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Idiomas que cuentan cuentos en Mozambique

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El idioma de los nombres en el sur de África va cargada de memoria histórica. Siguiendo la estela etimológica de su origen y evolución podemos vislumbrar los factores y protagonistas de las crisis que estallan en puntos geo-estratégicos claves para los buscadores de beneficios a escala. El distrito de Palma, en la provincia de Cabo Delgado, posee nombre portugués. A primeros de abril, los choques entre diferentes grupos armados con nombres árabes y europeos han despertado la curiosidad de lo que ocurre en esta región fronteriza al noreste de Mozambique. La llegada de multinacionales energéticas, principales beneficiarios de lucrativas licencias para explotación de las reservas naturales de gas descubiertos en 2010, fue el detonante en la escalada de violencia y sangre a machete de un grupo de jóvenes conocidos por su nombre árabe Al-Shabaab (juventud). Un choque de beneficios en el negocio lucrativo de la explotación de gas entre multinacionales europeas y norteamericanas por un lado, y un sector de la población autóctona que al grito árabe de yihad hacen correr litros sangre de inocentes en las tierra del cabo. El resultado 40.000 personas desplazadas por el terror del machete con nombre árabe.

Una historia conocida. Proyectos de extracción de reservas naturales de gas en lugares fronterizos, donde la mayor parte de sus habitantes viven en modo subsistencia. En continua precariedad, desde los años de lucha anti-colonial, sin inversiones estatales para mejorar oportunidades económicas en la provincia de Cabo Delgado, ha nutrido la rabia y frustración entre algunos miembros más jóvenes. La francesa Total, la italiana Eni, la norteamericana ExxonMobil, la holandesa Shell o la china China National Petroleum Corporation (CNPC) aterrizaron en la cuenca del río Rovuma y su delta hace ya 11 años, para iniciar proyectos de extracción de gas natural por valor de 60.000 millones de dólares. Tras los primeros seis años de promesas incumplidas sobre inversiones en la provincia para mejorar las perspectivas económicas de sus residentes, escaló en número mozambique4y violencia una insurgencia ya conocida desde el 2007. Grupo de jóvenes que sucumbían a las doctrinas más extremistas islamistas patrocinadas por mezquitas Wahaabistas y Salafistas en Tanzania y Mozambique, escalaban su virulencia y avance territorial desde 2017.

La costa oriental sur del continente africano es conocida por su lengua Swahili. Desde los años 90, esa costa bañada por las aguas cálidas del océano índico ha visto arraigarse y avanzar todo tipo de insurgencias armadas de aires islamista. La desintegración de Somalia, en clanes y señores de la guerra que financian sus operaciones con contrabando de todo tipo de mercancía ilícita, fue el primer ejemplo de insurgencia yihadista exitosa en la zona. La costa Swahili es un valor alza desde entonces en el mercadeo de contrabando. Heroína y anfetaminas originarias de Afganistán y Pakistán, piedras preciosas extraídas de países africanos, basura tóxica originaria del continente europeo, encuentran un punto de conexión en el mar índico que dibuja la costa con idioma africano: Swahili. Swahili es el idioma mayoritario de la región sureste del continente. La hablan en países que comparten la costa Swahili. Desde Somalia, Kenia, Tanzania a Mozambique.

