Bonifacio Singh: Madrid Sumergida
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Estaciones (III)

1. Blade Runner. Cuando regresaba a casa durante alguna de aquellas noches sombrías de borrachera llenaba el lavabo y sumergía la cara en agua fría. Era un gran remedio contra el dolor de cabeza provocado por el alcohol, la gélida agua eliminaba un poco aquel desagradable hedor a humo de los bares que se pegaba como una sucia lapa al pelo y al rostro. Me quedaba dormido mecido por tus palabras encaminadas hacia ningún sitio. Yo era mucho más feo y enano que Deckard, pero al menos sabía que todos somos unos putos replicantes, a mí no habían conseguido engañarme los de la Tyrell Corporation con sus añagazas. Tú llorabas porque no querías aceptar la realidad, yo no podía hacer otra cosa que observar impotente tus desvaríos y contradicciones. Tus palabras decían lo contrario de lo que hacían tus manos. Te prometí cosas imposibles de cumplir y desde aquel día mi mente dio un giro y no regresé nunca. Cuando me largué de tu lado dejé de confiar siquiera en mí mismo. Desde que te traicioné no he vuelto a traicionar a nadie. No afirmar nada permite alejarse de la mentira por pura omisión, aunque en el fondo es igual, porque no hay nada seguro entre las locas neuronas, da lo mismo que sigas eternamente dando vueltas alrededor del sol. Al final no nos fugamos juntos y a ti te capturaron los cazadores Blade runner de turno; te encerraron en la prisión de la normalidad. Deja en el umbral de mi puerta, que parezca accidental, un pajarito de papiroflexia fabricado con un forro de papel de plata de tabaco, si vuelves.

2. La Soledad del corredor de fondo. Nos sacaban al recreo y yo jugaba en solitario a ser equilibrista sobre aquella línea dibujada en los azulejos. Cuando corría era como el viento. Hace mucho tiempo que no consigo recordar si todavía sueño con volar. En esa escena Tom Courtnay va a ganar la carrera, todos le aclaman arremolinados sobre la línea de meta, pero, de repente, se para con una sonrisa en la boca y deja que pasen los rivales de turno, jodiendo la hazaña colectiva a sus carceleros. Qué maravilloso es llevar la contraria por sistema, qué placer se siente haciendo cortes de manga a cualquiera que cree en algo. Me enseñaste maravillosamente a sacar de quicio diciendo, simplemente, la verdad. La verdad y la mentira no existen. Nunca me lo explicaste, pero lo adiviné nada más conocerte, leyendo entre líneas cuando me cruzabas los ríos de la mano. Perdíamos por cuatro goles a tres y quedaban pocos minutos de partido. Yo nunca dominé el juego aéreo, remataba fatal de cabeza. Sacaron aquel corner y yo me abrí paso, desde el borde del área, con todo lo poco que tenía. Rematé con el flequillo, con los ojos cerrados, mientras el portero golpeaba con su puño sobre mi pómulo y yo le clavaba mi codo en las tripas. El balón entró milagrosamente en la portería. Visité la habitación del cloroformo por unos instantes, con su sabor dulce y placentero. Al final no hubo héroes, perdimos el partido por cinco a cuatro; en el fondo, no te engañes, siempre se pierde. Pero ya poco importaba, se me grabó fácilmente aquella sensación. Yo recuerdo cómo se llamaba aquel tipo que guardaba tan celosamente sus tres palos, seguramente él a mí no. Yo nací así y moriré así.

