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Circulaba ya por la autopista cuando me di cuenta de que se me había olvidado el litio, el blíster que llevaba siempre en el bolsillo se me había terminado el día anterior y no lo había repuesto. Tuve que desandar lo andado. Cambio de sentido, seis kilómetros de vuelta, apreté el acelerador a fondo, ciento noventa por hora. Llegué a la circunvalación y, tras dos kilómetros y medio, a la salida Oeste de la urbanización. Recorrí a toda prisa los tres interminables kilómetros por sus calles desiertas entre lomas que subían y bajaban como una montaña rusa, hasta llegar a nuestro chalet. Dejé el coche en el garaje y subí en el ascensor hasta el cuarto piso donde estaba nuestro dormitorio. Pero al abrir la puerta no había una sola persona descansando como yo esperaba, sino que estaban los dos haciendo el amor. Pegué un portazo y varios alaridos, golpes en las paredes, espeté maldiciones. Su amante escapó a la carrera tapándose con la sábana mientras recogía como podía su ropa. Me pidió perdón mientras temblaba, aseguró que aquello no era lo que parecía. Que no era lo que parecía lo que habían visto mis ojos, que el caballo blanco de Santiago era negro. Me quité el cinturón y comencé a golpear su cuerpo con fuerza con la hebilla, latigazos con punta de metal. Brotó la sangre de su escuálido lomo. Se arrastró chillando de dolor hasta caer al suelo por el borde de la cama y entonces comencé a darle patadas en los costados. 20562Me agaché y coloqué mi rodilla sobre su espalda, haciendo crujir sus costillas, para que quedara inmóvil y empecé a pegar puñetazos sobre la cabeza, sobre la nuca y las mejillas, con todas mis fuerzas.

Lloraba y pedía disculpas, pero también amenazaba con denunciarme y pedir una orden de alejamiento, como siempre hacía cuando yo imponía mi violencia. Aunque luego no se atrevía a hacer nada. En ese momento decidí que aquella farsa no podía continuar, que me daba asco. Nuestro matrimonio no funcionaba desde hacía años. Al principio sí, éramos la pareja perfecta, él tan guapo y aseado, tan educado, tan delgado y con esa barbita siempre perfectamente recortada, y el trato con mi familia era maravilloso, preparaba unos cócteles y unas paellas estupendas. Además, con un poco de Viagra todo se solucionaba si yo requería penetración. En nuestros días abundan las parejas formadas por hombre homosexual y mujer heterosexual, son uniones normales, respetables, sociales, funcionan muy bien porque los homosexuales son sensibles y se adaptan muy bien a las necesidades de la mujer. A David no le apetecía vivir en la urbanización Rainbow para gays ricos, prefería la opción tradicional de emparejarse con una hembra de buena familia y formar una idem. Tampoco debe ser plato de gusto vivir en una urbanización donde sólo hay hombres afeminados, como ahora se estila dentro del colectivo Fag, urbanizaciones lujosas color de rosa cerradas a cal y canto donde las mujeres no están autorizadas a entrar, para qué. Pero allí cuentan que se aburren mucho, hay demasiado sexo y critiqueo.

David sangraba abundantemente y los golpes lo habían dejado semiinconsciente. Le pegué otra patada en el costado, y emitió un quejido grotesco pero voluntario. Así que cogí mi blíster de litio y volví al coche, iba a llegar tarde a mi clase de italiano. Salí de nuevo de la urbanización y conduje mi coche turboeléctrico a más de ciento ochenta por hora, debieron al menos ponerme seis multas en los radares, pero Jose Pelayo no dejaba a entrar a nadie al aula más de un cuarto de hora tarde. Por suerte pasé rápido los tres controles policiales de acceso al centro ciudad y llegué, con la hora pegada al trasero, pero llegué. 20566Subí al segundo piso saltando los escalones de dos en dos, abrí la puerta, vi la clase llena, pero el sitio que más me gustaba, en la última fila, seguía libre. Prefería aquel pupitre porque era una mesa para profesor auxiliar de madera situada al fondo que, al estar rematada con tablones, no dejaba ver la parte baja del cuerpo de quien se sentaba en ella, a diferencia del resto de pupitres.

José Pelayo Huertas es mi profesor de italiano. Es un cincuentón atractivo de sonrisa cautivadora. Reúne a su alrededor a un grupo de treinta alumnos muy seleccionados, un noventa y nueve por ciento de mujeres, que acuden a su clase a escuchar su perfecto verbo y a admirar sus duras nalgas cuando sube al encerado. Casi siempre que me pregunta en clase yo hago señas como de que estoy afónica, porque después de tres años confieso que no tengo ni idea de italiano. Ese día, como tantos otros, esperé a que él trepara al estrado a escribir sus frases en ese idioma extraño y comencé detrás del pupitre salvador mi ceremonia habitual. Empecé a rozarme suavemente las piernas por encima de la ropa, luego el vientre, muy disimuladamente las mamas y finalmente sumergí mi mano dentro de la falda hasta llegar a la vulva y al clítoris, que hinchado de glóbulos rojos, glóbulos blancos y plasma sanguíneo comenzó a palpitar hasta que llegué a un fuerte pero silencioso orgasmo, contenido. Repetí una vez más la operación durante la escucha de la locución grabada de la RAI que ponía todos los días. Tras el relax, me introduje disimuladamente dos pastillas de litio en la boca, pegué un trago a mi botellita de agua y los minutos transcurrieron como segundos hasta que finalizó la clase.

Salí del edificio dudando a dónde dirigirme. No quería volver al chalet. Mi vida estaba vacía y me sentía traicionada por David, que me tenía anulada. Mis hijos me esclavizaban. Decidí tomar rumbo a nuestro piso del centro. Está situado en una avenida enorme por la que ya apenas circulan coches, no están autorizados más que los residentes con vehículos que no emitan absolutamente nada de CO2. Ambas condiciones las cumplo, hemos comprado varios deportivos y todoterrenos Turboeléctricos. Tenemos cuatro pisos repartidos por la ciudad por si queremos bajar para el ocio. Dice mi amiga Susana que en el centro ya sólo residimos los ricos y guapos. Las calles antes ruidosas y llenas de humo y lumpen, de mugre, ahora son silenciosas y limpias, inodoras. Llegué al piso. Allí tenía todo lo necesario para vivir, mi ropa, mis dispositivos y mis objetos, todos duplicados como en el chalet. Por las ventanas entraba una luz limpia pero extraña, y no se veía a casi nadie caminar por las aceras. Un silencio sepulcral invadía todo, excepto el ruido que un semáforo emitía para indicar a los ciegos que podían o no cruzar, cruzar o no una calle de cuatro carriles por la que en diez minutos apenas pasaron dos coches en hora punta. Frente a la ventana del salón, en la acera de enfrente, podía observarse la cristalera de un gimnasio, con sus cintas de correr, sus elípticas y sus bicicletas estáticas, sobre las que se podía ver a la gente tratando de ponerse en forma. Sus movimientos son hipnóticos cuando hacen cardio, se mueven y sudan, se mueven y sudan, se mueven y sudan. A veces me excitan. Tenía que dar un giro a mi vida. Llamé a mi amiga Susana. Le conté lo que había pensado y me dio la razón en mi decisión drástica. Su marido también era homosexual, pero seguían, siguen, juntos por sus hijos, por su estatus y porque él sólo hace el amor con ella, con nadie más, mediante Viagra doble, o triple, pero siempre cumple. Me sugirió que acudiera esa semana a la feria de franquicias y emprendedores que se iba a celebrar en el recinto ferial, ya que como yo ya no quería tener más relación con David era bueno que rompiera todos los lazos con él, incluso los comerciales. David y yo cuando nos casamos montamos una red de clínicas dentales. Mi padre puso el dinero, éramos constructores, nuevos ricos. El suyo era militar, puso la posición social. Habíamos estudiado odontología juntos en una universidad privada en la que nos conocimos. No aprobábamos ni la religión, pero el dinero rompe barreras. Y las clínicas fueron un éxito total. Ahora lo que yo quería era montar otro negocio de éxito como el anterior, uno que diera réditos y poco trabajo.

