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Cristiano Ronaldo balón de oro

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Llueve y el cielo es gris. Viejos con cuervos negros colgados a la espalda, que ni sospechan la inmimencia de su muerte. Aplicaciones para el teléfono móvil gratuitas para hacer pedorretas. Cervezas que se beben en los bares. Cadáveres apilados que nadie reconocerá jamás. Idiotas que se creen guais porque viajan a sitios exóticos. Millones de ratas. Folletos de inscripción en oenegés. El Congreso de los Diputados repleto de hijos de puta. ¿Me das cambio para tabaco? Parece que finalmente no habrá guerra civil en Ucrania; es una pena, necesitamos más guerras, más sangre y destrucción para sentirnos un poco mejor. Lleve tres y pague dos. Jornadas literarias de presuntos poetas en hoteles de lujo con mariscadas y vinos caros que se pagan con dinero público. Madres que sueltan a sus niños en las cafeterías como si fuesen perros, niños que emiten unos chillidos insoportables y golpean todo a su paso; ojalá se diesen de bruces contra el suelo y se rompiesen la nariz, las madres y sus hijos. Mañana será sábado, habrá nuevos suicidios. Hipotecas que son pagadas cada mes. Darte cuenta en los estertores de que has sido un cretino toda tu vida. Re sostenido. Esposos que degüellan a sus mujeres. Vemos la misma película una y otra vez, en cuanto empieza ya sabemos cómo acabará... y aún así la vemos. Tu puta madre. Al fondo a la derecha. Coches caros y grandes que se pagan a plazos. Leopoldo María Panero acaba de morir, nunca he leído un libro suyo; dicen que estaba loco y era poeta, ¿acaso no es lo mismo? Imbéciles que van al gimnasio y un día mueren y ya no van más. ¿Quién cojones eres tú? Gente que odia su trabajo. Han atropellado a tu perro. Una niña de la una paliza a otra mientras sus amigas lo graban. Filósofos de feisbuc que dan consejos, retrasados mentales que suben sus reflexiones a llutuf. Cristiano Ronaldo balón de oro. Hay chocolate con churros. Acaba de nacer un niño que será pederasta. Leonardo di Caprio se quedó sin premio Oscar. Asesinos en el corredor de la muerte, aguardando impacientes por su inyección letal. Chavales con pantalones vaqueros de moda, son tan enormes y extraños que cuando caminan parece que se han cagado en ellos. Maricones que se creen muy revolucionarios por casarse. Pelotones de fusilamiento. Encuestas sobre las principales preocupaciones de los españoles. Talleres de escritura creativa. Exposiciones de arte contemporáneo. Tíos raros de barbas y gafas de pasta que tocan en grupos de esos que no se les entiende nada. Que os follen.

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Tercera guerra mundial

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Llévame donde miran los ojos abiertos del pescado muerto. Salchichón. Llévame rápido, al cento mismo de la bomba atómica, para que me desintegre en una gigantesca estela de destrucción, para que me convierta en parte de esa muerte abrasiva. Salami. Llévame a los callejones de los barrios pobres de Buenos Aires, con los esnifadores de pegamento. Longaniza. Llévame al borde de Fisterra y déjame caer al mar. Chorizo. Llévame con los niños abortados de las votantes del Partido Popular. Llévame a las fosas abisales, al principio del universo y a la fiesta de cumpleaños de Kim Jong-Un. Chopped. Llévame hacia donde van los extraños surcos en la piedra de Malta, a San Andrés de Teixido, a Puma Punku y a la sección de electrodomésticos. Mortadela. Llévame al coño de la Bernarda, al concierto de los Doors en el Hollywood Bowl. Llévame a la Tercera Guerra Mundial en volandas. Jamón serrano. Volemos todo por los aires. ¿A qué más puede aspirar un hombre cuerdo?

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Rubén

Allí estábamos. Sentados los tres en aquella cafetería de mierda hacia la que mirábamos con desdén desde fuera cuando íbamos al instituto. Allí dentro solo veíamos humo de tabaco, hombres grises con futuros grises y pesar. Ahora estaba prohibido fumar y solo se veía gente gris, futuros grises y pesar. La fatalidad se asomaba en cada pequeño detalle: las moscas revoloteando alrededor de las bombillas de luz tenue, las otras mosquitas más pequeñas posadas en los azulejos, el camarero desquiciado y medio sordo que se había pasado tras aquella barra media vida, los carteles sucios de cocacola con mensajes optimistas, el meadero antiguo en el que había que orinar de pie y desde el que era casi imposible cagar y acertar en el agujero, la tortilla verdosa de las tapas en el plato de cristal transparente... Éramos tres hombres viejos ya, sin curiosidad por nada, sin ganas de hacer demasiadas gilipolleces, hacía tiempo que habíamos renunciado incluso a ser estrellas de rock. Tres capullos en paro, tres tontos a las tres, sin oficio ni beneficio. Y, de repente, entró Rubén con un viejo en el local. Hacía dos años que no lo veíamos.

Rubén había sido una pieza fundamental de aquella revista clandestina en la que volcábamos toda nuestra mala ostia juvenil, en ella poníamos a parir al ayuntamiento y dejábamos testimonio escrito de los trapos sucios del politiqueo local. Hablábamos de las corruptelas a cara descubierta, con dos cojones, poniendo nombre a los concejaluchos ladrones con los que nos cruzábamos a diario. También desnudábamos nuestra alma para consumar literatura, belleza y lirismo. Pero eso ya había quedado atrás. El viejo con el que venía se quedó en la barra pidiendo dos cafés y él se acercó a nuestra mesa. Estuve a punto de levantarme para darle a un abrazo y gastarle alguna broma cuando empezó a hablar.

- Hola, ¿qué tal? Llegué hoy de Madrid, que estoy currando allí dando clases en dos institutos. Me quedo aquí todo el finde. Ahora vine con este cliente de la empresa en la que empecé hace unos meses, venimos aquí a tomar algo para ver si cerramos un trato. ¿Y vosotros qué tal? ¿Bien, no? Joder, me alegro mogollón de veros, de verdad. Hacía mucho que no nos veíamos. Bueno, os dejo que después me tengo que marchar que me están esperando y ya llego tarde. ¡Venga, nos vemos!

 

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