Factores locales, factores regionales y factores internacionales se entrecruzan y retroalimentan en esta zona con playas paradisíacas de aguas cálidas. Desde los tiempos coloniales, cuando la compañía holandesa de las indias cargaba sus barcos llenos de especies, con esclavos africanos y proscritos asiáticos y europeos. Los puertos que siguen la estela de la costa Swahili mantienen la tradición de comerciar con todo lo que llega y sale de sus playas. Los árabes llegaron para comerciar, y fueron hábiles en explotar la demanda de esclavos originarios de las tierras donde se habla Swahili. En el siglo XIX el comercio de esclavos entró en decaída y el transporte de mercancías ilícitas dominaron la ruta que conecta oriente con occidente. En los últimos años, el tráfico de heroína y anfetaminas desde Afganistán y Pakistán, con dirección al golfo de guinea, no ha dejado de fluir a raudales. Dando nombre a esta franja del litoral oriental: la costa de la heroína. Desde Somalia al puerto de Mocimboa da Praia, en Cabo Delgado, piratas somalís controlan el negocio del contrabando, vigilando los depósitos de gasolina y el movimiento de las embarcaciones de vela procedentes de India y Pakistan. Barcos cargados de heroína en alta mar que pequeñas embarcaciones de pescadores locales mueven a las playas. Otras mercancías ilícitas como las piedras preciosas, extraídas ilegalmente en el continente africano son transportadas por la misma ruta. Así como la basura tóxica que desde Europa transporta mafias europeas para abandonarlas en aguas internacionales paralelas a la costa Swahili, para trampear la legislación europea medioambiental. El contrabando no ha dejado de circular en la ruta con nombres Swahili. Como la diversidad en el origen etimológico de los idiomas que poseen los protagonistas del comercio ilícito en esta costa. Nombres de origen árabe y europeo siguen moldeando las vidas de los mujeres y hombres que hablan Swahili en la costa oriental.

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Junto al lucrativo negocio de las rutas de contrabando se ha ido solapando movimientos de insurgencia con apariencia de islamismo yihadista. Somalia, Kenia, Tanzania y ahora Mozambique sufren la sangría de inocentes aniquilados al grito de nombres árabes con machetes, por jóvenes adiestrados por imanes extremistas Salafistas y Wahaabistas, que rentabilizan la rabia de generaciones jóvenes sin esperanzas de salir de la pobreza. Hastiados de la precariedad diaria a la que están condenados, se lanzan a los cantos de sirenas de imanes que retuercen las escrituras del Corán para justificar los baños de sangre y el contrabando en nombre de buen musulmán. Se les reconoce por su nombre árabe, Al-Shabaab (juventud). Aunque este nombre tenga replicas en Somalia, sólo compartan nombre e inspiración yihadista. En Cabo Delgado, son una mezcolanza de jóvenes extranjeros, principalmente procedentes de la vecina Tanzania, y jóvenes de la costa noreste mozambiqueña. Chicos de la etnia Makwa, Mwani, y algún que otro chico Makonde, enrabiados por promesas incumplidas y sin futuro laboral que se alzaron en rebelión en el 2007 contra los líderes religiosos de la región, patrocinados por el oficialista Consejo Islámico de Mozambique. La diversidad en el grupo insurgente de Cabo Delgado, incluyendo a algún joven Makonde, tradicionalmente cristianos, complica una explicación lineal con conexión al estado islámico del conflicto en Cabo Delgado. A los gobiernos norteamericanos no les gusta las realidades con bifurcaciones, quieren formas lineales que dejen a la vista el horizonte cercano. Al Shabaab, de Cabo Delgado, ha sido etiquetado por EEUU como una franquicia más del estado islámico, aunque la realidad no se ajuste a la etiqueta.

El islam está presente en la costa oriental del continente africano desde la primera diáspora desde la Meca. En Mozambique casi el 20% de la población procesa la religión musulmana. En los años 90 se inició una proliferación de madrazas y mezquitas de la escuela Wahhabi en el norte del país, con el beneplácito del Consejo Islámico de Mozambique y de los gobiernos del partido Frelimo, en el poder desde 1975, que las utilizaron para forjar relaciones comerciales y atraer inversiones de los países árabes ricos del golfo. Junto a ello, otros contenidos propagandísticos de imanes islamistas radicales de la costa oriental africana, como el fallecido imán keniata Aboud Rogo, mozambique3con conexiones con Al-Qaeda, o el grupo somalí Al-Shabaab, han sido consumidos por los jóvenes mozambiqueños de Al-Shabaab. La influencia de las interpretaciones más extremistas del Islam en la juventud de Cabo Delgado se tradujo en posiciones radicales y violentas al grito de yihad. Primero se rebelaron contra los líderes religiosos y de la comunidad local, y ahora controlan parte del comercio ilícito de la zona.

