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Arropado

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Olor a cerveza y güisqui. Los vapores del alcohol se mezclaban con algo menos reconocible pero igual de afilado. El logo de la MTV rotaba con fuerza en las pantallas mientras mi cuerpo traspasaba el umbral a la oscuridad de la noche. Eran las tres de la madrugada y ya no me quedaban cigarrillos. En realidad nunca los tuve, el último que me fumé me lo dio Kiko antes de bajar con una mulata de enormes pechos elásticos como un castillo hinchable. arropado2Yo acababa de dejar la pequeña habitación donde la joven rusa se debía de estar aseando alegremente, suponía, tras haber disfrutado de un cliente de menos de treinta años y ciertamente atractivo. Sabía que era una apestosa mentira, pero no quería mirar a la cara a la verdad igual que cuando evitas mirar a los vagabundos. Cuarenta euros y otros dos de veinte por un par de copas, ese fue el trato. Ahora aspiraba el frío aroma a alquitrán de la Nacional-II en dirección Girona salpicada de clubs de alterne arropados por la vegetación del Vallés Oriental. Un precioso cielo estrellado cubría mi cabeza, la contaminación lumínica era escasa en la zona debido a su lejanía con grandes poblaciones. Me dirigí al Citroen Saxo blanco y probé suerte tirando de la maneta de la puerta del piloto. Estaba cerrada. Probé con el resto. No importaba, Kiko y Luís no debían de tardar en salir. Apoyé el trasero en el frío capó y esperé un par de minutos.

Cinco.

Quince.

A la media hora se me estaban congelando los pies con el puto clima del Vallés. El idílico emplazamiento boscoso había mutado en un húmedo y frío rincón abandonado por el calor del día, pero por algún extraño motivo me negaba a entrar de nuevo en el local, sus puertas y ventanas ciegas no invitaban a pasar, solamente la iluminación arropado3del neón indicaba que allí debía de existir vida. A unos metros un camino de tierra ascendía a lo que parecía una urbanización. Decidí tomar el camino por entrar en calor y con la estúpida esperanza de dar con un bar abierto. No encontré un alma como era de esperar, pero tras unos minutos descubrí un mástil caído. En su punta una bandera de Cataluña reposaba tendida sobre la tierra y a la mitad del alargado cilindro unas prendas de hombre descansaban inertes como si el mástil hubiera caído sobre alguien y el cuerpo se hubiera desintegrado dejando solamente las ropas. Aparté mi vista de la fantasmal configuración y tras comprobar que la bandera estaba seca la arranqué de su lugar y me cubrí con ella a modo de capa. Era la situación más absurda que había vivido nunca. Continué caminando por la urbanización muerta. El irrazonable sentimiento de vagar de ese modo me reconfortaba. Como cuando nos regocijamos en la soledad impuesta por nuestro carácter, diferente a los demás, que nos hace creer seres extraños, mejores quizá. Rítmicos escalofríos fueteaban mi espina dorsal. Sentía el frío, no quería estar ahí, pero al mismo tiempo notaba la vida fluir entre las fibras de todos los músculos. Súbitamente una ventana llamó mi atención. Paré en seco y me quedé congelado, mirando, no podía saber si había alguien al otro lado pues no veía luz alguna, pero podía sentir como alguien me miraba. Llegué a la conclusión de lo extraño que podía resultar aquello a ojos de los habitantes de las casas. Demasiado sospechoso para no sentirse alertado ¿no es así? Decidí volver sobre mis pasos hasta dar con el adormecido Citroen.

El neón del club ya no brillaba y a duras penas distinguía el blanco del Saxo antes iluminado por el rosa de los tubos luminosos con sus gases enrarecidos. Lo cierto es que me sentí aliviado al ver que el coche aun me esperaba. Antes de alejarme del vehículo supuse que mis amigos, de no encontrarme fuera, habrían esperado a que apareciese sin caer en la cuenta de que quizá podrían haber deducido que me hubiera marchado en taxi. ¿Qué clase de loco se aleja del coche que le ha de llevar a su casa, a treinta kilómetros de su ciudad, en plena madrugada fría y húmeda?

Apoyé mi espalda contra la puerta del piloto tras comprobar que el suelo estaba seco y me dejé caer. No puedo precisar cuanto tiempo permanecí allí inerte, pero me parecieron horas.

Cuando Kiko y Luís salieron el ruido de la puerta del club me sacó de mi trance y rápidamente lancé lejos de mi la improvisada manta. Ellos no pudieron verme hasta que no se acercaron lo suficiente al coche. Cuando me vieron y preguntaron respecto a cuanto tiempo llevaba al lado del vehículo les mentí, les dije que no más de diez minutos. Ellos se miraron extrañados, pero no continuaron con interrogatorio y se subieron al coche.arropado4 Kiko arrancó el motor mientras tarareaba alegremente. Luís parecía que haberse dormido nada más sentarse en el asiento del copiloto. Yo no conseguí dejar de temblar hasta sentir el calor del motor salir por los conductos de ventilación del coche, el amargo olor del motor me pareció un dulce caramelo de gasolina en ese instante. Nos pusimos en marcha y al minuto pudimos oír un ruido proveniente de la parte trasera del vehículo, como si arrastráramos algo con nosotros. Al detenernos en el arcén descubrimos una bandera de Cataluña sucia y rasgada enredada en la rueda trasera izquierda, al mismo lado donde me había sentado antes de salir del lugar. Tras una hora tratando de sacarla de la rueda el amanecer nos sorprendió a ambos. Luís roncaba dentro del Saxo blanco. Al fin conseguimos extraer la maldita bandera y mientras la extendíamos para verla mejor Kiko maldecía al imaginario descerebrado que deja banderas de dos por dos metros en medio de la carretera. A lo léjos la guardia civil nos estaba observando mientras se acercaban en el todoterreno pardo. Pararon junto a nosotros y nuestra decrépita bandera. Al bajarse del vehículo vimos brillar una sardónica sonrisa bajo el bigote del más alto.

