Bonifacio Singh: Madrid Sumergida
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Ejército yonqui (Madrid-Chernobyl)

yonqui1

Madrid tiene síndrome de Diógenes. En Madrid el aire arde como en el desierto del Sahara. Cuando sopla del Sur te abrasa la cara. En las noches de verano buscas la más mínima brisa. A las doce de la noche el termómetro marca treinta y ocho grados. Cuando la temperatura supera a la de tu propio cuerpo la sensación es de no poder respirar, y entonces no sabes si la asfixia te la provoca el tiempo o el calor. Mis padres compraron dos colchones de muelles de ochenta de ancho. Dormíamos en dos camas mueble perpendiculares que recogíamos por las mañanas. Antes de los muelles descansábamos sobre goma espuma. Se hacía un hueco sobre ella como un sarcófago con la forma de nuestros cuerpos. Los muelles fueron una bendición, como dormir en la puta Zarzuela. Un colchón era más blando que otro y también se fue deformando como los antiguos, el mío. Te tumbabas sobre él y te hundías hasta el fondo abisal. Mi hermana se casó joven y heredé su cama perpendicular a la mía y su colchón, algo más duro. Cerramos una cama mueble para siempre. Los muelles del somier fueron cediendo con el tiempo. yonqui2Compramos unas lamas de madera que pegamos con cinta aislante atravesadas imitando a las láminas del somier de comfort que anunciaba en la Teletienda. Con los años el forro del colchón comenzó a ceder y a romperse, a salirse los muelles hacia fuera. Yo le hacía agujeros y le metía trapos para recuperar el mullido, pero al cabo de unos días los muelles volvían a brotar en plan hijoputa. Eran espirales rematadas en puntas como de aguja. Me despertaba por las mañanas con algún puntazo en las piernas o en el cuerpo, el colchón me atacaba, parecía un puercoespín. Pensaba muchas veces en comprar un colchón nuevo, pero me parecía un gasto demasiado grande, un dispendio económico, un lujo para mi puta pobreza. Veía anuncios en la tele que decían que si tu colchón tenía más de cinco años ya no tenías colchón, no añadían “hijo de puta” a la frase, pero se sobreentendía. Mi colchón tenía casi veinte años, y vida propia, me apuñalaba por la espalda por las noches. Nunca me había meado sobre él, aprendí a contener mis esfínteres desde muy pequeño, a cerrarlos a cal y canto ante las amenazas de entrada y de salida, pero el colchón se vengaba de mí lacerándome como a Jesucristo. Pero, a pesar de todo, al llegar a casa me tumbaba boca abajo, cogía la postura, y mi cama de pinchos era el puto paraíso. Ahí fuera estaba el infierno, pero sobre mi cama podía refugiarme de toda la mierda del mundo. Dí la vuelta la colchón, pero el paño estaba tan gastado que los muelles salían por todas partes. No podía resistir más. No tuve más remedio que comprar uno nuevo por internet, el más barato que encontré, de ochenta centímetros de ancho para que cupiera en el hueco de mi jaula. Llegó el nuevo. Esperé a la noche para bajar el viejo al contenedor de basura. Cuando bajas un colchón a la calle usado en Madrid todo el mundo va diciendo que te has meado, que por eso lo tiras. Lo dejé al lado de los cubos de basura, que olían a mierda podrida como siempre en Madrid, recé una breve oración por él y me subí a casa. Abrí una Steinburg y salí al balcón. Brindé por él, era un cabrón, pero había sido mi cabrón. No pasaron ni cinco minutos cuando apareció un rumano por la esquina, lo vió y se lo llevó al hombro. Me tumbé sobre mi flamante cama nueva. Ya no era lo mismo aquel jergón, pera bien y para mal. Pasó el tiempo, que todo lo jode y lo pudre, y mi cueva refugio se tornó en prisión, y ahora quiero salir de aquí pero no puedo, hay unos barrotes invisibles que me lo impiden. El colchón nuevo está ahí y, poco a poco, se está deformando, convirtiéndose en ataúd o en sepulcro antropomorfo. Y fuera hace un calor de perros, como siempre en Madrid por estas fechas. Salgo al balcón, pero no corre ni una brizna de aire seco. Sudo como una fuente sobre mi cama durante esas noches mágicas abrasadoras del Madrid del verano.

Madrid, tengo síndrome de Estocolmo de tus calles. En mi calle vivía una familia de carboneros. Vendían esa mierda que ardía para ganarse la vida. Pero llego el momento de su extinción. Empezaron a pasar hambre, ya nadie compraba carbón, las estufas comenzaron a ser eléctricas o de Butano, menuda modernidad. Quitaron el fogón de mi casa y pusieron una lavadora automática. Los carboneros se tuvieron que echar a la calle, a vender coca. Dos de los hijos de la carbonera vendían coca, el mayor y el pequeño. El pequeño jugaba muy bien al fútbol y era muy inteligente. Jugó un par de partidos con mi equipo y se aburrió. Regateaba muy bien. Cogían las armas y se iban a vender coca y hachís a Malasaña. El hermano mediano, El Palillo, se enganchó. Cuando yonqui3hicieron bastante dinero se marcharon. Robaban también por las casas y las tiendas. A mi padre también le robaron. Hicieron un agujero en el cierre y se llevaron las cosas justas para pasar las navidades. Eran simpáticos, e inteligentes. Robaban lo justo, vendían mucha coca por la ventana de su casa y por la calle. Cuando juntaron dinero suficiente se marcharon de Madrid, dicen que a Murcia. El hermano mediano estaba enganchado y se quedó aquí. Vendieron la casa y él se quedó okupándola. Empezó a robar por las casas y por las tiendas. Lo pillaban pero no le hacían nada, era El Palillo, no era mal tipo, pero necesitaba heroína y cocaína para sobrevivir. Se coló por entre las rejas de la ventana pescadería de lo flaco que estaba, robó un caja de salmonetes pero se le cayeron por el tejado al huir. Cuando ya no le quedaba nada por robar le dio por las puertas de aluminio de los portales. Las sacaba de los pernos y se las llevaba a la chatarrería de Marqués de Viana, donde las vendía al peso, y luego se las chutaba. Así hasta que sólo quedó la puerta de mi portal. Le sorprendieron varias veces intentado arrancarla, pero mi puerta tenía un enganche en la piedra del suelo de varios centímetros, y los yonkis son muy fuertes, como Supermán casi, pero muy vagos, y cuando la cosa lleva demasiado tiempo se marchan. La puerta sigue ahí, el palillo dicen que murió de SIDA en La Paz, dicen, porque yo creo que es inmortal y se habrá trasladado a Murcia con su familia, donde su hermano mediano seguirá siendo tan inteligente como era. No, creo que de su familia estarán casi todos muertos, y que El Palillo descansa en guerra, que no en paz, que sus cenizas seguramente fueron esparcidas por algún yonki por algún sucio parque de Madrid.

