Bonifacio Singh: Madrid Sumergida
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Huesos

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Madrid. Tetuán. Dolor de huesos. Huesos pegados a la tierra. Brisa nocturna abrasadora que arrastra polvo y mugre. No me gustan las cicatrices. No ayudan a andar, ya lo dijo Aute. Escuecen y molestan con cada cambio de tiempo. Y mi pensamiento tampoco puede tomar asiento, aunque no estoy siempre de paso, para mi desgracia tengo las raíces más hundidas en esta tierra que los raigones de mi muela del juicio, que los muy cabrones se niegan a ser expulsados de mi cuerpo después de años tras su intento de extracción. Llevo marcado a fuego un costurón de doce centímetros que me creció encima del tobillo. Siempre había pensado que mi cuerpo era poco vulnerable a las lesiones. Sin embargo, cuando me he puesto a contar percances, me he dado cuenta de que mis piernas son más bien las de un ecce homo camino del Gólgota. En más de diez ocasiones he sufrido esguinces de tobillo, me rompí un ligamento de la rodilla y mi tendón rotuliano derecho atesora una inflamación crónica que me hace moverme como una niña tomando el té en cuanto piso diez minutos un campo futbolero. Una profesora me dijo que pensase que iba mucho más conmigo romperme el tendón de Aquiles que cualquier otra parte del cuerpo con un nombre más vulgar, que en el plano filosófico (no se puede ser más pedante que esta señora de apariencia joven pero viejoven de edad) sonaba mucho mejor que romperse la tibia y el peroné. Nos relataba la susodicha, en un receso de su ímpetu docente, que cuando era pequeña los niños la perseguían a pedradas por el patio del colegio porque les parecía raro que leyera en el recreo. A mí me han pegado pedradas, pero también, confieso, he lanzado alguna que otra que ha atinado sobre alguna cabeza. Me tocó purgar mis pecados sufriendo el famoso “síndrome de la pedrada”, esa sensación irrepetible de que alguien te ha pegado un palo en el tobillo y que cuando te das la vuelta descubres que o eres tonto o que fue un enemigo es invisible, un ectoplasma.

tetuan3Jugábamos al fútbol dando balonazos sobre una puerta de garaje de metal. El ruido de los golpes era ensordecedor; los vecinos salían iracundos a las ventanas, nos insultaban y amenazaban. Un yonki intentó una día quitarnos el balón, nos dijo: “poneros lejos, más lejos, más, que os tiro un penalti…”. Uno de nosotros, los niños cabrones del barrio, le respondió: “hijo de puta, ni pienses que te vas a llevar la bola….”. El tío llevaba una botella de batido Ryalcao de vainilla medio vacía en la mano, hizo ademán de romperla para amenazarnos, pero al golpearla contra el bordillo se cortó la zarpa, se  hizo una raja en la mano. Se marchó andando lentamente hacia ninguna parte, sin el balón, como una niña después de caerse al suelo y llamar a mamá. Luego llegó el camión de reparto del pan. Pero no traía pan, sino que el conductor se follaba a la panadera del barrio entre pistola y chusco. Ella sacaba al perro a la puerta de la tienda y, mientras éste ladraba excitado por la dulce visita, ella gritaba a los cuatro vientos, para que se enterara todo el barrio: “¡mira quién viene!”. Con el tiempo dejaron de fornicar, y cuando ella se jubiló le telefoneaba todos los días, obsesionada con su macho. La mujer legítima del repartidor acabó llamando a la policía para que la Loli dejara de perpetrar semejante acoso telefónico. Nuestra vendedora de bollos murió de cáncer hace dos años, soñando con su amante que olía a harina. De pequeño yo le decía a mi madre que quería ser panadero, que para ese oficio no era necesario madrugar como lo hacía mi padre. El olor a pan es lo mejor de este infecto mundo.