Acudí a la feria. Franquicias. Restaurantes de comida rápida. Perfumerías. Inmobiliarias. Seguros. Aburrimiento. Pero cuando ya iba a desistir asqueada se me acercó un chico rubio jovencito con acento extraño que tenía un stand y me sugirió acudir a una charla en la que invitaban a Möet, y por lo bajini me dijo que si quería podría esnifar cocaína superpura también. Siempre me ha gustado ese champán, así que acudí a la sala de reuniones. Allí estaba de nuevo el joven, que se me presentó. Se llamaba Mijai Georgescu. 20563Era comercial de una firma rumana multinacional, “Ușor de bani”, que movía muchos billones al año en Europa. El negocio consistía en que, tras pagar un canon a la central, ellos te proporcionaban toda una organización de recogida de fondos mediante empleados.

El negocio era una maravilla y ellos tenían la exclusiva. La mano de obra asequible era muy difícil de encontrar desde que el nuevo orden mundial había cerrado las puertas de salida de África, Asia y Sudamérica. Ahora las razas convivían en paz, cada una en su continente, sin que se les dejara salir más que en casos justificados. Sin negros ni chinos a mano la producción se concentraba en fábricas robotizadas y el resto de europeos se las apañaban como podían, pero en paz. En las periferias dormitorio subsistían las clases bajas, en el centro y las urbanizaciones, cerrados por el estado sólo aptas para gente con permiso del gobierno de La Unión Europea, los que tenemos ingresos suficientes para mantener los equipamientos, la eficiencia ecológica, para no contaminar y pagar las tasas que mantienen el estado del bienestar. Las ciudades están limpias, los cielos y el aire son puros, como nunca, la lluvia ya no es ácida, y no hay conflictos sociales. Un mundo ideal. Pero encontrar gente que te haga las tareas duras resulta francamente difícil. Los gitanos rumanos eran la única solución a este duro problema productivo dentro del viejo continente.

Mijai era claramente homosexual, pero me hizo el amor con gran sensibilidad y cerramos el trato. Poseía un gran pene y una lengua de gato, y no tenía problemas a la hora de los negocios en tomar Viagra a discreción. “Usor de bani” se encargaría de la importación de gitanos, en un principio pensamos en doscientos cincuenta, y me prometían que de ellos unos cien serían tullidos. Los traerían en cinco autocares y los alojaríamos en una nave alquilada de la periferia. Los catres y la comida llegarían todos los días en sacos que la franquicia se encargaba de aportar, comida natural y nutritiva con muchas vitaminas para mantener la actividad de los empleados, que trabajarían media jornada, doce horas, en el centro, en las puertas de las iglesias y de los grandes almacenes. Cada uno recaudaba una media de cincuenta Euros al día, diez de ellos se los quedaba la matriz en Bucarest y el resto serían para el franquiciado, o sea, yo misma. Todas las mañanas los autocares se los llevaban y por la tarde los recogían para devolverlos a la nave. Se les pagaba mediante techo, comida, una vida mucho más digna que la que llevaban en sus poblados de los Cárpatos, donde las malas lenguas dicen que se practica incluso el canibalismo. Los beneficios para mí serían de cinco mil Euros al día. Una cantidad modesta pero aceptable para empezar. Luego podríamos ir ampliando el negocio a otras ciudades, con muchos más gitanos. “Usor de bani” garantizaba el monopolio. Qué guay.

Los meses pasaron y mi nueva vida era todo un éxito. Cada día ganaba más dinero, no tenía tiempo ni de gastarlo, me encendía los cigarros con billetes. No volví a ver a David ni a mis hijos, lo que me liberó totalmente del estrés, ni en pintura quería saber nada de ellos. Me hice tarjetas de empresa en las que me llamaba "Conchi del Monte", en  vez de "Concepción Monte", sonaba mucho mejor y noble. Mi nuevo yo. Salía todas las noches con Susana a bailar o iba a manifestaciones feministas de las que se organizan todos los días ahora en el centro que siempre terminan quemando alguna iglesias o alguna sinagoga. La coalición de izquierdas con los ecologistas ganó las elecciones por sexta vez consecutiva y me afilié al Partido Verde, me hice voluntaria para defender al planeta del enfriamiento global, que ahora había sustituido al calentamiento debido al bajo CO2. Mi vida era de postal. Entonces hubo una cosa que comenzó a descarrilar, a chirriar, a desestabilizarme. Era el semáforo de enfrente de mi casa, su sonido, su desagradable musiquita electrónica. Como no había ruido de coches ni de gente en la avenida, sólo se escuchaba el pitido estridente para facilitar el cruce a los ciegos. Así, pin pin, pin pin, de cada minuto y medio treinta segundos. No podía soportarlo. Me sentaba delante de la ventana a mirar a la gente del gimnasio de enfrente haciendo ejercicio mientras me masturbaba al observarlos sudar, pero el sonido del semáforo maldito me cortaba el rollo. Me metía en la cama y escuchaba de fondo ese idioma para ciegos repugnantes. Ni tomándome dos valiums conseguía conciliar el sueño, tenía metido su murmullo en el cerebro. No podía más.

Pensé seriamente en suicidarme. Encargué a Mijai un arma de fuego, que me la trajera de Rumanía. Dos días más tarde vino a mi casa con un fusil de asalto. Fuimos juntos a un campo de tiro y practicamos la eutanasia a un par de ancianos rumanos paralíticos para hacer puntería. Era entretenido Se me daba bien disparar contra blancos móviles. 20564Cuando volví a casa cargué el arma y la apunté hacia mi cabeza, pero no pude hacerlo, fui cobarde. Entonces abrí la ventana y disparé primero contra el semáforo, que reventó en mil pedazos estruendósamente. Un perro ladró a lo lejos, pero volvió a hacerse el silencio sepulcral en unos segundos. Después apunté contra la cristalera del gimnasio de enfrente y solté una ráfaga. Los cristales saltaron hechos añicos y se vió a lo lejos como la sangre empapaba las blancas paredes. Se escuchaban alaridos de dolor. Volví a disparar otra ráfaga, y luego otra, hasta que cesaron. Tres horas más tarde acudió un coche de la policía municipal.

Para evitar la cárcel, porque había asesinado a gente del centro ciudad y eso estaba muy penado, tuve que pagar bastantes millones de Euros, lo que me dejó casi arruinada, tuve que tirar de casi todos mis ahorros. Aunque pronto me recuperé gracias a ampliar el negocio de la recaudación de fondos mediante gitanos rumanos. Susana y su marido me prestaron dinero a cambio de acciones de la empresa y pasamos a trabajar con quinientos operarios en plantilla, compramos un hangar para alojarlos y veinte autocares para el transporte. Para festejarlo ella intentó quedarse embarazada de su cuarto hijo mintiendo a su marido diciéndole que todo iba bien con el DIU, pero se lo ladeó con la punta de una percha, y el día que le dieron el resultado de los test de preñez para celebrarlo nos fuimos a bailar y a una manifestación ecolofeminista que terminó con graves disturbios, treinta manifestantas heridas, dieciocho antidisturbios con lesiones y tres policías municipales en coma etílico. El niño nació el 1 de enero de 2056 mediante una cesarea programada. Pesó cuatrocientos treinta gramos.

Al final volví con David. Porque repararon el semáforo y aquello no había cristiano que lo aguantase.



