensimismados semblantes, como si hubiesen sido transformados en inquietantes maniquíes.

La sesión duró poco. Enseguida rompieron la composición y abandonaron el local apresuradamente. En menos de un minuto, la furgoneta que les trajo zumbaba de nuevo por la avenida, a la que me asomé instintivamente. Tenía cierta curiosidad por adivinar a dónde podrían encaminarse con tan humilde botín. El vehículo se dirigía al oeste, rumbo a la autovía de Santa Mónica, quizás hacia la playa o al campus de la Universidad de California.

morrison4Regresé al hotel. Debido a las extrañas interrupciones de la mañana, aún no me habían asignado ningún aposento. Cuando al fin bajó el de la recepción, me pregunté de qué manera habría ajustado cuentas con el escatológico huésped. Sin hacer el más mínimo comentario sobre el incidente, rebuscó en el cajón y me entregó una llave con un cordón y una chapa en la que estaba grabado el número 112, apenas perceptible.

Estuve deambulando en busca de mi habitación por el angosto pasillo de la primera planta. Las descoloridas telas estampadas que forraban sus paredes iban conformando una suerte de túnel que incursionaba hacia una dimensión crecientemente irreal. Ninguna entrada estaba identificada. Ya me lo había advertido el chico de la recepción. Para orientarme hacia mi destino me explicó que tenía que contar 11 puertas a partir del rellano de la escalera y que la siguiente sería la que me correspondía. Para no equivocarme fui desplegando un dedo por cada una que iba dejando atrás. Cuando terminé con las dos manos me detuve. Más allá de la siguiente puerta un recodo cambiaba la dirección del pasillo. Me aproximé hasta él, pero a partir de esa posición había tal oscuridad que no se podía percibir nada. Tampoco encontré ningún interruptor para iluminar el tramo. Avancé a tientas, siguiendo el tabique con las palmas y dando pasos muy cortos. Al cabo de un rato no pude encontrar ninguna habitación más, por lo que volví a la zona con visibilidad, retrocediendo hasta la última puerta por la que había pasado antes.

morrison3Como me sentía fatigado, recosté mi espalda sobre ella. Sin querer, apoyé el codo en el picaporte hasta que éste cedió lentamente y dejó el paso libre. La repentina apertura me hizo perder el equilibrio y caer en el interior de la estancia. Desde suelo, a la altura de mis ojos, pude observar unos zapatos rojos muy lustrosos que giraban y giraban sin cesar, siguiendo de forma desacompasada una clásica pieza de rocanrol que una mujer de mediana edad y larga melena rubia tarareaba como perdida en un bucle. El brillo del calzado contrastaba con su pobre vestido de campesina. Al fondo, junto a una chimenea sin fuego y sin leña, un anciano de piel curtida, cubierto de algas y con una diminuta coleta para recoger sus exiguos pelos canos apuraba una botella de cerveza tras otra con la atención puesta en la ventana, desde donde se dominaba una suave colina.

-¿Quieres estarte quieta de una puta vez? Jodida Maggie, me tienes harto. Bájate a la ciudad y déjame en paz. ¿Es que no se puede emborrachar uno a gusto en esta casa? Mierda de tía. Te voy a desheredar. Así nadie querrá follar contigo. Ni siquiera esa escoria que tienes ahí tirada bajo tus pies.

Al reparar en mi presencia la mujer dejó de dar vueltas, se sentó a horcajadas sobre mí y empezó a restregar su sexo sobre el bulto que empezaba a crecer entre mis piernas. Cuando la tuvo a punto, bajó la cremallera del pantalón, metió la mano por la abertura y empezó a masturbarme toscamente hasta que me corrí en la ropa. Luego pegó un salto para incorporarse, me tendió su brazo con intención de levantarme y tiró de mí con ansias de salir de allí. Justo después de cerrar se escuchó el fuerte crujido de una botella estampándose contra la puerta.