tetuan4El padre del Ramiro se había quedado parapléjico en un accidente de coche. Era tabú verle, nunca entrábamos a su casa, sólo escuchábamos desde el umbral de la puerta como balbuceaba, porque el hombre era incapaz de hablar bien. El Luis tenía cuatro hermanos. Su ropa apestaba, se la debían lavar muy poco. Le llamábamos el mofeta, o el pato, porque nadaba muy bien y decíamos que tenía membranas entre los dedos de los pies, como el pato Donald; además era muy torpe para cualquier tipo de deporte de equipo. Nos daba de hostias cuando le llamábamos por alguno de sus motes, pero aunque nos hacía bastante daño cuando nos cogía del cuello siempre volvíamos a reírnos de él. Tenía el coraje y la lealtad tan desarrollados como los pies, y llegó a calzar un cuarenta y cinco. El Vicente vivía con sus dos padres, pero ambos progenitores no tenían relación el uno con el otro, no fornicaban, ni se hablaban. El pater familias era un borracho impenitente que trabajaba de repartidor de chucherías y frutos secos por los bares; se rumoreaba que a la madre la había medido el lomo en más de una ocasión. Vicen era hiperactivo, le echaban todos los días de clase con pupitre y todo, porque se agarraba a la mesa con todas sus fuerzas y la maestra lo arrastraba con todo el equipo al pasillo. Volvía a casa dando volteretas laterales sobre la acera y simulando que bailaba con las farolas. Cuando perdíamos un partido él siempre sugería que jugásemos la revancha a hostias; el otro equipo no tenía más remedio que salir corriendo hasta sus casas, con él detrás amenazante. El Jose gustaba a todas las niñas, no sabíamos por qué, pero las gustaba. Decíamos que trabajaban de putas para él. Tenía un Spectrum 48K con el que jugábamos al Alien8. Formábamos pareja putativa en las máquinas de los bares y éramos absolutamente imbatibles hasta que murió ahogado sumergido en un ancho río que pasa por Toledo. El Marcos se había quedado huérfano de madre cuando era muy pequeño, lo que le había convertido en el niño mimado del barrio. Le compraban todas las colecciones de Madelman y de Geyperman, la de los esquimales en el polo, la del buzo con traje de falso neopreno, le teníamos tiña. Guardaba como oro en paño en una estantería de su casa un Scalextric enorme con muchísimos coches nuevecitos, todos metidos en sus cajitas, un balón Tango blanco brillante y una camiseta Adidas de la selección alemana del mundial 82. Le teníamos envidia cochina, pero por otra parte compasión. Algunos insinuaban que era un poco maricón, pero lo único confirmado a ciencia cierta es que tenía una zurda potente al estilo Rumenigge.

tetuan2Aquellos veranos olía a tierra seca, a las agujas de los pinos de la Dehesa de la Villa abrasadas por el sol. La arena de estos andurriales me huele tan bien como el pan recién hecho en el horno. Dicen que hay que dejar que la harina de las hogazas se enfríe para que la miga no te siente mal, que si te lo comes caliente provoca dolor de estómago; pero es imposible resistir la tentación. Cuando caen las primeras gotas de una tormenta de verano el ozono que el agua arrastra desde la troposfera huele cojonudamente. Las golondrinas vuelan a ras de suelo justo antes de la lluvia y chirrían espasmódicas al cazar los infectos insectos voladores de los que se alimentan; bocatto di Cardinalle. En agosto se marchaban cada uno a su pueblo. Yo no tenía pueblo. Nos íbamos a una sucia playa de levante. Allí soñaba con las dulces chicas fornicadoras francesas que hacían top-less a la orilla de la cloaca mediterranea. Años más tarde, ví a este tipo de gachises en las películas de Rohmer. Han pasado los años, pero sigo estirando el tendón de Aquiles cada vez que me levanto de la cama. Desde mi jergón os maldigo a todos, donde quiera que estéis. Dios y el diablo son de aqui, pongamos que hablo de Madrid. De madrugada la temperatura amaina un poco, una ligera brisa refresca el polvo y la mugre. Recuerdos y dolor de huesos. Huesos pegados a la tierra. Tetuán. Madrid.

En el Valle de Neánder

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 ¿Me escuchas? Toc, toc... Sí, estoy aquí, en medio de este agujero negro que es Madrid. El tiempo se detuvo, hace años que no corre, o nunca corrió, quizás algún pequeño rato lo hizo, como a cámara lenta. Agujero negro Madrid. Mi reloj de arena se para, se diluye como un azucarillo, se derrite en medio del caldero. El vaso se vierte hacia el sumidero, y hacia el río, y hacia el mar. Café amargo, agrio, asfalto, calles sin un puto fin que se estiran y se contraen, que vuelven todos los días a empezar. Un día y otro, y otro, otra vez, otra vez, otra vez. A lo lejos una puerta. Despierto.

