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Eso

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Eso lleva ahí un tiempo indeterminado. Puede que alcances a saber en qué momento se insinuó para tus adentros pero lo más normal es que no aciertes a saberlo con precisión. Quizás estuvieras predispuesto a ello o todo no fuera más que el fruto del azar. Otra vez más.

eso4El caso es que eso, consciente o inconscientemente (más bien por lo segundo pues, de otro modo, no estaríamos hablando de ello como lo hacemos), se fue instalando, haciéndose hueco y desarrollándose.

Lo habías olvidado completamente y ni sospechabas lo que iba fraguando. Seguías haciendo tu vida, ocupado en lo inmediato y pensando en otras cosas. El control que crees tener sobre la corteza de tu vida te hace creer que trasciende a las demás esferas de tu ser. Pero te equivocas. Y lo sabes. Sólo que te resulta imposible tener, cada día, la presencia íntima necesaria para tomar conocimiento de los procesos que tienen lugar en los recovecos de tu fuero interno. A esto lo llamarían hoy gestión eficaz de los parámetros emotivos. Algo parecido a los pimientos de invernadero: impecable apariencia mas nula consistencia.

eso2Hasta que, un buen día (o un mal día, según de aquello de lo que se trate), eso, que ha ido paulatinamente escalando niveles de autoconciencia, llama a la puerta del nivel en el que sólo tú ejerces de carcelero mayor del reino. Y te pide que le concedas el tercer grado.

- ¡Cómo? ¿Un preso cuyo cautiverio ignoraba?

- Mira, chaval, no te hagas el sorprendido cuando llevas ya un buen tiempo amasando mi existencia. Conque puerta y aire, en el mejor sentido, para mi menda...

Todo esto ocurre, por supuesto, por lo más bajinis del mundo y en fracciones de segundo. En realidad, estás tan sorprendido (y eso lo sabe) que, seguramente, tomarás la decisión de darle rienda suelta. Y lo acabas haciendo.

Entonces, eso te sale por la boca y-o por los poros. Tus gestos y ademanes te traicionan. Algunos que se precian de conocerte dirán que no eres tú. Otros podrán decir todo lo contrario: que te estás haciendo un gran favor dejando que eso aflore. Que ahora es cuando estás siendo verdaderamente tú. Y, en cuanto puedes, piensas:

- Pero ¿cómo puedo ser verdaderamente yo cuando ni siquiera sabía que eso me habitaba hace cinco minutos?

eso3El caso es que la frasecita de marras, pronunciada por alguien que dice conocerte bien, te saca de quicio. Y no por lo que dice o cómo lo dice (de hecho, es buen síntoma tener a alguien que se atreva a decirte ese tipo de cosas) sino porque te defrauda el hecho de comprobar hasta qué punto te desconoces o hasta qué punto lo que eres no lo decides tú sino todos aquellos de los que te rodeas.

Eso llegó y salió de ti para quedarse prendado en la pechera de tu uniforme junto con todas las condecoraciones que has ido mereciendo a lo largo de tu vida.

¿No querías introspección? Pues eso.

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