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Grabiel

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Llamadme Gabriel. Aquí fuera en los campos de asfalto rompo mi espalda para ganarme la vida. Vivir, morir, entre medias dormir y defecar un poco. En mi sueño yo penetraba a una mujer china de enormes tetas, curiosa contradicción entre tamaño y raza, y mi pene era un destornillador afilado como un punzón que la hacía sangrar. Le pegaba caderazos y caderazos mientras ella me miraba fijamente, inmóvil, hierática, con sus ojos de limón. De su vagina brotaba un sonido metálico, un chirrido como de óxido saliendo de huesos de hierro machacados. Entonces me desperté. Estiré una pierna y el pié se salió fuera de las mantas. La cama estaba toda deshecha, manga por hombro, yo tenía la ropa puesta. En un pié llevaba un calcetín, mojado, en el otro nada, descalzo. Una de las lámparas estaba caída sobre el rallado suelo de parquet, mezclado todo con ropa arrugada de todo tipo a modo de paisaje de dunas textiles. Mi cuerpo y mi pelo apestaban a humo de cigarro y a porro. Lo primero que noté dentro de mí fue la boca pastosa, la típica lengua de trapo tras una resaca. Lo que seguía sonando era mi móvil que vibraba loco sobre la mesilla. Traté de incorporarme, pero un fuerte mareo me hizo caer de nuevo y golpearme en la cabeza con el pico de la mesilla. La sacudida me hizo resucitar. Sacando fuerzas de flaqueza agarré el teléfono y pulsé el botón para descolgarlo. De él salió la misma voz lacerante de casi siempre.

-Gabi, soy yo. Ya es la una y cuarto. ¿Qué estás haciendo? ¿Recuerdas que hoy empiezas a currar con los chinos?
-Joder, Davinia, qué susto, copón, estaba remoloneando en la cama. Buff...
-Haz el favor de levantarte, a las dos y media tienes que estar allí, te están esperando. Métete la cabeza en agua fría dentro del lavabo y vete para allá corriendo.
-Me duele la almendra, la tengo como un biombo.
-Ayer llegaste en estado de coma del ensayo. ¿No te acuerdas de nada, no, cerdo?
-Pues no.
-Abriste la puerta dándote golpes con todo y te tumbaste como un fardo en la cama a mi lado balbuceando frases inconexas sin sentido. Te dormiste al segundo roncando como un puerco y tirándote pedos, pero a los cinco minutos te despertaste con ganas de mear. Vuelta a darte golpes contras las paredes y los muebles, saliste por el pasillo y escuché cómo entrabas en la cocina en vez de en el baño. Me levanté y estabas meando dentro de la nevera. Cabrón.
-VALE, VALE, VALE, VALE. Vale. Ya voy. Joder. No te preocupes que esta vez voy a cumplir.
-¿Cumplir tú? Ja. Abrígate bien, dicen que se aproxima una ciclogéneis explosiva o no sé qué coños.
-No grites por favor, Davi, me duele la cabeza.
-No estoy gritando, Gabi. No me falles, es tu última oportunidad de tener un trabajo decente, no hagas lo de siempre...
-Sabes una cosa, que te den por el culo.
-Pero tú que...

grabiel2Colgué el teléfono bruscamente. Llené el lavabo con agua fría e introduje mi rostro. Un alivio, momentaneo. Me metí dos ibuprofenos en la boca y los tragué acompañados con un buen trago de un litro de Alhambra que quedaba a medias en la nevera. Intenté masturbarme para calmar el nerviosismo, pero no conseguí empalmarme, hacía meses que no lo lograba. Me vestí a toda prisa. Me fumé un porro. Mi ropa arrugada apestaba a sudor y a marihuana, pero no había tiempo para lavadoras. Me lancé a la calle como un poseso.

Hacía un frío del carajo y soplaba un viento fortísimo, además chispeaba un incesante calabobos. Bajé corriendo tres manzanas de calles hacia el sur, boqueando asfixiado. Antes de doblar la esquina del restaurante me paré y vomité hasta la primera papilla. Entras las hieles había sangre, mi propia sangre. Me limpié como pude con la manga del anorak y me dispuse a entrar al local. Abrí la puerta y allí estaba el puto chino con su cara de perro. ¿Por qué los chinos machos siempre tienen cara de mala hostia? Le sonreí, pero él me miró con su cara de chop suei pasado de fecha.

-Grabiel. Te espelaba, e talde. Coge la moto y a repaltil. TALDE.
-Vale, vale, calma, Chu, vayamos por partes. Dame las órdenes. ¿Cuántas horas hoy?
-No calma. Talde. Tú cogel la moto y repartir el pescado. Repartil. Hasta las doce.
-¿Hasta las doce de la noche? Todavía ni he comido.
-Tu lepaltil. Repalte. Cogel pedidos pescado de cocina y repaltil. Fácil. Luego a la noche te pasas pol la nave almacén y pago. Sincuenta eulo.
-¿Cincuenta por diez horas?
-Buen sueldo. Hoy plueba. Te necesitamos. Repaltil.

Me hacía falta la pasta. Cinco Euros la hora, no está mal. Me pagaban cuatro la hora por limpiar habitaciones y wáteres hostales. Y tres por repartir publicidad de puticlubs por los parabrisas de los coches. Salí al callejón trasero, donde guardaban las motos. Vi un par de Vespinos destartalados de hacía veinte años con los neumáticos totalmente lisos a causa de correr tantos grandes premios por la ciudad. Pasé a la cocina por una portezuela. Olía peor que mi culo. Cinco chicas chinas de edad indefinida cortaban panga mezclado con arroz enrrollados con algas medio podridas, al estilo japonés. Luego lo venderían todo por teléfono a precio de atún rojo pescado con anzuelo, y tú te lo comerías como si fuera una joya culinaria. Cada vez que abrían la nevera salía de ella una peste abominable. Pero luego le añadían unas salsas corrosivas al producto Dios sabe de qué procedencia y la cosa hasta parecía procedente de Osaka o Nagasaki. Las chicas amarillas, que parecían drogadas o hipnotizadas, con la mirada distante, me hicieron un paquete y otra de ellas, que hacía las veces de telefonista pero que apenas hablaba español, me dio en un papel apuntada una dirección.

grabiel3Arranqué la moto y salí a toda prisa. Me puse los auriculares bajo el casco con el gps del móvil encendido para indicarme la dirección. “Primera a la derecha. Permanezca en el carril izquierdo”, cantaba la vocecilla las calles casi siempre a toro pasado cuando ya me había equivocado. Hacía un frío del carajo, cada vez más, y el viento arreciaba como una galerna. Los coches me adelantaban casi rozando y otros repartidores me rebasaban veloces como si fueran Valentino Rossi. Los autobuses me salpicaban agua de los charcos como si lo hicieran aposta. Llegué al fin al portal. Entregué el paquete a una rubia que me sonrió mientras rebuscaba en el monedero. Me imaginé que entraba, la desnudaba y la hacía sexo anal hasta que ella sangraba. Me dio quince céntimos de propina. Volví a coger la moto hasta el restaurante. Cada vez había más agua sobre el asfalto, derrapé en una rotonda a lo Marc Márquez y otro motero me insultó porque casi le hice caer.

Un pedido. Otro, otro y otro. Cada vez más frío, y más viento. Y a las cinco de la tarde el cielo se puso negro como el carbón y empezó a llover fuerte. Llovía y llovía, una cortina de agua. Mi anorak no era precisamente bueno y al rato ya iba calado hasta los huesos. Mi cuerpo empezó a congelarse. Llevaba guantes, pero con rotos y agujeros, y casi ni notaba los dedos. El suelo estaba encharcado. Subí por una avenida a toda velocidad. Ví a un policía municipal parado. Un puto pitufo. Me hizo una seña, me detuve.

-Buenas tardes. Los papeles, por favor, caballero. El seguro.
-Buenas tardes es un decir. La moto no es mía.
-El carnet también, por favor, caballero.
-Aquí tiene. El seguro, el carnet.
-Va usted sin luz delantera, está rota. Y la ITV veo que no la pasa desde el siglo pasado. Voy a tener que multarle.
-La moto no es mía, le repito, agente.
-Lo siento, yo tomo nota de su carnet, usted es el responsable de conducir este vehículo.
-No me joda, hombre.
-¿Perdón? ¿Y si le inmovilizo la motocicleta?
-Disculpe, agente. Deme la multa, tengo que trabajar.