Madrid te hace padecer un permanente síndrome del puto Stendhal. El plaza era amigo de un amigo de mi padre. Trabajaba de paleta. Trabajaba de lo que podía. Se vino un par de veces de pesca con nosotros, pero no pescaba, sólo reía. Estábamos en un bar y entró un tío en pantalón corto. Él me dijo: “mira, una libélula”. Era gracioso, siendo gracioso se nace, no se hace uno. Mi padre le encargó la obra de nuestra tienda nueva. Mi padre se jugaba todo nuestro poco dinero. El Plaza le dio un presupuesto, llegó a nuestra casa y se lo dio, se sentó en el sillón del comedor y lo entregó solemnemente, pero yo le veía sudar bajo su seriedad impostada. Mi padre le dijo que no tenía tanto dinero. El Plaza hasta había pensado poner pegada en el centro del techo una concha enorme de una caracola que habíamos pescado en Galicia. El Plaza soñaba. Mi padre le dijo que bajase el presupuesto. El Plaza lo bajó. Mientras trabajaba estaba contento, siempre sonreía. De todo el mundo era sabido, era de dominio público, que el piso en el que vivía dos manzanas más arriba, un piso de cuatro habitaciones enorme en una finca con portero, se lo había comprado una señora veinte años mayor que él con la que se había liado con el consentimiento de su mujer. Isabel, su esposa, era simpática, y tenían un hijo también simpático, como su padre. El negocio de paleta pegó un bajón a principios de los noventa. El Plaza sólo tenía su piso, pero dinero casi ni para comer. Seguía sonriendo pero lo pasaba mal. Le propusieron un negocio. Llevar un paquete. Era un cubo. Llevar un cubo de un sitio a otro de Madrid, caminando, cinco kilos de cubo. Aceptó. A mitad de camino le paró la policía, El cubo iba lleno de coca o de heroína, qué más da. Lo metieron en prisión preventiva. Salió, por sorpresa, a los pocos meses, abochornado. Casi no salía de casa, todo el barrio murmuraba. Me caía cada vez más simpático. Me hubiera gustado ir a su piso y presentarle mis respetos, él se hubiera reído un rato, siempre reía, pero con risa de verdad. Vendieron el piso y se fueron los tres a vivir a la costa a un lugar indeterminado. Le habían hecho trabajar de señuelo en una entrega, bochornoso, pero luego le debieron pagar bien. Antes de marcharse mi padre me dijo que estuvo con él, que le contó lo mal que lo había pasado pareciendo gilipollas con el cubo, pero que no había otro remedio. Le dieron el parné y se marchó, ahí os quedáis, y me gustaría que siguiera vivo, pero no creo.

Hace poco leí que El Jaro era del Atleti. Lo leí en Twitter a un gilipollas amante del postureo del Frente Atlético, uno de esos que se va vanagloriando por las redes que mató al hincha del Depor tirándolo al río y al que la policía le hace la vista gorda. El Jaro era el jefe, o el más conocido, y El Becerril era su amigo inseparable de confianza, el tipo con el que cometió todos los robos/asesinatos/violaciones que perpetraron en los años setenta. Héroes ladrones y violadores de barrio. También estaba El Chércoles en la banda, y ese creo que sobrevive en una de esas calles del Tetuán profundo, que es como la Fosa de las Marianas pero con calles, profundidades donde sobreviven el Ictiosaurio y el Plesiosaurio y se aparean entre ellos aunque durante el cretácico fueron enemigos acérrimos. El Becerril era hijo de un héroe de Belgrado del Madrid. Eran del Madrid, gilipollas, hasta la médula. yonqui4El Becerril tenía una mano destrozada por un tiro, y siempre llevaba gorra porque decían que tenía otra marca de bala en la cabeza. Su padre jugó medio tiempo en Belgrado con un tobillo roto ante el Partizan en aquella eliminatoria que fue una encerrona que pasamos por los pelos. Eran todos del Madrid y de Madrid. Becerril padre murió en los ochenta y su hijo no mucho más tarde, dicen que de SIDA, siendo general de cuatro estrellas del ejército yonqui. El Patton de los yonquis hijo del héroe de Belgrado.

Veo en la tele que en el antiguo Barrio Belmonte un tío cuarentón empastillado a matado a otro cuarentón empastillado a la vuelta de una noche de empastillados. Dice en el periódico que uno a otro le dijo: “conmigo te has equivocado del todo” antes de apuñalarlo varias veces. Unos en el barrio dicen que el muerto era de una familia excelente, otros que se lo estaba buscando y que era un pirado, que el viernes había cobrado en la obra en la que trabajaba y que no había vuelto a casa, y que nunca más iba a volver a casa, que era domingo por la noche y no lo echaron de menos hasta que no llamó la policía contando el suceso. Íbamos a jugar al fútbol a un campo en Saconia los domingos por la mañana y atravesábamos el Barrio Belmonte, ahora lleno de viviendas unifamiliares de semilujo, antes de casas bajas, y veíamos a los yonkis hacer cola en la puerta de alguna de las casi chabolas esperando a que les vendieran algo. Ya éramos mayores y ellos ya no eran un ejército bien armado, ya no les teníamos miedo, porque de una hostia podías matar a varios de lo flacos que estaban. La heroína ya no les hacía efecto y perdieron los superpoderes de correr todo el día sin cansarse y pelear hasta la muerte sin sentir dolor físico, mental ni moral. Todos esos yonkis tienen ahora una madre anciana superviviente, que va contando cuántos hijos perdió por la droga al primero que se encuentra por la calle. Algunas perdieron incluso varios por la chuta, o eso dicen, para fardar. Madres de la droga.

