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Estrella

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Uno va cumpliendo años y teniendo, por fin, la sensación de que madura como persona. Uno tiene el privilegio de encontrar, cada día, momentos durante los que reflexionar mientras oxigena el cerebro caminando. Y uno piensa que no lleva demasiado tiempo viviendo con la sensación de hacerlo plenamente, incluso en los instantes en que su existencia le puede parecer de lo más insulso.

estrella2Tampoco tiene uno ni idea de cuánto durará este período de plenitud en el que se concitan (en lo que uno cree que es su apogeo) cabeza, corazón y fuerza. Y a uno le da por ir sacando conclusiones para sí y para todos aquéllos a quienes les pudieran servir (aunque estas enseñanzas rara vez resultan útiles a los que, aun comprendiéndolas, no están todavía en condiciones de madurez para aplicárselas).

Así, pues, en el que espero esté siendo el mediodía de mi vida, me gustaría aportar algunas consideraciones sobre lo que considero un factor que sólo se puede atisbar a condición de que se haya tenido la oportunidad -y el valor- de echar la vista atrás. Se trata de aquello que se suele conocer como estrella.

Y es que la sabiduría popular afirma que todo quisque nace con su estrella y que, considerada globalmente, ésta puede ser buena o mala. De aquéllos a los que se atribuye una mala estrella se dice que han nacido estrellados, en el sentido que apunta a que los pobres van cosechando en sus vidas continuos y clamorosos fracasos.

Encuentro, sin embargo, que los que tienen buena o mala estrella son bastantes menos que los que tienen buena o mala estrella para según qué cosas. O, si me apuran, rizando un poquito más el rizo, para según qué faceta de los grandes ámbitos en que se desenvuelve la existencia: el profesional, el sentimental, el creativo, etc.

estrella3Cuando dicho ámbito está muy circunscrito y no se refiere a asuntos mollares, a la estrella se la suele designar como suerte. En mi caso, por ejemplo, me parece indiscutible que tengo mucha suerte a la hora de encontrar aparcamiento incluso en las situaciones más difíciles. Tanto mi hermana como yo creemos haber heredado dicha suerte, que supimos reconocer en su día en nuestro padre. En casos de máximo apuro, llegamos hasta a invocar la figura de nuestro progenitor para que nos facilite dicha tarea del modo más expeditivo. Y no falla. Entre otras cosas porque estamos convencidos de que acabará llegando nuestra suerte. Esta especie de estrella de bolsillo la percibimos, pues, como algo que se nos hubiera transmitido genéticamente y cuya potencia vamos recargando a través de nuestro convencimiento, de la inquebrantable fe que ponemos en ella.

¿Por qué negarse, entonces, a admitir que lo que funciona a pequeña escala no va a hacerlo del mismo modo en los grandes asuntos de la vida? Se trata de una cuestión que, muchas veces, nos negamos a abordar pues sus implicaciones pueden condicionar seriamente la confianza en uno mismo y, en el caso de mala estrella, poder, incluso, conducirlo al fatalismo.

Para lo bueno o para lo malo, se trata de percibir que los distintos capítulos de nuestra existencia están, de alguna manera, predeterminados. Los exitosos nos refuerzan y los ruinosos nos minan.

estrella4En lo que a mí respecta, tengo a estas alturas muy claramente identificadas cuáles son las vertientes de mi vida en las que estoy abonado al triunfo, cuáles a la agonía (en el sentido más griego de la palabra: la denodada lucha por los laureles) y cuáles al chasco garantizado. Repasando las vidas de mis antepasados (las pocas de las que tengo datos, por supuesto), me doy cuenta de que, en esto, también me inscribo en su continuum.

Por eso, ahora que podría parecer que determinadas puertas, que nos han estado antipática y desoladoramente cerradas a mí y a los míos, pudieran dar la sensación de entreabrirse; ahora, en el que espero esté siendo el mediodía de mi vida, prefiero no hacerme estériles ilusiones al respecto y seguir apostando por mis valores seguros.

Aprendí, por fin, a no atender a cantos de sirenas. Créanme: no se trata de resignación sino de una pura y simple estrategia de supervivencia que me permita seguir disfrutando de mi buena estrella.

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