Avanzamos por el corredor hasta la siguiente habitación. Íbamos cogidos de la mano, sudorosos y excitados. Por debajo de la puerta asomaba un intenso resplandor. Maggie se situó enfrente, la abrió de un puntapié, me empujó dentro, dio un sonoro portazo y no supe nada más de ella. Me encontraba ante un extenso y yermo paraje bañado por un sol cegador, pero hospitalario. Caminé en busca de una sombra y al cabo de un rato la encontré tras una gran roca cuya forma recordaba vagamente a una pipa. Fue cuando ocurrió algo inaudito. Aquella chica navaja con la que compartí una abrasadora semana cinco años atrás se encontraba ante mí, como una milagrosa aparición, tan sensual y deseable como siempre. Quise pronunciar la frase que tanto repetí teniéndola en mis brazos. Quise decirle “te amo más que a nada, mucho más que a cualquier otra que haya conocido en el verano indio”… No pude hacerlo, porque selló mis labios con su boca y me deslizó con su lengua un trozo de vegetal cubierto de una fina pelusilla cuyo amargo sabor al masticarlo supe identificar rápidamente.

La placidez de aquel viaje, dulce como una caricia, sinuoso como las marcas de un campo de cereal recién segado, no duró mucho. O tal vez sí. ¿Quién puede medir el tiempo? Todo terminó con unos brutales golpes en la pared del cuarto contiguo.

- Sé que estás ahí, James Douglas, lo sé bien. A mí no me engañas –los gritos retumbaron por todo el edificio.
- ¿Pamela? Esos chillidos son inconfundibles.
- Síííí, Pamela Susan Courson. ¿Qué pasa?
- ¿Cómo has llegado a este hotelucho? ¿Qué haces en la otra habitación?
- ¿Oír cómo te follas a esa puta india?
- No estábamos haciendo nada. Solo peinábamos nuestros cabellos con el susurro del viento.
- Métete tus versos mierderos por el puto culo, cabronazo.
- Amor, solo era eso, amor. Solo era eso, amor. Tú eres mi princesa, mi verdadera reina de la carretera. Te comportas como una tigresa, pero en realidad estás ciega.
- Ciego te voy a dejar yo a ti, monstruo de cuero negro. Te voy a sacar los ojos y se los voy a dar de comer a tus amigos los cuervos. Negros como tú, negros…

morrison5Las voces se replegaron hasta bien entrada la noche. El sofoco nos sumió en un agitado duermevela en el que no hubo más palabras ni reproches. El estruendo del camión de la basura batiendo la calle de madrugada dio inicio al segundo asalto, mucho más apacible, después de introducirme por el agujero de la pared y aparecer en su habitación como el genio de la lámpara maravillosa.

- ¿Por qué me vigilas, Pam?
- Porque me has contagiado tu mierda poética. Porque conozco aquel sueño que tuviste. Porque conozco la palabra que esperas oír. Porque conozco tu miedo más profundo y tu secreto.
- ¿De verdad?
- De verdad. Soy una espía en la casa del amor. Lo sé todo. Todo lo que haces. Los lugares a los que vas. Todos a quien conoces.
- Pam, quiero contarte algo. Mi abuela se enamoró de un marinero que navegó por el mar helado. El abuelo fue aquel ballenero que me puso sobre sus rodillas y me dijo: “Hijo, me estoy volviendo loco de vivir en tierra firme. Tengo que encontrar a mis compañeros y andar por tierras extranjeras”. Ese anciano era agraciado. Tenía una sonrisa de plata, fumaba en pipa de brezo y caminaba cuatro millas por el campo, cantando canciones de hermanas sombrías y de la libertad de antaño, canciones de amor y canciones de muerte. Canciones que liberan a los hombres. Tenía tres barcos, sesenta hombres y muchos puertos aún por arribar. Decía: “Estaré en el mástil, dejando soplar los vientos del norte hasta que la mitad de nosotros muera”. También solía recitar esto: “Cuando tenga en mis manos un billete de un dólar, compraré una botella y beberé hasta saciarme. Si tengo en mis manos uno de cinco, irá para la viva piel de esa chica. Cuando tenga en mis manos uno de dos, volveré a casa para casarme contigo. Casarme contigo, casarme contigo”.

Pam se quedó callada durante un largo espacio de tiempo. Me levanté de la cama y fui al lavabo. Me había entrado una náusea repentina. Refresqué mi nuca con agua y crucé la estancia hasta la ventana. Al separar la cortina, me percaté de un luminoso de neón, al final de la manzana, que anunciaba “Cocktails” junto a la entraba de un garito de fachada roja que se hacía llamar Hard Rock Cafe.

