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¡Bum (, bum)!

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No somos nadie. Nuestras vidas consisten en enfrascarnos en dinámicas y circunstancias cuyo principal objetivo no es otro que el de hacernos olvidar que somos el fruto del azar y estamos condenados (la mayoría) al olvido en un par de generaciones.

bum2Estamos de paso, somos meros gestores de lo poco o lo mucho que nos pueda pertenecer hasta que pase a manos de otro, que mejorará lo que hemos hecho o lo dilapidará. Nada podremos hacer al respecto.

Vamos acumulando experiencias y almacenando recuerdos hasta el punto de que una buena definición de lo que somos podría ser la de un archivo de memoria en constante expansión hasta que todo acaba haciendo ¡bum!

Movidos por filias y fobias, vamos cumpliendo años sin pararnos a pensar en el milagro que se obra cada día en que vivimos: una conjunción de circunstancias propias y ajenas sobre las que recomiendo reparar cada vez que alguna preocupación nos atenace sobremanera.

bum3Imagínense, por ejemplo, lo relajado que pasaría a estar un jugador de fútbol a punto de tirar el penalti que le diera el triunfo a su selección en el último segundo de la final de un campeonato del mundo si fuera capaz, por un instante, de verse a sí mismo como un nimio ser vivo en un rincón de un planeta insignificante del gigantesco universo en el microsuspiro de la existencia de éste.

Un amigo gaditano compara a la Humanidad con un moho que ha recubierto el planeta y lo ha transformando en su mundo. Mundo que acabará cuando el planeta se resfríe y en un ¡bum! nos mande al garete. No son cuentos chinos, ya ha ocurrido unas cuantas veces. Tuvimos la suerte de no existir por entonces o de no haberla liado hasta los niveles que conocemos hoy en día.

El planeta puede hacer ¡bum! pero, al paso que vamos, también nosotros le podemos hacer ¡bum! al planeta. No me extenderé en referir los múltiples modos en que nos hemos especializado en cargarnos el barco al que nos hemos subido.

bum4Pero es que no hace falta proyectarse tan alto o tan lejos para darse cuenta de que tendríamos que alabar a cada segundo que pasa el nombre del Ser o el No-Ser que ha hecho posible el milagro de nuestras vidas. A principios de año, me hicieron por vez primera un ecocardiograma. Esta prueba se la recomiendo a los más enajenados por sus cuitas. Consiste en una auscultación del corazón repercutida en una pantalla y unos altavoces por los que el médico obtiene toda una serie de datos precisos para emitir un diagnóstico sobre el estado del funcionamiento cordial del paciente y éste se queda pasmado en la contemplación amplificada de tan maravilloso mecanismo. Una bomba autónoma que no parará de latir toda nuestra puñetera vida y sin cuyo funcionamiento no habrá tal. ¡Bum, bum! ¡Bum, bum! Y, así, hasta que todo acabe.

Por cierto, habría que corregir el modo en que consignamos la onomatopeya de marras pues, en realidad, el sonido que emiten las válvulas no es comparable a un tamborileo sino más bien al ¡yap, yap! de un perrito. Los ancestros lo sabían, de ahí nuestro latir, que procede del latín glatire, emitir un pequeño ladrido.

Y todo este circunloquio para volver a concluir que la Etimología nos ilustra y nos redime.

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