Mike Esbirro: En tierra de nadie
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Sin hogar

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Otro día más. Salir tarde del trabajo se ha convertido en una peligrosa rutina. Impávido , un tanto absorto y distraído, observo por unos segundos el discurrir de la vida desde el umbral del vetusto portal de la oficina.

Ha llovido y hace un espantoso frío. La tarde se adormece en brazos de la noche. La luna, aún un poco tímida, trata de pisar los charcos con sus pies plateados intentando escapar del cerco que algunas nubes irredentas la tienen jalonada. La gente discurre tratando de salvaguardarse del frío, embozados en gruesas bufandas y pesados abrigos. Se deslizan por las aceras con una cadencia fúnebre y desapasionada, entre colosos de hormigón salpicados de brillantes y rodeados por gusanos intermitentes de intimidantes destellos.

Un taxista “bienintencionado” ha decidido sacarme del marasmo que me absorbe cruzando a gran velocidad sobre un charco adyacente. En cualquier otra ocasión hubiese jurado en hebreo y le hubiera dedicado los mas hermosos calificativos, pero hoy ni siquiera tengo ganas de eso. Sacudo un poco mi gabardina y comienzo a caminar.

Mientras me deslizo calle abajo, trato de decidir si cogeré el autobús, el metro o un taxi. Hoy nada parece convencerme. En realidad, comienzo a darme cuenta que lo que no quiero es llegar ha casa. Hace frío, si, pero yo apenas lo siento. Deseo caminar, perderme entre la multitud anónima y desalmada, sin rumbo, dejarme llevar por la corriente informe, observar y desdeñar si soy o no observado. Hoy no quiero ser...solo deseo sentir.

sinhogar2Un olor característico me devuelve a la infancia unos segundos. Una mujer joven, cubierta con un buzo de trabajo azul, asa castañas en una esquina sobre un carrito con forma de locomotora de vapor. Madres e hijos, y algún anciano que otro, hacen cola tras ella. La felicidad con la que las madres portan su cucurucho contrasta con la perplejidad de los pequeños acostumbrados a ver salir los dulces de la nevera. No puedo evitar sorprenderme gratamente de que algo asi aun sobreviva en una era que pretenciosamente nos empeñamos en calificar como “tecnológica”.

Dos manzanas más abajo me adentro en una plaza abarrotada. ¡Dios mío! Lo había olvidado, se acerca la navidad. Un gran abeto, cubierto de luces brillantes a modo de sol, preside la plaza. En torno a él, cuan satélites en órbita, una multitud de puestos de souvenirs navideños atestados de curiosos vociferantes. Familias enteras y curiosos solitarios se dan cita en aquella orgía blasfema de música de campanillas, villancicos, olores empalagosos y luces centelleantes. Me ahogo, quiero salir de aquí. Trato sin mucho éxito de escapar cruzando la plaza hasta la próxima calle. Mi maletín portadocumentos se engancha constantemente en los abrigos de los transeúntes. El aire es escaso y mi cabreo aumenta. Consigo escapar a duras penas de la marabunta de consumo que todo lo devora. Al doblar la esquina, un despistado asiático vestido torpemente de Papa Nöel trata de venderme lotería. La mezcla de odio y espanto de mi rostro le dan por si solos merecida respuesta.

Huyo sin mirar atrás hacia aguas mas tranquilas. Jamás podre entender la pleitesía absurda que se rinde en este país a las tradiciones anglosajonas mas pueriles y extrañas. Cuanto mas nos escupen, mas idolatramos su basura. Todo lo que tocan lo pudren.

Aminoro mi paso. En esta parte mas antigua de la ciudad apenas hay gente. Llevo varias horas caminando y empiezo a estar cansado. La noche avanza y no parece depararme nada nuevo. Hoy me siento especialmente solo, desarraigado y huérfano. Mendigaría un poco de amor en cualquier dique donde poder atracar.