CONTINUARÁ…

Imprimir

Laika rolling stone

laika1

Tras varias jornadas de navegación a buen ritmo sin incidentes reseñables, durante la travesía de regreso a la Tierra, cruzando el cinturón de radiación de Van Halen, poco antes de entrar en la órbita baja del planeta, una estruendosa colisión desvió ligeramente la trayectoria de la nave de prospección Collie Power C360. Ningún miembro de la tripulación podía explicarse cómo aquel objeto pudo haber burlado todos los sistemas de detección hasta impactar en la zona de almacenamiento. laika2Por fortuna, los desperfectos causados fueron leves. Así lo detallaron los operarios de guardia que acudieron a inspeccionar. La brecha abierta en el fuselaje del sector AZ3P, a tan solo 300 metros del motor auxiliar de retropropulsión, no afectó a los espacios colindantes. Las consecuencias podrían haber sido fatales y, sin embargo, la misión acariciaba la vuelta a casa con la única novedad de haberse tragado algún resto de basura cósmica.

A los miembros del equipo de mantenimiento les costó acceder hasta el lugar donde se había incrustado lo que parecía una vieja cápsula espacial, quizá de las primeras que fueron enviadas por la humanidad más allá de la atmósfera terrestre. Era lo poco que se podía adivinar de un artilugio de forma aparentemente cónica, aunque apenas reconocible. Posiblemente, una reliquia de alto valor histórico.

Bajo esta hipótesis estuvieron trabajando durante tres meses, con el máximo celo y la mayor discreción, los equipos multidisciplinares del Clúster de Recuperación del Patrimonio Científico-Técnico de la Corporación Firuláis, beneficiaria del hallazgo. Los expertos concluyeron finalmente, no sin apasionados debates y encontrados argumentos basados en discordantes conjeturas, que las partes rescatadas podrían corresponder a la Sputnik 2, a la que se suponía desintegrada desde hacía 265 años, concretamente 162 días después de su lanzamiento con una incauta perrita callejera a bordo.

laika3Después de una meticulosa restauración, la nave fue vendida al Museo Perkins & Perkins de la ciudad de Totalitaria, en la Demarcación H12 de los Estados Sumergidos Coaligados (ESC). Solo una parte quedó en poder del consorcio aeroespacial que la descubrió, la correspondiente a la caja blindada con el módulo de comunicaciones. Milagrosamente, las cintas magnéticas que registraron el sonido ambiente durante los cuatro días en los que Laika —o Kudryavka, su verdadero nombre en ruso antiguo— permaneció viva, girando como un canto rodante orbital, lamentándose del engaño al que había sucumbido por su imperdonable confianza en los bípedos, aún conservaban su imprimación de hierro y cromo.

Corporación Firuláis, una de las pocas compañías de Región Cabal en alcanzar la paridad de especie entre humanos y perros, tanto en puestos directivos como subalternos, reunió a todos sus informáticos para actualizar su propio software de traducción del aullido perruno al español preguasal, ambos totalmente en desuso. La mala calidad del sonido no impidió obtener el siguiente resultado. Varios investigadores creen que se trata del presunto itinerario emocional de una odisea canina sin precedentes:

Mar de notas meciendo el silencio
entre áridos destellos de nada y de todo.
Soy una prolongación del ser universal
que espera la llegada del tiempo.

El tiempo doblado sobre sí mismo
en retorcida postura,
en el filo de los planes secuenciales
que construyen el castillo de la vanidad
y el deseo.

Sucumbo a la fatalidad
de asomarme al espejo
y recibir una mirada vacía
que no quiere más preguntas
hasta que no mueran las últimas respuestas.

Alguien, algunos, muchos o todos
me señalaron.
Un cruce de voluntades,
remando con osadía y futilidad
hasta acercarse al cogote de dios
y seccionar sus melenas flotantes.

Qué vano anhelo,
qué incapacidad para entender las cartas
y el juego.

Ahora me coloco la armadura
de la permanente reencarnación,
volando sin batir las alas,
soñando sin vencer resistencias,
hasta caer en la vigilia eterna.

Cuando asomo el hocico
por la estrecha escotilla
cruzan ante mí
espectros de una vida disuelta
resbalando por la húmeda retina.