“Documentación”, nos gritaron sin vacilar un instante.

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Incidente en la calle Toledo

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-Istanbul Doner Kebap.

Dilawar alzaba las manos en dirección al cartel frenéticamente. De haber sido un mago de Hogwarts el enorme rectángulo habría explotado con un aura de brillos azules y púrpuras al son de Avada Kedavra. No ocurrió nada de eso. Siguió despotricando acerca de la falta de profesionalidad de Rotulowcost.

kebab6-Kebab. Lo envié muy claro en el correo. Kebab, con be, no con pe.
-Mire señor Delagüer, yo he visto mil veces Kebap con pe y no me he encontrado una manifestación en defensa de la cultura turca. A mi lo que me parece es que usted no quiere pagar. Son ustedes muy petardistas los turcos.
-Soy Pakistaní. Usted no distinguiría a un galgo de un San Bernardo ni que los tuviera tatuados. Y no me he negado a pagarle, le he dicho que pagaré cuando diga “Kebab” con be.
-Oiga no voy a bajar eso otra vez. ¿Sabe lo que me ha costado subirlo?
-¿Usted sabe lo que me ha costado abrir este negocio señor? Haga su trabajo y yo le pagaré.

Eduardo ya no sabía como salir del atolladero. Había procesado él mismo el pedido y reescrito el cartel a mano porque consideraba una inútil a la becaria que tenía en la oficina. No solamente había un error en Kebab, el cliente había escrito Donër con diéresis y no lo había recordado en medio de la disputa por el “Kebab turco” y el “Kebap españolizado”.

Montó la escalera cerca del lado derecho de la entrada, bien pegado a la pared, y subió los escalones con toda la calma que le fuera posible para regocijarse con las vistas de las chispas de crispación que surgían de la cabeza de Dilawar. El rotulista creyó oler incluso el humo que desprendía el cabreo del Pakistaní, un olor raro, como todos los olores de los extranjeros.

kebab3-A tu país te tenías que ir a pedir explicaciones gramaticales. -murmuraba mientras desatornillaba el marco de sujeción del vinilo-. Joder con los putos moros.
-Señor, he de atender mi negocio. Por favor no tarde en desmontar y procure no molestar a los clientes.
-¿Qué clientes si no hay nadie?
-Son las dos, es hora de comer y pueden venir.

Dilawar entró al local y limpió los restos de la mesa de un hombre que había pedido un “durum-con-todo-muy-super-picante”.

-"¡Que me revienten hoy las cañerias !- decía en voz alta y con entusiasmo mientras hablaba al teléfono-, total, lo que no mata, engorda. Y yo ya con cuarenta y cinco recién cumplidos que más me da ¿verdad? en fin guapa, un beso, gracias por acordarte de mí cumple.

Recogió del suelo una carpeta de plástico azul transparente con unos folios la guardó en el cajón de objetos olvidados.

Mientras colocaba los vasos limpios y rellenaba neveras veía como el tipo del vinilo bajaba de la escalera con parsimonia y la movía al lado contrario. Estaba irritado por la calma del tipo. Había trabajado en el montaje de eventos en su país y sabía que ese vinilo podría estar desmontado ya.

kebab2Pasados unos minutos el hombre del durum picante entró de nuevo al local.

-Hola, mira, ¿has visto una carpeta azul por aquí? Tiene…
-Sí, la he encontrado en el suelo, la tengo guardada. Aquí la tiene.
-¡Uf! Gracias, menudo susto. Justo tengo que ir a entregar uno. ¿No necesitaréis a alguien aquí, no? Ni que sea para limpiar, o repartir.
-No señor. Lo siento, a duras penas pagamos el alquiler del local. Mucha suerte.
-Igualmente. Adiós.

En el mismo instante en que el buscador salía del local Eduardo sostuvo la puerta y le gritó desde la entrada.

-Yo ya he terminado. En un par de días vendré con el nuevo cartel. Adiós.
-Adiós señor.