Una lluvia fina e impertinente ha hecho acto de presencia formando cortinas flotantes arrastradas caprichosamente por el viento. Al fondo de la calle , como faro en la tormenta, el viejo “Café di Fiore” alienta mis pasos. A pocos metros, frente a la gran cristalera y bajo una ornamentada farola, aprecio la belleza del vetusto local de mi buen amigo Pietro. La madera, la añeja cafetera a presión, cobriza, de esas con manivela, los espejos, cuadros,el suelo ajedrezado, el cuero de la barra y su buena carta de vinos toscanos. El valor y sabor de lo autentico, invariable a los vientos cambiantes. Un hogar donde recalar.

sinhogar3Una mirada a través del cristal capta mi atención. Una mujer, relativamente joven, me observa con interés. Se sienta con gentileza tras una mesa de mantel blanquecino frente a la cristalera. Porta en su mano derecha una fina copa de vino con la que moja sus labios suavemente sin dejar de mirarme. He clavado mis ojos en sus pupilas como cuchillos lacerantes, pero no rehuye la refriega. El agua de despeña por mis cejas y se arrastra sobre mis mejillas. Estoy empapado hasta la ropa interior, pero yo tampoco puedo dejar de contemplarla. Enigmática, magnética, de dorados y ensortijados cabellos, vestido liso negro y escotado, cuello fino engalanado de perlas, ojos grandes e inquietantes. Es una mujer en blanco y negro, salida de una película de los cincuenta, una mezcla peligrosa de sensualidad animal.

-¡Buenas noches Enrico, estas empapado! ¿Qué deseas? -apenas le hice caso, ni siquiera le miré.
-Una copa de Chianti, y otro para la señora -sonreía traviesa sin dejar de mirarme. Se abrieron sus carnosos labios brevemente, se ilumino su rostro al hablar.
- La sonrisa cuesta menos que la electricidad y da mas luz.
-¿Alguna cosa mas? -el tono de Pietro sonó pícaro y burlón.
-Si, las llaves del apartamento.

El rayo de sol incidía a conciencia sobre mi parpado derecho. “ ¿Que hora será?” Mi maletín yacía sobre el suelo de la habitación coronado por unas bragas de encaje blanco. Mi camisa, rota y aún húmeda, colgaba de una silla. Una media negra se suspendía de la lampara de techo y un zapato de tacón sustituía al teléfono en la mesilla. Me percate con susto y asombro de la presencia de mi cinturón alrededor de mi cuello a modo de collar. Un inconfundible aroma a sexo y alcohol lo inundaba todo.

sinhogar4-Creo que es tarde -mi voz sonó lánguida, despreocupada.
-¿Te importa? -preguntó mientras jugueteaba con los pelos de mi pecho.
-No, simplemente puede que pierda mi trabajo.
-Creo que lo estas deseando -se incorporó sobre su brazo derecho para mirarme. Su mirada había tomado otro cariz, ahora era mas tierna, maternal.

Salte de la cama como el relámpago de Zeus, abrí bruscamente la ventana y me agache para asir con fuerza mi maletín, no sin antes retirar cuidadosamente su ropa interior, para lanzarlo fuera con todas mis fuerzas.

-¡Hasta nunca!

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Jolene

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Aún aturdido, somnoliento y con mi capacidad de reacción anulada por las circunstancias del momento, observo a la joven criatura depositar la bolsa de naranjas sobre la vieja mesa de roble. Se mueve con absoluta soltura a lo largo y ancho de la estancia, sin parar de hablar, como si me conociera de siempre. Me cuenta cosas de su vida en el pueblo, de su abuelo, de gente que no conozco, de la casa. En otras circunstancias hubiese pensado que estaba loca, sin embargo, ha sido capaz de captar toda mi atención con sus maneras sencillas y familiares.

jolene2Sin dejar de hablar y mientras la miro de pie, inmóvil, como un espantapájaros, ella rebusca aquí y allá todo lo que ella entiende necesario para preparar un rico desayuno. Parece conocerse la casa a la perfección, se mueve con osadía por los armarios y cajones de la vetusta cabaña. En pocos minutos, la mesa esta a rebosar: cafetera italiana, exprimidor, pan de molde, mermelada....