El conflicto se enrocó más en el año 2010, con el descubrimiento, en el distrito de Palma, de la segunda reserva natural de gas más grande del continente africano por la multinacional norteamericana Anadarko. Al año siguiente fue la multinacional italiana ENI quien localizó más fuentes de reservas de gas. Desde entonces las multinacionales extranjeras fluyen a la zona como moscas a la miel. En el otro lado de la historia, donde las inversiones se frenan, no han experimentado los beneficios prometidos a las comunidades locales. Las promesas de las multinacionales europeas y norteamericanas de hacerse cargo del realojamiento o compensación económica de las comunidades desplazadas por los proyectos gasísticos no se han cumplido.

Sí fue a primeros de abril cuando la comunidad internacional centro su atención en los cientos de trabajadores de la multinacional francesa Total. Los últimos extranjeros con nombres europeos sitiados en Palma por Al Shabaab. Fueron mercenarios sudafricanos y rusos, contratados por el Gobierno de Mozambique y Total, los que evacuaron al personal de Total. Y aquí estamos con una nueva etiqueta de insurgencia islamista afiliada a ISIS operando y atacando a las comunidades locales de Cabo Delgado. Un lugar en la frontera bañada por las aguas cristalinas del océano índico. Donde los idiomas se entrecruzan y nos cuentan cuentos.


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Covid-19 ZA: vacunas...

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El avance en la retaguardia de nuestro protagonista no ha dejado de alterar las vidas de los sudafricanos. Atrás ha quedado el descenso de la segunda ola y el horizonte cercano pinta plano. Pero ya hace un año sin poder despedir a sus muertos siguiendo sus tradiciones funerarias africanas. Y vamos por los 200.000 muertos desde mayo de 2020 a febrero de 2021 (50.000 covid-19 y 145.000 excesos de muertes comparado a años precedentes). Mientras nuestro protagonista espera el momento adecuado para apretar el acelerador de nuevo, y alcanzar su objetivo de invadir el mayor número de cuerpos vivos. Lejos de las calles llenas de mascarillas y de los corrillos de decisión política, científicos de todos los colores y naciones se encierran en laboratorios. Públicos o privados, personal de laboratorios ha trabajado sin descanso para diseñar remedios contra el avance imparable del virus. Vacunas Covid-19. Mientras, en los áticos de edificios de oficinas farmacéuticas con sedes en Estados Unidos, Reino Unido, Rusia, China o India calibraban el peso monetario de cada vacuna. Con calculadora en mano, calculan la escalada de beneficios y la estrategia de relaciones públicas que aplicar para alcanzar el máximo de beneficios. Los consejos de administración farmacéuticas, junto a su ejercito de abogados y gurús en negocios, diseñan, paso a paso, la campaña para atrapar dinero público destinado a investigación de gobiernos europeos y norteamericanos y venta mayorista de producto.

covidzavacuna2Covid-19 se ha convertido en el perfecto aliado del Big Pharma, las grandes farmacéuticas que copan la producción de medicamentos en el mundo. La cronología del plan diseñado por cabezas demoniacas en busca de la avaricia más pecaminosa en tiempos Covid, le sigue. Primero: programa de sensibilización gubernamental sobre la necesaria inversión pública para el desarrollo de una vacuna eficaz, lo antes posible. Las donaciones llegan. Y el dinero público empieza a circular por laboratorios universitarios públicos y privados. Segundo: promesas del Big Pharma para generar productos que no sean instrumentos de codicia financiera que exprimen las arcas estatales. Ya paupérrimos, tras las crisis de los sistemas sanitarios provocado por nuestro protagonista. Es decir, precios de vacunas baratas al alcance de países pobres. Tercero: sucesión de comunicados de prensa escritos por departamentos de relaciones públicas del Big Pharma publicitando fases de desarrollo concluidas, porcentajes de eficacia, y perspectivas de producción a escala. Cada vez que una farmacéutica realizaba un comunicado de prensa, las acciones de la casa saltaban a números verdes. Entre tanto, los pioneros del negocio detrás de Pfizer y Moderna han visto escalar las acciones de sus empresas y con ello sus cuentas corrientes. Cuarto: países de ingresos altos, en el hemisferio norte occidental, se lanzan a una carrera para autorizar el uso de vacunas Covid-19 del Big Pharma e iniciar la inoculación de sus ciudadanos. Y quinto: imposición de acuerdos de confidencialidad sobre precios, distribución, protección contra responsabilidad civil por efectos adversos de las vacunas. Cinco pasos cronológicos de un excelente diseño de negocio que deberá ser incluido en el plan académico de facultades de administración de empresas y MBAs.