Dilawar recordaría siempre el modo en que la última palabra salió de su boca como si le hubieran bajado el volumen a cero. Un enorme sonido retumbó en su cabeza y le hizo encogerse. Pudo ver como el rotulista saltó hacia delante golpeándose el lado izquierdo de la cabeza con la puerta de cristal y cayendo al suelo frente a la barra. En el fondo, en segundo plano, el pobre diablo al que no mató un “durum-con-todo-muy-super-picante” fue alcanzado por un pedrusco de treinta centímetros de diámetro en el centro del pecho que lo sacó del campo de visión del pakistaní en una fracción de segundo. kebab5Montones de piedras y trozos de metal cayeron por todas partes destrozando lunas, capós y techos de todos los vehículos así como un gigantesco trozo de tubería metálica que atravesó el vinilo colocado sobre el techo de la furgoneta de Rotulowcost, entrando por la pe, cruzando el asiento del piloto y el lado izquierdo del motor, deteniéndose finalmente contra el pavimento de la Calle Toledo.

-¡Mi furgoneta joder!¡Estaba recién sacada del concesionario joder! -gritaba Eduardo mientras unas gotas de sangre se deslizaban por su mejilla.

Dilawar se odió a si mismo por un instante cuando deseó con todas sus fuerzas que el maldito rotulista hubiera estado sentado al volante de su nueva furgoneta recién salida del concesionario. Luego, con un movimiento rápido de cabeza, apartó esa idea de su mente y salió de detrás de la barra para ayudarle a levantarse.

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Masa madre

madre1

La cola llegaba hasta la esquina del edificio. Mientras caminaba, en paralelo a la línea de gente, Soledad miraba perpleja a los compradores. Al llegar a la puerta de la panadería alzó la mano llamando la atención de su hija mientras gritaba:

-¡Cariño, Cuanta gente hija!
-¡Mama, pasa para adentro y nos ayudas que hoy hay mucho lío!

madre2Soledad detectó la distensión de los rostros más cercanos de la fila que parecían dispuestos a lanzar sapos y bilis como si fuera una arpía con derecho a saltarse la cola. Al pasar tras el mostrador se colocó un sombrerito color miel que imitaba a un hatillo de tela y un delantal del mismo color con un extraño logo que ella llamaba la rueda de carro. Era el uniforme oficial (desde hacía dos semanas) de El Horno de Ángela.

Carlitos atendía con presteza y se mostraba siempre alegre, no importaba el día. Al ver entrar a Soledad le dio un fuerte abrazo y mostró su blanca sonrisa de percherón en medio de la panela que era su cara rechoncha. Desde el primer día que empezó a trabajar en la panadería Soledad lo tomó bajo su protección como si fuera un sobrino, sin entender bien la razón pues igual que los otros trabajadores de su hija eran seres extraviados y solos. En boca de Ángela las cosas pueden mejorar a base de pequeños gestos y uno de ellos era contratar inmigrantes sin familias a las que acudir y así darles la oportunidad de transitar un camino nuevo y seguro en este país. Sorprendentes palabras para su madre que conocía bien el carácter reaccionario de su hija. El Horno de Ángela era una lanzadera, una suerte de familia con tiempo de caducidad, aunque Soledad sentía cierta decepción cada vez que alguno de los empleados de su hija se marchaba en busca de un mejor trabajo.

-¿Y Karim?... -Soledad preguntó con cara de saber la respuesta mientras colocaba dos hogazas de un pan dorado y crujiente en una bolsita de papel.
-Ya sabes. Es normal mama. La gente necesita mejorar… y es cierto que no puedo ofrecer el mejor sueldo del mundo.
-Pero hija, es que no aguantan ni dos meses. No se yo, no me parece justo tampoco.
-Quizá las cosas cambien. La panadería está funcionando de maravilla. Este último mes ha sido espectacular. Y todo por el boca a boca...
-Es por tu pan cariño. Es que no hay otro igual en toda la ciudad.
-Óigame Soledad, que yo no me voy a ir nunca -Dijo Carlitos desde el otro extremo riendo-. Me van a tener que echar con legía.
-Hay hijo. Pues sería normal. Si encuentras algo mejor -dijo la mujer sabiéndose un poco hipócrita. No sé, de repartidor o en una oficina…
-Jajaj, yo en una oficina no me veo y menos aun en un auto que no se ni conducir.
-Venga, menos cháchara que parecéis dos gallinas, bueno tu un pollo Carlitos -dijo Ángela con cierta sorna-. Y los pollos no dan huevos.

madre3La panadería contaba con un año de vida. Para Soledad, después de la extraña estancia de su hija en Eslovenia desde junio hasta septiembre, la idea de volver y montar un negocio en la ciudad se convirtió en su lotería particular. Fue una auténtica suerte que regresara con esa predisposición. La comunicación durante los meses en los que Ángela vivió en aquel país extranjero se limitó a cartas manuscritas, sin una explicación de por qué prescindir del teléfono, con la salvedad de dos ocasiones en las cuales la llamó desde una cabina telefónica situada en un pequeño pueblo llamado Bezovica, ambas con una diferencia de un mes. La primera fue a finales de julio, parecía desconcertada o cansada, con la voz de alguien que se ha extraviado en medio de una celebración que no comprende. Entonces habló crípticamente. Le dijo que entendía todo y que sentía haberse burlado tantas veces de sus creencias. La segunda fue en septiembre, una semana antes de volver, parecía alegre como siempre lo fuera su Ángela, pero mayor, como si hubieran pasado años desde la última vez que hablaran. Ahora, un año después de su regreso, todo eran alegrías. Su hija volvió hecha una mujer adulta, trabajadora y socialmente integradora. Bien cierto era ese dicho; el racismo es una enfermedad que se cura viajando.

