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La cría de la morena

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Entre los últimos años de la República y los primeros del flamante Imperio, parece ser, proliferó entre el patriciado romano una afición ciertamente peculiar. En algo se tenían que entretener esas acaudaladas y bizarras familias aristocráticas que durante largos períodos se ausentaban del fragor del combate político en la ciudad, o de la mucho más tranquila y saludable vida en el frente de batalla. Largos períodos durante los cuales descansaban en sus soleadas villas diseminadas en torno a la bahía de Nápoles, entre vastas viñas, hermosos paseos porticados y decenas de manantiales de aguas termales.morena2 Lejos de las epidemias que asolaban Roma en verano, o del hambre y las turbas que devastaban sus calles en invierno. El Vesubio todavía descansaba tranquilo; faltaban algunas décadas para que todo aquel mundo napolitano desapareciera bajo toneladas de ceniza.

Pues bien, se dice que fue en aquellos cortijos campestres donde se pusieron de moda las piscifactorías. Las primeras fueron sencillas piscinas de cemento y mármol en las que se criaban suculentas ostras, manjar enormemente cotizado entre lo más granado de la sociedad romana. Su precio se disparó cuando, durante lo más crudo de la Guerra Social, los ejércitos levantados contra Roma dificultaron las comunicaciones por Italia y los novedosos viveros que Sergio Orata acababa de construir en su villa de descanso abastecieron las mesas de todos sus vecinos. Pero las ostras no eran divertidas, un molusco difícilmente puede serlo, y aquellos lujosos estanques pronto se poblaron con otras especies mucho más entretenidas. Según Plinio, Licinio Murena fue el primero que crio peces en sus predios veraniegos, aunque Cayo Hirrio fue quien popularizó el entusiasmo por las morenas. morena5Lucio Licinio Lúculo, viejo lugarteniente de Sila y reputado conservador, fue ridiculizado en cierta ocasión por Pompeyo, pues, poco antes de que las Guerras Civiles entraran en su máximo apogeo, Lúculo invirtió buena parte de su fortuna en horadar un monte para que el agua marina regara sus viveros de morenas; “Jerjes togado”, le llamó Pompeyo para hilaridad de la concurrencia, lo que no obstaba para que cada noche la mesa de Pompeyo se abasteciera con los monstruosos peces napolitanos. Y también la de César: se cuenta que, cuando el dictador quiso ofrecer un banquete a toda Roma para celebrar su victoria sobre Pompeyo y la muerte de su rival, hizo traer seis mil morenas de los estanques de Hirrio. La hormigueante caravana de carretas se extendió durante kilómetros entre la llanura campana y la capital del mundo.

Y es que los romanos encontraban apetitosa la carne de aquellos grandes peces, pero sobre todo les encantaba su monstruoso aspecto. Sus grandes cuerpos de serpiente, su gelatinosa piel sin escamas, sus ojos bizqueantes de mirada atolondrada y sus horripilantes dientes suscitaban las simpatías de aquellas familias acaudaladas. Quizá también su extraordinaria longevidad, pues se cuenta que, criadas en cautividad y mimadas hasta lo indecente, algunas de aquellas bestias vivieron casi un siglo. De manera imperceptible, terminaron convirtiéndose en mascotas. En mascotas especialmente queridas. morena3De Hortensio, el famosísimo abogado, se cuenta que hubo quien le vio llorar a escondidas cuando murió una de sus morenas preferidas, y que la mandó enterrar junto a su hija, fallecida poco antes. En público, con grandes alardes de pena, lloró Craso, el más opulento de los acaudalados plutócratas romanos en una época de guerra y hambre, y cuando Ahenobarbo se lo echó en cara Craso se limitó a espetarle: “Yo lloro a una bestezuela, sí; tú, que has enterrado a tres esposas y no has llorado por ninguna, no puedes entenderme”.

Del propio Craso se decía que había logrado amaestrar a sus morenas para que, a su llamada, emergieran del agua y tomaran delicadamente los manjares que su dueño les ofrecía con sus propias manos. Antonia la Menor, hija de Marco Antonio y Octavia y mujer de Druso, gustaba al parecer de compartir sus joyas con su morena preferida, a la que llegó engalanar con unomorena7s pendientes de piedras preciosas y varios de sus más preciados collares, para regocijo de la muchedumbre de labriegos y ganapanes que de tanto en tanto acudían a la villa para observar el espectáculo. Mucho menos simpáticas, por el contrario, eran las lampreas de Vedio Polión, uno de los amigos más íntimos de Augusto. También él amaestró con tesón a sus mascotas acuáticas, pero con un fin distinto: aquellos horripilantes seres no solo devoraban todo lo que era arrojado a su estanque, sino que, por lo visto, sentían especial predilección por la carne humana, y una sádica afición por convertir a los infortunados esclavos que caían en su poder en una nube de sangre y pequeños fragmentos flotantes antes de empezar siquiera a comérselos.