Los pecados no se redimen en la iglesia
ni se redimen en casa.
Se redimen en las calles
y tú lo sabes.
Madrid síndrome de Diógenes
Madrid síndrome de Estocolmo o de Stendhal
heroinómano,
Madrid hola y adiós.
Ya no sabremos nunca
lo que hubiera pasado entre
nosotros
pero da lo mismo,
la razón es ciega
la lealtad es cobarde.
Madrid a cuarenta grados a
la
sombra.
Sorbiendo el aire
que abrasa congelado.
Madrid
verano
recuerdos casi podridos
años ochenta
Ejército yonqui bajo el puto
sol,
enfarlopados
enheroinados
porque
“puestos de caballo” suena a muy maricón.
Pilotos suicidas muy colgados
compitiendo en una Fórmula1
con coches robados,
santos hijos de puta que
no sentían
los terremotos
ni la ola
de
calor.
Ejército donde todos eran
generales,
Pattons, Zhukovs o Von Mansteins
yonkis,
brigada del chute que salvó al mundo
de la superpoblación.
yonqui6Los pecados no se redimen en la iglesia
Ni se redimen en casa.
Se redimen en las calles
y tú lo sabes.
Ejército yonqui
invadiendo
las Ardenas
en un genial movimiento de
chuta y de hoz,
metiéndose picos y
violando mujeres
sin remordimientos
como las
hordas mongolas del valiente Zhukov.
Ejército violento y revolucionario
de Robespierres sin guillotina
ni
cinturones de explosivos
ni tanques
ni submarinos
batallón de castigo
que mantuvo el orden desordenado en las calles,
gestapo añorada de la jeringuilla
infectada de SIDA
en tu cuello.
Los pecados no se redimen en la iglesia
ni se redimen en casa
se redimen en las calles
y tú lo sabes.
Debo convencerme de que
no eres transparente.
De que no soy un cuchillo
caliente
en tu mantequilla.
Debo pensar a la
fuerza
que todo lo hijoputamente humano
de lo que veo es sólo producto
de mi
imaginación
de cabrón.
Dar de comer a un pobre
o matarlo
en el fondo da lo mismo.
Los pasos de cebra ya no son de
cebra,
les quitaron el blanco para no resbalar.
La rueda gira y gira como una
apisonadora
sobre tí y sobre mí,
nunca sabremos lo que
pudimos ser
en
Madrid
Chernobyl.

Se fueron extinguiendo, poco a poco. Quedaban cuatro o cinco vivos. Peo fueron muriendo. Ya no eran lo que fueron ni daban miedo a nadie. No quedaba nada ya de aquellos temibles yonquis sentados en bancos. De aquel ejército yonqui. El ejército más potente que ha existido en la Tierra, más que Isis, más que los mongoles violadores de Zukov, más que Von Manstein en las Ardenas. Ejército yonqui en el que todos eran generales de cuatro estrellas. Me acuerdo de ellos cuando veo “Ladrón de bicicletas”, el final trucado por la censura de esta película, con la voz en off de un cura añadida que decía sin venir a cuento: “ahora se tienen el padre al hijo y el hijo al padre, dándose la mano como esperanza de un futuro de amor entre las personas con cristiana solidaridad”. Ellos también eran del ejército yonqui.

En la puerta de los Cines Renoir había un tipo yonqui. Formaba parte de esa especie ya en vías de extinción. Yo me hice protector de la especie. Al principio le gritaba cuando se ponía muy pesado, pero luego nos hicimos amigos. Me recordaba a ese otro yonqui barbudo que recorría la calle Bravo Murillo de arriba a abajo pidiendo “veinte duros para un litro” a todo el que se lo cruzaba, y a veces tenía éxito ante la gente a la que sorprendía, hasta que le dieron de hostias y desapareció quién sabe dónde. yonqui5Pues este otro chaval y yo desarrollamos una amistad extraña. Es a la única persona a la que he dado dinero, a la que yo no he robado. Él hacía su papel victimista, pero sabiendo que yo no le creía, y yo interpretaba al tipo que le creía, aunque él sabía que no. Nadie quería ni tocarlo, caminaba sucio, llevaba el pelo largo mal cortado como cortado con hoz, como yo, pero yo no escurría el bulto ante sus abrazos, me sabían bien, y le daba cincuenta céntimos o un Euro, una fortuna para mí. La gente a veces le compraba hamburguesas en el Burrikín, pero creo que no se las comía, él pedía para chutas y para abrazos, pero sobretodo para lo primero, a mí no podía engañarme. Me abrazaba una y otra vez cuando me veía por la calle, y yo le daba algo de dinero, yo que soy casi tan pobre como él, y eso nos hacía felices, y creo que él sigue vivo, pero ya sólo se pasa de vez en cuando por el lugar, por este Madrid nuestro que ahora se parece cada vez más a Chernobyl poco antes del accidente.

Me asomo a mi balcón a tomar el caluroso fresco. Una yonqui superviviente camina a toda velocidad por la calle. Casi cincuentona, desdentada al ritmo de Usain Bolt. A pleno sol. Va con una camiseta de hombreras y unos pantalones cortos raídos. El viento sur sopla que abrasa, cuarenta grados a la sombra. Son las tres y veinticinco de la tarde. Un tipo medio borracho descansa a la sobra sobre la mesita de fuera de fumar de un bar, la ve y le dice “¿no tienes calor?”. Ella le responde a voces de yonqui, con garganta seca cazallera, sonriendo: “quiero ponerme morenita”. Lo repite tres veces, hablando a trompicones, mientras repta por el asfalto a toda velocidad. Él le contesta: “¿Quieres que te ponga crema?”. Descansando en la esquina, en cualquier esquina, con la maleta con todo lo que te queda en la vida en la mano. Descansando en una esquina o sobre un colchón de púas. Descansando sobre la espalda de Madrid. Madrid.

<para Benny, para Gernika y para Suit Llein>


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Pesca con muerte (Chomolungma)

anatoli1

Madrid. Escucho en la radio un anuncio de Securitas Direct. Un tipo de dice a su mujer que a su cuñado le “han entrado en casa” durante el fin de semana que se han ido a La Manga del Mar Menor, y que se han quedado dentro. Que incluso han adoptado al gato que ya no les reconoce. Miro en internet y leo frases de Paulo Coelho, y veo fotos de comida que colgáis. Y paseo de arriba a abajo por Madrid cuyo suelo ya comienza a arder. Sopla un viento todavía algo fresco y seco. Y me acuerdo de aquella remontada al Rijeka en la que tirábamos cosas al campo e insultábamos al extremo Dejan Desnica, pero no nos escuchaba porque era sordo. Butragueño se tiró en el area, pitaron penalti, remontamos, y expulsaron a Desnica por protestar.