Dí tus oraciones, pequeño
no olvides, hijo mio
incluirlos a todos.
Te arroparé, te mantendré tibio
te mantendré libre de pecado
mientras llega el hombre de los sueños...

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Mi tío nació durante los años veinte del último siglo del milenio pasado. Se crió en el campo, entre campesinos y arrieros. Cuando volvía esporádicamente a aquellos lugares ahora secos y polvorientos cortaba plantas con las manos y las reconocía, las olía y las saboreaba, se retregaba en ellas. No le pilló la guerra como soldado, era demasiado joven, pero tuvo que huír del campo a la ciudad con todos los que eran los míos. Trabajó desde muy pequeño en el campo y luego, en diversos negocios familiares, muchos de ellos ruinosos, en la ciudad. Nadie sabe cómo lo enchufaron para hacer la mili en Madrid pero, por ladrón, lo enviaron como castigo a Jaca, a pasar frío en las tropas de montaña. Tenemos fotos suyas vestido con el uniforme de eskiador. Regresó a casa de mis abuelos. Tuvo conflictos con ellos a veces, porque era bastante vividor y putero. A finales de los cincuenta se casó con una enfermera. Tuvo un hijo. Dando marcha atrás a un camión atropelló a una niña que jugaba en la calle, que murió. Se separó cuando su niño era muy pequeño, nadie quiere contarme por qué. Por aquellos tiempos debió conocer a mi tía, con la que nunca se casó oficialmente. No volvió a ver nunca más a su hijo, que en una ocasión me contó mi madre que vino a buscar a su padre. Llegó al negocio de otros de mis tíos preguntando por su progenitor. Le dijeron que no sabían nada de él desde hacía años. Se marchó imagino que apesadumbrado. Mi tío nunca ha vuelto a querer saber nada de su hijo, no alcanzo a comprender por qué. Por qué. Por qué. En los setenta ya estaba unido a la que hoy es mi tía. No estaban muy bien vistos, como es de suponer, entre la familia, aunque ella, se hizo querer. Adoptaron juntos a una sobrino de oscura procedencia, a la que criaron como si fuera una hija. Esta sobrina tampoco es muy bien vista en mi familia, por razones también obvias. Mis tíos montaron diversos negocios con los que trampeando aquí y allá hicieron dinero. Se compraron casas caras, coches grandes, horteras y caros, vivieron tiempos de nuevos ricos durante los años ochenta. Cumplieron años. Años. Años. Se hicieron viejos. Algunos de sus hermanos comenzaron a morirse. Eran ocho. Casi todos están muertos. Mi tío hace tiempo comenzó a tener fobias diversas. Vivió años aterrorizado por enfermar, por no respirar aire contaminado que le rompiera los pulmones. En pleno verano no dejaba a mi tía abrir las ventanas ni poner el aire acondicionado. Sólo veía fútbol en la televisión, a todas horas. Aunque en su día fue un aficionado postizo más del Madrid ahora era un hooligan con todas las letras, a los noventa años era capaz de pegarse con cualquiera por el Madrid. Todavía hace unos días, con casi noventa y un años, tenía unas piernas fuertes, unos brazos con músculo debajo de algún  tatuaje patibulario. Fui a verle al hospital la semana pasada y lo tenían atado a una silla con la mirada perdida, con las pupulas que apenas se contraían y dilataban. Miraba la televisión y decía ver a mis tíos muertos en ella.

...duerme con un ojo abierto
abrazando bien tu almohada
vete, luz
entra, noche
toma mi mano
hacia la tierra de nunca jamás...