En marzo de 2020, la empresa Moderna aceptó financiación del Gobierno estadounidense, y de ONGs como CEPI, con la promesa de que sus vacunas serían asequibles para países de ingresos medios y bajos. Al día de hoy, Moderna no ha cerrado venta de vacunas o abierto expedientes de autorización para uso de su vacuna a las agencias de medicamentos de países fuera de la Unión Europa (UE), Reino Unido, Japón, Canada, Australia y Estados Unidos. El Gobierno de Sudáfrica, país de ingresos medios, explicó que no se puede permitir pagar los 40 dólares por dosis (son necesarias dos dosis por persona). La empresa Astrazeneca, en colaboración con la universidad de Oxford, sacaron adelante una vacuna en tiempo récord con ayuda de dinero público de la Unión Europea y Reino Unido, con la promesa de convertirse en la vacuna más asequible para países de ingresos medios y bajos. Un twitter de una diputada belga desveló los precios de las vacunas pagadas por la UE y puso en jaque las promesas realizadas por el Big Pharma. La Comisión Europea paga dos veces y medio menos por la misma vacuna que países de ingresos medios y bajos. La UE pagó a 2,15 dólares la dosis de Astrazeneca, mientras Sudáfrica paga 5,25 euros por dosis.

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A nuestro protagonista le gusta remover la mierda para que huela más. Y la suerte cambia. Las buenas cartas de la baraja de vacunas Covid-19, que guardaba Astrazeneca se convirtieron en un farol fallido. Sudáfrica fue el primer país en identifican una nueva variante Covid-19. Nuestro protagonista no dejó escapar la oportunidad, que miles de cuerpos le daba para conocer nuestros sistemas de inmunidad, y empezó a modificar su esencia para franquear a nuestros soldados inmunológicos. Sólo hizo falta una veintena de modificaciones de su genética viral y la vacuna desarrollada por Oxford y Suecia se quedó fuera de la partida de cartas. La vacuna Astrazeneca sólo demuestra un 22 por ciento de eficacia en casos moderados y leves de Covid-19 en la nueva variante identificada en Sudáfrica. Johnson and Johnson tenso músculo y mostró una eficacia del 58 por ciento en la nueva variante en Sudáfrica. No dejó pasar esta oportunidad y pasó a ser la primera de la fila en el plan nacional de vacuna sudafricana. Los que llegaron más tarde se situaron en primera línea, mientras los primeros en la meta retrocedían a la retaguardia. Pfizer y Johnson and Johnson son las campeonas en el territorio sudafricano, a 10 y 20 dólares por dosis.

Los Gobiernos de Sudáfrica e India lideran un movimiento internacional para eliminar las patentes de las vacunas Covid-19 temporalmente, y así permitir la producción a escala en todos los países que tengan recursos para ello. Están utilizando las plataformas de la Organización Mundial del Comercio y de la OMS para invitar a los demás países miembros a unirse en esta petición que ayudaría a solventar la falta de producción de vacunas contra nuestro protagonista. No han tenido éxito. La UE, Reino Unido, Estados Unidos, Canada, Australia, Japón, Switzerland, se niegan a levantar patentes temporales de vacunas Covid-19. Son los mismos países que están copando la distribución e inoculación de las vacunas. El 70 por ciento de las vacunas administradas han sido en el hemisferio norte rico. Científicos sudafricanos y de la OMS están dando el aviso de que el nacionalismo de vacunas provocará un tsunami a medio plazo con mutaciones del virus que escaparán a las vacunas actuales. Piden una escalada mundial de la producción de vacunas con la transferencia de conocimiento y tecnología para fabricar vacunas en todos los continentes, y así tener suficientes vacunas para el mayor número de población en riesgo al mismo tiempo, antes de que el virus mute y sean ineficientes las vacunas. La respuesta fue una nueva promesa de los países ricos, como la UE o Canada, de realizar donaciones de vacunas tras finalizar sus planes de vacunación, Sudáfrica dio por respuesta, “el problema con la filantropía es que no puede comprar igualdad”.