Ángela trabajaba duro en su negocio, el cual prosperaba sorprendentemente bien. El pan que producía tenía un sabor increíble, igual que aquel pan que todos recordamos de cuando éramos pequeños, una textura siempre esponjosa y una corteza crujiente, pero sin ser excesivamente dura, y tardaba semanas en secarse. El secreto es la masa madre decía, lo aprendió en su estancia en Eslovenia y guardaba celosamente el secreto, incluso a Soledad. La hacía fermentar en la estancia inferior de la tienda. Era un sótano sin ventanas, seco y con una temperatura constante. Ángela hizo construir una pared para dividir el sótano dejando la parte de la entrada como almacén y la otra como vivero. Soledad nunca traspasó la pesada puerta de hierro donde fermentaba el secreto del éxito de su hija y eso le producía una extraña sensación. No era una de esas madres entrometidas, por ello no opuso resistencia cuando Ángela decidió hacer aquel viaje en coche por la costa mediterránea desde Perpiñán hasta Dubrovnic. Ni cuando dos semanas después de su partida recibió una carta manuscrita contando que se quedaría en la antigua Carantania (escrito con estas palabras) durante un tiempo. Los tres meses sin su hija fueron un suplicio. Dudaba de la autenticidad de las cartas pese a ser la letra de su hija (imposible no reconocer aquellas eses picudas y los largos dejes en las es finales) y contener ciertas referencias que tan solo ellas podían conocer. Si hubiera estado en peligro sabía que Ángela era lo suficientemente inteligente como para dar pistas de un falso recuerdo para alertar a Soledad. Pero ese olor que a veces quedaba suspendido en el almacén cuando Ángela entraba en el vivero… era un olor extraño que recordaba a las hojas húmedas amontonadas en otoño pero con toques dulzones de vainilla y algo más que no lograba reconocer. Esto sumado a su secretismo la mantenía en un ligero pero constante estado de perspicacia.

-¿Cariño seguro que no necesitas que te ayude con la fermentación? Trabajas muchas horas, incluso de noche.
-No. No insistas mama. El proceso es muy delicado. Cualquier error echaría a perder la producción y arrancar de nuevo el proceso me llevaría tres meses.
-Contrata entonces a un químico o quien sea que entienda de esto. Ahora que vas a abrir la otra tienda en Velázquez…
-Nooooo. No. Puedo abrir mil tiendas, pero el proceso de fermentación lo llevaré yo exclusivamente. ¿No comprendes que si alguien lo conociera lo podría replicar? Mama, perdería la ventaja competitiva que tengo. Esto es serio. Son negocios serios.

madre4Dos meses y dos días. El lunes Soledad se pasó por la tienda para llevar a su hija los analgésicos que compró en la farmacia. Ángela tenía el cuerpo lleno de moratones y arañazos con costras frescas, pero no parecía tener ningún trauma emocional tras el intento de robo que sufrió en la calle trasera de la panadería. Tras el mostrador una chica con rasgos árabes, tímida y con la torpeza que da el miedo a un nuevo empleo dejaba una hogaza en el cortador mecánico para hacer rebanadas en desafortunada posición dejando a medio cortar el pan. Carlitos ya no estaba. Dos meses y dos días durante los cuales, cada vez que coincidía con él Soledad se lo pasaba en grande mientras ayudaba en la tienda, si no fuera porque uno de sus lemas era no recoger perros perdidos habría adoptado al pobre chico. Al ver que el joven boliviano ya no estaba pensó en lo extraño que era todo. En la extraña coincidencia de la renuncia de los empleados de su hija que se sucedían con el mismo patrón temporal. Luego el intento de robo al día siguiente de la renuncia de Carlitos. Soledad temió que su hija no estaba contando toda la verdad y el ataque parecía estar relacionado.

-Ángela. Carlitos ni siquiera se ha despedido de mí ¿No te parece extraño?
-Mama ahora no. Luego hablamos si quieres en casa. Hay mucha gente que atender. Y tú, espabila vamos -dijo groseramente mirando a la chica nueva- eso no se coloca así.
-Pero si decía que no dejaría el puesto nunca…
-Ya, pues ya ves que la gente miente. Supéralo.
-¿Dónde se ha ido?
-No lo sé. Hay trabajo mama…
-Pero algo te habrá dicho.
-¡No se… no… no-se-qué de un UBER! -dijo Ángela visiblemente alterada dando por zanjado el asunto.
-Bueno hija, me voy para casa. Te dejo el ibuprofeno aquí. Luego hablamos.

madre5Soledad salió de la panadería pensativa y con la vista perdida. Miró tras de sí y vio la larga cola de personas que esperaban impacientes su turno para comprar el delicioso pan tan de moda. Gente de todas las edades y estratos sociales se sucedían a lo largo de la manzana. Cruzó la calle visiblemente despistada en el instante en que un coche negro, que estaba aparcado en doble fila frente a la panadería, reinició su marcha y dio un fuerte bocinazo.

-¡Abuela, mire por donde va que esto no es un paso de peatones!