Medio siglo después, Nerón removió cielo y tierra para apoderarse de las tristemente famosas lampreas de Polión. Y lo consiguió. Pero nadie sabe, o nadie se atrevió a contar, lo que sucedió en aquella villa cuando Nerón se convirtió en su propietario.

Ese mundo fue el que desapareció bajo las cenizas del Vesubio. O quizá no del todo. Desaparecieron los monstruosos peces, sí. Pero no sus altivos propietarios. Orgullosos dueños, al fin y al cabo, del mundo.

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La útil distancia

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¿Sabían ustedes que una de las impresiones más fuertes de cuantas experimentaron los primeros humanos en el espacio fue la de contemplar la Tierra y verificar que, en efecto, era casi esférica? ¿Y sabían que los terraplanistas –créanme, los hay, y alguno incluso se lo toma en serio– fundan buena parte de sus argumentos en la aseveración de que estos supuestos viajes al espacio son falaces, así como las fotografías que en ellos se tomaron? En este mundo parece que todo es opinable, todo salvo quizás una cosa: que la distancia, en última instancia (“en última instancia”, “en el fondo”, “a la larga” ¿comprenden? Nuestro idioma es sabio), es útil para ver las cosas con perspectiva. Lástima que no todos podamos viajar al espacio para reflexionar un poco sobre lo que aquí tenemos montado.

distancia33Perdónenme las divagaciones. Volvamos a nuestra querida Antigüedad. Esta noche voy a hablarles de una moneda. Una moneda que apareció entre las ruinas de Morgantina, una pequeña ciudad sícula y más tarde griega, ubicada en el interior de la fecunda Sicilia, al este, y que parece ser que tras un breve período de auge bajo el dominio romano quedó abandonada recién instaurado el Imperio. Pues bien, entre las joyas arqueológicas que este yacimiento deparó a los arqueólogos se encuentra nuestra modesta moneda de bronce. En el anverso, una cabeza de mujer mira a la izquierda, sonriente, sus rizos alborotados apenas retenidos por un casco de bronce con su correspondiente penacho. Es, sin duda, una diosa. En el reverso de la moneda, un jinete galopa a lomos de su corcel. Las patas del animal no tocan el suelo, se encuentra en pleno salto. Observen también los extremos del trapo que envuelve el cuello del caballero: ondean al viento, y otro tanto hace la cimera de su casco. A esa velocidad mantener en posición la larga pica que enarbola el guerrero es toda una proeza. Pero lo consigue. Mas sobre todo fíjense ustedes, porque eso es lo que de verdad nos sorprende de esta pieza siciliana, fíjense en la leyenda que aparece bajo el caballo: HISPANORUM.

En efecto, parece ser que Morgantina estuvo durante un tiempo poblada por mercenarios hispanos. Nuestros autores de cabecera nos cuentan que, durante la guerra contra Aníbal, y como ya se alargaba el asedio de Siracusa pero la ciudad no terminaba de caer, el cónsul Marcelo decidió recurrir a tácticas más arteras: contactó con uno de los generales que defendía la plaza, un oficial al mando de todo un escuadrón de mercenarios hispanos, y le convenció para que traicionara a sus patrones y abriera las puertas de la ciudad a las legiones romanas. Así se hizo. Como recompensa, en cuanto Sicilia quedó bajo el control romano, el Senado regaló al innoble oficial y a sus soldados hispanos la ciudad de Morgantina, para que allí se establecieran, fundaran familias con las doncellas y viudas locales y pusieran nuevamente en cultivo los campos devastados por la conflagración. Fueron seguramente los hijos de estos mercenarios, o sus nietos, quienes muchas décadas después acuñaron monedas como la que describíamos antes. Monedas con la leyenda HISPANORUM, “de los hispanos”.