3. Casablanca. Me asaltaban unas ganas locas de tirarte encima de la cama y violarte, pero ni tú ni yo teníamos casa propia, el picadero brillaba por su ausencia. Nos metimos en el cine aquel de Gran Vía, el de los asientos mullidos de sky, pero no pude hacerte nada. Decían las malas lenguas que tus bragas quemaban como el tubo de escape de la moto de un hippie. Yo por aquel entonces todavía pensaba que las palabras tenían algún significado, como las promesas y todas esas mugrientas cosas. No parabas de pedirme consejos falsos, buscando la respuesta que queríamos escuchar. A mí no me quedaba otra opción que huír de tí, gracias a mis estúpidos principios de amistad casi religiosa, no podía más que responderte lo contrario de lo que pensaba. No pasó nada porque Dios no quiso. Cogiste el avión a Lisboa y te encaminaste de nuevo hacia su catre. Yo me marché por otro camino, a ras de tierra, y no volvimos a encontrarnos hasta una década más tarde, en aquella estación de metro. Habían corrido los años como locos, pero seguías con esa nariz aguileña y tus famosas tetas puntiagudas. Se te saltó el rimmel con una lagrimita de cocodrilo recordando a nuestros vivos y a nuestros muertos. Por debajo del puente ha pasado mucha agua. Conociste a muchos Víktor Laszlo de los bares de la Glorieta de Bilbao y Alonso Martínez. Yo me marché en dirección al centro, tú hacia el extrarradio, donde ahora vives con marido, hijos e hipotecas. Cada tren partió en una dirección, cada cual hacia su penumbra.

estaciones324. Lonely Are The Brave. Yo tenía una perra, pero no se llamaba Whisky. No nos atropelló ningún camión huyendo del torpe sheriff de turno, pero tuve que llevarla a sacrificar a la protectora de animales. Pagué los treinta euros que especifican los derechos de recogida de residuos y la inyección letal, y luego presencié jodido cómo se le apagaba la mirada. Si yo arrastro un enfisema pulmonar agudo haced lo mismo por mí, pegadme un tiro y cargad con la responsabilidad de llevar el último aliento del moribundo para siempre grabado en la retina. Te prometí que donde quisiera que estuvieses yo acudiría a rescatarte, que mis pies volarían hacia donde fuese necesario raudos a tu llamada; te sacaría de la cárcel serrando los barrotes con mi vieja navaja de Albacete. Si no duele no sirve, y si no lo haces tú sólo no significa nada, grábatelo a fuego, es una verdad como un puto templo, es el único modo de escalar tus montañas. Cuando camino por el campo imagino que corres a mi lado. En medio de las multitudes navideñas me encuentro mucho más tópicamente sólo que cuando avanzo con el único viento en las velas de tus recuerdos. Me siento debajo de aquel pino a ver deslizarse las horas en tu invisible compañía; el tiempo y el ruido se paran y consigo descansar por unos minutos. Tus ojos brillaban en la oscuridad.

5. Grupo Salvaje. Alguien había robado mi balón Tiger, una imitación quasi perfecta del Tango España Adidas del mundial ’82. Conseguí obligar a mi padre a comprármelo en una de aquellas superofertas para mayoristas de los almacenes  Gruma del barrio de  Hortaleza. Lo habíamos dejado al lado de la portería. No lo usábamos para jugar sobre tierra, estaba prohibido que se picase aquella preciosa y nueva pintura blanca y negra. Sólo lo pateábamos cuando bajábamos a correr sobre el césped de Ciudad Universitaria. De buenas a primeras la bola había desaparecido. Unos chicos malos del barrio de Belmonte habían circulado en tropel por las proximidades, seguro que habían sido ellos. Emprendimos el camino en su búsqueda, a través del bosque de pinos de La Dehesa. Fue fácil seguir su rastro. Los alcanzamos. Pascual, que era el más grande, echó mano al más alto. El Míguel, hermano pequeño del legendario ladrón de pisos “El Pantera”,  enganchó a dos; al primero le partió un brazo con una certera llave de Jiu Jitsu callejero y al segundo le pateó la cabeza en el suelo. Nuestra inferioridad numérica era notable, pero Pascual y El Míguel ya habían follado con trece años. Un gancho de derechas alcanzó mi ojo y caí redondo. El Luis me lo quitó de encima con un rodillazo cuando trataba de retorcerme el pescuezo. El Ramiro sangraba por la nariz, pero sujetaba hábilmente un cuello humano anónimo bajo su brazo, y sabía apretar muy bien hasta casi asfixiar. Echamos de menos la presencia del Cerdá, birepetidor de quince tacos que había desaparecido del colegio hacía tiempo, quién sabe si para poblar algún correccional. Recibieron lo suyo, pero nada más recuperar el balón optamos por marcharnos hacia nuestra madriguera. Desde lejos nos lanzaron piedras, pero ninguna nos alcanzó. No miramos hacia atrás. Al barrio de Belmonte lo llamaban "El Bronx". Nuestro barrio no tenía nombre.