Hijo de puta. Cien Euros de sanción con un descuento del diez por ciento por pronto pago. Viva el estado del bienestar. Por mí os podéis morir todos, porque el estado somos todos. La multa a mi nombre. Afortunadamente era, y soy, totalmente insolbente. Seguí hasta el lugar del encargo. El paquete olía a pescado podrido, daban ganas de vomitar, pero hay gilipollas a los que les, os gusta, comer esa mierda cruda. Se lo entregué a un tío con barba de hipster que me pagó con muy malos modos y me cerró la puerta en las narices. Hipsters, sois todos unos hijos de la gran puta. Todos. Volví al restaurante con el cielo cayendo en forma de agua sobre mi sesera. Las calles de la ciudad parecían el lago Baykal en época de deshielo. Una ráfaga de viento me lanzó contra un coche aparcado, al que arranqué el espejo de cuajo con mi costado. Llegué al fin de nuevo al restaurante, por llamarlo de algún modo. Entré por la puerta de atrás a la cocina. El chino cara de perro chillaba a las operarias y, al verme, se revolvió hacia mí como un pequinés rabioso.

-Grabiel. VAS MUY DESPACIO. Ocho pedidos por entlegal. Eles la ruina. Más lápido, más lápido. Vamos vamos vamos. Glabiel, escucha. Correl más.
-Hago lo que puedo con esta moto. No corre más, y no sé si has visto cómo está la calle.
-Tú no motolista plofesional y decilme que lo eras. Timadol.
-Es un Vespino del año de la polca, Chu, no me jodas. Ya me estás tocando los cojones.
-Tú tocal a mí, timadol. RÁPIDO, me arruinas Grabiel. Grabiel, me arruinas. Me arruinas.

grabiel4Cogí otro paquete. Saqué el móvil para meter la dirección de la entrega. Mientras lo miraba se me resbaló y cayó sobre suelo encharcado. Cuando lo rescaté ya era tarde. El agua hizo su efecto por inmersión, mi Galaxy estaba más muerto que Carracuca. Miré la dirección, conocía más o menos la calle. Salí a toda velocidad saltándome semáforos en rojo. Estuve a punto de atropellar a una vieja en un paso de cebra, la esquivé de chiripa. Paré al lado de otro repartidor en un semáforo y le pregunté mientras esperábamos. Me miró y arrancó sin responderme derrapando. Hijo de puta. Tardé veinte minutos en dar con la calle. Al llegar me abrió una gorda con mala leche que me dijo que se iba a quejar por el retraso. Volví al restaurante una vez más todo lo deprisa que pude, tomaba las calles a contradirección y circulaba por las aceras donde podía. Cuando llegué, el hijo de mala perra china de Chu me volvió a echar la bronca mesándose y tirándose del pelo casco, haciendo muecas de desesperación, e insistiendo que lo estaba arruinando. Hijo de puta. Hijoputa.

Así toda la santa tarde. Se hizo de noche. Doblé una esquina y la rueda delantera del Vespino se metió en un agujero profundo que no se veía tapado por el agua torrencial. Salí por los aires, por delante del manillar, haciendo un doble salto mortal circense. Caí de cabeza, el casco paró el golpe partiéndose por la mitad. Perdí el conocimiento unos segundos. Me dí un golpe tremendo en la rodilla y me torcí el cuello. “Chapa y pintula”, diría Chu seguramente si se lo contaba. Me levanté aturdido y cojo. Levanté la moto, que tenía el guardabarros abollado y la llanta doblada como un churro. Arrancó milagrosamente de nuevo. Anduve media hora desorientado. Al llegar a mi destino me abrieron la puerta un tío con gafas de empollón y su foca de mujer que me insultaron y me dijeron que no me iban a pagar porque llevaban más de una hora esperando. Cogí al gilipollas del cuello y le dije que eran veintitrés con cincuenta, o que me la chupara a cambio. Su mujer primero me agarró la cabeza y me arañó un carrillo, pero al ver que no cedía estrangulando a su mierda de marido optó por la opción de pagarme, afortunadamente en dinero. Lo solté y le entregué el paquete, que apestaba nauseabundamente. Les dije que buen provecho. En el portal había un espejo, pude ver mi efigie. Empapado hasta los huesos, manchado de hollín y de barro todo el cuerpo, ensangrentado, con la rodilla derecha del pantalón rota y un agujero en el codo del impermeable. Volví al restaurante. Ya eran las doce y cuarto. Sólo quedaba una china en el local, que estaba preparándose una cama en la cocina. “Tú il a nave al polígono, Chu espela allí”, me dijo mientras colocaba un colchón de gomaespuma encima del suelo lleno de mugre. “¿Quieles chupada por diez Eulos?”, añadió mientras yo salía por la puerta. Dude por un instante, pero me marché.

La noche era oscura como el culo de un lobo, llovía y llovía torrencialmente como el puto día del diluvio universal o del jodido juicio final. Yo estaba agotado. Me dolía la garganta, la almendra, la pierna, el brazo y el cuello. Chu regentaba también un macro almacén de baratijas chinas en las afueras, una nave industrial en un polígono perdido, una especie de Corte Inglés chino. Allí vívía con su mujer y su hijo pequeño. Llegué y ya estaba echado el cierre. Llamé a la pequeña puerta que había en un lateral. Chú me abrió, miro la moto abollada con cara de enajenado mental y empezó a gritarme, entramos en la nave, llena de pasillos con cachibaches, herramientas de las que se doblan al primer tornillo y comida caducada hacía meses. Gritaba Chu. Gritaba. Mi cabeza se tronaba cada vez más.

-Grabiel, la ruina esta noche. La ruina. Muy lento, muy lento. LA LUINA.
-Pero has visto cómo llueve, Chu, no podía ir más rápido. Me he caído porque tu moto está hecha una mierda.
-LUINA, Timar, tú timal. Mañana no vuelvas. Toma dinelo y a tu casa. No quielo velte.
-NO ME JODAS CHÚ, ¿ME VAS A ECHAR EL PRIMER DÍA? ¿Con la que ha estado cayendo?
-Toma, tu palte. Envíos tarde y moto lota. Tu palte.

Me puso un billete de diez Euros en la mano y con cara de desprecio me abrió la puerta de la nave invitándome a salir.

-No voy a irme de aquí hasta que no me pagues mis cincuenta Euros, Chu. No me voy, NI DE COÑA.
-Te vas a tu casa o tu pagas la moto lota.
-Ni de coña, Chu. Esto es el colmo. No puedo más....
-Y te vas en autobús, no tocal la moto. Eles un ladrón, Grabiel.
-Me llamo Gabriel....