Acaso todavía no haya conseguido captar su atención con esta leyenda, puede que solo a mí me resulte evocadora. Bueno, a mí y a muchos más de mi calaña, tampoco quiero tirarme flores. Pero, solo para picar su curiosidad, les diré que, mientras persistía la lucha contra Aníbal, al tiempo que los arqueros romanos barrían con sus flechas sin descanso las fortificaciones de Siracusa, distancia4la guerra arruinaba también los campos hispanos. En la Península Ibérica el conflicto se prolongó durante casi catorce años, al cabo de los cuales Roma se convirtió en dueña y señora de casi un tercio de las Hispanias. Tan fulgurante conquista pudo hacerse, como reconoció en su momento un historiador de la talla de Polibio, porque edetanos y sedetanos, ilergetes y túrdulos, lusitanos y suesetanos, en ningún momento llegaron a ofrecer un frente común contra Roma. Unos apoyaron a los romanos, otros a los cartagineses, y la mayoría hizo en cada momento lo que entendió que le convenía. Es más, parece que los integrantes de cada tribu tenían también sus propias agendas, y no fueron pocas las comunidades en las que los enfrentamientos civiles se superpusieron a la propia guerra mediterránea. Suele pasar, reconozcámoslo, en todas las guerras, por mucho que las crónicas oficiales tiendan a pasar por alto tan vergonzantes detalles.

Pero es que luego llegó Numancia. Que cayó, nos lo dicen las fuentes (tergiversando mucho la realidad, tampoco se engañen ustedes, no se dejen engañar por añejos cantos de sirena esencialistas), porque arévacos y pelendones, belos y titos, vetones y carpetanos, se olvidaron de actuar de consuno ante las legiones de Escipión. Y a Viriato le acuchillaron los suyos, sus propios lugartenientes, representantes de ciudades que se decían sus aliadas y que terminaron no siéndolo en cuanto los intereses de uno y de otras, de Viriato y de las aristocracias locales que le apoyaban, divergieron. Y así funcionó la cosa. La conquista romana de Hispania, digo.

distancia3Aquí, en este berenjenal, es en el que aparece nuestra moneda. Y no aparece en Hispania, sino en Sicilia, en la ciudad de Morgantina. Pero es la primera vez en la historia, que sepamos de momento, en el que unas personas levantan la cabeza, se miran, y se reconocen a sí mismas como “hispanas”. Curioso.

Curioso que lo hagan, dirán unos, precisamente esos expatriados, descendientes de emigrantes que ya nunca más pudieron volver a su patria devastada por la guerra, pero cuyo recuerdo mantenían ligado a su propia identidad grupal.

Curioso que lo hagan, responderán otros, precisamente los descendientes de esos soldados de fortuna, que mientras su propia patria se desangraba ellos luchaban a sueldo del rey de Siracusa, que no vieron inconveniente en vender su lealtad al mejor postor, y que en todo caso nunca intentaron siquiera regresar al terruño.

Curioso, en todo caso, no me digan ustedes que no. Curioso que sean estas gentes las primeras en reconocerse hispanas pese a no haber visto en su vida, la mayoría de ellas, con toda probabilidad, ni un pedacito de Hispania.

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Hombres de Etolia

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El centro de la ciudad estaba repleto. Había amanecido un cielo plomizo, casi pesaba, pero aquello no parecía importar al abigarrado enjambre de etolios, algunos locales, otros muchos oriundos de toda la región. Se había corrido la voz de que aquella mañana hablaría en la asamblea el emisario de los rodios, recién llegado a aquella parte de Grecia. Y nadie quería perderse su discurso, y mucho menos la votación posterior. No estaban las cosas como para quedarse en la granja o en las eras. El ágora parecía un inmenso panal, zumbante, rebosante, caótico en su ininteligible orden.

etolia3¡Hombres de Etolia!, comenzó el embajador. ¡Los hechos hablan por sí mismos! ¡A estas alturas ya sabréis sobradamente que ni el rey Tolomeo, ni los bizantinos, ni los quiotas, ni los mitilenos, ni mucho menos mis compatriotas rodios, vacilan en hacer las paces con vosotros! ¡Ya lo hemos hecho muchas veces! Pero ahora nos apremia a ello la guerra que habéis emprendido contra los macedonios, poniendo en peligro la salvación de nuestros países y la de toda Grecia. En la guerra pasa como con el fuego: en cuanto alguien lo prende, las llamas se extienden a voluntad, empujadas tan solo por los vientos, y a menudo terminan quemando a quien las inició. ¡La guerra es igual! Pues bien, ¡imaginad que todos los isleños, que todos los griegos de Asia, que toda la Hélade os ruega que abandonéis esta guerra estéril, que os llena de oprobio, de infamia, de maldición! Las palabras del embajador resonaron en todos los rincones, en los oídos de todos, pues ni una mosca se movía en la ciudad. Nadie osaba respirar. ¡Poneos, continuó el orador, poneos ante un espejo y contemplad vuestra ignorancia supina! ¿Afirmáis que lucháis contra Filipo de Macedonia para defender la libertad de Grecia? ¿Decís que Filipo, un Filipo al que nunca habéis visto, que nunca os ha exigido nada, es un tirano? ¿Creéis de verdad que aliándoos con los romanos restauraréis la democracia? ¿Que una vez acabada la guerra, cuando vosotros os hayáis desangrado combatiendo contra Filipo y los romanos hayan vencido a Aníbal, Grecia volverá a ser libre? ¿Se puede ser tan mentecatos? ¿Los dioses lo permitirán?

