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Explosión en la calle Toledo

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De niño soñaba con volar, pero volar volar, no como Superman, con una capa. Que bastara con poner los dos pies en la calle y elevarse sin más, de pie, en horizontal, y una vez alcanzada cierta altura colocarse en vertical, extender los brazos y planear, como las cometas que tanto le gustaban, las que se quedaba embobado mirando en la playa.

De adolescente soñaba con viajar. Su padre lo hacía de vez en cuando por trabajo, en esas ocasiones se vestía con chaqueta, pantalones chinos, corbata y maleta de ruedas. Él no, él llevaría pantalones vaqueros y mochila. ¡Al mundo!

explosion22Empezó por Londres, como tanta gente cuando es joven, para aprender inglés. Había empezado una carrera que no le gustaba y antes de tomar la decisión de dejar la universidad, para pensar con más calma qué era lo quería en realidad, pensó en irse en verano a trabajar de camarero. Tenía un amigo allí que podía facilitarle residencia y ayudarle a encontrar trabajo.

Cuando aterrizó hacía sol, le pareció extraño, tenía la idea de que allí siempre llovía. Londres con sol era maravilloso. La casa en la que se quedaba hasta que encontrara dónde vivir también lo era: grande, llena de moqueta hasta en el cuarto de baño, las paredes empapeladas y un jardín de uso vecinal tan verde y húmedo que daban ganas de no quitar la vista de él.

–¿Qué? –le dijo su amigo Luis al verle mirar pasmado el jardín con la maleta aún en la mano.
–Una pasada, la verdad, una pasada. –Ángel ladeaba la cabeza y sonreía.
–Ya irás conociendo al resto de los que viven en la casa. Hay dos españoles: una de Granada y otro de Pamplona; otra de Nueva Zelanda y un francés. Hay buen rollo en la casa, ya verás.

Pusieron un colchón en el suelo de la habitación de Luis en el que iba a dormir Ángel de momento. Chocaron los puños.

–¿Has adelgazado, no? –dijo Ángel mirando a Luis.
–El curro, muchas horas de pie…

Gente divertida la del piso. Ángel no hablaba mucho inglés pero entenderse se entendían. Buen rollo, como había dicho Luis. Hicieron una fiesta para celebrar la llegada de Ángel. La mejor pastilla de éxtasis que tomó en su vida fue en su fiesta de bienvenida. Igual porque fue la primera. Luego hubo fiestas por cualquier motivo: porque uno de los compañeros de piso había subido de nivel en la clase de inglés, porque otro cambiaba de trabajo y había que celebrar, porque otra se quedaba sin trabajo y había que animarla, porque Ángel encontró empleo lavando platos. El MDMA le daba una calma insuperable; las setas le sentaban bastante mal, vomitaba; la ketamina no la quería probar pero la acabó probando.

–Has adelgazado mucho –le dijo la madre cuando volvió a pasar la Navidad.
–El curro, muchas horas de pie…

Después de Navidad, vuelta a las andadas.

Era inteligente Ángel, como para darse cuenta de que aquello tampoco era plan. El trabajo era deplorable, lavando platos; la comida, bazofia; el resto, un no parar de beber y probar lo que sube pero que mañana da bajón; lo que sube despacio pero tarda en bajar; lo que tarda en subir pero cuando sube sube. Mejor quitarse de en medio. Volvió a Madrid.

explosion3Todavía era joven, estaba a tiempo de todo. Regresó a la universidad más por deseo de sus padres que suyo, para quienes tener un hijo sin carrera era casi poco menos que una deshonra, e hizo lo posible, era aplicado, pero el tedio de las clases, los años que quedaban por delante y que luego, ¿quién te asegura que por tener un título vas a tener un trabajo mejor? Porque a veces es al revés, el más tonto tiene un puestazo y el más listo es un esclavo.

