mercado
  • Home
  • Noctámbulos
  • Mercado Navas
  • ¡A mi, plín!

Modo verano

modo1

No hay mejor modo de comprender por qué hasta qué punto el clima puede ser un factor condicionante del desarrollo de un determinado territorio como pasar la temporada estival en el agro de la submeseta sur.

modo2Levantarse cuando amanece, trabajos en el exterior hasta la una, comida a las dos, siesta de tres a seis o siete, té a las ocho, vuelta al tajo a las nueve, cena a las once y cama pasada la medianoche.

Allá afuera, mis vegetales compañeras de aventura siguen condenadas a la práctica inmovilidad en el espacio y arrostran como pueden los embates de las conocidas como horas centrales del día: sus hojas se pliegan y las ramas se vencen un poco en medio de un silencio tan sólo roto por el viento.

Los perros sestean a lo largo de la mayor parte del día y me maravilla su capacidad de desvincularse de la circunstancia a través del sueño. El caso es que, por la noche, siguen durmiendo. Puede que este comportamiento no sea sino su estrategia para aguantar estos días de calor. Una especie de estivación, si se me permite el neologismo.

En las sobremesas de julio se puede uno entregar, para soñar, a la contemplación de los bonitos paisajes del país vecino. Verdes campos, armónicos núcleos urbanos, montañas, castillos, caudalosos ríos. Tan cerca, si nos paramos a considerar nuestra posición geográfica en un mapa de Europa, y tan lejos de podérnoslo imaginar tan cerca a la vista de los pagos que nos rodean.

Uno piensa que podría aprovechar el tiempo pasado en su madriguera en cumplir tan siquiera con el cincuenta por ciento de los proyectos concebidos antes del final del curso: estudiar idiomas, leer libros, mantener, al fin y al cabo, una cierta actividad intelectual. En vano.

modo4Y es que no podemos soslayar la realidad corporal que habitamos y que, en estas condiciones, impone más que nunca su principio de conservación. Cumplir años implica saber a ciencia cierta que, en estas condiciones climáticas, es ilusorio aspirar a leer más de diez páginas si se debe sacar adelante una agenda de trabajos de campo (nunca mejor dicho).

Para que Vds. lo entiendan: estoy escribiendo estas líneas consumiendo las últimas rayitas de la batería de mis reservas creativas. De hecho, habría debido tener que redactar esta colaboración hace tres meses en previsión del síndrome vacacional que estoy sufriendo pero no me arrepiento de haber postergado esta tarea hasta ahora por mor de la honestidad vocacional para con mis contados lectores.

Echo la vista atrás y me maravilla apreciar todo lo que he sido capaz de llevar a cabo desde septiembre pasado. Me pregunto si sigo siendo la misma persona y no sé encontrar una respuesta porque en ante los ojos no veo más que el símbolo parpadeante de una pila roja que me recuerda que el magín ya no da para más, que estoy en modo verano.

Imprimir

Hasta arriba

arriba1

A las 11:30h del 29 de mayo de 1953, Edmund Percival Hillary y Tenzing Norgay coronaron por vez primera los 8.848m de la cima del mundo, el monte Everest, por su cara Sur. Esta hazaña le valió al montañero neozelandés su nombramiento como Caballero Comendador de la Orden del Imperio Británico, miembro de Primera Clase de la Orden de la Mano Derecha de Gorkha (1953), Caballero de la Orden de Nueva Zelanda (1987), Caballero Compañero de la Nobilísima Orden de la Jarretera (1995), la medalla carriba2onmemorativa de la coronación de Isabel II (1953), la Estrella del Pacífico, la Medalla Polar (1958), la medalla conmemorativa de la coronación del rey Birendra de Nepal (1975), la Cruz de Comendador de la Orden del Mérito de la República de Polonia (2004) y el Padma Vibhushan de la República de la India a título póstumo (2008).