-¡Pero vamos, no te quedes ahí, échame una mano! -me espetó con una sonrisa que terminó por sacarme de mi adormecimiento.

Con una visible desgana, pero atraído por su joven ímpetu, comienzo a preparar el café mientras ella se encarga de todo lo demás. Con la alegría propia de su lozana juventud, comienza a cantar canciones populares, festivas, que me trasportan a tiempos muy olvidados de mi pasado. Todo en ella me es familiar, cotidiano, cercano y entrañable. No la conozco de nada, pero es como si siempre hubiese estado conmigo.

Sentados a la mesa, frente a frente, trato de prestar la máxima atención. Me siento  un lienzo en blanco donde ella dibuja, a través de sus palabras, una nueva realidad.

Se hace el silencio. Aprovecho el momento en el cual sus dientes se afanan en dar buena cuenta de una suculenta tostada de mantequilla.

-¿Cómo te llamas?
-Jolene –afirma mientras no puede evitar que parte de la tostada caiga sobre el café salpicando su rostro. Ríe a carcajadas.

jolene3“Demasiado tiempo entre adultos” pensé. La escena me conmueve, no dudo en sonreír.

-No es un nombre muy común – observé .
-Me lo puso mi madre. Es de una canción americana que le encantaba. Me la solía tararear de pequeña, pero ya no la recuerdo bien.
Su rostro se ensombrece por un momento. Tengo la tentación de preguntar, pero  lee mi pensamiento y sigue hablando:

-Mamá ya no esta, murió cuando yo tenia ocho años. Papá nunca tuve, vivo con el abuelo, él me cuida.

Sosteniendo el recipiente con ambas manos y provocando un un ruido característico al tragar, termina con ansia el contenido de su taza. Se relame como un gato.

-¡Ummmm!, ¡Café rico!.
-¿No eres un poco joven para tomar café?- le señalo mientras se limpia los labios con la manga de su chaqueta.
-No sé desayunar otra cosa -asevera con rotundidad.

La observo fijamente unos segundos. Esa nariz, esos pequeños ojos almendrados, su forma de reír... ; me asalta un sombrío recuerdo. Ella también me mira, como si tratara de adivinar.

-Estoy muy contenta de tener un nuevo amigo. El abuelo me dijo que vendrías. Has tardado mucho, pero no importa. -asegura jovialmente.

jolene4Guardo silencio, sobran las palabras o, simplemente, no tengo nada mejor que decir. Su juvenil fuerza me abruma, al mismo tiempo me llena y me da pereza. No tuve hijos pero, de haberlos tenido, no me hubiese importado que se parecieran a ella.

-Venga, date prisa, tenemos que hacer una visita al viejo Zoilo – me apremia alzando ambas manos riéndose.

Apenas tengo tiempo de lavar mi cara. Ya en la calle, caigo en la cuenta de mi imagen deplorable. He perdido la cuenta de los días que llevo sin cambiarme de ropa. Me invade un atisbo de vergüenza.

-Venga, no te preocupes, aquí no te conoce nadie – asegura mientras monta en su bicicleta “machucha”.

Ajustándome mi querido sombrero panameño, la sigo a mi ritmo. Ella va y viene, jugando a mi alrededor, sin perderme de vista, como abeja entorno a su flor. La mañana es fresca y soleada, esplendida, luminosa, de esas en las cuales sientes unas ganas irresistibles de vivir. Disfruto de cada paso.

Transitamos por calles malamente empedradas, con casas semiderruidas a ambos lados salteadas de solares abandonados llenos de escombros de lo que en otro tiempo fue un hogar. En otras circunstancias seria un paisaje desalentador, pero hoy lo encuentro hermoso.

