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Me hago mayor

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Aún recuerdo el momento: estaba tomando una cerveza en un bar de Toulouse, era la Happy Hour y dos pintas salían por 5,20 €. Empecé a mirar a mi alrededor. Todos eran estudiantes universitarios de primer año de carrera, pidiendo metros de pastís (el anís típico de Marsella) y babeando entre ellos. Fue entonces cuando me sentí fuera de un lugar que me había pertenecido hasta hacía poco tiempo atrás. Y qué incómodo.

Mi amiga y yo, ambas de 26 años, comenzamos a hablar de personas en común, más o menos de nuestra edad.

Muchas de ellas se estaban casando y/o teniendo hijos.mayor2 Y nosotras allí, tomando una cerveza, gastando nuestros ahorros en un viaje y sin pensar más allá de lo que haríamos el día siguiente.

Antes creía que la gente se estaba volviendo loca, que no podía ser que quisiesen formar una familia “tan pronto”. ¿Cómo puede ser que le den cuerda al reloj biológico con 25 años? Pero parece que la equivocada era yo, que no es raro pensar en hipotecar el futuro cuando cumples el cuarto de siglo. No me hace falta más que mirar a mi alrededor para comprobarlo.

Cada vez que me sale un anuncio de Clearblue en las redes sociales, me indigno con la marca y cuestiono la segmentación que está haciendo para su publicidad. Sin embargo, siendo realistas, soy una mujer en edad fértil Y ESO SÍ QUE DA MÁS NÁUSEAS QUE UN EMBARAZO. No sé si es un tema de egoísmo o simplemente no estoy preparada para ser madre, pero no quiero ni pensarlo. Si hace relativamente poco (o eso quiero creer), yo estaba jugando a las muñecas… ¿cómo voy a tener un hijo?

Y lo de casarse lo veo más lejano aún. ¿Con quién sino mi almohada voy a contraer matrimonio? Con lo mal que está el mercado entre el Tinder, el ghosting y el “no quiero nada serio”, a ver quién va a permanecer a mi lado en la salud y en la enfermedad todos los días de mi vida. Ya me respondo yo sola, antes de que vengan a aguarme la fiesta: NADIE.

Con este percal, no me queda otra que mirarme constantemente en el espejo para comprobar si me ha salido alguna cana o arruga de expresión. Pero no, sigo impoluta. Será que mi reloj biológico está más derretido que los que pintaba Dalí. ¡Que alguien pare el tiempo!

El viaje más largo

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Jueves, 23 de febrero de 2006
Esa mañana salió de casa para ir a trabajar, pero no iba solo: le acompañaba el cielo nublado de París. Vivía en Meudon y se dirigía al rascacielos de la Société Générale, en el centro de La Défense. Llevaba tanta prisa que había olvidado la tarjeta de transportes mensual, la Carte Orange, por lo que tuvo que comprar un billete sencillo en la máquina del tranvía. Eran las 8:26.

Le encantaba leer en el tren. Desde la ventanilla no era testigo de historias extraordinarias como Paula Hawkins, sino que siempre veía el mismo paisaje. Por eso le gustaba amenizar el trayecto con las vidas de otros. La tarde anterior había comprado “Ensayo sobre la lucidez” de Saramago, publicado hacía metro2tan solo dos años. Era la continuación de “Ensayo sobre la ceguera”, una historia que le había marcado porque estaba convencido de que era una crítica fiel de la sociedad. Todos los días se cruzaba con personas que parecían ciegas, inconscientes de los grandes cambios que estaba sufriendo el mundo.
Cada vez que montaba en transporte público, lo hacía con miedo. Quedaban unos días para que se cumplieran dos años del terrible atentado en el tren de Madrid y, aunque Francia se había opuesto a la guerra de Irak, él no pensaba que estuviese a salvo de amenazas islamistas.

Los jóvenes eran, quizás, quienes más abiertos tenían los ojos. Ese mes de febrero se manifestaron todos los días en contra del Contrato de Primer Empleo que había propuesto el primer ministro Dominique de Villepin. Esa reforma permitiría que los empresarios despidiesen a los menores de 26 años sin ningún tipo de justificación.

Al final del día se fue directo a casa, cumpliendo con la expresión parisina “métro, boulot, dodo” (metro, curro, catre). A pesar de estar cansado, continuó leyendo al Premio Nobel de Literatura y utilizó el billete sencillo de la mañana como marcapáginas.

Jueves, 22 octubre de 2015

Vivía en el extrarradio, por lo que mi bien más preciado era la tarjeta de transportes Carte Navigo. Ese día la usé (cómo no) y me fui a dar una vuelta por el centro de París.  Me costó llegar, ya que el RER estaba colapsado debido a un paquete sospechoso. Desde el atentado del Charlie Hebdo, Francia estaba en estado de alerta terrorista y ante cualquier objeto raro se paralizaban los trenes.

metro3Por fin logré llegar a Saint-Michel, una de mis zonas favoritas. Allí podría hacer algunas de las cosas que me gustaban más en ese momento: recorrer el Sena y comerme una crêpe. Ese día, además, aproveché para pasarme por la librería Gibert Joseph, la franquicia de carteles amarillos que está por toda Francia. Fui directa a la sección de libros de segunda mano para ver si encontraba alguna ganga. Con tantas novelas nacionales e internacionales a precios realmente bajos no sabía por cuál decantarme. Al final me decidí por “Ensayo para la lucidez” de Saramago. Curiosa mezcla, pensé, un portugués traducido al francés. Arte diabólica es, o eso decía Moratín.