Practicábamos la pesca con muerte. Con mucha muerte. En semana santa íbamos a Vinuesa. Pescábamos en el río, cien o doscientas bogas cada uno que no servían para nada, a cubos. De vez en cuando picaba alguna trucha y la guardábamos, pero las bogas las tirábamos a la basura. Pescábamos una por minuto, grandes y pequeñas. Eran blanquecinas, puras, pero no sabían a nada, y las tirábamos a la basura. Odíabamos las procesiones, porque cuando anatoli12queríamos salir de los pueblos el tráfico estaba cortado, el sagrado corte de tráfico aquel, y no te dejaban moverte hasta que la puta cosa religiosa no terminara. Antes de viajar en coche por aquellas carreteras y caminos despoblados mi padre pudo ir a su pueblo en Vespa. Después compró el primer Seiscientos. Luego un Symca 1000, en el que dicen los de la canción que se follaba con dificultad. Viajábamos hasta Galicia atravesando El Padornelo y La Canda, y los recuerdo siempre incendiados o siempre lloviendo a mares. Un año viajamos con la familia de un amigo de mi padre. Íbamos a la playa pero este hombre, Pepo, nunca se bañaba, no tenía bañador. Se marchaba a pescar, con muerte, con mucha muerte, pescaba en Cabo Silleiro con caña o en Ramallosa centollos con reteles. Enormes centollos. Y no tenía bañador, le aburrían la playa y los bañistas. Le gustaba beber ribeiro con los marineros en los bares. Había trabajado de camionero y de casquero. Nos contaba sus peleas a puñetazos en los bares de carretera. Tenía un brazo como los dos míos. Mi madre caminaba un día por la calle y vio un tumulto. Un gentío rodeaba a alguien que se retorcía en el suelo con un ataque, moribundo. Era él. Mi madre lo vio morir. Hasta los más fuertes se muere. Mi padre había leído en un periódico usado algo sobre el monte de Santa Tecla, y lo primero que hicimos la primera vez que visitamos aquel país salvaje fue ir hacia el sur hasta la frontera y subir al monte y ver los putos petroglifos, que él no sabía lo que eran pero que le encantaba no sabía por qué. Viajábamos en aquellos destartalados coches sin cinturones de seguridad ni retrovisores y cuando había mucha nieve en los puertos poníamos las cadenas y los subíamos patinando, haciendo eses, hasta que la nieve era tan alta que no nos dejaba pasar, y entonces nos dábamos la vuelta de mal humor.

En el segundo B, al lado de mi casa, vívía Adelita con su padre. Casi he olvidado sus caras, las ha borrado el tiempo. Él se parecía a Alfonso del Real, el actor, que también vivía en mi barrio. Mis dos vecinos creo que ya están muertos. De buenas a primeras dijeron que se cambiaban de casa. Era el final de los años setenta, Y llegó mi vecina. Era enfermera. Era algo más joven que mis padres. Estaba sola. Compró la casa. Trabajaba en La Paz, el hospital de toda la vida.Era extremeña. Vivía en una misteriosa soledad. Tomaba el sol en bikini en la azotea de la casa, se achicharraba allí. Tenía un amante que se llamaba Julio y mis padre le llamaban, algo despectivamente, Julito. Se escuchaba abrir y cerrar el cerrojo de su puerta de madrugada, cuando él se marchaba de su cama. Estaba muy mal visto aquello. Pero se veía que ella era activa sexualmente hablando. Tenía mi vecina un hermano y una hermana, pero nunca aparecían por mi barrio. Sólo la vistiba, de vez en cuando, su madre, que era un poco arpía. También algún sobrino. Una vez la visitó un sobrino, que era militar, se fue a un puticlub y le dieron burundanba. Despertó bajo la lluvia en un descampado de Pittis, lo habían abandonado sus captores. Él no conocía la ciudad y atravesó caminando el extraño paisaje de Madrid. Vio una comisaría y entró. Les contó la historia. Se rieron de él. Redactaron un atestado que él me dejó leer, el policía escribía, como al dictado: “escuchó voces en el duermevela que identificaba como de musulmanes”. Los hijos de puta de la policía, que no le dieron ni un vaso de agua, pidió agua y le dijeron que bebiera del grifo de los servicios del bar de enfrente. Llegó a casa empapado y aún bajo los efectos de la droga, me lo encontré y lo llevé al hospital. Finalmente él no denunció nada, por vergüenza y miedo. Era, es, un tío bragado que ha estado en cinco misiones en Afganistán y Bosnia, un hombre que ha visitado burdeles en tayikistán y fornicado con pranatoli3ostitutas rusas y kazajas, pero le dieron burundanga en Madrid y le quitaron los cincuenta Euros que llevaba, el DNI y un billete de metro con aún cinco viajes sin usar. La madre del sobrino de mi vecina murió de cirrosis, la trataban como a la borracha del pueblo, y su padre de cáncer de pulmón, como el mío, hace tres o cuatro meses. Mi vecina siguió trabajando en La Paz. Curioso nombre La Paz para un sitio tan lleno de sufrimiento y muerte. Mi vecina apenas compraba comida, sábanas, productos de limpieza o de higiene personal, porque todo lo traía de sobrantes de La Paz. Me enteré que había estado casada, que su marido murió un mes después de la boda en un accidente de moto. Me quedé flipado con la historia. Mi vecina siempre me decía que la vida para ella era un río de lágrimas. Me lo decía así, sin anestesiar y en crudo, cuando me enseñó la radiografía de mi padre en la que se veía que tenía un tumor en el pulmón izquierdo del tamaño de una manzana, la había conseguido sacar de La Paz y me la enseñó para que me enterara de por qué tosía tanto mi padre y para que anestesiara el susto que se iba a llevar mi madre al saberlo. Tuve que sentarme para no caerme redondo al ver la fotografía en blanco y negro de aquel enorme tumor. Mi vecina contrajo una enfermedad rara, una especie de tic facial que le impedía abrir casi los ojos. Su médico le hizo firmar consentimientos variados para un tratamiento, experimental en aquellos años, a base de toxina botulímica. Utilizaron a mi vecina como conejillo de indias con la toxina, y dio resultados, se inyectaba la cosa cada tres meses y su tic facial desaparecía por arte de magia. Como mi vecina no murió ni mutó en algún otro ser no humano, los médicos se dieron cuenta de que aquella sustancia engendro valía para aplicarla a personas y estirarlas la cara, y entonces eufemísticamente comenzaron a llamar Botox a aquello. La toxina. Y el tiempo pasó y como ya dije el hermano de mi vecina desarrolló un cáncer de pulmón y ella se jubiló de La Paz y se marchó a Alicante a atenderle. Era un hombre muy callado. Agonizó cinco años con su hermana al lado. Ellos y yo sabíamos que él iba a morirse y que cuanto más durara lo haría con mayor dolor. Mi padre murió el cabronazo de él muy rápido, en apenas dos meses se lo comió el cáncer y además la palmó sentado en una silla mientras desayunaba, se le paró el corazón por la presión del tumorazo. Cabronazo, me acuerdo y te echo de menos todos los días de mi vida, desde que me levanto hasta que me acuesto, vives en mí como un parásito y escucho tu voz, y te llevo en el asiento del copiloto echándome la bronca mientras conduzco, y ves por mis ojos. Y murió el hermano de mi vecina y ella se quedó a vivir en Alicante junto a sus sobrinos. El segundo B permanecía vacío. Su hermana empezó a venir de pascuas a ramos, para traer al médico a su marido y para ver musicales en la Gran Vía. Ponían la tele a tope porque él está un poco sordo, se escuchaba a través del tabique. Mi vecina una vez se compró un reloj de cuco, que también se oía desde mi casa, para que la hiciera compañía. Tocaba todas las horas, las medias, los cuartos y los menos cuartos, con un cucú cucú muy insoportable. Pensé incluso en colarme en su casa y joder el reloj. Pero el tiempo lo estropeó o se estropeó solo antes de que yo lo saboteara. Murió el hermano de mi vecina y ella nos llama por teléfono y nos dice que nos quiere, que somos como su familia, pero nunca ha vuelto por su casa. Su hermana vino hace poco y nos contó que tenía miedo de que entraran ocupas en la casa, que no paraba de escuchar noticias. Los anuncios de Securitas Direct acaban haciendo mella en las mentes pueblerinas. Yo la conté que en este barrio no hay okupas, que hay muy contados casos porque aquí no se llama a la policía, sino que se les echa a hostias, y eso retrae de ocupar. Que es más peligroso meter inquilinos, que te dejan en w.c siempre con olor a mierda cuando se van. Pero creo que ella no me creyó y van a alquilar el piso. Se despidieron de nosotros. Mi madre les dijo por lo bajini que les aconsejaba que mejor que no metieran en la casa moros ni dominicanos, que chinos quizás que sí, aunque que mejor españoles. Vino a recogerles su hijo en un coche y me contó que le daba miedo entrar en Madrid por si le multaban, que no sabía dónde aparcar. Mi vecina nos sigue llamando, cada vez menos, y nos repite una y otra vez que somos como su familia, pero sospecho que no volveremos a vernos nunca. La radiografía de mi padre y aquel tumor como una manzana golden.