Nunca antes un extranjero había lanzado tal cantidad de soflamas a los orgullosos etolios en mitad de su propia asamblea. Nadie se hubiera atrevido. Por mucho que el dios Hermes y todo el Olimpo respondieran de la inmunidad de los embajadores. Y sin embargo, cuando el rodio terminó su discurso, lo único que le golpeó, helado, rocoso, fue el silencio que en el fondo de su alma ya se esperaba. Aquel avispero humano había dejado de zumbar, de removerse. Pero no por ello resultaba menos impresionante. Cuando el emisario comprendió que no recibiría respuesta alguna, bajó del poyo en el que se había encaramado y echó a andar en busca de sus caballos y sirvientes, mientras la multitud se abría a su paso, observándole con rostro inexpresivo. Por el otro lado de la plaza, un rebullir indicaba que los embajadores macedonios se apresuraban a tomar su lugar en el centro de la asamblea para rebatir las viperinas exhortaciones del rodio.

etolia2Y así quedó la cosa. Los etolios, en efecto, se desangraron combatiendo contra Filipo una guerra que no llevó a nada, que quedó en tablas, en unas fúnebres e ignominiosas tablas. Un empate que solo se rompió, en efecto, cuando los romanos se deshicieron del temible Aníbal y se vieron libres para intervenir en Grecia en socorro de sus aliados etolios. Las legiones desembarcaron y devastaron todo a su paso. Macedonia fue destruida. Y el Epiro, y Mesenia, y buena parte de Tesalia. Al cabo de unos años, el cónsul romano acudió a las fiestas de Corinto y anunció que Grecia volvía a ser libre. ¡Grecia volvía a ser libre! Y Roma garantizaría esa libertad. Y para garantizarla, apenas unas décadas más tarde volvieron las guerras, las masacres, la destrucción. La propia Corinto, cuna de esa libertad, libertad otorgada, fue destruida hasta los cimientos tan solo una generación después de tan rimbombante anuncio. Sobre sus cenizas se creó la provincia romana de Acaya. La más civilizada, la más noble, la más ilustre de las provincias del naciente Imperio de Occidente. Poblada por unos griegos que se creían superiores a sus señores, que sabían que otrora habían sido los dueños del mundo, pero que ahora tenían que arrastrarse ante el Senado romano cada vez que los recaudadores de impuestos les exprimían demasiado.

La cosa, de hecho, ni siquiera quedó ahí. Cuando se encienden las llamas, como dijo el rodio, es difícil controlarlas. Mucho menos apagarlas. El amor propio de los engreídos griegos estaba herido. Y entonces nació en Oriente un exótico monarca, un señor de la guerra que según se contaba había pasado su infancia entre las cabras, que se decía el libertador de la humanidad frente al yugo romano. Un tal Mitrídates del Ponto. Y los griegos se rebelaron contra sus opresores romanos y se lanzaron en sus brazos. No importaba su oscuro pasado. No importaba que para ascender al trono aquel extraño personaje hubiera recorrido un camino regado con la sangre de decenas de sus familiares. No importaba que antes de declarar la guerra a Roma hubieraetolia4 hecho masacrar a todos los itálicos que poblaban Asia Menor, explorando el significado de la palabra genocidio antes de que nadie la hubiera pronunciado. Ni siquiera había perdonado a quienes se resguardaron en los templos de las ciudades griegas, atentando así no solo contra las leyes humanas sino también contra las divinas. Pero se decía el libertador de Grecia. Y aquello bastó para que los griegos se lanzaran en sus brazos. Con los resultados, por otra parte, previsibles.

Quizá por eso aquella mañana nadie osó violentar, ni tan solo increpar, al embajador rodio que tan duramente había hablado en la asamblea de los etolios. Porque todo esto era previsible. Porque todos, en el fondo de sus pechos, notaban un escalofrío que les hacía discernir qué era lo que iba a pasar. Lo que se cernía sobre ellos, sin que ya nadie pudiera oponerse a la inercia de los acontecimientos. Lo que, una vez prendida la mecha, era ya, en el fondo, lástima, difícilmente evitable.

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