Hoy día, no habría bastante metal ni raso para homenajear a los miles de montañeros que igualan la gesta, que se ha convertido en un negocio redondo para las Administraciones nepalí y china. De hecho, parece ser que, periódicamente, se tiene que instaurar una especie de veda para que los servicios de limpieza puedan despejar de todo tipo de inmundicias la zona donde se instalan los campamentos base.

Y es que cualquier iniciativa individual, colectiva, pública o privada puede explotar publicitariamente la ascensión al Everest. Se trata así de asociar el valor del esfuerzo a cualquier causa que estime que lo merezca. Me imagino la cumbre abarrotada de banderines y cualquier tipo de ex-voto comercial. Me imagino a los que allí llegan pactando tiempos de permanencia en solitario para el consabido reportaje foto-videográfico. Me imagino pidiendo silencio a la turbamulta que aguarda para tener la impresión de haber hollado un lugar recoleto y la paz y el silencio prometidos. Una larguísima y mullida serpiente de parkas multicolores reptando cada día que hace bueno por las crestas del Collado Sur.

Los montañeros de toda la vida, esos románticos que se la jugaban en cada ascensión y nos contaban con una mezcla de orgullo y desdén sus hazañas, dicen que esto no se puede consentir y que, de hecho, ellos ya no ambicionan ese techo. Ello puede explicar también el hecho arriba3de que haya cada vez menos montañeros. Los refugios alpinos están hoy día sobredimensionados para el puñado de usuarios los ocupan. La montaña alberga una multiplicidad de otros deportes, a cual más espectacular en su plasmación videográfica. Ahora se va a la montaña a hacer senderismo, a volar en ultraligero sobre las cimas, a despeñarse de ellas haciendo esquí, a saltar en parapente, a hacer carreras, a precipitarse desde sus crestas como una ardilla.

Yo creo más bien que todo lo que está pasando en las montañas se explica por el hecho de que cada vez hay menos gente que se acerca a ellas para conocerlas y, de este modo, respetarlas e intentar salvaguardar sus ecosistemas. Y, simultáneamente, cada vez hay más individuos que las utilizan como incomparable marco con el que medir sus fuerzas y-o proyectar un obsceno narcisismo a través de la inmediata divulgación de sus proezas.

Por otro lado, considero que habría que reflexionar sobre el hiato existente entre la creciente capacidad de demasiados humanos de plantarse en cualquier rincón del planeta y la limitada disponibilidad de estos espacios. Ello no implica solamente la arriba4masificación estos destinos turísticos sino también el consumo excesivo de recursos energéticos para llegar a ellos. Baste recordar a este respecto que un viaje de ida y vuelta en avión desde Europa a Nueva York equivale a toda la energía que necesita un hogar en un año.

Pero, como en tantos otros asuntos, el busilis está en quién le pone el cascabel al gato, quién se atreve a matar la gallina de los huevos de oro en nombre de una sostenibilidad cada vez más cacareada aunque no tan efectivamente asumida. Mientras tanto, ¿por qué no propiciar que no nos tengan que impedir el acceso al Everest?, ¿por qué no pensar más en su ecosistema?, ¿por qué no conformarnos con alterar el medio cercano en el que vivimos? No hay tanta Tierra para tanto humano. El Everest está hasta arriba de nosotros.

Imprimir

Hirundo rústica

hirundo1

Es por casualidad que vivo en el número 20 de la calle de las golondrinas pero no es por esto que a la finca que ocupo mi familia la llamó Las Golondrinas. Un panel de azulejos concebido y fabricado por un antiguo alumno lo ilustra. Y lo hace mostrando un par de golondrinas a punto de posarse en el vértice de su nido, del que asoman las cabecitas hambrientas de sus polluelos.

hirundo2Mi admiración por las golondrinas viene de lejos. Mi padre gustaba de sentarse en el porche a escuchar, encantado, el trinar de estas avecitas. Unos versos alegres, un chisporroteo en sube y baja que acaba siempre con una misma e idéntica frase en tono ascendente.