Caricias antiguas,
carreras nerviosas,
sabrosos restos,
días pautados,
noches de alerta,
blanca espera.

Nunca se me ocurrió contemplar las nubes.
Será porque no huelen.
Ahora añoro desconcertarlas,
soplar con todas mis fuerzas
para que se busquen y se quieran,
para que se alejen y se vayan.

Si me raptara una estrella
no querría rescate, no.
Quién podría pagar
una borrachera de luz,
una bacanal de fotones
hacia la plenitud de un orgasmo
electromagnético.

laika4La siguiente transcripción de las grabaciones revela un estado de ánimo diferente, según las teorías más recientes. Estas elucubraciones señalan que el desconcierto y la indignación iniciales ante una aventura incierta, pero excitante por su radical singularidad, da paso a la añoranza de experiencias pasadas, a la necesidad del otro, al lamento por la soledad y la angustia que se esconden tras la sublimación de un amigo imaginario ante el que también aparece el reproche…

Hay un amigo ahí.
Desciende por el magma de la voluntad,
gira trenzando pasos de bailarín consumado,
sube con el ímpetu de cien mil ríos juntos,
de cien mil vientos juntos.

Detiene su mirada hasta encapsular
el instante infinito.

Hay un amigo haciéndome cosquillas en la tripa,
con el que troto hasta desfallecer,
hasta concentrar lejanos confines
en un coro de almas hermanas.

Es una síntesis perfecta de las voces
del mar y de la tierra,
de las cumbres y los valles,
del sembrado de perlas
que iluminan el agrio fondo de la soledad.

Hay un amigo que es capitán
de un ejército de esencias y olores,
que tiene un lápiz con punta de arcoíris
para pintar veloz
líneas de lapsos perpetuos.

Entona con verdor sinfónico
los latidos de cuantos seres han existido.
Tiene el gusto de darte el gusto
de probar cada mañana
el sabor de la vida y de la muerte.

Hay un amigo
que alza su pata,
que recibe y despide,
que guiña y se aparta,
que escucha y que niega,
que abraza y se espanta,
que quiere que pise
el salón de su casa
para arrojarme al corral del olvido
desde la más alta ventana.

laika5Aunque la mayoría de las expresiones o los conceptos no resultan inteligibles actualmente, ni para humanos ni para perros, los audios y los textos están disponibles en las dependencias del Cajón Neutral de Vestigios del Periodo Próximo-Pasado, de la Fundación Firuláis. Según los registros de acceso, solo diez o doce estudiosos han solicitado revisar el material desde que fue depositado allí. Yo me interesé por su existencia cuando mi abuelo me relató una historia de su abuelo que a su vez había conocido por su abuelo, o por el abuelo de su abuelo, no sé. Era sobre una perrita amiga de aquel antepasado nuestro que desapareció de las calles de una ciudad llamada Mosku, Moskow, Moskva, o algo así, donde ellos deambulaban a sus anchas, con penurias, pero felices, sin amos de los que existían entonces. Acabábamos de enterarnos de la noticia sobre el choque del Sputnik contra la Collie Power y enseguida até cabos. Acabo de llegar a casa con una copia de las cintas. De entrada, y en una primera escucha, aun sin entender prácticamente nada, no he podido reprimir un espontáneo y sonoro ¡GUAU!

Imprimir

La penúltima tentación de Jairo

jairo1

I
Cuando Jairo entró en la empresa de paquetería, algunos de nosotros llevábamos años tragando sapos y culebras. Las condiciones laborales nunca fueron buenas y encima la dirección había dado una nueva vuelta de tuerca desde la última crisis. El descontento estaba muy generalizado entre la plantilla. También el temor al despido. Las circunstancias eran desfavorables para cambiar de empleo en medio de unas cifras de paro galopantes, jairo2el endémico mal de nuestro país, la mejor receta para condenar indefinidamente a los trabajadores a un colchón duro y estrecho, pero colchón al fin y al cabo.