Madrid. Trigal con cuervos. La soledad es aplastante, resulta difícil explicarla, es como una roca muy pesada que debo intentar ignorar. La soledad es no poder escapar de la burbuja, es imposible escapar de ella. Puedo pensar que la huída es posible pero en realidad sólo es un engaño, no hay una puerta al final del túnel oscuro, solamente la que quiero creer que veo, pero no existe. La soledad es conseguir mirarse desde fuera, a través del espejo, y ver lo que no deberías ver. Es la tarea de titanes absolutamente necesaria para sentirte un hombre y que al mismo tiempo te va a despojar de tu supuesta condición de hombre, es mirar al precipicio. Reconozco a mis semejantes cuando creo entender que se han asomado a esa profunda sima, tan complicada de llegar a observar, una joya que deseas pero que sabes que va a asesinarte en vida de una certera puñalada en el costado.

...algo está mal, apaga la luz
pensamientos pesados esta noche
y no serán de blanca nieves
sueños de guerra, sueños de mentiras
sueños del fuego del dragón
y de cosas que muerden
duerme con un ojo abierto
abrazando bien tu almohada...

Hay lugares, y personas, de los que sólo saldré si me echan o con los pies por delante. Claro está que sacarme de esos lugares, o personas, sólo podría realizarse por la fuerza. Lugares, paisajes y cielos, y personas que son parte de mi carne, de mi agujero negro, imposibles de sustituír ni siquiera en la distancia. Siete mil millones de personas en un sólo Dios verdadero, los siete mil millones que constituyen la santísima millonidad, todos ellos crucificados, muertos y sepultados y cabalgando a lomos de Alborak hacia el cielo, o de su puta madre.

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Construyeron el Bernabéu a mediados de los cuarenta. Mi padre bajaba con los suyos a través de los huertos que ahora son General Perón. Conocían a un portero que les dejaba pasar, o provocaban avalanchas en una de las puertas en las que se hacía la vista gorda, conseguían entrar diez con una entrada. O trepaban por algunos lugares de la fachada hasta el primer balcón por unos ladrillos sueltos. Cuando edificaron el gallinero, vendían entradas muy baratas casi sin límite, hasta que no cabían más. Yo nunca le vi pagar una entrada en taquilla. A finales de los sesenta comenzó a llevar a mis tíos. Cuando hicieron dinero, ellos se hicieron socios y compraron un abono en la grada lateral. Mi padre siempre los considero aficionados postizos. Me llevaban a la grada baja, y yo esperaba a que mi padre se colara, aparecía al rato sin pagar en el sitio que ellos compraban a buen precio. Nosotros somos de allí, y nadie nos va a sacar, imagino que ya lo sabes, somos de allí dentro. Al final mis tíos dejaron de ir cuando uno de ellos murió, decían que no podían volver sin él. Uno de ellos no podía ver los partidos en la televisión porque se ponía demasiado nervioso, y yo me reía de él. Ahora, muchas veces, yo tengo que quitar el sonido y ponerme de espaldas, parece que tampoco puedo ver sufrir a los míos cuando el peligro se acerca, aunque eso míos actuales que juegan en nuestro campo sean jóvenes millonarios consentidos. No sé por qué, pero son los míos. No, no nos sacarán nunca de allí, estamos siempre presentes aunque no estemos, tenemos en la memoria ese lugar en todo momento, formamos parte de él.

Ruido de motores como cañones. Huesos que vibran y que traquetean en el interior del cuerpo. Caminos asfaltados y carreteras polvorientas, que abrasan. Hacen falta gruesas suelas de zapato para atravesarlas sin quemarse las plantas de los piés, pulmones bien fuertes para inhalar el alquitrán hasta los tuétanos y que pase a formar parte de tu sangre, de tu sucia esencia. No hay ejército que pueda pararlo, al tiempo, por muy fuerte, muy numeroso y muchas armas que tenga.

Familia es algo parecido a amistad. Amistad es algo parecido a familia. Para mí pertenecen a cualquiera de las dos clases las personas que permanecen en la mente, en tu mente, las 24 horas del día durante 365 días al año. Da igual que estén a mucha distancia o cerca. Estas personas, recíprocamente, se tienen en la memoria, que en realidad es la imaginación, en todo momento. El resto son complementos circunstanciales o unidireccionales. Decid lo que queráis al respecto, examinaros por dentro a ver en quién pensáis todo el tiempo, por la mañana y por la noche, durante el día y cuando soñáis, y cuales de ellos lo hacen en vosotros. No vale la ausencia de un sólo segundo. Es una dimensión exigente, sí, vale, pero es lo que hay.