covidzavacuna4En otro foro nacional, el Parlamento sudafricano, el ministro de sanidad realiza un acto de transparencia sobre las complicaciones que están apareciendo en las negociaciones con las farmacéuticas para comprar vacunas Covid-19: “Hemos firmado acuerdos de confidencialidad con la mayoría de los grandes productores de vacunas. Esto nos permite conseguir información crítica de sus líneas de distribución, sus planes de producción, y los posibles bloqueos en los canales de producción. También nos permite negociar precios, volumen de dosis y fechas de suministros. En los detalles de estos acuerdos de confidencialidad han salido a la luz otras condiciones. Entre ellas, los principios de indemnización a los ciudadanos por cualquier efecto adverso producido por las vacunas, a cargo del Gobierno. Algunas empresas requieren que creemos un fondo de compensación de responsabilidad civil como expresión de tal indemnización. Tras consultar a un número de otros países, ha quedado claro que estas condiciones son standard alrededor del mundo.”. Las farmacéuticas Pfizer y Janssen (Johnson and Johnson) están exigiendo a lo gobiernos que asuman la responsabilidad civil por los efectos adversos de las vacunas y bloquear cualquier reclamación a las empresas fabricantes, si quieren comprar sus vacunas. Mínimo riesgo, negocio perfecto. Y aquí estamos esperando la llegada de nuestro hombre a caballo con nuestras dosis anti Covid-19.


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COVID 19 ZA con 'remake' de fábrica

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Covid-19 ha demostrado ser un virus eficiente en su cadena de transmisión y en destapar las miserias que nutren la fragilidad de nuestra especie. Covid-19 es el protagonista de una saga multitudinaria que arrasó países durante el avance del año que dejamos atrás. Su estreno resonó e impactó a nivel mundial. Al protagonista de esta historia le gusta viajar a la velocidad del transporte aéreo. La saga Covid-19, filmada y producida en Sudáfrica, nos deleita con una trama en la que no faltan peleas perrunas políticas, violencia masiva de capitales, gula por escalar beneficios farmacéuticos, y estraperlo de fondos públicos destinados a frenar la expansión del virus y alimentar a sus ciudadanos. Sin dejar de lado heroicidades de gente ordinaria que no busca ser héroe. En definitiva, ingredientes habituales en operetas de estados en guerra.

La primera parte de la saga sudafricana, nos sitúa a principios de marzo de 2020. Cuando nuestro protagonista, Covid-19, hace su aparición estelar en Cape Town vía Londres. Desde ese mismo instante, el Gobierno sudafricano optó por ser un ejemplo de respuesta gubernamental firme contra el virus invasor y ejecutó un cierre casi total del país, siguiendo los consejos de la comunidad científica especializada en epidemias. Medidas para el control de contagio y proteger la salud pública de sus ciudadanos. Un acto heroico, anteponer la crisis sanitaria a la crisis financiera y económica del país.covidza2 Una estrategia clara y eficiente de comunicación, diseñada con un sistema de alertas que da al ciudadano los mecanismo para entender los diferentes niveles de riesgos y sus correspondientes decisiones sobre limitación de movimiento de personas, reuniones y negocios. Con sólo 62 positivos y sin ningún muerto, el Gobierno sudafricano decretó la aplicación del Disaster Management Act. Una ley que permite al ejecutivo decretar medidas restrictivas de los derechos protegidos por la constitución, sin pasar por el Parlamento, apelando motivo identificado como desastre nacional.