Jairo empezó realizando las mismas labores por las que todos pasamos en nuestros inicios. Su función era cargar sin descanso los rollos de cinta adhesiva en las pistolas de embalaje. En una hora podían caer fácilmente trescientos o cuatrocientos. El ritmo en la cadena era frenético. A pesar de que se trabajaba con gran rapidez y de que la actividad rutinaria exigía concentración, el ambiente en la nave era de cierta algarabía. El eco del gigantesco hervidero resonaba desvaído en las oficinas acristaladas que se alineaban a un lado del piso superior.

Durante bastante tiempo, no puedo recordar exactamente cuánto, Jairo desempeñó modélicamente su cometido. Jamás se le escuchó el menor comentario crítico hacia la compañía, jamás tuvo una mala palabra hacia algún jefe o compañero. Tampoco era muy dado a las relaciones. En los descansos aprovechaba para salir un rato a tomar el aire y solía hacerlo solo. Algunas veces me quedada observándole de reojo mientras me fumaba un cigarro con el encargado de mi sección, intentando adivinar en qué lugar posaba sus inescrutables pensamientos.

Un día le vi hablando con Jonathan. Parecían enfrascados en una conversación intensa y trascendente. Jonathan había sido nuestro delegado sindical hasta que fue arrinconado de forma expeditiva tras un amago de huelga. Pese a que no era un tipo especialmente popular ni carismático, sus ideas, defendidas con enorme determinación, eran claras, lógicas y osadas. Tampoco tenía un gran don para la palabra, no al menos para su alto nivel de instrucción, de su profunda cultura.

El primer motivo de acercamiento entre ambos se produjo, al parecer, al descubrir que habían sido vecinos del mismo barrio. Estrujando los recodos de la memoria, llegaron incluso a recordar un borroso episodio en el que Jonathan había mordido a Jairo, según referían recurrentemente a quienes tenían cerca, como concediendo una explicación redentora a su amistad presente tras aquel encontronazo remoto.

jairo5No iban al mismo colegio, pero sí habían coincidido en alguna ocasión en el montículo del descampado que se abría tras los últimos bloques de la promoción urbanística que se extendía por el emergente arrabal. Aquella orografía era muy apreciada como escenario para las frecuentes guerras a pedradas de los chavales, donde las tardes se teñían de dolor y gloria y donde las madres se desgañitaban antes de rescatar a sus hijos con sopapos e improperios. Apenas se vislumbraba el ensortijado pelo rojizo de Jonathan por la pequeña senda que conducía al campo, un tenso silencio detenía la contienda durante unos instantes.

Seguramente nadie advirtió, ni entonces ni ahora, la relación entre el drástico giro de comportamiento de Jonathan, cuya crueldad era legendaria, y aquella marca de sus dientes en el costado de Jairo tras una embarullada refriega. Son elucubraciones que yo me hago, si se me permite la interpretación, una vez conocida la historia por boca de sus protagonistas. Él mismo no fue consciente de ello, como solía confesar, pero sí calculaba que por aquella época dejó las peleas y abrazó los libros.

En el almacén, Jairo y Jonathan se mostraban cada vez más inseparables. Con indisimulada malicia, muchos fantaseaban incluso sobre el posible trío que podrían tener montado con María, la novia de Jonathan, que trabajaba en la misma empresa como teleoperadora, a cargo de las reclamaciones de los clientes. Desde luego, ella nadaba como una voluptuosa sirena y con la misma destreza junto a dos aguas tan diferentes. En mi opinión, esas habladurías no tenían el menor crédito.

II
Aquel chico taciturno y ensimismado que se pasaba la jornada entera cargando rollos de cinta adhesiva también sufrió una apreciable transformación desde el fortuito reencuentro con Jonathan. Día a día iba creciendo su animosidad. Charlaba con más gente y comenzó a desarrollar un sutil magnetismo con su mirada penetrante, con su modo de expresarse, dulce y pausado, pero firme y elocuente. Sus temas de conversación tampoco eran los habituales en un entorno como el nuestro. Evitaba relatar episodios de su vida, pero escuchaba con muchísima atención los de los demás. De sus labios siempre brotaba un sabio consejo, una palabra de consuelo o un pensamiento inspirador. Al escucharle en algún corrillo, su amigo Jonathan asentía con una sonrisa orgullosa, como si conociera de antemano sus argumentos, como si hubiesen crecido previamente en su cabeza, aunque sin la música armoniosa y seductora que brotaba de los labios de Jairo.

jairo7Aquel mes de marzo, los ánimos estaban caldeados, después de que Jairo hubiese liderado con éxito dos huelgas consecutivas, a pesar de que ni siquiera ostentaba la representación legal necesaria para convocarlas. Sin levantar la voz, sin aspavientos ni ensayadas tácticas, solo con la fuerza de su propia convicción, había conseguido arrastrar a los empleados hacia una parada bien coordinada de la cadena. No todos siguieron la consigna, ni mucho menos, pero sí los suficientes como para interrumpir el servicio durante unas cuantas horas, hasta que la dirección se avino a negociar.