Se puso a buscar trabajo. No le costó mucho tiempo encontrar uno. Durante un tiempo anduvo contento, el trabajo no era difícil y tenía cierta independencia económica, pero al poco tiempo tampoco era lo suyo: aburrimiento y más aburrimiento, sueldos de mierda, turnos partidos que te ocupan el día entero. Los trabajos acababan no porque él quisiera, sino porque le despedían, llegaba tarde, andaba siempre por los cerros de Úbeda, aunque Ángel prefería definirse como un soñador, no era ningún atolondrado. Eso sumaba disgustos en casa. La madre cada vez más desquiciada, el padre con toda esperanza perdida. Broncas y discusiones. No vales para nada. Desagradecido. Te lo hemos dado todo y mira con qué moneda nos lo devuelves. ¡Vete de casa de una vez y no vuelvas!

En la calle Toledo había un narcopiso donde dormía, vivía y trapicheaba de vez en cuando. El barrio era agradable, no está lejos del río, claro que él al río no iba para nada, a esas alturas casi no habitaba las calles más que por la noche para ver si sacaba algo de dinero, hasta el pakistaní del kebab acabó por no dejarle entrar al baño.

–Espantas a los clientes, vete amigo, vete, es mi negocio. No entres cuando haya gente.

Una noche siguió a una vecina despistada. Parecía fácil, la mujer iba mirando los edificios como si nos los hubiera visto nunca, así que la siguió de cerca, ni se enteraba de que él iba detrás. Llevaba agarrado el bolso al hombro, con un tirón bastaría, pero en la calle había gente… La mujer dobló la esquina, él dobló la esquina; la mujer se paró, el también; sacó las llaves del bolso, Ángel miró y no vio a nadie, calle despejada; ella abrió la puerta del portal y entonces la empujó. Pero la mujer se sujetó a la barandilla de los tres o cuatro escalones de la entrada y no calló. Se giró con rapidez y empezó a lanzarle patadas. Se quedó bloqueado. La tipa empezó a chillar. Aturdido, agarró el pomo de la puerta y lo abrió. Salió corriendo como alma que lleva al diablo.

explosion2Después del incidente se le ocurrió una idea. Era mejor entrar detrás de alguien en un portal, hacer que llegaba a la vez que un vecino que mete la llave en puerta. Entonces la sujetaría con el pie y llamaría a un piso cualquiera, como para esperar a que le abran. Soy yo, Ángel –diría a quien contestara al telefonillo–, abre.

Era evidente que quien contestara diría: no conozco a ningún Ángel. O no sé quién eres. Pero entonces, si aún estaba cerca el vecino que había abierto la puerta diría: voy a entrar a ver en qué piso… pensé que era el segundo… Ya dentro, esperar a que el vecino desaparezca, subir hasta el último piso y quedarse allí, allí, hasta que alguien saliera de casa y aprovechar para acorralarle y robarle.

Suerte que tuvo, que ese día en el parque de Cigarreras uno estaba tan drogado que le birló una papelina de heroína. Cogió una jeringuilla usada de detrás del banco en el que estaban sentados pero ¿qué más daba? Aun colgadísimo y todo el otro se dio cuenta: hijo de la gran puta… Otra vez tuvo que echar a correr, pero ya llevaba la heroína en el bolsillo, sí, podía tocarla. Con paso acelerado llegó a la calle Toledo, ciego por llegar a casa. El pakitaní charlaba con alguien y levantaba las manos, se quedó parado viendo el rollo de carne dar vueltas como un derviche. Alguien ataviado con un maletín de trabajo se detuvo en el edificio de enfrente, y Ángel decidió cambiar de rumbo, cruzó sin mirar detrás de un autobús, casi resbala por culpa de la nieve, el hombre llamó a un telefonillo, al responder dijo que era el técnico del gas. Ángel sostuvo la puerta con el pie, como había imaginado que haría, y a continuación todo lo planeado.

–Gracias, voy al cuarto –le explicó al técnico, que se dirigía hacia los contadores del gas.

Subió hasta el último piso. El corazón le latía con fuerza. Había matado dos pájaros de un tiro: estaba dentro de un edificio, según lo planeado, podría robar a algún vecino con un poco de sigilo; y tenía heroína en el bolsillo, que sacó, extendió en papel álbal y quemó.

Al poco Ángel volaba mecido como una cometa y nunca nadie supo que estaba allí y que antes de que el edificio explotara por los aires, había muerto de sobredosis.

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