A finales de marzo se desencadenó la logística para el cierre del país. Movilización completa de los 76.000 oficiales del ejercito para contener la libertad de movimiento de las personas, restringida a servicios esenciales como compra de comida y visitas a médicos. Fronteras cerradas por tierra, aire y mar. Prohibido sacar perros a pasear. Prohibida la venta de alcohol y tabaco. Una caravana de decenas de miles de trabajadores de salud pública inundaron las calles de los extra-radios urbanos para identificar positivos Covid-19 en las comunidades más en riesgo, las zonas residenciales con alta densidad poblacional. En países en desarrollo, el confinamiento y cierre de los sectores económicos son imposibles de aplicar sin la voluntad ciudadana de acatar medidas draconianas, y sin la imposición por la fuerza de los cuerpos de seguridad estatales.

Una tregua no escrita entre los principales sectores económicos, mayoría de las fuerzas políticas y asociaciones civiles, acompañó la aplicación del Estado de Desastre Nacional. Todos unidos contra la llegada de nuestro protagonista al país. Una ley aprobada en 2004 para hacer frente a desastres naturales, o epidemias como el Ébola, permitió al Gobierno actuar con firmeza y rapidez sin necesidad de aprobación parlamentaria. Tras escuchar razones de salud pública por especialistas científicos en epidemias, el sector empresarial y sindical apoyó al Gobierno en su contundente respuesta a la llegada del virus. Cierre del país desde el 27 de marzo y suave desescalada desde finales de abril. Las imágenes de hospitales y cementerios colapsados en Italia y España fueron cruciales para entender la solidaria respuesta inicial de todos los sectores sociales, económicos y políticos sudafricanos. La maquina de relaciones publicas del partido en el Gobierno, African National Congress (ANC), mantuvo el control de la narrativa de la crisis en su primera fase de la saga. Comparecencias diarias de ministros para dar cuenta de las diferentes medidas aplicadas y su implementación, así como la evolución del contagio, coparon televisiones, radios y prensa escrita. Pero no todos acompañaron al Gobierno en su periplo hacia al abismo sin rechistar por mucho tiempo. Agentes malignos que obstaculizan cualquier acción gubernamental que sea encaminada a salvar vidas no negocios entraron en juego en la trama.

Multinacionales tabacaleras y de bebidas alcohólicas se rebelaron. Se inició una subtrama judicial por el efecto cierre y pérdida de negocio. Partidos políticos, en la oposición, abanderados de políticas económicas neoliberales se les unieron para desbaratar judicialmente el cierre del país. El primer enfrentamiento judicial acabó dando la razón al Gobierno. El camino de las apelaciones a cargo de la billetera de multinacionales está en marcha. Los partidos conservadores de circunscripción mayoritaria blanca no han llevado bien el papel de ser meros espectadores de la actuación gubernamental durante la primera parte de la saga. Tras la tregua inicial concedida al Gobierno Sudafricano, buscaron su espacio en la escena mediática. Prominentes personalidades empresariales, científicas, y líderes de partidos covidza3en la oposición de mayoría neoliberal y nacionalista afrikáner dieron un puñetazo sobre la mesa. Siempre desenfundando el factor económico, el partido liberal Democratic Alliance (DA), que lidera la oposición en el Parlamento con a penas el 20% de los votos, activó la maquinaria de relaciones públicas para atacar el cierre del país y su repercusiones negativas en el sector empresarial sudafricano. Exigieron acudir a rescates financieros del Fondo y el Banco Mundial, a sabiendas que así se ajustan a la baja las futuras partidas sociales para paliar la desigualdad socio-económica nacional.