Todas las navidades llegaba un sobre de esa gente que pinta christmas, o como se diga, con los pies. Venían sin franquear, los dejaba en el buzón un tipo al que pagaban por la entrega. El cartero de los que pintan con los pies. Luego, tas pasar las fiestas, se pasaban a o bien recoger el sobre entero o a cobrar por las tarjetas postales utilizadas. Como el sobre había ido a la basura o no lo encontrabas por ninguna parte, y quedaba feo apropiarse de cosas de gente que no tenía manos y que tenía que ganarse la vida pintando con los pies, pagabas y santas pascuas. Al año siguiente volvían. Y al otro. La misma operación. anatoli4Mi vecina siempre les compraba los christmas aunque no tenía a quién enviárselos, y mi madre también, y muchos más. Un año dieron trabajo de entrega y recogida a un amigo mío del colegio. Al tío se le daba bien. Nos contaba que si alguien se le resistía le decía que su hermano no tenía manos y que era uno de los que pintaba. Él no tenía más que una hermana, y no era manca, era fea de cojones, pero no manca. El chaval ponía carita de cordero degollado y la gente, por vergüenza, pagaba por aquellas horribles postales. Dentro del sobre venía un panfleto con fotos de un tío que pintaba con los pies, pero nadie nunca supo si era verdad. Luego me fui de vacaciones y se vino un amigo conmigo, mis padres le invitaron a venirse a la playa porque les daba pena, y cuando nos emborrachábamos hasta caer de culo por las noches éste otro amigo se iba a una cabina telefónica de por allí y llamaba a casa del que vendía las postales supuestamente pintadas con los pies, llamaba a las tres de la mañana y aguantaba el chaparrón de insultos sin decir nada. Todas las putas noches. Estas navidades llegaron de nuevo las postales de los mancos. Conseguí ocultarlas antes de que mi madre las viera, porque es muy capaz de pagar por ellas aunque ya no le queda casi nadie vivo a quien mandarlas. Las tiré a la basura. Mi madre ya casi solamente puede escribir a muertos. Cada vez nos quedan menos vivos. A tí, a mi y a los que supuestamente pintan christmas con los pies. Es imposible no querer a algún hijo de puta que otro. Son irresistibles. Son mis hijos de puta, y punto. Unos nacen, otro se hacen. Todos llevamos uno dentro luchando por salir.

Mundo Securitas Direct.
La pesca con muerte da placer.
Mundo Paulo Coelho.
Lecciones de autoayuda.
Cuervo blanco.
Hijos de puta.
unos nacen
otros se hacen.
Imposible no querer
a alguno,
a algún que otro
hijo de puta.
Anatoli Bukréyev dejando morir
a sus clientes
congelados en el Chomolungma.
Eric Clapton se folló a la mujer del gilipollas de George Harrison.anatoli2
Las chicas buenas
me ponen malo.
Desean en el fondo que
se las folle
Giannis Antetokoumnpo,
o mojan las bragas pensando en Don
Draper.
Real Madrid-Rijeka
no parábamos de insultar a
Desnika
pero él era sordomudo
o se lo hacía.
Lo expulsaron por
protestar.
Anatoli murió
poco tiempo después en el
Annapurna aunque
nunca
encontraron su cuerpo.
Petroglifos en Santa Tecla.
Martín y Roque
abriendo el cielo.
La cirrosis te sienta
tan bien.