Entonces todo ocurrió muy rápido. Debajo de la vitrina de las llaves inglesas había tres o cuatro hachas en venta por veinte Euros. Cogí una. Me fui hacia Chu, que seguía gritando como un poseso. Levanté el hacha y el primer golpe de arriba hacia abajo le desprendió un brazo del cuerpo por el hombro, le quedó colgando. Berreaba como un gorrino chino a causa del tremendo dolor y al escucharle de un cuartucho lateral apareció su mujer también chillando como una rata amarilla. El segundo hachazo se lo metí a Chu en toda la cabeza, que partí como un melón. Perseguí  a su mujer por un pasillo e intentó defenderse de mí con una lámpara de pie, horrible por cierto, decorada con espantosos motivos orientales, pero avancé dando golpes de hacha a diestro y siniestro hasta que noté el primer impacto sobre su cuerpo. Cayó al suelo gritando y la rematé con un certero hachazo en el suelo que consiguió que dejase de cantar flamenco chino. Se hizo por unos segundos el silencio pero escuché algo detrás de mí. Me di la vuelta. Era su hijo. Un chinito de unos cuatro años plantado ante mí descalzo y alucinado ante la orgía de sangre. Me acerqué a él. Aproveché que el crío estaba como petrificado para de un hachazo lateral con todas mis fuerzas casi partirlo por la mitad. Emitió una especie de gorgorito desgarrado, un eructo ahogado, pero no le dio tiempo a regurgitar ningún otro sonido porque con el siguiente golpe le seccioné el cuello de un sólo tajo. La sangre de la madre y el hijo mezcladas me empapaban los pies. Volví hasta donde yacía el cuerpo de Chu, que descansaba, para siempre, en medio de un batiburrillo de hemoglobina y sesos. Me dio una arcada, me mareé. Salí corriendo de la nave. Vomité en la puerta. Huí de aquel infernal polígono hasta la ciudad a todo lo que daba la moto, luego la abandoné en un callejón y me fui a casa a pié, mis huellas dejaban manchas rojizas por el suelo de la ciudad dormida.

grabiel5Nada más entrar, encontré su nota pegada en la nevera. Un escueto “me marcho, Gabi, no me busques, estoy harta... adiós”, rezaba el papelito. Davinia, hija de puta, ahora sé que te estabas tirando a nuestro vecino Jose, y que también te tirabas a Paco, que no ibas a Almería ver a tu familia sino a Madrid a follar con él y con no sé cuántos más. Ahora me he enterado de todo. El tiempo pone a cada cual en su sitio. En el peor momento me traicionaste. Estaba solo, más solo que la una. No tenía a dónde ir. Al menos en la cárcel daban techo y comida. Pensé en entregarme. Pero, qué coño, pensé también en morir matando, en alistarme en ISIS o algo así, por un buen fin. O mal fin, pero con trascendencia. Toma mi mano, viajaremos a través de estas calles hasta el fin de los tiempos.

Davinia se había llevado todo aquella tarde. Apenas quedaba allí la vieja tele de tubo, el colchón manchado de vómitos y mi sucia ropa. Abrí un litro de Alhambra, al menos había dejado cuatro litros de cerveza en la nevera, los cuatro únicos amigos que me quedaban en este mundo. Me tomé el primero de un trago. Luego el segundo saboreándolo. Recordé que tenía dos pollos escondidos pegados con cinta aislante dentro de la cisterna del water, dos maravillosas papelinas de escama. Rebusqué y allí estaban. Me serví unas rayitas con forma de pimiento morrón, bien gruesas. También encontré media botella de Whisky Carrefour en un armario. Me la bebí mezclando con cerveza y cocaína. Me masturbé viendo anuncios de putas de un canal local. Me encendí un porro, afortundamente el hachís siempre lo llevaba encima para que ella no se lo fumase. De madrugada caí como un fardo sobre el mugriento colchón, y dormí como un cesto. Sólo quedaba esperar. Desperté cuando ya era entrada la tarde.

Apaga el fuego, no mires atrás más allá de tu hombro. Puse la tele. En el telediario de la tele local no dieron noticias de la masacre de los caras de limón. En el bolsillo tenía los diez Euros que me había dado el hijoputa de Chu. Pedí comida por teléfono por ese valor a un kebab cercano. Los Sawarmas me supieron a gloria. Dejé pasar el día. Seguía sin haber noticias. Quedaban algunas latas en la despensa, decidí no bajar a la calle. Pasé una semana encerrado en el piso. Nada. Ninguna noticia. El primer día que bajé a la calle fui hasta el restaurante. Increíblemente estaba abierto, y con chinos dentro, se veían nuevos chinos sirviendo la bazofia.

grabiel8Pasaron los meses como pedo en el viento. Estuve ojo avizor, esperando lo peor en cualquier momento, a la policia, o a la mafia china que viniera a descuartizarme, pero nada. Y ya no tenía nada que perder. No tengo nada que perder. Me llamó un conocido y me dijo que había una oferta de trabajo en un hostal. Me compré una camisa nueva, me corté el pelo y me presenté en el lugar. Me contrataron. Bajo la mugre soy un tipo atractivo, seductor. Seguí teniendo los mismos vicios. El restaurante seguía abierto. Pasado año y pico me envalentoné y fui al polígono. Entré en el almacén, compré cinta aislante y una bandera del Real Madrid. Lo atendían otros chinos. Compré un hacha también por veinte Euros, la otra la había tirado a un contenedor. Nostalgia de hacha.

Ha pasado una década desde aquellos tiempos convulsos. Recuerdo aquella lluvia de agua y sangre. Ahora soy feliz trabajando en este hostal del centro. Es cutre, pero me gusta tratar con la gente, acogerles, que se sientan a gusto. De vez en cuando se alojan chicas chinas aquí, de las que llegan a trabajar en las peluquerías, en los restaurantes, en los bazares y en otras cosas que mejor no mentar. Así conocí a Xia, es de Sin-Chuan, creo, llevamos ya dos semanas juntos, enamorados. Es una preciosa chica con bonitas, aunque pequeñas,  tetas. Antes estuve un tiempo con Hui ying y, durante unas semanas, me enamoré de Yi jie, hasta que me cansé de ella, y después con Bing Qing tuve un bonito romance primaveral, pero también me cansé. Lian  fue la más dulce, y Huan la más bella, sin duda, con la que he estado, bíblicamente hablando. Todas llegan, y se van tarde o temprano, porque me canso de ellas. Muchas chicas chinas, chicas chinas, chicas chinas. Todas son la misma con diferente cara. Chicas chinas y un hacha. Y tú, Davinia, no te olvido, eres muy zorra. Algún día iré a visitarte para recordar los viejos tiempos.... No llores, no levantes la mirada, es sólo el páramo de la existencia. Necesito luchar para demostrar que estoy en el camino correcto. No necesito ser perdonado. Llamadme Grabiel.

<para Gabriel y Davinia>


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La niebla

niebla1

-No tiene bastante con nada, con nada. Éramos la pareja perfecta. Mi familia aportaba el rancio abolengo: militares de carrera. La suya el dinero: nuevos ricos resultado de un pelotazo inmobiliario. Nos casamos. Cuatrocientos invitados. Estábamos guapísimos. Viaje de novios por todo lo alto a las Seychelles. Nos compraron un dúplex en el centro, enorme, a todo lujo. Luego a ella se le antojó el chalet. Pero enseguida se le quedó pequeño y echó el ojo a la urbanización de lujo con barrera en la entrada vigilada por un guarda jurado, jardinero particular, limpiapiscinas, mayordomo y dos criadas filipinas. Una casa enorme. Convenció a su padre para comprarla, él nos decía a todo que sí. No tardó mucho en idear reformas variadas para su castillo. Aunque en realidad es su tela de araña, una araña fea y peluda. Quinientos ochenta metros construidos sobre veintitrés mil de parcela. Hizo construir una piscina cubierta en la planta baja con una máquina para nadar a contracorriente. Tiró todos los tabiques de la segunda para dejarla diáfana e instaló un ascensor para seis personas.  Después de decorar durante cinco años la casa con todo lujo de detalles, un día le dio porque todo estaba anticuado y la reformó de nuevo, de arriba a abajo, todo nuevo.  Organizábamos fiestas o comidas familiares en la que ella mostraba orgullosa su palacio. Poco a poco la gente dejó de venir aduciendo mil excusas absurdas. Nadie la aguanta, ni sus charlas ni su verborrea, ni sus delirios de diva, todos disimulan y huyen de ella a la primera oportunidad. Maldita ególatra. Yo he empezado a odiarla. Nunca me ha gustado lo más mínimo, pero ahora es que la tengo asco. Asco, mucho asco.
-Tienes que ignorarla, David, que no te afecte. Al fin y al cabo las mismas cosas que os unieron ahora os mantienen juntos. Y además están vuestros hijos.
-Nuestros hijos dices, madre mía nuestros hijos. Al mayor hace año y medio que no lo vemos, y es el que vive más cerca, en Estrasburgo, es asesor de un diputado europeo de ultraderecha. El mediano en Singapur tiene la excusa perfecta con la distancia y los agobios de trabajo frenético en la bolsa. Y no digamos la vaga de mi hija que vive en Fidji, que no sabemos ni su número de móvil, que no hace nada con su vida, un calco de la hija de Satanás de su progenitora. Se han largado los tres bien lejos para no soportar a su madre. No nos tienen ningún cariño. Sabemos que llaman por teléfono a Angelines, su nani filipina, Conchi la echó a la calle por sucia y ladrona.
-¿Qué tal la cicatriz, te escuece todavía?
-No, tú eres el remedio a todos mis males, mi analgésico. Anal-gésico.