Ahora que voy a dormir
le rezo al señor que resguarde mi alma
si muero antes de despertar
rezo al señor por que tome mi alma
ya, pequeño, no digas una palabra
y no te preocupes por el ruido que escuchaste
es sólo la bestia bajo tu cama
en tu armario, en tu cabeza...

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Cuando empecé a ir al colegio, nos enseñaban que los neandertales formaban parte de nuestra linea evolutiva, el homo sapiens procedía directamente de ellos, eran su más inmediato precedente. Ahora dicen que aquello fue una falacia, que no tenemos nada que ver con esos salvajes de frente prominente, con esos feos monos, que nosotros llegamos de África algo más tarde, qué éramos negratas de pinga larga y que ellos eran algo así como una panda de gilipollas a los que exterminamos en plan hijos de puta. La falacia actual se inventa nombres de homínidos rimbombantes para mayor gloria de directores de excavación en busca del presupuesto perdido. Somos así de gilipollas por naturaleza. La falacia actual, luego vendrán otras, y otras, y otras mil, porque la paja mental no tiene fin, es tan prolífica como la físico sexual. Teníamos un amigo que nos contaba que siempre que se duchaba se hacía una paja, y que una vez se hizo ocho en una tarde, no que se hubiese duchado ocho veces, sino que se la había cascado o machacado con esa fruición de chimpancé una tarde de invierno. Debió quedar seco. Nunca le dejábamos entrar al baño en nuestras casas. Los prehistoriadores son muy parecidos a él, quizás los historiadores son también tan pajilleros, por deformación profesional.

Zihuatanejo es ese lugar al que todos huimos, ese rincón escondido en el que siempre te estaré esperando, en el que sabes que puedes siempre encontrarme. Sólo tienes que poner un pié delante del otro y caminar hasta allí. Zihuatanejo hay uno a orillas del Pacífico, al que el presidiario Morgan Freeman acudía a visitar a su amigo Tim Robbins cuando este escapó de la cárcel jodiendo vivos a los carceleros. Debes dejar siempre volar a los pájaros, es mejor verlos, aunque sea de lejos, que meterlos en jaulas. A ratos veo en mi Zihuatanejo, en mi monte, a una pareja de águilas. Alguna vez, cuando hace mucho frío o calor, cuando no hay nadie, me he tumbado boca arriba y sus sombras me han sobrevolado. No sé si lo hicieron por curiosidad hacia mí o porque cazaban, para deslumbrar a sus piezas, de espaldas al sol que achicharra en estas tierras de media tarde. Asfalto de calle y arena de descampados, esa es mi tierra. Aire que arde, ya sea de frío o por las llamas del calor. Aquí no hay medias tintas, nos helamos o nos abrasamos. Y cuando el sol se aleja por el Oeste y hay nubes sobre el cielo, se ven atardeceres de color rojo o naranja intenso, brillante, y las nubes se colorean por efecto del hollín brumoso del aire, del agua sucia y del sudor que se evapora a ras de suelo saliendo de todos nosotros. Desde las ventanas se escuchan cañerías y televisores, algunos gritos y respiraciones entrecortadas. Llega de repente la oscuridad, por unas horas todo se calma, o al menos un poco, pero late, late, late, sigue latiendo. Y aquí estoy, en medio de este agujero negro, con el tiempo detenido en medio de la noche. Sí, estoy aquí, ¿estás ahí? Toc, toc. La penumbra va cayendo. Salgo a la ventana y ha refrescado, un poco. Echo un trago de agua con regusto a lejía, me tumbo. Toc, toc. Toc, toc. Una puerta que se abre al fondo, oscura. Poco a poco me duermo. Madrid.

Real grund

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"Cada pocos meses vengo aquí a hacerme una revisión rutinaria sabiendo que en una de esas... al infierno. Tal vez incluso hoy voy a escuchar algunas malas noticias, pero hata entonces.... ¿quién está al cargo? Yo. Así es como vivo mi vida".

