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Tercera guerra mundial

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Llévame donde miran los ojos abiertos del pescado muerto. Salchichón. Llévame rápido, al cento mismo de la bomba atómica, para que me desintegre en una gigantesca estela de destrucción, para que me convierta en parte de esa muerte abrasiva. Salami. Llévame a los callejones de los barrios pobres de Buenos Aires, con los esnifadores de pegamento. Longaniza. Llévame al borde de Fisterra y déjame caer al mar. Chorizo. Llévame con los niños abortados de las votantes del Partido Popular. Llévame a las fosas abisales, al principio del universo y a la fiesta de cumpleaños de Kim Jong-Un. Chopped. Llévame hacia donde van los extraños surcos en la piedra de Malta, a San Andrés de Teixido, a Puma Punku y a la sección de electrodomésticos. Mortadela. Llévame al coño de la Bernarda, al concierto de los Doors en el Hollywood Bowl. Llévame a la Tercera Guerra Mundial en volandas. Jamón serrano. Volemos todo por los aires. ¿A qué más puede aspirar un hombre cuerdo?

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Rubén

Allí estábamos. Sentados los tres en aquella cafetería de mierda hacia la que mirábamos con desdén desde fuera cuando íbamos al instituto. Allí dentro solo veíamos humo de tabaco, hombres grises con futuros grises y pesar. Ahora estaba prohibido fumar y solo se veía gente gris, futuros grises y pesar. La fatalidad se asomaba en cada pequeño detalle: las moscas revoloteando alrededor de las bombillas de luz tenue, las otras mosquitas más pequeñas posadas en los azulejos, el camarero desquiciado y medio sordo que se había pasado tras aquella barra media vida, los carteles sucios de cocacola con mensajes optimistas, el meadero antiguo en el que había que orinar de pie y desde el que era casi imposible cagar y acertar en el agujero, la tortilla verdosa de las tapas en el plato de cristal transparente... Éramos tres hombres viejos ya, sin curiosidad por nada, sin ganas de hacer demasiadas gilipolleces, hacía tiempo que habíamos renunciado incluso a ser estrellas de rock. Tres capullos en paro, tres tontos a las tres, sin oficio ni beneficio. Y, de repente, entró Rubén con un viejo en el local. Hacía dos años que no lo veíamos.

Rubén había sido una pieza fundamental de aquella revista clandestina en la que volcábamos toda nuestra mala ostia juvenil, en ella poníamos a parir al ayuntamiento y dejábamos testimonio escrito de los trapos sucios del politiqueo local. Hablábamos de las corruptelas a cara descubierta, con dos cojones, poniendo nombre a los concejaluchos ladrones con los que nos cruzábamos a diario. También desnudábamos nuestra alma para consumar literatura, belleza y lirismo. Pero eso ya había quedado atrás. El viejo con el que venía se quedó en la barra pidiendo dos cafés y él se acercó a nuestra mesa. Estuve a punto de levantarme para darle a un abrazo y gastarle alguna broma cuando empezó a hablar.

- Hola, ¿qué tal? Llegué hoy de Madrid, que estoy currando allí dando clases en dos institutos. Me quedo aquí todo el finde. Ahora vine con este cliente de la empresa en la que empecé hace unos meses, venimos aquí a tomar algo para ver si cerramos un trato. ¿Y vosotros qué tal? ¿Bien, no? Joder, me alegro mogollón de veros, de verdad. Hacía mucho que no nos veíamos. Bueno, os dejo que después me tengo que marchar que me están esperando y ya llego tarde. ¡Venga, nos vemos!

 

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¿La más zorra?

La más zorra

Las niñas ya no quieren ser princesas, quieren ser zorras. Existe una fiebre competitiva entre las adolescentes por ser la más guarra de todas. Ahora mismo la número uno es Miley Cirus, una especie de actriz y cantante prefabricada que pasó de hacer series para niños a chupar pollas. Esta chica de 21 años, que se contonea semidesnuda en sus videoclips, protagoniza los sueños húmedos de muchos de los niñatos a los que hace poco entretenía con inocencia virginal en el canal infantil de Walt Disney. Es un símbolo del triunfo, un billete de cien millones de dólares viviente. También representa lo guay y lo moderno, elementos que hoy están indisolublemente unidos a la ordinariez. Y es que la buena de Miley pretende ser sugerente y se pone a agitar el culo o a relamerse los labios como una estúpida… ¡ya le gustaría hacerlo como una vulgar ramera!

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