Llegamos a la única casa en pie de los alrededores. Toda de piedra del lugar y buena teja de arcilla, se la ve cuidada y tratada con mimo. Con detalles en forja y ventanas repletas de geranios florecidos, contrasta sobremanera dentro de su entorno.

jolene9Bajándose de la bici y dejándola tirada en el suelo, Jolene agarra una piedra y la lanza con fuerza contra la puerta provocando un ruido seco en la madera. Ríe como poseída. Un hombre de unos setenta años se asoma flemático por la puerta.

-Sabia que eras tú. Usted no se asuste, es su peculiar manera de llamar. La puerta es buena, lo aguanta todo. Durará más que yo. Pase, no se quede fuera.

Jolene ya bajaba cuesta abajo con su maltrecho velocípedo. Antes de entrar, la lanzo una última mirada. Se va cantando a pleno pulmón, abriendo las piernas a la par que aumenta su velocidad, temeraria y ajena a todo peligro.

La robusta puerta se cierra tras de mi. Descubro mi cabeza y cuelgo mi panameño en el cuerno de un venado que a modo de percha cuelga en la pared. Recorro la estancia con la mirada. Se trata de un amplio zaguán con el suelo adoquinado de cantos rodados, cubierto de alfombras persas de manera desordenada, con todos los muros libres ocupados por estanterías repletas de libros que se pierden en los altos techos de la estancia. Un gran cuadrado acristalado y cuartelado en su techo le aporta luz natural. Justo debajo, en el centro, un hermoso brasero repujado  le la el calor en invierno. Entorno a éste, como si fueran planetas girando entorno al sol, se alternan lamparas, candelabros,  butacas y sillas, de distintas formas, colores y épocas formando un conjunto aparentemente asimétrico, pero en el que subyace un orden no visible.

El anciano extiende su mano derecha para saludar y aprieta la mía con franqueza y seguridad. Con tono grave pero con un aire entrañable, nada distante, sino cercano y humano se presenta.

-Buenos días. Me llamo Zoilo, pero por aquí me llaman simplemente “el maestro”. Fuí de los primeros en llegar. Dediqué toda mi vida al mundo de la educación y aún hoy sigo ejerciéndola, aunque solo tengo un alumno. Ella (en clara alusión a Jolene), es mi mayor y única promesa en la actualidad. Es una chica muy inteligente, se que llegara lejos, confío mucho en Jolene.

jolene5Su forma de de hablar denota la pasión de las personas que han encontrado su razón de ser en esta vida, la seguridad y el convencimiento de haber encontrado el camino que estaba escrito para ellos.

-Pase, siéntese en el lugar que mas le atraiga, cada asiento tiene una historia jijiji -ríe pícaro.

Me llama poderosamente la atención un sillón orejero verde inglés junto a una estatua femenina de alabastro o similar, que sostiene entre sus níveas manos un grueso cirio carmesí.

-Buena elección caballero -me mira con complicidad, como si hubiese descubierto algo que en realidad ignoro.

Su rostro se vuelve mas serio por un momento. Un telón gris filtra ahora su añeja mirada.

-¿Tiene usted tiempo para escuchar?

Cruzo mis piernas, me relajo en el sofá y elevo mis ojos hacia la luz que penetra por el ventanuco volviéndolos lentamente sobre él.

- Hasta el fin de mis días.

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Génesis

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Me había quedado profundamente dormido hasta que aquel tremendo bache en la carretera me sacó de mi letargo. En el autobús reinaba un hedor aberrante a humanidad transpirando. El aire acondicionado no parecía funcionar y el vehículo carecía de ventanillas abatibles.

Las caras de la gente eran todo un poema épico, un canto al estoicismo castellano. Cerré de nuevo los ojos mientras intentaba recordar qué era aquello que me traía desde tan lejos hasta estos páramos.