Despierto. Madrid ha acabado por volverme alérgico ya no sólo a los humanos, sino también a algún tipo de polen o polvo, en realidad no sé a qué. Sólo siento que por las mañanas me levanto moqueando, acordándome de la mamá putativa del ozono troposférico y todas esas mierdas que se inventan los ecologistas para evocar una imposible victoria sobre la muerte del planeta. Pero la urticaria que me producen los habitantes de esta ciudad me irrita mucho más que tener las mucosas a flor de piel por culpa del polvillo. Me sacan de mis casillas las exaltaciones celebrando el patriótico 2 de mayo, fecha reivindicativa de los proborbonicos, antiafrancesados y de algún que otro gilipollas, de esos catetos que adoran a los que despreciaban la ilustración y aplaudían a la inquisición. Aunque la inquisición no deja de tener su encanto, me gusta el olor a carne de hereje por la mañana. Hace falta ser bastante bobo para preferir a Fernando VII en detrimento de Pepe Botella, que hasta en el apodo fue un ser agraciado. Vivan los mamelucos y viva Murat. Que os den, una vez más.

Camino por Madrid. Personas que se compran móviles de más de cuatrocientos Euros para hacer fotos con las que martirizar a sus amigos, familiares y conocidos. Personas que pasean mirando el móvil. Personas que cruzan los semáforos mirando el móvil. Personas que terminan de follar y miran el móvil. Personas que no follan nunca y sólo miran el móvil. Personas que no se dan cuenta que cualquier cosa que cuelgan con su móvil en las redes sociales resulta ridículo visto desde fuera.

grund2Cuando vea a la muerte de cara, entonces no tendré nada que temer y podréis echaros a temblar ante lo que veréis salir de dentro de mi, la verdad es ante lo que hay que temblar de verdad. La verdad es la muerte.

Flas bak. Hacía todavía en abril un frío de cojones en Madrid, un aire huracanado que levantaba las faldas de las señoras hasta el punto de dejar ver los refajos. Cogí mi viejo coche y marché a deleitarme con una clase impartida por una profesora diez años más joven que yo, pero con una mala leche destilada ya muy similar a la mía. Por el camino me encontré a su becario compañero de despacho, el que sueña todas las noches con llevársela al catre. Su mente se disparaba cuando estudiaban juntos a ambos lados de una mesa, cuando la pálida y lánguida teacher le comentaba que lo había dejado hace poco con su novio. Él nunca entenderá ni por el forro a Kant, pero sospecho que sacará más provecho que yo de los años vividos al borde de estos pupitres. Ella se llamaba Mariana y Bergson fue un hombre puñeteramente excitante que la chica hacía que pareciera un tirano banderas de tres al cuarto. A medida que fui metiéndome en el tema del tiempo real y el espacio como pura impostación matemática, mi cabeza comenzó a decir basta y a insinuar que iba a doler como una puta cabrona inflamada. Pero resistí en mi trinchera el cansado devenir de las interesantes palabras que en realidad no me conducirán hacia ninguna parte. Me gustaba resolver sudokus mientras escuchaba las complicadas explicaciones, como si mi cerebro estuviera cortado por el cuerpo calloso con navaja de barbero, como si una crónica epilepsia me hubiera posibilitado, por arte de magia y de bisturí, hacer dos cosas a la vez sin inmutarme. Y sin tomar Clonazepán.

Llego a casa, pongo la tele. Se están poniendo demasiado de moda los alegatos de los buenos contra la guerra, ensalzando el humanismo, apoyando a las parejas estériles en la adopción de niños chinos o etíopes para acogerlos  en sus chalets unifamiliares. Somos superchachis y estamos matando al padre salvaje yankee, y cuando se muera nos vamos a arrepentir de verdad; tenía las vísceras podridas, pero era nuestro progenitor. Estamos arrastrando un insoportable complejo de Edipo de bien pensantes en el que nos arrastran a decir que todo el mundo es estupendo, que nos encanta, que nos reconocemos en cualquier sonrisa. Personalmente, cada minuto que pasa me da más grima este ser humano tan civilizado en apariencia pero tan pérfidamente egoísta en esencia, este estúpido dominado por ese inconsciente que se niega a aceptar. Determinismos aparte: ¿quién carajo nos importa de verdad, la humanidad o nuestro paisaje familiar? ¿Por quién mataríamos? ¿Se diferencian en algo nuestros paisajes urbanos de líneas rectas y hedor a ambientador de las llanuras desoladas repletas de enemigos y alimañas de antaño? Me gustaría viajar en la máquina del tiempo y descubrirme sin rumbo en el mapa sin dibujar. Me reconozco dentro del asfalto del “Bad Lieutenant” de Keitel y Ferrara, con ese monstruo pululando por dentro que tira en dirección al lado bestia enfrentándose al mismo tiempo al discurso aparentemente lógico del deber y la culpa.