Vivir en el campo y, aún más, del campo representa una cura de humildad para el ser humano. En el mejor de los casos para nuestros intereses, se trata de una contínua tractación con el ecosistema, un andar proponiéndole nuestras apetencias a la espera de su placet. Es tomar conciencia de lo que representan los ciclos tanto en lo meteorológico como en lo vital.

La golondrina es un ave migratoria. Como la cigüeña otrora, encarna una especie de ex-libris en el volumen que nos toca leer cada temporada. Como todo el mundo sabe, la llegada a nuestros pagos de este pajarito de poco más de 34cm de envergadura y 20gr de peso nos indica la entrada de la primavera. Es cierto que muchas lenguas occidentales comparten el proverbio que dice que una golondrina no basta para anunciar la primavera pero los ornitólogos han averiguado que se trata de un animal tremendamente gregario en su comportamiento.

hirundo3Así, pues, lo lógico no es que veamos una primera golondrina sino que apercibamos unas cuantas. Siempre aisladas en un primer momento porque han de saber Vds. que, aunque muy fieles a sus parejas, los machos suelen presentarse en su habitual destino bastante días antes que sus respectivas hembras. Perdóneseme el micromachismo pero es como si ellas se quedaran en sus lugares de hibernación acabando de ordenar la casa para la vuelta en nuestro otoño mientras que ellos ya han emprendido el vuelo hacia el punto cierto de nidificación y comprobar que todo ha quedado más o menos como lo habían dejado unos meses atrás.

Tanto el macho como la hembra se guiarán en su larguísimo y extenuante viaje basándose, esencialmente, en referentes geográficos (cursos de agua, cadeñas montañosas). Y digo bien extenuante porque son miles los kilómetros los que nuestras golondrinas suelen cubrir desde su probable punto de partida africano: el ecuador o, incluso, el limbo austral. Allí, se agrupan por centenas, miles y hasta millones (según la amplitud del ecosistema) para medrar en carrizales o herbazales, zonas palustres donde encontrar en abundancia pequeños insectos. Los cazan y engullen sobre la marcha volando veloces a ras de espiga o ápice herbáceo en trazadas angulosas e impredecibles.

Es de mencionar que, una vez localizado su hogar entre nosotros, el macho tiene el detalle de no pasar la noche en el punto exacto donde anidará con su pareja. Por ejemplo, en mi caso, el macho nunca dormirá dentro del garaje. Espera a que llegue su hembra para hacerlo junto a ella. Y, cuando ésta haya arribado, hirundo4se concederán una especie de luna de miel durante unas semanas. Los primeros días los dedicarán a reponer fuerzas. A continuación, irán jugando, cortejándose y reparando o rehaciendo el nido elegido. Acto seguido se aparearán.

La fase constructiva por excelencia coincide con las lluvias de primavera. Se forman charcos aquí y allá, los barbechos están empapados. Y de ahí provendrán esas bolitas de barro, briznas vegetales y cualquier otro material filamentoso con lo que los picos de estos pajaritos irán minuciosamente pergeñando su pequeño hogar.

Llegarán los calores y las polladas (no muy numerosas por lo que he podido comprobar: no más de tres o cuatro individuos) podrán empezar a prosperar sin que uno de los dos mayores las tenga que cubrir. Se harán los polluelos cada vez más voraces y vendrá el momento en que se atrevan a saltar del nido revoloteando hasta una perca próxima. Para cuando llegue el otoño, se habrán fortalecido como para casi no poder ser distinguidos de sus progenitores y afrontar una odisea aérea hasta tierras africanas.

Sinceramente, no sabría decirles si los que vuelven cada año a casa son los padres o los hijos pero sí que son familia. Mi familia más fiel y viajera.


Imprimir

lanochemasoscura