Llevaba varios días sin cambiarme de ropa. Desde que abandoné Marruecos no había podido desprenderme de mi traje blanco. Salí de allí con lo puesto y, ese día,  lucía una imagen un tanto deplorable. Podía notar las miradas reprobatorias y los murmullos insinuantes pero, a decir verdad,me causaba una profunda indiferencia.

genesis2Me fue imposible volver a conciliar el sueño. Rebusqué en el bolsillo interior de mi chaqueta hasta dar con un pequeño papel muy arrugado que desplegué con sumo cuidado. El número de una parada de autobús y un nombre masculino era todo lo que en él figuraba. Giré mi cabeza hacia la ventana y entrecerré los ojos al otear el horizonte amarillento e infinito mientras recordaba las últimas palabras de Khaled: “Cesa tu lucha, vuelve al origen”.

El autobús se paró en medio de la nada. Los pasajeros se miraban los unos a los otros atónitos cuestionándose quién podría ser el necio que se apeara en aquel lugar inhóspito.

Muy serenamente, me calé mi sombrero y me incorporé, disponiéndome a salir de aquel tostador sobre ruedas. Recogí mi vieja maleta de cuero de la bodega y caminé lentamente hasta la parada mientras una polvareda amarillenta y grosera, levantada por la huída apresurada del vehículo, se adueñó de mi persona.

Esperé bajo aquel pequeño techo de cemento más de una hora. Aburrido, decidí comenzar a andar por el único camino que de allí salia: una pista de tierra que parecía terminar a lo lejos en un pinar. Caminé presa del hastío, imbuído de una sensación de surrealismo delirante. Por un momento, salvando las distancias, me sentí protagonista del "Lobo estepario" de Hesse.

Yo nací en estos páramos sin apenas sombra. Sí, sé que resulta increíble, pero tal era el ansia que tenía por escapar de aquí, que llegué a borrarlo de mi memoria.

Vuelvo a mi origen pero, lejos de sentirme reconfortado, me invade el vértigo y la duda.

Llegando a la arboleda, la dificultad para caminar aumenta. Me hundo con facilidad en la fina arena que cubre los pinares. Cansado, apoyo mi maleta y me acuclillo mientras extiendo la mano tratando de atrapar un puñado de aquella tierra. La arena caliente se escurre entre mis dedos sin remedio alguno. Cuanto más aprieto, más rápido se va. Metáfora de la vida misma y de tantas cosas que trascurren en ella.

genesis3Cogido por sorpresa, un rebaño de ovejas ha tomado mi posición al asalto. Rodeado, me siento preso de una graciosa emboscada. Abriéndose paso entre aquella marea, cual Moisés entre las aguas del mar Rojo, surge un anciano que, con paso firme y decidido, llega hasta mí. El uno frente al otro, nos observamos durante unos segundos, no hay prisa. Escasa estatura, barba canosa y larga, camisa de cuadros un tanto raída, largo y grueso cayado y unos ojos azules intensos, lacerantes, con la mirada astuta de las rapaces.

- ¿Es usted el “nómada”? Advierto el tono sarcástico de su pregunta, pero todo lo más que hago, es sonreir levemente. Miro una vez más el papel arrugado que traigo conmigo y alzo los ojos.
- ¿Diógenes?

Asiente despacio. Sin decir más y con un leve gesto de su mano, me invita a caminar a su lado. Durante varios minutos que me parecen horas, no suelta palabra alguna. Seguidos por el rebaño y a veces rodeados por él, tengo la sensación de asistir a una manifestación silenciosa sólo perturbada por el balido de algún que otro desaprensivo carnero. Una vez más, la vida del hombre y su reflejo en el mundo animal.

- ¿Qué le trae a este lugar? Su pregunta sonó inquisitiva.
- Aún no lo sé. Estoy muy cansado, eso es todo. Quizás una decepción...

Sin dejar de caminar, entorna los ojos al hablar.