Soledad se quedó quieta como un gato de porcelana con los ojos fijos en las cuatro letras del lateral del vehículo. UBER. Debía averiguar qué había pasado con Carlitos.

…Siento haberme burlado tantas veces de tus creencias… La frase se repetía en bucle en su cabeza como cuando un vinilo se queda atascado y salta una y otra vez al mismo punto. Esa noche soñó con Ángela. Una hilera de cabinas telefónicas se extendía alrededor de la manzana donde se encontraba la panadería y su hija le hablaba desde una de las cabinas. Soledad se encontraba en la cabina adyacente pero no podía ver la cara de Ángela pues se encontraba de espaldas. Ambas con los toscos teléfonos pegados a la oreja, teléfonos grisáceos de dimensiones mayores de lo habitual y de textura gomosa. Su hija le decía que se quedaría una temporada pero que no se tenía que preocupar que ella volvería con unas semillas mágicas de trigo que las harían ricas. Luego se disculpaba por no haber creído y por la chanza. Entonces se despertó y recordó esa frase, siento haberme burlado tantas veces de tus creencias, la misma que le dijera en la misteriosa llamada de finales de julio.

Soledad creía en cosas, no como un fanatismo o un ideal de vida, tan solo creía en cosas superiores que nunca le serían reveladas. Creía en la reencarnación, en que todos volvemos a la tierra en forma de otros seres vivos, de todos los seres vivos. Nuestra alma, o energía o como lo quisiera llamar hace un tour de millones de vueltas a la tierra habitando todo tipo de seres, desde el microbio más diminuto hasta el mamífero más grande pasando por plantas, líquenes y pequeños insectos. Esto le permitía seguir adelante pese a la muerte de su esposo a lomos de un espantoso cáncer galopante. Queratoacantoma, parecía el nombre de una deidad Maya, la deidad que se lo llevó. Le gustaba pensar que ahora Miguel andaba revolcándose en barro a los mandos de un jabalí en los pirineos aragoneses, no era la imagen más idílica del mundo, pero era el lugar preferido de su marido y el animal que mejor sabía imitar, especialmente cuando se achispaba.

Mirando al techo aun sin levantarse de la cama analizó palabra por palabra y no supo encontrarles ningún sentido, así que tomó la decisión de entrar en el vivero del modo que fuera necesario para ver si allí encontraba la respuesta.

madre6Pasaron un par de semanas mientras la mujer formaba un plan, analizando y anotando los movimientos de su hija, las salidas y entradas al vivero y las reacciones extrañas de ésta. El estrés de la apertura de la nueva tienda sumado al exceso de éxito fue la tapadera perfecta para Soledad, quién insistió en ayudar todos los días en la panadería. Se las ingenió para coincidir en uno de los momentos en que Ángela abría la puerta metálica, pero tras ella una cortina de plástico negro impedía toda visión y su hija cerraba rápidamente la puerta. Otra de las veces intentó abrir pasados unos segundos desde que Ángela cerrase argumentando una urgencia, entonces descubría que la llave estaba echada por dentro, aquella chica se tomaba todas las precauciones posibles por ocultar su tesoro. Se inventó la excusa de haber perdido su copia de las llaves de la tienda justo en medio de una avalancha de clientes esperando recibir el juego entero para ir a hacer otra réplica sin embargo su hija, con una extraña mirada y con parsimonia, extrajo solamente las dos llaves necesarias devolviendo el resto a su bolsillo. Incluso llegó ha visionar más de tres horas de tutoriales en internet para abrir cerraduras descubriendo que lo de las películas era solamente eso, ficción.

Finalmente dedujo que el cierre de los viernes era el momento oportuno para un último plan después de los intentos fallidos. Los viernes Ángela, tras echar media persiana y cerrar las puertas por dentro, bajaba al vivero durante media hora aproximadamente mientras ella limpiaba la parte superior. Ese día le dijo que no se quedaría a limpiar por el cansancio.

-Hija, me voy a ir antes que tengo los huesos molidos. Te acabo este rincón y me voy.
-Sí mama, no hay problema. Voy al lavabo -Ángela desapareció tras la puerta del servicio.
-Cariño me voy, bajo media persiana -gritó desde el otro lado de la puerta. Hasta luego hija.
-¡Eso! echa media persiana mama -dijo Ángela desde el interior.

La mujer se apresuró a bajar a medias la persiana. De puntillas, tratando de hacer el menor ruido, se deslizó por las escaleras y se escondió tras las grandes cajas de harina. Empujó ligeramente una de ellas para obtener una rendija desde la cual ver la puerta del vivero y se acomodó de modo que pudiera aguantar varias horas escondida. Tras unos minutos oyó el fluir del agua por el bajante cercano a su escondrijo. La puerta del lavabo y las pisadas de su hija en la planta superior llegaban con eco por la escalera. La oyó murmurar algo. Escuchó el golpe de la persiana al cerrase y una serie de ruidos que dedujo era el candado sobre la puerta de cristal y finalmente los pasos de Ángela que descendía la escalera. La pudo observar de espaldas abriendo la puerta con calma. Tras ella la cortina negra ocultaba el secreto. Ángela entró al interior dejando la puerta abierta, ladeó la cortina con el dorso de la palma izquierda y por primera vez desde que entrara en El Horno de Ángela pudo ver lo que se escondía tras la misteriosa cortina. Si un repentino temblor la sobrecogió o si quedo petrificada como una víctima de Medusa es algo que no supo discernir pues la visión que inundó sus pupilas durante unas décimas de segundo prácticamente la hizo zambullirse en el delirio más absoluto. El olor a hojas podridas y vainilla dio paso a otro más potente que esta vez sí supo reconocer, el olor de la piel de su marido la semana antes de fallecer. Unas lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos al mismo tiempo que sintió desvanecerse.