Mundo Securitas Direct.
La pesca con muerte da placer.
Mundo Paulo Coelho.
Lecciones de autoayuda.
Cuervo blanco.
Está ahí afuera
en las calles.
Pero nunca podrás encontrarlo.
Pelear a puñetazos contra
el viento.
Estrellas fugaces de
papel
pegadas en el techo
es el único cielo
posible.
La fe no mueve montañas,
cuando quise no pude
cuando pude no quise.
Vivir es lo mismo que creer.
Creer es lo mismo que cagar.
Mierda verde.
Silogismo disyuntivo luego
vivir es lo mismo que cagar,
dormir hasta que el agua
cayendo
te deshace.
Vida cisterna.
Eric Clapton se folló a la mujer del gilipollas de George Harrison.
En Seattle llueve
siempre
mierda
día y noche.
Seattle.
Petroglifos en Santa Tecla.
Martín y Roque
abriendo el cielo.
La cirrosis te sienta
tan bien.

Mundo Securitas Direct.
La pesca con muerte da placer.
Mundo Paulo Coelho.
Lecciones de autoayuda.
Mantenerse erguido.
Golpea lo más fuerte que puedas
y después corre como el sucio
viento.
Siempre preparado para
dar una patada en los huevos para que ellos
lleguen hasta el cielo.
O para dar una patada en el coño
que lance hasta las estrellas.
Eric Clapton se folló a la mujer del gilipollas de George Harrison.anatoli5
Bestias con ganas eternas de decir
la última palabra.
Vas a llegar
tarde
como siempre
tarde a tu propio
funeral.
Petroglifos en Santa Tecla.
Martín y Roque
abriendo el cielo.
La cirrosis te sienta
tan bien.

Mundo Securitas Direct.
La pesca con muerte da placer.
Mundo Paulo Coelho.
Lecciones de autoayuda.
Esas calles siempre
van a estar ahí.
Frías y calientes.
Y nunca van a decirte
aunque supliques
por dónde tienes que
ir.
Son ciegas y sordas
esas calles
no te escuchan cuando
gritas que
tienes miedo.
Giannis Antetokoumnpo
follándote el culo.
Don Draper
monjándote las bragas.
Eric Clapton se folló a la mujer del gilipollas de George Harrison.
Anatoli Bukréyev dejándote
morir congelado en.
el Chomolugnma
que arde en
en llamas
congeladas.
Petroglifos en Santa Tecla.
Martín y Roque
abriendo el cielo.
La cirrosis te sienta
tan bien.

¿Acaso no lo sabes? ¿Es que no lo has oído? Madrid es eterno, sus calles lo son, nunca se fatigan ni se cansan. Su entendimiento es inescrutable. Madrid da fuerzas al fatigado y al que no tiene ninguna le aumenta el vigor. Los hombres se fatigan y se cansan, los jóvenes tropiezan y vacilan, pero los que resisten en Madrid renovarán sus fuerzas, remontarán con alas, correrán y no se cansarán, caminarán por Madrid debajo de su tierra tras la muerte, Madrid escucha sus plegarias. Aunque camine hacia ese valle oscuro no vacilaré porque estoy en las entrañas de Madrid y nada me falta. Madrid.

<Para Martín y Roque>


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Yo voté a Sid Vicious (Somalia)