En ese momento, la novela se sumó al montón de libros que tenía por leer. Había comprado muchos ejemplares aprovechando que el IVA cultural en Francia era de tan solo un 5,5 %. Si los españoles nos echásemos a la calle con el mismo éxito de una convocatoria de la ruta de la tapa, seguro que otro gallo nos cantaría…

Martes, 23 de mayo de 2017

Ir en tren a trabajar se está convirtiendo en una rutina que cada vez odio más. Allí es donde me cruzo con el resto de los mortales, a los que no tengo en demasiada alta estima. Me hierve la sangre cada vez que veo que ponen los pies en los asientos o que gritan por teléfono como si se fuese a acabar el mundo. Así que leo para evadirme de la realidad y no tener que admirar por la ventanilla el fantástico paisaje de graffitis y atascos en la M-30.

metro4Ayer terminé el libro que estaba leyendo. Estoy mirando en la estantería qué novela llevarme, no encuentro nada que me guste y al final voy a perder el tren. A mi indecisión hay que sumarle que he pasado demasiado tiempo en Internet viendo lo que pasó ayer en Manchester en el concierto de Ariana Grande. Me sigue sorprendiendo ver las reacciones hipócritas a los atentados de Occidente.

Veo “Ensayo sobre la lucidez” y lo echo a la mochila. Cuando abro el libro en el tren, veo un billete sencillo del transporte público de París con fecha del 23/02/2006 a las 8:26. Comienzo a pensar en la persona que lo compró y a dónde se dirigía. Tal vez era una mujer, o quizás un hombre. A esas horas iría al hospital a ver a su sobrino recién nacido, a comprar o a trabajar. Nunca lo sabré.

En este momento me he imaginado a la vida oscilando como el péndulo de Foucault. Nunca se detiene, cueste lo que cueste y caiga quien caiga. Quién iba a decir que un billete de un solo trasbordo al final acabaría a 1.300 kilómetros de allí, en otro transporte público y como marcapáginas de Saramago. Sin embargo, pase el tiempo que pase, nosotros, los humanos, seguiremos siendo iguales. Siempre nos sobrará ceguera y faltará lucidez.

Dejo de escribir, sube otro músico alienado tocando el “Despacito” de Luis Fonsi. Algunos viajes, por largos que sean, parecen en balde.

Báquico anhelo

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Desde hace meses, en cada recoveco de mi mente, solo retumba una canción. Es de Iván Ferreiro, se llama “El pensamiento circular” y la odio profundamente. Me recuerda que hay veces, no muchas ni tampoco pocas, que pienso en ti. En tu mirada, en tu boca. En ti. Y es entonces cuando cruzo la línea del abismo, entro en coma etílico y no estás ahí para reanimarme.

baquico2Sigue sonando Ferreiro. Dice que hay noches proclives a las averías que pienso en ti. No es exactamente así. En realidad, me vienes a la cabeza todo el día, aunque solo algunos ratos. Me intoxicas y sufro en la resaca. Y recaigo en mi embriaguez.

Me haces reír, llorar, gozar, sufrir. Tu cuerpo contraría tus palabras, que hacen más daño que cualquier herida física. ¡Ojalá pudiera curarme el corazón con mercromina! Continúa la canción: “Mis brazos, girando siempre a la deriva, pensando en ti…”.

Eres un problema, lo reconozco. El siguiente paso es afrontarlo, pero no sé cómo. Todo sería más sencillo si no parecieses una montaña rusa. Cuando quieres me diviertes, en tus bajones me das náuseas. Pero yo sigo ahí, intentando alcanzarte, sintiéndome como un mosquito que se estampa contra la luna del coche en marcha. Una imbécil detrás del ocaso.

No me gusta escribir de amor. La culpable de que me dirija a ti es una historia que me ha conmocionado y revuelto el alma. “Música para feos”, de Lorenzo Silva, me ha hecho recordar por qué cada segundo que paso contigo cuenta, por qué a pesar de todos los fracasos sigo creyendo en ti.

Apareciste de repente, igual que el protagonista del libro, y mi vida quedó patas arriba. Nadie habría apostado por Mónica y Ramón, dos personas que no tienen nada que ver y que, inesperadamente, se complementan a la perfección. Es triste, tus contradicciones me hacen ver la ficción más real que la vida.

No entiendo por qué te empeñas en seguir los convencionalismos. Aunque lo nuestro no te encaje, no te cierres puertas. baquico3Qué te cuesta airear por un momento tus días para que dejen de oler a soledad. Viajemos, conozcamos sitios juntos, construyamos. Déjate llevar. Sé como cuando te olvidas de todo, vienes a buscarme y arreglamos el mundo con un beso.

De verdad, quiero entenderte. Por eso, empecemos de cero. Dime la razón de tu comportamiento, de tus desapariciones y reapariciones. Necesito una explicación, una más, otra de tantas. Demuéstrame que realmente no eres el prestidigitador por el que te vendes, concédele a mis sentimientos la racionalidad que merecen. Hasta entonces, intentaré ser abstemia, igual que vengo haciendo desde que te conocí.

“Hay días que ya no tienen melodías y pienso en ti…”. Esa maldita canción casi había desaparecido de mi cabeza, pero nunca se me va del todo. Como tú.

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lanochemasoscura