6. Bailando con Lobas. Los viernes por la tarde salía de la facultad con “El culebras” en dirección obligatoria hacia los antros de Aurrerá, a beber sin control. Su número teatral favorito era hacerse pasar por un soldado gallego que hacía la mili en Madrid. Lo peor de todo es que ellas le creían. Cuando no conseguía mojar sin pagar, frustrado, Cule acudía a un puticlub de sudamericanas cercano a su casa. A mí la restauradora me llamó a inesperado capítulo aquella tarde de martes al terminar la clase. Me pidió discreción, tenía que contarme una escabrosa historia. Decía que soñaba conmigo y que no distinguía si lo que veía era realidad o ficción, que en muchas ocasiones no acertaba a dirimir qué cosas de las que le sucedían eran oníricas y cuales pertenecían al mundo de los supuestamente vivos. Le contesté que, hasta aquel día, yo no la conocía de nada, que no habíamos cruzado palabra ni ebrios. Se puso colorada. Nunca supe si aquello era parte de una disparatada táctica o simple desfase cerebral. Estaba buena, y suelen atraerme las locas, pero sólo cuando no sé de qué pié cojean. Huí. Se lo conté a Pepe y se enteró media masificada universidad. Ella no me miró a la cara hasta un año después. En un grupo de trabajo me emparejaron obligatoriamente con dos tías con cara de acelga. Una me dijo que se llamaba Ita. Investigué su nombre de pila en las listas, y era Eduarda. Tenía un buen pandero, pero sus padres debían ser demasiado crueles para endilgarle aquel disparate con letras sobre el carnet de identidad. Me cambié de grupo. Me asignaron uno en el que estaban ellas dos, F y C. C me ponía, estaba bastante flaca y me llamaba mucho por teléfono desde su trabajo. Pero cada vez que me arrimaba a ella algo fallaba. F me tiraba los tejos de forma descarada. No estaba nada mal F, pero a mí, inevitablemente, me embrutecía C. Salimos los tres a emborracharnos por Huertas. Entre C y yo había electricidad, pero F había orinado primero sobre mí marcando territorio, y por desgracia respetaban el turno de pernada. Se pusieron a bailar torpemente, pero yo soy de barra fija, me negué a acompañarlas. F se me arrimó todo lo que pudo canturreándo el estribillo “don´t leave me high, don´t leave me dry”.  C  siguió llamándome por teléfono, se aburría mucho en la oficina.

estaciones337. Contra La Pared. Arranqué el coche y lo conduje durante ciento setenta kilómetros sin apenas pisar el freno. Mi índice de alcoholemia era muy, muy alto; gracias a Dios ningún guardia civil se cruzó en mi camino. Llevé la radio tronando a tope durante todo el trayecto. Te maldije en varias ocasiones recordando tu infecta cara, sobretodo cuando escupía saliva manchada de sangre por la ventanilla. Si me hubiera estampado contra cualquier muro a buen seguro que no hubiesen encontrado marcas de frenada. A veces pienso en la nada desagradable tarea de dibujar un recto sobre cualquier curva y hacer un bonito cadáver. A lo lejos, entre la niebla de la autopista, comenzaron a vislumbrarse las luces de la ciudad dormida; ver esa silueta siempre te despierta del sueño, caes en la cruel y cobarde realidad. La osada cobardía de la costumbre nos mantiene en pié, nos hace libres y esclavos al mismo tiempo. Las ruedas flotaban sobre el asfalto, volando bajo, arrastrándose desde el mar hacia la tierra, como siempre, en sentido contrario. Las suelas desgastadas, los pantalones rotos, la nada delante. Se me borran por momentos los recuerdos, los que duelen y dan la vida. Si el molde no gusta hay que romperlo, pero atente a las consecuencias, los caminos del señor son inexcrutables. No hay más, no corras, no existe nada más, es mejor seguir hacia ninguna parte, no preguntar, no mirar, no pensar, resbalar sobre el presente, pisotear el pasado, ignorar el futuro. Me tumbo, consigo descansar. Hasta mañana, ciudad…