- Entiendo. El desengaño, amigo mío, es un lugar al que se llega para no volver, un sitio al que inexorablemente uno termina por llegar. Yo soy el único que transita por estos caminos, las gentes de los alrededores huyen de aquí como de la peste; a mí me tienen por viejo loco. Nadie recuerda cuándo se abandonó aquella población, ni tampoco su nombre. Unos dicen que durante la guerra, otros que antes, pero el caso es que lo tienen por lugar maldito.

Se para durante unos pocos segundos y toma aire.

- Hace unos años comenzó a llegar gente de fuera, bohemios, soñadores, seres repletos de inquietudes, de dudas y preguntas, de angustias y, en su mayor parte, de frustraciones. Individuos difícilmente clasificables en los estándares sociales de nuestro tiempo, gentes que, ni si ni no, ni todo lo contrario. Fueron llegando a cuentagotas. Todos vinieron primero a mí y yo los conduje allí, al igual que hago ahora contigo.

genesis4Mientras el viejo habla, recuerdo pasajes de lo que ha sido mi vida hasta ahora, de todo lo que fue y no debería haber sido... Observo despacio al abuelo y pienso que era lo que podría unir a este hombre y a Khaled a miles de kilómetros de distancia. No deja de ser curioso que, esencialmente, ambos sean pastores.

- Siempre llegan con lo puesto, ocupan una casa semiderruida, la arreglan, se ayudan, algo así como una terapia de grupo mientras expiran sus desvelos...

Ríe entre dientes de manera un tanto malévola.

- Es una especie de cementerio de elefantes donde reposar la vida hasta que llega el final.

No se confunda, no hay sólo viejos... su único pecado es ser conscientes, eso es todo. No me entienda mal, a mí me agrada. Voy y vengo y siempre ando alrededor; digamos que soy el enlace con el exterior.

Caen sus palabras como losas en la tierra. Yo no tengo ganas de decir nada, me siento una oveja más del rebaño, sólo quiero llegar. Estoy agotado.

Tras varios minutos de silencioso caminar surge, rodeando una árida colina, lo que parece una población en semiruinas que se mimetiza a la perfección con el entorno. A Diógenes parece entrarle la prisa y aprieta el paso. Yo apenas puedo seguirlo. “Maldito viejo”, me digo a mí mismo mientras trataba trato de no ahogarme entre el esfuerzo y el polvo del camino que levantan las ovejas a su paso. Dejamos al rebaño y ascendemos por una callejuela estrecha y torpemente empedrada. El perro pastor me sigue veloz encarándose conmigo, ladrándome como si hubiera visto al diablo. Yo trato de ignorarlo sin éxito.

Diógenes se ríe con sorna:

- ¡Te confunde con una oveja! ¡Pinta tienes! Cree que te has salido del redil y trata de hacerte volver. Quizás no ande desencaminado, jijiji.

Lo miro poseído por el odio durante un segundo. Percatándose de mis pocas ganas de bromas, rebusca en su zurrón las llaves de la puerta de lo que a todas luces va a ser mi morada. Al no encontrarlas, decide vaciarlo sobre el suelo de la calle. Un trozo de pan, una navaja, algo de lo que parecía lomo, una petaca, las Meditaciones de Marco Aurelio, una gorra de campo inglesa, unos preservativos y... un tanga femenino.

No puedo evitar que se dibuje en mi cara una estúpida y sarcástica sonrisa llena de picardía. No me lo puedo creer, es la gota que colma el surrealismo del momento. Sin duda, un ser peculiar en un lugar hecho a su medida.

- ¡Aquí están! Sin inmutarse lo mas mínimo, lo recoge todo y abre la vieja puerta de madera.

genesis6Se trata de una vieja casa de piedra,de una sola planta, adaptada al terreno de la colina. Parece más bien una borda de pastores. Sólo posee una estancia extensa y un tanto lúgubre cuya única luz proviene de tres ventanales que horadan los anchos muros. En ella, desperdigado aquí y allá, se encuentra todo: una chimenea, una vieja cama con dosel, una gruesa y agrietada mesa de roble con sus sillas, viejos calderos de cobre... todo muy rural salvo... un sofá de cuero Chesterfield. Tentado de preguntar, termino por callar para no romper el hermoso silencio que adorna el momento. Además, comienza a comprender que estos pequeños destellos fuera de lugar forman parte no sólo de este curioso pastor, sino (como descubriría mas adelante) de este singular enclave.