La gran mayoría de los trabajadores sudafricanos sobreviven con salarios que no cubren los gastos para llegar a fin de mes. La mitad de la población sudafricana está habituada a ir a dormir con el estómago vacío, a hacer colas para mear en los lavabos públicos apilados en sus barrios, a hacer largas colas para llenar los barriles de agua en el grifo comunitario. A no depender de la precaria asistencia sanitaria pública. A divisar el camión municipal de basura una vez al mes. Cada día la precariedad de sus vidas les recuerda que residen en uno de los países más desiguales socio-económicamente del mundo. El Banco Mundial afirma que la desigualdad de la riqueza persiste a lo largo de la división racial histórica desde los años de colonización. La desigualdad no ha dejado de aumentar desde 1994. El país presenta uno de los más altos porcentajes de desempleo en el mundo, alrededor del 30 por ciento. A pesar de ello, el número de parados entre la población blanca sudafricana nunca ha sobrepasado el 8 por ciento desde 1994. De promedio, la población negra gana menos del 20 por ciento que su contraparte blanca. El director regional para el sur de África del Banco Mundial, Paul Noumba, describe este sistema económico dual de Sudafrica: “por un lado hay una economía muy cualificada con alta productividad, y por otro, una amplia economía no cualificada con baja productividad”. Esta dualidad se traduce en altos índices de desigualdad en salarios y un mercado laboral altamente polarizado. Thabo Mbeki, sucesor de Nelson Mandela en la presidencia, describía hace cuatro años con estas palabras la dicotomía socio-económica sudafricana: “los relativamente prósperos blancos, y los negros y pobres residiendo bajo condiciones de profundo subdesarrollo”.

La otra nación, la prospera, está hastiada de no poder facturar y tener que pagar salarios a trabajadores que no acuden a sus puestos de trabajo por las restricciones de movimiento para contener la expansión de nuestro virus protagonista. De no poder sacar a pasear a su perro por la playa. Siguiendo la estela dibujada por científicos y líderes mundiales que buscan la inmunidad en manada, no quieren oír hablar de planes de desescaladas, picos, muertes o hospitales colapsados. Quieren poner fin a la declaración del Desastre Nacional y a sus medidas de restricción de movimiento de personas y mercancías. Invocan como solución única: la inmunidad en manada. La primera mujer cardióloga sudafricana en realizar un transplante de corazón, Susan Vosloo, se lamentaba en una entrevista en la televisión de que “hay una pequeña minoría que morirá del virus, entonces por qué la mayoría no debemos ir a trabajar. Por qué el país tiene que paralizarse en su totalidad para proteger a un puñado de gente”. Días antes, la Secretaria General del partido DA, Helen Zille, twitteo su visión de la epidemia “una vez que tienes el sistema sanitario listo, el virus debe de circular su curso. No hay cura. No hay vacuna. Sólo inmunidad cuando la tengas. Es menos mortal de lo que tememos, sobre todo en la gente joven y sana. Escalará, pero eso nos acerca al tope, entonces bajará. No hay otra forma”. John Steenhuisen, candidato a la presidencia del partido de mayoría blanca liberal, DA, respondió con agresiva arrogancia a la periodista de la televisión pública, Flo Letoaba, cuando le preguntó quiénes eran esos ciudadanos a los que John denomina “los sudafricanos”, quienes quieren poner fin al cierre del país para combatir el Covid-19. John contestó: “los sudafricanos que mandan mensajes a mi partido”.

El gran juego del capital financiero y la corrupción en todos los niveles de la administración no dejó pasar mucho tiempo antes de saltar a la primera línea de la trama principal de esta entrega de la saga. Tampoco el capital financiero y su gula por el beneficio especulativo. Sólo cuatro días después del inicio del cierre del país, la agencia de calificación de solvencia de deuda pública nacional, Moody, emitía la degradación del bono de deuda pública sudafricano a bono basura. Una semana más tarde la agencia Fitch le seguía. El crecimiento económico sudafricano, pilotado principalmente por el sector servicios, manufacturación y minería, estaba a la baja antes de la pandemia Covid-19. En recesión técnica desde 2011 con valores por debajo del 2% del PIB. Tras diez años de corrupción galopante a nivel estatal, de empresas paraestatales en amenaza de quiebra, con crisis sucesivas de abastecimiento y suministro de servicios básicos como electricidad covidza4o agua, Covid-19 llegó como puntillero y remató la agónica economía sudafricana. Degradación de los bonos de Estado a basura por dos de las tres mayores agencias de calificación crediticia. Con ello, aproximadamente unos 11 millones de euros de capital han sido retirados del país. El fuego financiero arde en una tierra ya quemada por recesión económica.

