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Pelotones de runners

Un día no muy lejano, pelotones de runners, lo que antes conocíamos como corredores, patrullarán las calles de las ciudades para velar por el cumplimiento de los hábitos de vida saludables. No dudarán en fusilar a los gordos, a los feos y a los que no se encuentren ejercitando sus dominales a las 10 A.M., hora en que todos los súbditos deben estimular esos músculos. Entre los runners humanos habrá apolíneos robots, pero no podremos diferenciar a los hombres de las máquinas, debido a la perfección alcanzada por el ser humano.

Los runners también salvaguardarán la moral y los valores del homo novus. Así, tampoco dudarán en ejecutar al que ose leer obras que no pertenezcan a Paulo Coelho, el Ínclito Moralizador. Todos aquellos especímenes que guarden en algún resquicio de su mollera archivos indignos no autorizados por el Comité de Tolerancia Espiritual también serán exterminados en pos del bien común.

Los veloces escuadrones del decoro podrán volatilizar a cualquier esclavano que no cumpla los preceptos ornamentales aprobados mensualmente por Real Decreto. Las camisetas escotadas con pedrería y los cortes de pelo estilo fascista serán obligatorios durante todo el año para los varones. Las hembras deberán portar bolsos minúsculos, usar gafas de sol enormes y atusarse el pelo constantemente.

Los runners son nuestra esperanza que corre hacia el mundo futuro. Amén.

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Nuestro hijo muerto

Enterramos a nuestro hijo muerto en un parque. Ella tenía 23 años. Yo 25. Entre tres árboles. Creo que eran sauces. En aquel sitio siempre había niños jugando. Me lo imaginaba mirando hacia arriba con la carne pudriéndosele, con gusanos en su boca, con bichos en su estómago. Pensaba que escuchaba las pisadas de los otros niños que correteaban por allí, de los que habían podido nacer, que gritaban alegres sobre la negrura. Éramos jóvenes e idiotas. Nos creíamos inmortales con nuestros cuerpos vigorosos al sol. Pensamos que era la mejor decisión. Ella dijo que aquellas pastillas le harían perder el niño, que lo expulsaría en pocas horas. Y así fue. No pude mirar aquel bulto sanguinolento que ella me ofreció. No tuve los cojones suficientes. Sólo adiviné sus formas por el rabillo del ojo. Olía como cuando mi abuelo descuartizaba los cerdos. Mi abuelo había sido matarife pero yo nunca había podido ver la matanza. Aquel olor a carne y sangre fresca. Durante varias horas no te podías librar de él por mucho que te lavaras. Se te metía hasta el fondo de la nariz y se quedaba allí. Recuerdo que hicimos una pequeña ceremonia. Toda aquella tristeza inmensa en aquel día tan luminoso. Era verano.

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Íñigo

Era alto, corpulento, de nariz aguileña y mirada penetrante. Uno de esos tíos educados que entran a un sitio y dicen “buenos días”. Siempre iba bien vestido y peinado hacia atrás, con las gafas en suspensión en el borde de su apéndice nasal. Durante cuatro años coincidimos en el mismo bar a la misma hora. Él volvía de trabajar, yo llegaba allí de ninguna parte. No nos hablábamos, no nos teníamos confianza, o por lo menos no la suficiente como para iniciar una conversación. Tenía un acento extraño, después supe que era medio vasco y medio gallego. Su rostro mostraba siempre un semblante serio. No me agradaba, yo a él tampoco. Los dos lo sabíamos. Pero siempre adoptábamos una postura respetuosa, como corresponde a dos caballeros. Bebía su cerveza y miraba el partido con aire distraído. Comentaba las jugadas de forma discreta con alguno de los amigos que a menudo lo acompañaban. Era del Barça. Nunca discutía de fútbol ni de nada. Jamás gritaba. Otras veces venía con un chaval espigado que parecía ser su hijo. Pocas eran las veces que llegaba solo al bar, y cuando eso ocurría enseguida se acercaba alguien a hablar con él. Y es que tenía esa extraña virtud que sólo algunas personas poseen: atraía a la gente a su lado, era dueño de una especie de magnetismo invisible.

Cuando salía a fumar un cigarro a la puerta del local adoptaba una postura majestuosa. Abría ligeramente las piernas y miraba al frente mientras sostenía el pitillo, como un vigía oteando el horizonte sin soltar su antorcha. Su elegancia era innata. Se movía como lo hacen los gatos. Sus gestos eran pausados pero contundentes y su voz fuerte y sonora. Aunque no nos tratábamos yo sabía que él era una buena persona. Todos los camareros lo adoraban. Y los camareros de aquel bar eran como mi familia. A veces salía con ellos por ahí y tomaban cubatas hasta las tantas. Siempre me contaban lo genial que era. Siempre les creí.

Un día le diagnosticaron un tumor maligno. Lo echaron del trabajo y quiso irse a morir a su tierra natal. Antes de marcharse quiso celebrar con todos sus amigos una cena de partida. Unos días antes de fallecer llamó por teléfono al bar para despedirse de todo el mundo. Le dijo al camarero que le atendió que, cuando se fuera al otro barrio, todos tenían que repetir la cena en su memoria. Hay que estar hecho de una pasta especial para hacer esa llamada. Se llamaba Íñigo.

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