- Éste será tu nuevo hogar, quizá incluso pueda que sea el único que verdaderamente hayas tenido -insinúa como si me conociera de toda la vida.
- Tienes todo lo necesario para pasar una semana. Luego tendrás que buscarte la vida. Es tu casa; puedes usarlo todo. Tras la casa hay un pequeño terreno y aperos de labranza... por si te apetece meditar... jijiji.
- Por cierto, ayer llegó esa caja para tí -dice mientras me señala una caja de cartón bastante voluminosa que ocupa buena parte del sofá.
-Muchas gracias por ...

Un fuerte portazo interrumpe mi frase. Cuando quiero darme cuenta, ya no está allí. Me apresuro para abrir las ventanas y ventilar aquel intenso olor a cerrado. Deambulo por toda la casa husmeando en cada rincón, cada armario, bajo la cama, todo. Al margen de que siempre fui muy curioso, siento la necesidad de reconocer el terreno donde al parecer voy a pasar tanto tiempo. Tras las puertas de madera,un tanto alabeadas, de lo que parece una alacena empotrada, aparecen unos estantes curvados por el peso de un buen numero de añejos libros. Sin poder remediarlo, me entretengo buena parte de la tarde ojeando aquellas antiguas y (en algunos casos incunables) ediciones del Amadís de Gaula, El Quijote, El Infierno de Dante, Los papeles póstumos del club Pickwick de Dickens, obras de Baltasar Gracián, de Miguel Delibes... un sinfín de grandes clásicos de la literatura universal. Todo un verdadero tesoro de los de verdad, pues en dicha despensa mora una gran parte de la sabiduría, de todo aquello que acontece en la vida del hombre. Fisgón como como un gato, encuentro una voluminosa edición francesa de 1935 de los ensayos de Michel de Montaigne. Alguien había dejado una página marcada con una fotografía en blanco y negro. Era Diógenes, muy joven, elegantemente vestido de esmoquin, junto a una hermosa señorita tocada con un sombrero tipo Chanel años '30.

Posaban sonrientes, llenos de vigorosa juventud y muy acaramelados junto a la puerta de un viejo café. Tras la foto, una frase en francés. Alzo la mirada y cierro los ojos. Respiro profundamente mientras pienso que todos tenemos un pasado. Sí, es evidente, pero no siempre nos queremos acordar.

genesis5Aporrean la puerta como si les viniera siguiendo el príncipe de las tinieblas. Creo que se trata de un mal sueño, hasta que me doy cuenta de que me he quedado dormido toda la noche en aquel incomodo sofá de cuero. Aparto de un tirón la polvorienta manta de lana que me cubre y me incorporo aturdido tratando de llegar tambaleante hasta la entrada.

Recuerdo que sigo sin asearme ni cambiarme de ropa y tengo la tentación de no abrir, pero tal es la insistencia que termino por hacerlo violentamente y con cara de pocos amigos.

- ¡Cú cú, buenos díaaaaas, vengo a desayunar! ¡Traigo naranjas!

No tendrá más de 12 años esta mujercita. Chubasquero morado, el pelo castaño recogido en una coleta, gafas estrechas de pasta y una mirada chispeante, vivaz. Sostiene en su mano izquierda una bolsa repleta de naranjas que mantiene en alto a la espera de una reacción por mi parte. Cansada y llevada por su juvenil ímpetu, me hace a un lado para poder entrar.

Estupefacto y sin saber aún que añadir, señalo una bicicleta tumbada en el suelo de la calle.

- ¡Te dejas la bici fuera!
- ¡Bah, es una bici machucha, no se la va a llevar nadie!

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