somalia1

Madrid. Recuerdo los veranos de los años setenta y ochenta como con una especie de neblina encima. Neblina que transporta arena marrón sobre un viento que quema. Veranos polvorientos y achicharrantes dentro de esta gran picadora de carne que es Madrid. Veranos de no hacer nada, de aburrirse, de caminar por descampados y por tierras aún casi desconocidas. Debajo de mi casa había un ángel. Ángel, el frutero. En realidad había dos fruteros en el barrio. Ángel y Paco. Eran las dos caras de una moneda. Ángel parecía siempre callado apollado sobre el quicio de la puerta de su frutería. Paco me gritaba cuando pasaba por delante de su destartalado escaparate. Ángel pasó casi cuarenta años despachando fruta bajo mi balcón, pero apenas cruzamos dos o tres palabras. Me miraba raro, y eso no me gusta. No era muy simpático. Llegaba a las siete de la mañana, primero del mercado de la fruta de Legazpi y más tarde de Mercamadrid, aparcaba su Renault y dormitaba hasta la hora de abrir. Madrugaban mucho los fruteros, tenían que salir a comprar a las tres y media de la madrugada para pillar buen género. Ángel no pisaba nunca el bar de enfrente. Paco era otra cosa. Llegaba media hora más tarde y se metía directamente al bar a tomarse un coñac. somalia2Después abría la tienda, y antes de empezar la venta volvía al bar a tomarse otro. A media mañana otro, y entre horas caería algún otro. Así se mantenía caliente. Ángel lo observaba desde su puerta pasar. Las dos tiendas estaban apenas separadas por treinta metros de acera. La fruta de Ángel lucía esplendorosa, de colores vivos, bien colocada. La de Paco era otra cosa. Era más de batalla, porque la elegía con menos cuidado. Le importaba a Paco menos la tienda. Abrazaba a las clientas, cosa que Ángel jamás hubiera hecho. Paco olía a coñac y a sudor. Ángel no sé cómo olía porque nunca me acerqué a él. La gente decía por lo bajini que Ángel era maricón. Él era algo fino, callado e incluso amanerado, pero tenía mujer y dos hijos. Su mujer vino del pueblo de mi padre a Madrid y se cambió el nombre. Tuvieron una hija aproximadamente de mi edad. Era simpática, pero no jugábamos con ella, no sé por qué, quizás porque su padre nos parecía callado y raro. Después tuvieron otro hijo. Un niño que nació con parálisis infantil. No podía caminar ni apenas hablar. La gente decía que era tontito. El chaval no era tonto ni mucho menos. Dicen ahora en el barrio, con estúpida admiración de idiotas de los de verdad, que tiene un buen trabajo y que se sacó una carrera. Pasó su infancia en la puerta de la frutería sin que nadie hablara con él, sólo lo escuchábamos balbucear como si fuera el hombre elefante. Y el pobre no era tonto, ni mucho menos, nosotros éramos los realmente gilipollas. Lo llevaban en un carrito de niño hasta que ya era muy mayor. Siempre sonreía, al contrario que sus padres. La gente, siempre maledicente e hija de puta, contaba por lo bajini que su madre había tenido un accidente de coche conduciendo su hermano cuando estaba embarazada, y que el niño había nacido tontito por éso. La gente hija de puta de Madrid. Varios millones de hijos de puta. El niño no era tontito. Vosotros sí que sois unos gilipollas integrales. Paco no tuvo hijos. Siempre estaba alegre, puede ser que por el coñac, seguramente. Un coñac, otro, otro, otro, otros tres o cuatro. Coñac, nectar de vida. Soberano, Terry, Centenario Terry, Napoléon y otros nombres de rey a cada cual más rimbombante. Cuando cambiaron el mercado de la fruta a Mercamadrid tuvo que sacarse el carnet de conducir y se compró un 1500 destartalado que se caía a cachos. Se compró una escopeta y fuimos de caza un par de veces con él. Pero no acertaba ni un tiro, no cazaba nada, puede que fuera por el coñac, porque fuimos de caza con una bota de vino mezclado con coñac. Se le daba mejor la pesca, era campeón regional de pesca, si es que de éso se podía ser campeón. Ángel hizo ahorros, pero Paco, con su fruta de batalla, vendía menos, y ahorraba menos. La fruta de Paco era más barata, lucía menos porque a él le importaba mucho menos el género que a Ángel. Si querías comer algo bueno se lo comprabas a Ángel, si querías hablar con alguien a gritos y carcajadas ibas a Paco, te vendía tres naranjas un poco pochas, te regalaba perejil, pegaba tres risotadas y te daba cuatro abrazos antes de marcharte. Me gusta el olor a coñac y a sudor, no me gusta el olor a colonia ni a maricón. No digo a homosexual, sino a maricón. Llegaron los años noventa y los hijos de la gran puta de los socialistas eran partidarios de abrir centros comerciales y supermercados. Alfonso Guerra es un patán ignorante que va de erudito, y no es más que un gilipollas más al que adulan porque es feo. Los socialistas tenían de socialista sólo el nombre, en realidad son unos hijos de puta más. Y las tiendas fueron cerrando, y los fruteros jubilándose, un poco a la fuerza, a la fuerza que marcan los políticos hijos de perra. Paco tuvo que cerrar porque no vendía casi nada. Siguió yendo con su mujer de pesca los fines de semana hasta que ella comenzó a sufrir Alzheimer. Ángel se fue a vivir a Pittis, a tomar por culo, somalia3yo creo que porque no le gustaba la gente del barrio, con razón, porque eran unos cabrones que decían que él era maricón y su hijo tontito. Me gustaría un día hablar con su hijo, de lo hijos de puta que fuimos con él. Paco sigue viviendo por aquí. Ronda ya los noventa años. Lo veo a veces caminando por la calle, siempre presuroso y a la carrera, como cuando era joven, sigue entrando en los bares a tomarse un coñac detrás de otro, abraza a la gente y pega grandes carcajadas. Cuando Paco cerró la frutería todos se preguntaban de qué iba a vivir, porque se veía que apenas había ahorrado. Le quedaban un par de años para cobrar una mísera jubilación. Se veía en sus maneras, en sus ropas que Paco no marchaba económicamente muy holgado. La gente murmuraba de ello como siempre, en plan hijos de puta. Hasta que una navidad le tocó la lotería. Un buen fajo. Un fajo gordo gordo. Porque Paco era de los que se compraba un número entero. Y desde entonces se ve que no le falta dinero. Se compró un Mercedes de los grandes. La gente flipaba viéndolo conducirlo. Es una de las cosas que me hacen sonreír en este jodido mundo, saber que Paco sigue bien rondando por los bares para tomarse su coñac, que está forrado y que se compró un Merceces para que os jodáis al verlo. Hijos de puta, ahora podéis hablar, de Paco, de Ángel e incluso de mí, todo lo que os salga de los cojones. Hijos de la gran puta. Vi a Ángel empujando por Bravo Murillo la silla de su hijo curentón. Tiene ya casi ochenta tacos pero sigue con su pinta aseada. A Paco lo veo de vez en cuando entrando y saliendo de los bares como un cohete. Pronto cumplirá los noventa años. Le pregunto a mi madre por él. Me dice siempre que su mujer está con alzheimer, que cuando la ve la abraza, y que le tocó la lotería, muchos millones, y que se compró un Mercedes. De Ángel me habla en tono más despectivo, insinuando siempre que es maricón y destacando que su hijo el tontito en realidad es muy listo. Siempre lo fue. En Madrid somos muy hijos de puta. La gente hija de puta de Madrid.

Miles de kilómetros.
Las putas calles ardiendo.
Puré de patatas
tortilla francesa con cebolla
y guisantes
rehogados.
Aunque yo quiera
y tu me lo pidas de rodillas
no podré hacerlo
nunca.
Somalia.
Mi hermana compra un perro
y cuando
se hace
viejo
yo tengo que ir a sacrificarlo.
Me acuerdo de su cara
mientras lo matan
me mira a los
ojos
hasta que se duerme
para siempre.
Océanos de tiempo
eterno
que pasa despacio
o muy deprisa.
Jugando a no ganar
aprendiendo a perder.
Sincéramente:
que os follen.

Miles de kilómetros.
Las putas calles ardiendo.
Espaguetis sin tomate
secos
con pimiento frito,
queso emmental semental
y taquitos de jamón.
Una doble penetración
te ha hecho
tu mujer con su nuevo
novio.
Soñáis con viajar a
Somalia.
Ella es feminista
de izquierdas y
solidaria
e hija de puta.
Con tu culo solidaria.
Solidaria rima con
Somalia
paraíso turístico en la Tierra. somalia4
Muy solidaria y muy
puta.
En los mítines y manifas
hay muchas
putas
así
y muchos hijos de
puta
como tú que
viajan,
cornudos,
en verano a La India
a hacer el bien y
selfis.
Haciendo turismo por los suburbios de Delhi
follándose putas sidosas en Mogadiscio.
Jugando a no ganar
aprendiendo a perder.
Sinceramente:
que os follen.

Miles de kilómetros.
Las putas calles ardiendo.
Arroz largo
del que no se pasa
nunca
con un poco de curry,
cebolla y
chorizo en
lugar de pollo,
o de tu polla.
No hay que cambiarse de hemisferio
hay muchas muchas muchas
y muchos
hijos de puta
aquí.
Folladores prosoviéticos
en folladeros
de chalet adosado
de concierto de
Marlango. con
la zorra de Jorge
Drexler
encantada de conocerse.
Encantado de conoceros.
Segunda copa gratis
en todos los bares de Mogadiscio.
Jugando a no ganar
aprendiendo a perder.
Sincéramente:
que os follen.