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Sueño de fakir

fakir1

Cuando eres
extraño
el tiempo pasa
tumbado
sobre una cama
de pinchos
viéndoles
engordar.
El cowboy viene
y me rescata,
te invito a comer
en Ikea,
nuestro restaurante
favorito,
una docena
de
albóndigas
de madera,
robo bombillas,
nos gusta
pisar
la
carretera,
no llevo
gafas
todavía,
en los tiempos de
las operaciones
te desaparecen las
dioptrías
pero sigues sin ver
bien.
Cuando eres extraño
juegas a
mantener
el equilibrio,
vuelas
por las noches
por encima de
los campanarios,
se casan
mañana,
agradezco que paséis
siempre
por el aro
sólo por
hacerme
reír,
ahí abajo
no me vestiré de
Armani
por ti,
sabes que
controlo
como
ninguno
las ganas de
vomitar
sobre el planeta
Reciclaje,
no
reciclo,
espero que
gracias
a mí
se
derrita el hielo
y
se os
inunde
la casa
con la crecida
del mar.
 

…a Robby Krieger.


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Historias de bicicletas

Tengo cuarenta y cinco años. Desde la azotea de mi casa todavía se puede divisar La Bola del Mundo. Han construido bastantes edificios delante, pero no han conseguido tapar las vistas. A lo lejos, cuando el viento se lleva la mugre que cubre el cielo, todavía pueden verse las montañas. Nunca recuerdo mis sueños. Cuando despierto sólo me quedan imágenes fragmentadas en las que creo que vuelo. Podía saltar más de ochenta centímetros sobre el suelo, hasta que me rompí. Tom Courtnay se paraba junto a la meta con una sonrisa desafiante en la boca: nadie puede detenernos cuando nacemos con algo, lo compartimos con quien y cuando queremos, somos así, llega un momento en que nos da igual la vida o la muerte, en que dormir o flotar sin dirección sobre el viento es mucho mejor que vuestra ruidosa compañía.

Mi casa es como un desierto durante la noche, me arropo con la oscuridad. Comienzo a recordar a todos aquellos héroes a los que me agarro con fuerza cuando siento ese dolor. Ahora me imagino a Marianne Vos apareciendo entre la lluvia, y a Auerbach y Carney gritando como perros apaleados. Han sido muchos héroes, pero me di cuenta que con ellos no era suficiente para saltar al vacío sin red. Subí con mi padre a la azotea y hacía un calor de cojones. Leímos en el “Ya” la hazaña de Arroyo y Perico en el Puy de Dôme escoltados por Patrocinio Jiménez y Edgar Corredor. Yo creo que ahí nacieron mis historias de bicicletas, ahí y en las breves volattas del Giro que televisaban a veces en la Segunda Cadena. Luego leí “La llamada de la selva” y “El vagabundo de las estrellas”. Y me fliparon. Y con el tiempo casi olvidé por completo que había leído a Jack. Después convertí en mi hobby el bailar con los invisibles. Siempre me gustó rodearme de ellos. Detesto a las estrellas de las fiestas, los invisibles son mucho más divertidos. Son gente a la que la otra gente trata de ignorar, siento una extraña simpatía hacia ellos, quizás porque a su lado se consigue no tener que hablar con las mayorías humanas, con los que siempre están tratando de hacer ver que se lo pasan bien. Los invisibles son los mejores compañeros de viaje hasta que los vuelves visibles. Cuando se integran entre el resto, cuando has conseguido sacar lo mejor de ellos, entonces se marchan por donde han venido echando pestes de ti. Juntos comenzamos a escuchar a Lou Reed, y a los Stones emigrando hacia su exilio en Main Street. Y parecía que los comprendíamos sin saber su idioma. Pero siempre, al volver a casa, me encontraba varias flechas indias clavadas en la espalda.