El Gobierno del ANC se ha afanado en mantener un escenario macroeconómico estable que evitara tener que recurrir a instituciones como el Fondo Mundial y el Banco Mundial para obtener créditos. Con una inflación por debajo del 7 por ciento, un déficit fiscal por debajo del 5 por ciento del PIB, y deuda externa por debajo del 60 por ciento del PIB, Sudáfrica ha conseguido mantener sus líneas de créditos abierta, sin recurrir al temido Fondo y Banco Mundial. Hasta la llegada de nuestro protagonista al país. La aparición de Covid-19 en tierras sudafricanas tiene el efecto de un tornado que arrasa con todo lo que se le pone delante. En mayo de 2020 el Presidente, Cyril Ramaposa advirtió que “ el Covid-19 ha supuesto la casi total destrucción de nuestra economía. Esto es una situación de pos-guerra con desafíos y oportunidades”. Cyril Ramaphosa evocó la inevitable transformación radical de la economía sudafricana. Necesaria como la independencia de los gobiernos en países en desarrollo que no quieren ser rescatados por organizaciones internacionales. No estaba en la agenda del Gobierno sudafricano acabar siendo supervisados por funcionarios internacionales que minan la maniobra de reformas fiscales y laborales. Pero llegó Covid-19 y Sudáfrica llamó a la puerta del Fondo Monetario Internacional.

La disposición de urgencia de liquidez para comprar equipos médicos y ampliar el número de instalaciones sanitarias abrió la puerta a oportunistas sin escrúpulos bien conectados con funcionarios de la administración sudafricana. Se suceden estafas y corruptelas administrativas de importantes partidas de dinero público disponible para la compra de equipo médico o bolsas de alimentos para las familias más devastadas por el cierre económico. A pesar de expresar la intención de limpiar las cloacas de la administración por donde fluye licitaciones, vemos a familiares y amigos bien interconectados con la administración hacer el agosto con las partidas presupuestarias públicas en tiempos de Covid-1. Nuestro protagonista reina entre las cloacas de la administración sudafricana.

Un tramo de los intestinos del país se rebela contra las restricciones económicas para poner freno a la expansión del virus. El otro tramo resiste a golpe de pistola y paliza policial. Y es la parte más larga. Es en ese tramo de los intestinos es donde residen la gran mayoría de sudafricanos. No han levantado la voz, no han cortado carreteras, no han quemado un neumático contra el cierre del país. covidza5La inmensa mayoría ha acatado las draconianas medidas de quedarse en casa, en barrios masificados, sin espacios abiertos al aire fresco. A pesar de las colas interminables para acceder al subsidio estatal o a bolsas de alimentos. Callan y sobreviven.

Llegamos al final de esta primera parte de la saga Covid-19 ZA. Sudáfrica ha conseguido dominar a nuestro protagonista. Puso freno a una tragedia de proporciones bíblicas por un instante. El número de muertos no ha sido el predicho por modelos epidemiológicos a inicios de esta primera parte. La desescalada de los contagios y la vuelta a una cuasi normalidad fue iniciada justo antes de la temporada veraniega, en diciembre 2020. Las puertas de los negocios se abrieron para hacer caja por vacaciones. Mientras, nuestro protagonista ideaba su contraataque para deleitar a espectadores de la siguiente entrega de la saga. Surfeando un tsunami, nuestro protagonista se ha llevado por delante, finalmente, la temporada veraniega. Turistas, surfistas, bañistas, terrazas, hostales a nivel del mar han sido arrasados. Un reguero de muertos nos anuncia que la siguiente entrega de la saga Covid-19 viene llena de fuertes emociones.


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