Paseo de nuevo por Madrid. Decía don Manolo Kant que la existencia necesitaba un real grund, que el logisher grund no era más que un camelo. Desde el siglo XVIII la prominencia de esta afirmación en favor de la realidad hace que vivamos en un sin vivir mirándonos en ese maldito espejo que destierra las ideas y la lógica en favor de los exabruptos de la masa boba. El filósofillo alemán fue en realidad el auténtico causante del frikismo recalcitrante actual, de que se nos caiga la baba admirando a chavalas siliconadas y móviles caros importándonos un huevo que detrás de sus enormes domingas y pantallas no haya más que estúpida ambición(aunque yo soy raro y sólo me ponen las tetas naturales y las tías que no llevan móvil). Los osos pardos del norte de Spain se están acostumbrando al hombre, hacen cada vez más incursiones en zonas pobladas para ver qué se cuece entre los homo sapiens sapiens y de paso para llenarse el buche con sus sabrosos alimentos basura. Sin duda la estupidez produce un inevitable influjo, atrae más que un gigantesco imán planetario, y los osos acabarán discutiendo en sus oseras sobre la teoría de la relatividad, sobre lo que han disfrutado viendo al Barcelona perder contra la Juve de Torino y sobre los apetecibles culos de sus hembras.

grund3"He pasado toda mi vida asustado, asustado de las cosas que podrían suceder. Pero todo cambió desde que me dijeron que tenía cáncer. Me levanto para darle una patada en los dientes al miedo, ese bastardo".

Flas bak. Ian Curtis se levantó aquella mañana con ganas de hacer algo nuevo y motivante. Después de comer cogió una soga y se colgó de la lámpara de su comedor. La Joy Division fue una sección del ejército nazi destinada a los servicios sexuales de sus oficiales. Ya lo afirmaban los “Siniestro total”, todos los ahorcados mueren empalmados. Sí, ya lo sé, poseo un excesivo amor por los chistes de Arévalo, los reitero hasta al saciedad. Crecí marcado por la cinta de casette de los “Chistes del golpe”, en la que el maestro escupía maravillas como la que siempre cuento del miope comiéndose la moqueta en vez del clítoris, o la del tipo invadido por el síndrome de Estocolmo tras ser sodomizado por un hotentote durante un safari.
Se hace de noche. Me tumbo en la cama. Se dice, se comenta, se rumorea, que el Rock and Roll es pura falacia, que no es ni la sólida roca ni la cálida tumba sobre la que podemos bailar seguros. Ni la más profunda untersuchung nos hace encontrar un rinconcito en el que descansar lejos de ese noventa y nueve por ciento de idiotas inconscientes. No me extraña que los chacales depredadores roben y se retiren risueños, con sus impunes bolsillos llenos, a sus palacios de invierno. Son unos hijos de puta pero unos Robin Hood a la vez. Roba al rico, pero siempre también al gilipollas aunque sea pobre.

Sueño. Me gustan los campos cuando hace frío y no se divisa a nadie a kilómetros. Me gusta “Meridiano de sangre”, la degusto como medicina mezclada con cerveza. Me fascina como cambiaron las costumbres de la corte de Felipe de Anjou para que él durmiera por el día. ¿Por qué no vivir a la inversa del sol dictador? ¿Por qué le llamaban loco? Qué triste es darse cuenta de que el discurso del mundo está todo basado en la falacia inductiva de muestra insuficiente. Dicen que hay que votar, porque si no no tienes derecho luego a quejarte. Yo ni voté, ni voto, ni votaré, tengo una vocecita interior de hijo de puta que me dice que no lo haga, que no les dé el gusto. Hoy dormiré hasta tarde. No creo que tenga resaca, cada día hay menos resacas. Os echo de menos, sombras.

Corre hasta donde puedas y hasta cuando puedas, porque detrás no hay nada, y porque tu deber es correr hacia allí. Beibi Blu.


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