madre7Cuando Ángela salió del lavabo y vio la persiana a medio bajar maldijo por lo bajo a Consuelo por ser tan descuidada. Los últimos años había notado como su madre se volvía cada vez más despistada y torpe. Era consciente de los estragos de la vida para con los seres humanos y más aún desde la enfermedad de su padre. Ahora que creía firmemente en la vida eterna ya no sentía aquel horrible miedo a perderla, por el contrario, sentía que era mejor que ella dejara esta vida antes de comenzar a sufrir los efectos de cualquier enfermedad que pudiera apoderarse de ella. Vivió con gran sufrimiento la bajada a los infiernos de su padre y las penurias económicas que tuvieron que soportar. No quería que eso se replicara en su madre en cualquiera de sus formas y lo que era más importante, no quería tener que gastar miles de euros en cuidar de ella cuando llegara el momento. Quería a sus padres pero sentía que era injusto que fuera ella la que tuviera que cuidarles, no era eso lo que se suponía que debía ocurrir en una familia europea de clase media.

El viaje a Eslovenia fue toda una revelación, tan solo quería alejarse unos meses de su casa y sin planearlo dio con un jirón de tejido de la realidad por el que mirar y observar la verdad oculta. Para cuando descubrió que se había dejado la cajita con la mariguana en el cajón del escritorio era demasiado tarde para volver así que su obstinada búsqueda de alguna droga recreativa dio como resultado, mediante intrincadas coincidencias, el conocimiento de una aldea donde conservaban ciertas prácticas rituales provenientes del antiguo reino de Noricum que en el siglo II a.c. pobló los Alpes Orientales. Estas se diluyeron con los años en la cultura romana, pero en esa pequeña aldea, como si de los galos de Asterix se tratase, resistían el envite de las nuevas tecnologías. Una extraña cultura que creía en la reencarnación. Entre las más curiosas costumbres la que llamó poderosamente la atención de Ángela fue el ritual funerario consistente en dos partes diferenciadas; Colocar al difunto en el suelo rodeándolo de un rectángulo de piedras de un metro de altura para seguidamente frotar al cesado con unos hongos grisáceos al son de cánticos que a Ángela se le antojaban celtas. Pasados tres meses el cuerpo se encontraba cubierto de dichos hongos que habían proliferado en el cadáver. Por cada orificio las setas crecían lozanas y de un llamativo gris brillante, de las cuencas de los ojos, de la boca abierta ahora en una ridícula mueca, florecían los hongos altos y lisos, retorcidos en ocasiones buscando la salida más cercana del cuerpo, de cada pequeño orificio que se pudiera haber ocasionado durante el primer ritual o de cualquier dolencia de la hubiera fallecido. De la entrepierna brotaban cúmulos de setas como ramos de flores preparados con exquisito gusto por una extraña floristería. Entonces era cuando culminaban el ritual con la segunda parte que consistía en recolectar dichas setas y fermentar el sombrero para obtener una pasta que hacía las veces de levadura con la que elaboraban una torta que cocían en grandes hornos de piedra. La creencia que impulsaba el ritual era tan sencilla como conocida en otras culturas, la ingesta de una forma de vida nacida del cuerpo del ser querido que pasaba a formar parte de cada uno de los comensales, viviendo así de nuevo en condición humana sin transitar otras formas vivas más allá del propio hongo. Según relataron los cumeníes, de no hacerlo, otros seres vivos comerían el cuerpo putrefacto pasando así a una vida de pájaro, rata o gusano la cual se consideraba inferior pues ya habría pasado anteriormente por ellas para llegar a la más alta y digna, la humana. Básicamente los cumeníes estaban hackeando las leyes de sus propios dogmas o filosofías.

madre8Ángela comió varias veces la torta del difunto, con grandes reticencias la primera vez, descubriendo un delicioso sabor que le hacía retrotraerse a su infancia. Casi podría admitir que era altamente adictivo. Todo aquello explotó en su cabeza que tras unos meses con ellos tomó dos decisiones que cambiarían su vida para siempre; que otro modo de ver la existencia era posible (curiosamente parecida a la de su propia madre) y la segunda y más importante, que podía ganar mucho dinero con algo tan sencillo como el pan. El único inconveniente eran los cadáveres. Ángela quiso saber si era posible hacer crecer los hongos en animales muertos pero los sabios insistieron en que aquello no era posible y traería desgracias sobre ella. Para cuando volvió ya había comprobado que los sabios se equivocaban, los hongos crecían en animales, el problema era que el sabor era tan desagradable que tan solo quedaba una solución.