Miles de kilómetros.
Las putas calles ardiendo.
Concursos de la tele.
Todos sueñan con viajar por el mundo
para hacerse selfis y
soñar con follar con
el vecino.
Cuando tu marido te folla
piensa en sus tetas
y tú notas que
te pone otra cara
mientras se le endurece.
Soñar con
Somalia
destino turístico
solidario.
Dejas a los niños con los abuelos
tu padre de pequeña te
amaba y
te metía mano.
Has hecho lo posible por olvidarlo.
Dices que su semen sabe a
escalibada de castañas
caramelizada
y a trufas del Sur de Francia.
Campos truferos en
Somalia.
Hay que ser hijo de puta
para vivir en
Somalia.
Follando por las calles
de Mogadiscio.
Encantado de conoceros.
Jugando a no ganar
aprendiendo a perder.
Sincéramente:
que os follen.

somalia5Pero ahora que me acuerdo, sí que voté una vez. Una sola. Yo voté a Sid Vicious. Me gusta esa escena de “La mugre y la furia” en al que Sid aparece en un parque con una camiseta decorada con una esvástica y sobresalta a un tipo bigotudo que descansa sobre una hamaca. Vicious se parecía a Punkoi, aquel punki del fondo Sur del Bernabeu al que una vez vi lanzar una botella sobre la cabeza de un recogepelotas en el Parque de los Príncipes. Hasta los nazis que predominaban en nuestro estadio adoraban a Punkoi, deseaban ser como él. Nancy Spungen tenía una tremenda pinta de zorra y de guarra, por eso resultaba tan atractiva para él. Sid era guapo y sin ninguna neurona funcionando, era maravilloso, encantador, un líder nato. Y tenía una gran mujer al lado, como todo gran hombre. Todo cabrón tiene una gran puta a su vera. Si hubiese durado más tiempo sobre la tierra Sid y Nancy se hubieran comprando un chalet en La Navata con una garita de la Guardia Civil en la puerta. Pero ellos tenían la dignidad de ser yonkis, no un par de gilipollas con pretensiones de salvar al mundo. Si Sid hubiese sido homsexual hubiera tenido un romance con Santi Abascal, alias “bocachocho” en los bares de osos de Chueca.

Yo voté a Sid Vicious
para presidente del gobierno
para alcalde
para ser mi representante político
en toda la superficie de La
Tierra.
Yo voté a Sid Vicious
para que Nancy Spungen fuese
primera dama,
porque Nancy era como
Jackie Kennedy pero
en una versión mucho más
puta y cerda
si cabe.
No habría cáterings ni
alabanzas gilipollas estilo Podemos
en los mítines,
solamente chutes.
¿Por qué no se mueren todos
de una puta vez?

Yo voté a Sid Vicious
para que invitara a heroína
y cocaína
a los Voxemitas Keynesianos y a los Podemitas
soplapollas
porque era el único ser que
podría unirlos en una coalición
que fuese hacia la extinción,
el único capaz de comprarse una pistola y
matarlos a todos sin
odio ni conmiseración,
con la mente en blanco.
La solución final.
¿Por qué no se mueren todos
de una puta vez?

Yo voté a Sid Vicious para
que le vendiera droga
adulterada
a Iñigo Errejón
y se muriera
con dolor
el cabrón
y para que pasado de espid
se follara a Manuela Carmena.
Hay que tener el estómago que sólo
Sid tenía cuando
iba ciego
para tocar siquiera con un palo largo a esa puta y arrugada vieja. .
Manuela gozaría por última vez del
sexo
antes de morir
gracias a Sid
porque su marido
el tío feo y viejo ése
es
impotente desde que
perdió toda la pasta en un pelotazo inmobiliario
en China, el gilipollas.
¿Por qué no se mueren todos
de una puta vez?

Yo voté a Sid Vicious
para que un día puesto
de perico
se afiliara a VOX y
defendiera las corridas de toros
y las corridas en tu cara,
y la caza cinegética de jipis
en otoño.
Promulgarían un decreto ley para
torturar al cantante de Cold Play
descuartizarlo,
y sodomizar al de Arcade Fair
con una farola.
Nancy Spungen se parecía mucho a
Isábel Díaz Ayuso

Yo voté a Sid Vicious porque somalia7
Nancy Spungen era tan preciosa
tan bella
como Inés Arrimadas y tan
puta como Irene Montero
sobretodo cuando
Nancy iba puesta de heroína
y se le extraviaba un ojo regañado con el otro.
Gracias a Sid y Nancy
hubiesemos visto practicarle la eutanasia a
Felipe González
ese viejo hijo de puta,
y torturar al comemierda de Aznar,
el David Koresh del PP;
prohibiría que
Albert Rivera se follara a Malú
amordazada,
que se joda y la escuche chillar,
le obligaría a descubrir que
sin maquillaje no es más que
otro transexual del montón.
¿Por qué no se mueren todos
de una puta vez?

Yo voté a Sid Vicious
porque prometió campos
de concentración
en Centroeuropa
para internar a judios
comunistas
y a los Ketama, a toda la familia
Carmona.
Y Nancy Spungen iba a
ser la primera mujer presidenta
puta
y yonki
al
mismo tiempo.
¿Por qué no se mueren todos
de una puta vez?

Madrid me guía, nada me faltará. En sus lugares grises me hace descansar, junto a las podridas mansas aguas de su río me conduce. Restaura mi alma, me guía por senderos torcidos por el amor de su nombre. Aunque pase por sus calles de sombra a la muerte no temeré, ni mal alguno, porque Madrid está conmigo, su vara y su cayado me infunden aliento. Madrid prepara su mesa delante de mí, en presencia de mis enemigos, ha ungido mi cabeza con aceite usado, mi copa está rebosando, soy capaz de beberlo. El bien y la misericordia me perseguirán sin alcanzarme todos los días de mi vida, y en mi cueva moraré hasta el fin, mi cueva es Madrid. Madrid. Cuando oscurece en Madrid me siento en casa y seguro, aunque todo arda. Yo soy Madrid y de Madrid.


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lanochemasoscura