niebla2David agarró a su acompañante por la cintura y lo colocó sobre la cama a cuatro patas. Comenzó pasándole la lengua por el cuello. Luego le lamió la axila derecha. Le lamió la espalda. Le lamió las piernas de arriba abajo. Le lamió la planta de los pies y los dedos. Le lamió de nuevo las piernas, ahora en sentido contrario. Le lamió el periné adornándolo con un pequeño mordisco. Le lamió el ano hasta llegar al colon ascendente. Repitió la operación de lamidos de nuevo dos veces más y, al terminar, se puso un preservativo rosa sabor fresa e introdujo su pene por aquel ano que tenía enfrente que se podía observar tan dilatado por el uso como si fuera la bandera de Japón.

Tras una serie de fuertes empellones, David sacó su miembro del orificio. Cogió una papelina que descansaba sobre la mesilla y esparció un poco del polvo blanco que contenía sobre el esfínter de su amante. Otra pequeña cantidad se la puso sobre el glande. Volvió a penetrarlo, esta vez con mayor fuerza, casi con saña. Los caderazos eran salvajes. Comenzó a darle cachetes sobre las nalgas, que se pusieron rojizas. Golpes cada vez más fuertes, hasta percutir con el puño cerrado. La violencia le llevó, como siempre, al clímax. Eyaculó. Cayeron rendidos cada uno a un lado de la cama. Herminio se quedó dormido unos minutos más tarde, pero David había esnifado demasiada cocaína y tenía los ojos como platos y sin somníferos jamás era capaz de conciliar ni un minuto el sueño.

Se levantó y abrió la puerta del camarote. Subió por la estrecha escalera hasta el salón principal. La imagen de la fiesta era ya decadente, próxima a su fin. La mayoría de la gente se había marchado a descansar y los pocos que quedaban dormían la mona en los sillones o sobre el mismo suelo, los cuerpos desnudos se apilaban sobre botellas de Möet vacías, cócteles derramados y restos de cocaína. Un negro con un tremendo pene fláccido colgaba inconsciente atado a una columna cual Jesucristo. El presidente del tribunal supremo dormía boca arriba sobre una improvisada barra de bar con una eyaculación aún visible sobre su cara. Y el almirante Melgar Bastarreche yacía bajo una mesa con el trasero en pompa sobresaliendo de él una especie de palo.

Le entraron ganas de vomitar a causa del balanceo y de los excesos. Salió a cubierta a intentar vaciar su estómago por la borda. Estaba amaneciendo. El mar lucía como una balsa de aceite mientras el enorme yate surcaba el Caribe con el piloto automático puesto. El Sol brotaba poco a poco frente a él reflejándose esplendoroso sobre el azul del mar. Apoyado sobre la barandilla de la proa, descansó observando la bellísima estampa. De repente surgió una pequeña neblina, una nube baja. El barco la atravesó. David comenzó a sentirse muy mal cuando respiró aquel aire húmedo. Olía extraño, le dejaba un sabor rancio en la boca. Comenzó a ahogarse, a no poder respirar. Le picaba todo el cuerpo, que parecía impregnado por una sustancia repugnante y pegajosa. Cayó al suelo. A duras penas se arrastró sin respiración hasta la puerta de la cubierta, entró y la cerró. Poco a poco recuperó el resuello. Pudo ver por las ventanas cómo dejaban la extraña nube atrás. Encontró un calzoncillo abandonado en el suelo con el que pudo secarse el cuerpo de aquella humedad viscosa. Fue recuperándose aturdido. El susto había pasado, algo extraño notaba dentro de su cuerpo, pero la normalidad retornó a su organismo. Bajó al camarote donde Herminio seguía en brazos de Morfeo. Se acostó junto a él. Cogió dos tranquilizantes del pastillero que tenía sobre la mesilla y los engulló a palo seco. A los pocos minutos se durmió. Tuvo un sueño erótico en el que aparecía una mujer con cabeza de cerdo e increíblemente aquello le excitó. Eyaculó sin darse cuenta entre sueños sobre las sábanas y sobre las nalgas de Herminio.

El yate atracó en La Habana. La fiesta había terminado con un agrio balance: se comentaba que un chapero había caído por la borda y nadie se había dado ni cuenta. Y a otro esclavo sexual se le tuvo que llevar una ambulancia directamente al hospital inconsciente, no se sabía si a causa de una sobredosis o si por las heridas de los latigazos. Varias decenas de coches de lujo recogieron a los participantes para transportarlos hasta el aeropuerto. Herminio y David durmieron durante el trayecto. El chófer les condujo hasta la puerta de autoridades, desde donde embarcaron en el avión con gran rapidez sin esperar cola alguna. Se repantingaron sobre los asientos. Despegaron. Cuando llevaban un rato volando, Herminio echó amorosamente una manta por encima de David. Luego introdujo su brazo por debajo y le bajó la bragueta echándole mano al pene, que batió con suaves movimientos bajo la improvisada tienda de campaña. Pero, tras dos minutos de zambomba, aquello no se levantaba ni a la de tres. En un alarde de valentía miró a ambos lados y, cuando nadie lo observaba, metió la cabeza bajo la manta e intentó felar el miembro de su compañero, pero no consiguió dureza alguna. Además, el pene tenía un sabor raro, un dulzor algo repugnante.  Desistió. David tenía cara de preocupación y casi jimoteaba.

-No me encuentro bien, ya ves, no me apetece.
-Vete al baño y ponte unas lonchitas de coca sobre el glande.
-No, de verdad que no, lo tengo ya en carne viva de tanto untarlo.
-¿Te duelen las cicatrices? Igual no has hecho bien la digestión, el médico te dijo que no te pasases con las ingestas, y nos hemos atiborrado de marisco y caviar.
-No, no es eso. Es como si estuviera incubando un virus tropical maligno.
-Exageras un poquitín, Deivid, sólo es cocaína y poppers mezclado todo con alcohol, esa es la explicación. Anda, duérmete otra vez.

niebla3Algo extraño había invadido su cuerpo. Continuaba sintiéndose pegajoso, como si no hubiera podido limpiarse la humedad que aquella niebla extraña que habían atravesado le había impregnado hasta los tuétanos. Desde ese momento una nebulosa le nublaba la cabeza, un run-run constante. Él, siempre tan despierto sexualmente, ni había tenido pensamientos libidinosos cuando el azafato, un joven plumífero gay delgadito y finamente musculado de barba bien recortada, le había servido la bazofia del almuerzo. Raro todo, muy raro. Siempre que veía a un jovencito así, y mucho más a un azafato de uniforme, se le producía una involuntaria erección. Sin embargo, y eso le asustó, cuando la típica azafata rubia, una potranca rubia alemana de metro setenta y cinco con un trasero sugerente y unos pechos abundantes, le sirvió su gin-tonic de pepino, David se la imaginó completamente desnuda mientras él la penetraba vaginalmente. Y nunca le habían gustado nada de nada las vaginas. Para el sexo con su esposa David recurría siempre a la cocaína, a la Viagra o a la imaginación de largos y gruesos penes.