Al bajar al vivero sintió que no estaba sola, pero apartó de su mente dicho pensamiento, estaba agotada, su madre tenía razón con respecto a delegar, pero era imposible. Al entrar y mirar la pila de cadáveres amontonados de dejó caer sobre una sucia silla de ruedas, debía sacar los cadáveres viejos de algún modo, ya no producían hongos, en poco más de dos meses los micelios secaban los cuerpos de todo nutriente dejando un espantajo acartonado y gris sucio. Se quedó mirando fijamente a lo que antes fuera la rechoncha cara de Carlitos, ahora su ojo izquierdo colgaba de su cuenca mientras el sombrero de una seta cubría de sombras su iris siniestro. El otro ojo parecía un enorme grano a punto de explotar mientras otro hongo pugnaba desde el interior por salir a recoger la luz que las lámparas de alta presión de sodio vertían sobre el apestoso montículo. De una brecha en la cabeza se alzaba un lustroso ramillete. Pequeños hongos comenzaban a forzar la mandíbula del boliviano, su boca entreabierta parecía dispuesta a la queja.

-Si tiene usted alguna reclamación arriba hay impresos oficiales -dijo con sorna al cadáver-. Puede rellenar una si quiere.

Bajó la cabeza y se masajeó con fuerza el cuello, necesitaba descansar. Aun tenía alguna costra de la pugna con Carlitos en el vivero, le costó más de lo esperado acabar con él, generalmente el cloroformo dejaba mareada a las víctimas y luego una simple inyección de antidepresivos mezclados con analgésicos acababa indoloramente con sus vidas pero el boliviano pareció ser inmune al pañuelo impregnado y se vio obligada a golpear con un azadón el cráneo del chico tras una dura lucha dos meses atrás. Cogió un brillante punzón que había sobre la mesa. Se levantó de la silla y se acercó a la rebosante cara de Carlitos.

-No se olvide de rellenar la hoja señor… tampoco de asumir su propia culpa -musitó mientras hurgaba en el ojo a punto de saltar para liberar a la pujante seta-. Si se hubiera usted quedado en su aldea aún seguiría sonriendo.

Para cuando hubo terminado de aplicar los cuidados necesarios a la plantación el reloj marcaba las nueve de la noche, había pasado una hora ahí dentro. Ordenó un poco el vivero y salió del cuarto. Cerró la puerta con llave y finalmente dejó la panadería. Por unos segundos perdió el autobús de vuelta a casa. Ya estaba harta y decidió que esa semana compraría un coche ahora que podía permitírselo, pero mientras tanto habría de caminar. Resignada comenzó a subir la cuesta de la calle donde se encontraba mientras imaginaba una buena vida repleta de caprichos que pronto podría adquirir.

madre9Pasaban veinte minutos de las nueve cuando Soledad recobró la consciencia. El almacén estaba iluminado solamente por la débil luz roja de emergencia. Se alzó perezosamente, sentía los huesos como si los tuviera soldados en sus extremidades. Aguzó el oído para descubrir que se encontraba sola. En el móvil marcaban las nueve treinta. Encendió la luz del mismo para iluminar el camino y se dirigió a la puerta metálica. Se plantó ahí delante, mirando la cerradura y pensando en qué debía hacer. No podía creer lo sucedido, una voz en su cabeza no dejaba de repetir que esa no era su hija, que le habían lavado el cerebro en el extranjero. Pensó en salir e ir directamente a la policía aunque necesitaba entrar ahí, necesitaba comprobar que no había perdido la cordura o que sus ojos le habían jugado una mala pasada. Miró alrededor, una caja de herramientas reflejó la luz de su smartphone con un guiño rojo. Dentro encontró un enorme destornillador plano y un martillo. Comenzó a golpear la cerradura por todos lados, introdujo el destornillador a modo de escarpa y destrozó como pudo la maneta. Con mucho esfuerzo Soledad consiguió separa tanto la cerradura que pudo abrir la puerta metálica. Allí estaba, la negra cortina y aquel espantoso olor. La cortina ondulaba como invitándola a traspasar su umbral, el umbral de la locura. Cuando apartó el plástico unas terribles nauseas azotaron su garganta y vomitó con fuerza sobre la mesa de la derecha. La pequeña montaña de cadáveres mostraba diferentes estados de descomposición, o de secado, según se mirase pues los cuerpos de más abajo no parecías putrefactos sino consumidos y secos como tasajos de carne humana. Reconoció inmediatamente la cara de Carlitos, una gran seta surgía de su cuenca izquierda, en la derecha una pequeña comenzaba a brotar. El vómito la dobló de nuevo sobre su estómago, pero solamente unos hilos de bilis salieron de su boca. Bajo el boliviano una cara familiar sonreía macabra. Era un Karim octogenario, consumido. Conocía a todos los presentes, capa a capa algo los delataba a pesar de su estado. Buscó por el vivero algún combustible, tenía la firme convicción de quemar aquella montaña de muertos sin pensar en las consecuencias cuando en su teléfono comenzó a cantar con tristeza Celia Cruz. Ángela la estaba llamando.