Mi madre me enseñó a montar en bici a mediados de los años setenta, en la explanada del Puente del Ferrocarril de El Pardo. Me caí varias veces al suelo. Ella me dijo que no había que llorar, que los tíos teníamos que tragar saliva y continuar hasta rompernos la crisma, que la puta vida es así. Mientras tanto, mi padre fumaba sentado sobre el capó del coche. De repente, conseguí guardar el equilibrio y no paré hasta darme una gran hostia. El equilibrio no se olvida, es como el fornicar pero mucho más agradable. Recuerdo al perro Buck. Y recordé a Jack leyendo Krakauer. Gracias a Dios inventaron el ebook para no tener que pagarles por hacer lo que tanto amo, la imaginación y la memoria son las peores drogas, los únicos poderes con los que me parieron. Llevo muchos años tratando de dar una explicación a por qué consumo mis horas pedaleando. “Superación”, “retos”, “deporte” son palabras que tienen menos sentido o referencia incluso que “amistad” y “amor”. Sigo sin tener ni pajolera idea de por qué, pero todos los días necesito pasar varias horas metido en mi subconsciente, en esa masa de pensamiento que me lleva hacia lo salvaje, hacia mi selva. Me sumerjo como una piedra en el agua y floto, liviano, consigo por un rato no rebotar en la superficie. Me vuelvo depredador, todos ellos con mirarme ya saben a lo que jugarían si me tocan. Es un mundo donde no hay palabras, donde estoy sólo y en el que el aire se siente a flor de piel. Un lugar donde necesito cuadricular la agresividad mediante la razón para no comérmelos crudos. No podría decir que disfruto de ello, ni que lo amo, ni que lo detesto, simplemente existe. Esas son siempre mis historias de bicicletas, brotaron del equilibrio y la mitomanía, de Hinault, de Arroyo, de Zoetemelk y de Delgado; se criaron respirando hasta lo más hondo de los pulmones, escarbaron en mi subconsciente. No soy capaz de compartirlas porque es imposible explicarlas. Nacieron y morirán conmigo.

bicicletas3Pasaron varios lustros hasta que volví a tocar una bicicleta. Cuando éramos niños en mi barrio casi todos tenían una. Yo les tenía una envidia muy insana. Me daba miedo ponerme de pie sobre los pedales para subir las cuestas. Sabía guardar el equilibrio y poco más. Entonces me eché aquella novia. Salimos a la calle detrás de su casa con su bici de frenos de varilla. Me enseñó a girar de una forma muy rudimentaria. Yo conducía completamente agarrotado, no podían soltarme del manillar ni a martillazos. Me prestaron otra máquina y salimos a trotar juntos por la carretera. Si aquel día no me mató un coche ya no lo hará nunca, creo que posiblemente yo asesinaré antes a algún conductor. Volvimos a su casa muy contentos. Guardamos su bicicleta en el trastero de sus padres. En ese lugar también aprovechábamos para fornicar de forma furtiva. Ella pesaba poco, podíamos hacerlo de pié sin dificultad, se agarraba como una lapa a mi cintura con sus piernas. De aquellos polvos vinieron muchos más lodos. La vida te da una de cal y otra de arena, una en cada carrillo, la única medicina eficaz que existe es el tiempo, que todo lo cura y todo lo mata.

La bicicleta corroe mis huesos, los oxida, me hace recordar cada día que me resucita y me asesina a cada paso. La vida te carcome, no hay esperanza posible. El camino está debajo de la superficie de ese agua o bajo las mantas, en la profundidad oscura. Ahora entiendo todo. Me aburría cuando mi padre dormía la siesta en verano. No me dejaba hacer ruido. Sólo se mantenía despierto viendo el Tour en julio. Sudaba como un cochino sentado en el sillón y milagrosamente mantenía los ojos abiertos viéndoles rodar. Me aprendí de memoria aquellas carreteras que luego recorrí. Me grabé a fuego imágenes del sudor extremo y del frío de las montañas en verano. Me enseñaron a dudar y a maldecir, a caminar sobre las brasas, a soñar con poseer ese valor que nunca alcanzaré. El tiempo pasa en espiral por Madrid. No quiero a nadie a mi lado que no se haya caído de algún caballo camino de Damasco. Demos gracias por hacernos visibles durante un minuto el uno para el otro, por compartir ese breve latido al borde de la carretera. Perdida la esperanza ya sólo nos queda soñar. Y no es poco. O quizás no es mucho. Pero es. Avísame si abandonas y te haré un hueco a mi lado, pero sólo si guardas silencio.


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