Nueve horas interminables de vuelo pero, al fin, vislumbraron la madre patria por la ventanilla. Aterrizaron. Desembarcaron por la puerta VIP, donde les esperaban sus chóferes. Herminio se despidió con un beso con lengua hasta la campanilla. David sintió asco. Aquello no era ni medio normal. El Mercedes tomó la primera circunvalación, luego una autopista, luego a otra y por fin , tras la segunda rotonda a la derecha, llegaron a la puerta de la urbanización. El guarda jurado les abrió la barrera y saludó con la mano al chófer. En el interior el poblado no se divisaba, como siempre, ni un alma. Atravesaron los dos kilómetros y medio de empinadas cuestas y bajadas sin ver más que un criado filipino vestido de librea que sacaba de defecar a un pastor alemán. Todo parecía como bombardeado por una bomba de neutrones. La puerta del chalet se abrió automáticamente y entraron al garaje. David se apeó y subió en ella ascensor hasta el primer piso. En la cocina Ricarda se cuadró al verle llegar.

-¿Desea algo el señor? ¿Le caliento una lata? La señora me ha indicado que no se coma el sushi de la nevera.
-No, Ricarda, gracias.
-La señora ha insistido que cuando usted llegara no la molestara, me ha dicho que le dijera que tiene jaqueca.
-No te preocupes, no está el horno para bollos, me encuentro enfermo.
-¿Quiere que llame al médico?
-No no te preocupes. Puedes retirarte, voy a subir a mis aposentos a descansar. Puedes limpiar los azulejos, veo que están un poco sucios.

David abrió la nevera. Había treinta latas de Coca-Cola Zero y sushi del restaurante que le gustaba a Conchi. Bebió un trago de agua y se dirigió al ascensor. Apretó el botón del cuarto piso. Pero en el tercero un impulso le hizo dar al stop y bajarse en el tercero, en la puerta de las habitaciones de Conchi. Salió al descansillo. Llamó a la puerta. Tras unos instantes notó pasos al otro lado y Conchi abrió. Sólo llevaba puestas unas bragas culotte y una camiseta ajustada de Mango que le marcaba los pezones como escarpias.

-¿Qué quieres, David? Le he dicho a Ricarda que nos veríamos mañana, que no me llamases ahora, pero ni caso. Creo que voy a despedirla.
-Es que no me encuentro bien, Conchi. No sé qué me pasa.
-Ya me lo contarás con más tiempo, esta semana nos vemos un rato si quieres.

niebla4David notó que el cuerpo de Conchi le estaba excitando. Hasta ese momento la había visto como una morsa abyecta con boca de cloaca, pero de repente la cosa había cambiado. Tomó una bocanada de aire y se decidió. Pegó un fuerte empujón a su mujer que retrocedió a trompicones. Entonces él entró en los aposentos de Conchi, que no había pisado desde que hicieron el amor para concebir a su hija. La agarró de un brazo retorciéndoselo y la condujo por los pasillos hacia el dormitorio. Llegaron hasta la enorme cama con dosel. La lanzó  sobre el cochón con fuerza. Ella le miraba alucinada, aquello era inaudito. David se desnudó rompiéndo su propia ropa y se lanzó en plancha sobre su esposa. Tenía el pene como una estaca y, cuando se lo introdujo con fuerza dentro de la vagina, a ella se la notaba muy lubricada, empapada. Comenzó a dar caderazos y ella a gemir. Le pegó dos fuertes bofetadas que ella acogió con placer.

-Oh, síiiiiii, David, pero qué buenooooo. ¿Qué está pasando aquíiiiii? Pero qué buenooooo. Úntame un poco, hay en la mesillaaaaaaaaaaa, síiiiiiii.

Se la sacó de un golpe. Abrió la mesilla y estrajo una bolsita en la que había unos cuantos gramo de cocaína. Con un dedo le puso a Conchi una buenta cantidad sobre el clítroris y a sí mismo sobre el glande. Volvió a penetrarla sin miramientos. La abofeteó de derecha y de revés, de derecha y de revés. Ella se retorcía de placer. Le pegó un fuerte estirón de pelo y entonces Conchi tuvo un tremendo orgasmo. David se la sacó de nuevo de la vagina y eyaculó sobre la cara de Conchi un tremendo chorro de semen muy grumoso que al caerle sobre los ojos la cegó por unos instantes. Exhaustos, se acurrucaron cada uno sobre un lado de la cama. Poco a poco recuperaron el resuello. Mirando al techo Conchi le habló.

-No sé qué está pasando, David, pero por favor vete de mi habitación. Ha sido maravilloso, pero tengo que pensar seriamente en esto que ha sucedido, porque no lo entiendo. Pelayo está al llegar y si te ve aquí se va a enfadar. Por favor, no quiero repetirlo, vete a tus habitaciones.
-Ya me voy, no te preocupes, no he podido contenerme. Algo dentro de mí me está volviendo loco. No soy yo mismo.
-Eso cuéntaselo a tu psiquiatra, yo no estoy para esas cosas de hablar.
-Vale cariño.

David saltó de la cama, se puso los calzoncillos Calvin Klein y se dirigió hacia el ascensor. Subió a sus aposentos. Se miró en el espejo del vestidor. No se excitó mirando su propio cuerpo, como solía suceder. Se puso a llorar como un niño tumbado sobre su blanquísima cama.

Pasó tres días encerrado en su habitación, sin contestar ni al washap. Viendo en la tele Netflix como un mantra interminable. Ricarda le subía hamburguesas y patatas fritas del Burguer King que encargaba por teléfono, lo único que le apetecía comer. Algo había mutado dentro de él. Se masturbó varias veces viendo anuncios de prostitutas de una tele local. Puso varias veces películas de porno sado gay que antes le gustaban pero nada, ni una erección. Recibió un washap de Herminio.

“Hola, Estoy en el hospital. Me dolía mucho el estómago después de llegar de Cuba y me vine a urgencias. Me hicieron una radiografía y resulta que me pasa lo mismo que a tí, que tengo la vesícula biliar llenita de piedras, y me van a operar por laparoscopia. Mañana por la mañana estaré en casa, no te preocupes. Los dos vamos a tener unas bonitas cicatrices, pero creo que sobre la de la derecha me haré un tatuaje. He encargado que me atienda un enfermero guapísimo. Mañana hablamos”.

niebla5No sentía nada por Herminio, como por prácticamente ningún ser humano, pero habían tenido durante una temporada una sana relación sexual muy excitante. Sin embargo, ahora sentía asco al pensarlo, se imaginaba con el pene de él en la boca y le daban ganas de vomitar, a él, que felar era su deporte favorito, de toda la vida. ¿Qué estaba sucediendo? Se vistió y decidió ir a su psiquiatra. Bajó en el ascensor hasta el garaje. Cogió el Cayenne que estaba aparcado junto al Jaguar de Conchi, le apetecía conducir para despejarse. Condujo a través de las deshabitadas calles de las colinas de la urbanización hasta llegar a la entrada. Atravesó la barrera y llegó en pocos minutos a la autopista, en el séptimo desvío cogió la circunvalación y después se desvió hacia el centro ciudad. Llegó a su destino. Era una finca lujosa del centro. Entró al garaje abriendo con el mando a distancia que tenían los clientes. Descendió del coche y tomó el ascensor hasta el decimoctavo piso. Salió y atravesó el largo pasillo mirando por las ventanas que dejaban ver unas preciosas vistas de la ciudad. Llamó a la puerta G. Le abrió la enfermera con cara de idiota de siempre, aquella gorda desagradable de mediana edad que le echaba miradas de desprecio al entrar a la consulta. Le habló con su tono de autómata habitual, inexpresiva y seca.