Ángela estaba cubierta de sudor. Una primera alarma del detector de movimiento del almacén refulgió en rojo en su móvil, varias se sucedieron mientras corría en dirección a la panadería. Cuando llegó a casa y la encontró vacía le pareció extraño, Soledad nunca andaba fuera cuando caía la noche. Entonces recordó la sospechosa actitud de su madre cuando se marchó de la tienda. Ahora se encontraba frente al escaparate izquierdo de la panadería, empapada y con el corazón galopando, desde aquí pudo distinguir un resplandor blanco que subía por la escalera, pero la luz de emergencia era roja. Alguien había abierto la puerta del vivero. Colocó el oído en el cristal e hizo una llamada por teléfono a su madre.

“Por si acaso no regreso, yo me llevo tu bandera;
lamentando que mis ojos, liberada no te vieran.”

Reconoció la estrofa, prácticamente inaudible desde el exterior. Maldijo en voz alta y se lanzó como una pantera contra la persiana cerrada. Se apresuró en abrir mientras gritaba una y otra vez el nombre de su madre como si de un hechizo se tratase tratando de nublar la realidad que se avecinaba.

Soledad oyó como gritaban su nombre desde la planta superior. Sonaba como un demonio llamándola para arrastrarla al más profundo infierno que pudiera imaginar. Se apresuró a rociar los cuerpos con una botella de Bitertanol. Lanzaba ráfagas de líquido como si fueran espadazos contra el viento, el olor del químico la mareaba. La voz de su hija sonaba cercana, en unos segundos las pisadas apresuradas descenderían y dios sabe que ocurriría pero estaba dispuesta a purificar aquellos restos y luego extirpar la locura de su hija como fuera. Lanzó la botella al centro y se dispuso a rebuscar en los cajones de la mesa con la esperanza de dar con un mechero. En el segundo cajón encontró un montón de pilas usadas y una caja de cerillas del bar Macondo, un recuerdo llegó a su mente como un flash; ella junto a su marido y Ángela con apenas nueve años sentados en la terraza del Macondo, su hija enfadada, llorando porque no quería ir a recoger a la barra unos helados que el camarero les había dejado, ves tú gritaba entre sollozos, ves tú, tú eres mi mama. Abrió la cajita y cortó una cerilla, trató de prenderla pero solamente pequeñas chispas saltaban de la punta, la tiró y seccionó otra al tiempo que una sombra se acercaba veloz frente a ella. La cerilla prendió al tiempo que una mano como un tentáculo agarró su muñeca. Soledad notó el aliento de Ángela en su cara, un olor a sudor agrio y los ojos de ella se aparecieron como luces de camión en una carretera nocturna. Su hija jadeaba mientras trataba de agarrar la cerilla, gritaba, para ya decía, detente. Madre e hija bailaban un ritmo tribal desenfrenado, contoneándose a izquierda y derecha, con las manos alzadas en una cúspide de dedos y una llamita queriendo morir al final de ellos. Un empujón afortunado lanzó a Ángela contra la silla de ruedas y esta tropezó cayendo contra el montículo mortal con la cerilla en su mano como un trofeo. La sonrisa triunfal se esfumó cuando el rebote le hizo desprenderse del pequeño elemento que prendió con una llama azul. En unos segundos la mitad de los cadáveres prendieron junto a la espalda de Ángela que se revolcó con gritos de terror sobre el suelo empedrado del sótano, pronto las llamas la rodearon por el pecho y la cara. Soledad presa de un estado de alerta que jamás imaginó salió a buscar el extintor de la escalera. Lo armó rápidamente como su propia hija le enseñara meses atrás y extinguió las llamas de la pira móvil. Luego hizo lo propio con los cadáveres. El incendió no fue extremadamente aparatoso pero su hija se mostraba con unas horribles quemaduras en el torso y la cara. Tenía las manos doblegadas a la voluntad del dolor como una delgada momia egipcia y su rostro podría pasar como tal. Miraba a su madre con una mezcla de miedo y arrepentimiento. Soledad se acercó para escucharla mejor.

madre11-Esto no era lo que tenía que pasar.
-Calla Ángela… voy a llamar a una ambulancia, te voy a sacar de la habitación y la cerraré para que no vean lo que hay, para que no te descubran, te curarás…
-Mama ¿sabes que todos volvemos aquí? También ellos, tú tenías razón.
-Calla mi niña…
-Mama te lo quería contar… papa… todos volvemos, no tienes que tener miedo. Ahora yo te creo. Ellos… les he ayudado a tener una mejor vida, ahora ya serán mejores de lo que eran antes -dijo con una macabra sonrisa mirando los cadáveres humeantes.

Soledad. Curioso nombre para alguien que perdió a todos los que quería. Condenada a vivir con una promesa como una maldición. Ahora, sola, sale a su pequeño balcón rodeado de plantas, oculto a la vista de curiosos. Su espléndido jardín de hongos cubre a una momia quemada, seca y arrugada hace meses. El espectáculo es espléndido, las setas tienen un magnífico tamaño y brillo pero tarde o temprano tendrá que alimentar el jardín. Les habla, Angelitos míos les dice, y les cuenta como ha ido el día. Les comenta cómo sus amigas adoran el pan que cocina en casa y cómo pronto la señora Micaela fallecerá, como es natural, sin parientes que la echen de menos mientras un olor dulzón, como de hojas muertas, flota en el ambiente.

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