En el piso primero, la preocupación se mascaba con creciente intensidad. Los conflictos laborales no eran una novedad. Sin embargo, la firmeza de los seguidores de Jairo resultaba inusual. Cuando iniciaban las protestas, sus rostros se iluminaban y adquirían una tonalidad dorada, como si hubiesen sido presos de algún encantamiento. Desde fuera, esta conducta podría percibirse como una manifestación cercana al fanatismo. Era algo más que eso. Era como si los participantes compartiesen una verdad íntima e indudable, una certidumbre insólita, especialmente los que mantenían una relación más estrecha con Jairo, una docena o así, la mayoría mujeres, con las que tenía un predicamento particular.

Varios miembros del equipo de dirección se inclinaban por aplicar despidos selectivos para dividir las fuerzas rebeldes. Otros insistieron en infligir un castigo ejemplarizante a Jairo y también hubo quien defendió lo contrario: darle un empujón hacia algún goloso puesto para sofocar sus ínfulas agitadoras.

El presidente y fundador escuchó a los consejeros con atención. Cuando terminó la ronda, agradeció las sugerencias e invitó al equipo a salir del despacho. Dio unas vueltas en torno a la mesa, tomó asiento y se volvió a levantar hasta situarse frente a la pared, cuyo brillo traslúcido devolvía una imagen indefinida de su rostro angustiado. En la cartera llevaba un pequeño papel con un número de teléfono anotado a mano. La llamada, tantas veces postergada, desencadenó al fin la sentencia.

III
Ocurrió un viernes, 3 de abril. Jairo, María y Jonathan fueron al cine ese día. Reponían La última tentación de Cristo, la película que en su estreno había originado una agria oleada de protestas en los sectores más reaccionarios de la iglesia católica, debida a la particular elucubración de Martin Scorsese desde el lado más humano del mito. Los amigos conocían la polémica, pero era la primera vez que se enfrentaban a la cinta. De camino a la casa de Jairo, donde acordaron ir a tomar unas cervezas, la conversación fue banal y poco fluida. Nadie se atrevió a hurgar en los intersticios de una historia que abría numerosas puertas a la reflexión.

jairo6María ya había avisado de que se retiraría pronto para cenar con su madre. Después de su marcha, Jairo y Jonathan siguieron bebiendo e intercambiando canciones con el Spotify. El alcohol mejoró notablemente los canales de comunicación, extrañamente atascados desde que salieron de la sala de proyecciones. Jairo se contoneaba a ritmo de la música junto a la ventana, con la botella en la mano, mientras su camarada imitaba sus movimientos enterrado en el sofá. De forma inadvertida, Jairo miró hacia la calle justo en el momento en que dos tipos salían de un coche blanco recién aparcado. Su atención quedó retenida en la bolsa negra que llevaba uno de los individuos y en el puño de hierro que el otro se colocó antes de encaminarse hacia el portal.

El pulso se le disparó de golpe al ritmo de un presentimiento que no podía ser más fatídico. Segundos después sonó el timbre del portero automático. Entonces, Jairo tuvo una revelación instintiva cuya ejecución no supo detener. Así fue como inventó que había encargado una pizza a través del móvil y así fue como le dijo a su amigo que tenía que bajar a abrir en persona, porque el dispositivo llevaba una semana sin funcionar. Fuera, un leve pitido dejó vía libre a los intrusos mientras Jairo abandonaba la escena con la puerta de su apartamento entreabierta y tomaba las escaleras en dirección ascendente, veloz como una rata asustada, sigiloso como una ameba, para buscar refugio en la azotea, bajo el azulado manto protector de una noche estrellada.

Imprimir

lanochemasoscura