-Hola, buenos días. ¿Tenía usted cita?
-No, pero quiero ver al doctor Candelas González, tengo derecho a ello si no le importa. ¿Está ocupado ahora?
-No, pero en una hora tiene otro paciente. Puede pasar, pero trate de abreviar, por favor. Espere que le anuncio.

Mientras ella avisaba por el interfono él atravesó el pasillo con paso firme y abrió la puerta de la consulta. Allí estaba Gabriel, con su pelo canoso, su coronilla calva y su cara de judío escapado de Treblinka. Llevaban seis meses sin verse desde que David le había dicho al psiquiatra que era un embaucador y un ladrón y que no pensaba dejar ni la cocaína ni el alcohol porque no le daba la real gana, y después había intentado agredirle antes de desmayarse a causa del acelerón que llevaba en el cuerpo tras consumir ocho gramos de polvo blanco cortado con polvos de talco para bebés en la fiesta de presentación de la exposición de los cuadros de la mujer del asesor de presidencia al que había conocido en una orgía.

-Hola, David. ¿Cómo estás? Siéntate en el diván y me cuentas.
-Ha sucedido algo, Gabriel, y tengo miedo, mucho miedo.
-Habla sin rubor. ¿Sigues enganchado, verdad? Tienes marcas en las aletas de la nariz.
-No, no es eso, Gabriel. Es algo mucho más simple, pero aterrador. He empezado a excitarme con las mujeres, con mi mujer, con ese ser infame. Pero no es sólo eso. No sé si es algo transitorio, pero ya no me atraen los hombres. Hace unos días estuve en una orgía en un yate en el Caribe. Creo que atravesamos una nube tóxica y desde entonces...
-No, no David, ahora sí que me estás alarmando de verdad. Por favor, quítate la camisa, quiero comprobar una cosa.
-Pero no quiero hacer el amor hoy, Gabriel, ¿es que no me entiendes? HE DEJADO DE SER HOMOSEXUAL. Y NO QUIERO.
-Por favor David, te repito que no es eso. Sólo quería comprobar una cosa. ¿Te han operado últimamente de algo el abdomen?
-Sí, me han quitado la vesícula hace mes y medio. Me dolía el estómago y el chófer me llevó a urgencias de un hospital público. Fue horrible. Ocho horas metido en un box hediondo rodeado de enfermeras horribles y lumpen hasta que me hicieron una ecografía y me dijeron que tenía la vesícula biliar llena de piedras, que tenían que operarme por el riesgo de pancreatitis aguda. Me metieron al quirófano, me quitaron esa bolsa verde asquerosa de dentro y en unas horas volví a casa. Tuve que compartir habitación durante doce interminables horas con un viejo agonizando y, lo peor de todo, con su familia que eran insoportables y olían a sudor.
-Ajá. Dios mío, todo se confirma. No vas a creer lo que voy a contarte, David, pero es absolutamente cierto. No eres el primero al que le sucede. Atiende a ésto. Las operaciones de vesícula se están multiplicando por cien en los últimos dos años. Antes ponían a la gente en tratamiento paliativo y sólo en casos graves operaban. Pero de Estados Unidos ha llegado un estudio que ha provocado una auténtica conmoción y a la par una conspiración sin precedentes. Descubrieron por casualidad experimentando con inmigrantes que a los pocos días de extirpar la vesícula biliar se produce una disminución en la segregación de ciertas hormonas y encimas que modifican ciertos comportamientos del cerebro en ausencia. Y en casi el cien por cien de los casos la orientación sexual de los pacientes cambia. Se comenzó a practicar sistemáticamente en la ciudad Baltimore seccionando el órgano a todos los homosexuales que acudían a consulta gástrica mediante la excusa de los susodichos cálculos biliares. Poco a poco la campaña se fue extendiendo a todo el país. Un alto cargo de sanidad de nuestro gobierno numerario del Opus Dei se enteró y, tras probar los efectos consigo mismo, ha implantado con la ayuda del CESID un protocolo aterrador para acabar con el lobby homosexual del país. Se rumorea que ya han operado a ciento cuarenta mil hombres, con éxito total en sus fines y que pretenden llegar a hacerlo con los nueve millones doscientos mil homosexuales que se calcula pueblan nuestro país. Esos fascistas dicen que quieren curar la homosexualidad, curar.... Se comenta también que el presidente del gobierno se ha operado de la vesícula hace tres semanas.
-Pero no puede ser. ¿Y es reversible? ¿Qué puedo hacer?
-Nada, lo siento. Recientemente he tenido que tratar un caso tremendo, el de un conocido banquero que, tras la operación, agredió a su mujer porque no quería hacer el amor con él y le pusieron una orden de alejamiento y sus hijos dejaron de hablarle. Se suicidó porque no aguantaba ser heterosexual. Te recomiendo que te adaptes. Si tu mujer no quiere relaciones contigo te recomiendo que contrates escorts para adaptarte a la nueva necesidad. No te preocupes, poco a poco tus amigos pasarán por tu mismo trance, en el ministerio tienen un gran presupuesto para este innoble fin. Uy, se está haciendo la hora, tenemos que terminar, tengo otro paciente.

David se puso a llorar como un niño. Gabriel le ofreció un manojo de kleenex de un paquete y a él lo empaquetó hacia fuera de la consulta con palmaditas en el hombro. Cogió el ascensor desconsolado y aturdido. Se subió a su coche y abrió la guantera. Afortunadamente allí había siempre una bolsita con cocaína. Se puso unas rallas con forma de pimiento sobre el salpicadero tiró de cuello sorbiendo a fondo. Pero ya casi ni le hacía efecto. Nada le hacía efecto. Vivía en aquel castillo de Kafka, en aquella prisión social, y ahora para colmo iba a tener que copular con mujeres y, lo peor de todo, posiblemente con Conchi. Un pensamiento le vino de repente. Se quitaría la vida en aquella playa cercana donde tanto había disfrutado, se adentraría en el mar y se ahogaría en aquel lugar en el que había hecho el amor por primera vez cuando era adolescente con su profesor de francés.

niebla6Tecleó en el GPS el nombre del sitio y, cuando la máquina localizó la ruta más corta, inició el camino hacia su lugar de descanso eterno. “Primera a la derecha. A continuación, a trescientos metros, tome el carril derecho y gire por la tercera en la rotonda. Manténgase a la derecha cien metros...”. Escuchó durante diez minutos las órdenes descritas por la aterciopelada voz femenina del aparato hasta que empezó a sentir que se estaba excitando. Comenzó a imaginar a la chica de la grabación desnudándose, abriéndose de piernas, recibiendo bofetadas con placer, dejándose penetrar con fuerza, sugiriéndole que le apagara un cigarrillo en las nalgas, suplicándole que le eyaculara en la cara hasta cegarla y después lamiéndole los restos de semen del glande.

Se desvió por una calle poco concurrida. Se desabrochó la bragueta. Adiós noches locas; hola, niebla heterosexual. Mientras escuchaba al dulce GPS comenzó a masturbarse. En pocos segundos eyaculó sobre el volante, el cuentakilómetros y el salpicadero. Paró en una gasolinera. Se bajó, compró un paquete de toallitas húmedas para bebé y limpió un poco las manchas grumosas con ellas. Se sentó de nuevo frente al volante. A lo lejos, a través de una niebla brumosa, podía verse la playa. Tomó el sentido contrario de la carretera. Sigiuó hasta la autopista, luego cogió la circunvalación y después se desvió por la zona de rotondas hasta la puerta de la urbanización. El guarda de la garita levantó la barrera sin saludarle ni hacer gesto alguno. David atravesó las despobladas calles subiendo y bajando las lomas hasta llegar ante la silueta de su enorme chalet. Se abrió la puerta del garaje automáticamente. Paró el coche. Salió del aparcamiento. Cogió el ascensor hasta el primer piso y entró la cocina. Ricarda se cuadró con un gesto casi militar ante él al verlo aparecer. David se excitó al instante.

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