Bonifacio Singh: Madrid Sumergida
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Al final de la escapada

No te quiero porque no te odio
viento frío del sur y caliente del norte,
volvemos a casa por encima de las nubes,
respiro con dificultad entre tus cenizas.
El whisky nos sienta tan bien,
cervezas en el aire cantando aleluya,
Jeff Buckley nada confiado en el río,
está prohibido correr
por los pasillos del museo.

Nace un nuevo año colgando de su muro
infranqueable,
buscando refugio
caminamos como veletas
latiendo
en el corazón de las calles.
Bosques artificiales y puertas arrancadas,
¿es el fin del camino?
No sé cómo volveremos a casa,
en el desierto hace frío y luce el sol
helado y caliente.
Prendimos la hoguera y ardió todo
sin que saltara ni una chispa.
¿Dónde estabas cuándo pisamos la luna?
Imaginaba que viviríamos allí para siempre
y vas y me pillas con estos pelos
en las piernas.

Ni te quiero ni te odio
porque no me dejas dormir tranquilo
y en medio del desierto apareces
aunque parezca que todo se hunde,
tu Madrid resucita en mi estómago,
como whisky barato
y cerveza con sabor a saliva.
Dejaría que me pegaran
un tiro
por ti
con balas de fogueo.


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Negocio de bragas usadas

Pensamos montar un negocio preapocalíptico vendiendo por correo bragas usadas a salidos japoneses. De todos los colores y precios, lo importante es el olor. Las lanzaremos en fardos mediante paracaídas, porque la venta electrónica todavía funciona muy mal en España, encargas juguetes sexuales por correo y los acaba usando el cartero. Nadie se cree que tengamos ante nuestras narices la cuarta guerra mundial (la tercera la se desarrolló varias veces en mi habitación, como dicen los cursis) y no nos demos cuenta. Sería demasiado soñar que ocurriera, sobretodo ahora que ya no soy reclutable. No tengo ninguna gana de irme a pegar tiros a un monte lejano, ya no subo a la velocidad de antes las cuestas. La guerra y el tiempo son dos diferentes tipos de asesinos, sólo se diferencian en que uno de ellos sabe matar, con silenciador, mejor que el otro. Me gustaría atravesar caminando el Col du Clapier, pero no siguiendo a las tropas de un Aníbal Barca cualquiera. Antes no me hubiese importando acompañar a ese ejército de los elefantes Alpes arriba bajo temperaturas gélidas, ya sabéis casi todos que resisto el frío algo mejor que la mayoría. Soy una mezcla de la persona que soy en realidad, de la que quiero ser y de la que quiero enseñaros a vosotros.

Mi madre no fue nunca al colegio. Según me cuenta, ella y sus hermanos aprendieron las cosas básicas de las letras y los números de una maestra a la que pagaban para que acudiera ocasionalmente a las casas de los arrieros. Mi progenitora me enseñó a leer y a escribir a los cuatro años. Me enseñó a no llorar, a levantarme del suelo, a tragar saliva, a sumar, a restar, a multiplicar y a dividir por muchas cifras. Ella era capaz de hacer las cuentas de memoria, y me regañaba cuando me equivocaba, pero también sonreía. No me explico por qué lo aprendió así, con esa facilidad de la que yo carezco aun siendo parte de sus propios huesos, ni cómo hoy lo ha olvidado casi todo de una forma tan involuntaria y tan voluntaria a la vez. Cuando yo fui al colegio vieron que dibujaba muchas de las letras y de los números al revés, a mi manera, y tuve que reaprender, a la fuerza, sus formas de nuevo. Me sacaban a la pizarra y alguno se reía. Luego no sonreían tanto cuando me veían enfrente en el campo de fútbol, destilando tanta mala hostia por centímetro cuadrado. Nunca tuve demasiados complejos, ni de flaco, ni de bajo, ni de casi nada, creo que es una cuestión de mirarse con la mayor fidelidad a ti mismo delante del espejo, aunque esa es una empresa casi imposible. Sigo escribiendo a mano a la forma que me grabó en la cabeza mi madre. Aprendí de los dos modos, del derecho y al revés, y ahora puedo falsificar sin dificultad casi cualquier firma. Me limpiaba el orto con sus cuadernos de caligrafía. Mi madre, aún ahora que se está apagando, es capaz de leer a mayor velocidad que yo, pero regañamos cada vez que me pregunta cuántas pesetas son determinadas cantidades traducidas a Euros. “Hay que morir con las botas puestas”, le digo desempeñando ahora yo el papel de padre. Mi madre nos pegaba con la zapatilla y con la mano, con fuerza, y al principio llorábamos, pero al final nos reíamos; es como cuando yo te digo que me retuerzas la piel del brazo con todas tus fuerzas y sonrío porque me provoca un agradable cosquilleo; o como cuando cojo tus brazos y siempre te hago daño, y sabes que si intentas golpearme en defensa propia no me saldrán cardenales y te dolerá al impactar con tu mano sobre mí cuerpo, saldrás siempre perdiendo. Todo es cuestión de contener la respiración hasta casi ahogarse pero sin llegar a ahogarse, de respirar siempre hasta la última gota de oxígeno de tus pulmones. Tengo una voz extraña y serios problemas para expresarme en cualquier idioma. Pero a base de escuchar canciones lo entiendo casi todo. Y si disimulo bien podré asistir a mi propio funeral sin ser visto.

Pienso en todo ello. Voy descendiendo deprisa sobre dos ruedas por un camino estrecho y serpenteante, entre árboles. Chispea una lluvia ligera. Me gusta la lluvia. No es una escena de un sueño. Los frenos hidráulicos que he puesto me ayudan a arriesgar, porque tengo las muñecas ya algo desgastadas y doloridas por la edad, y sé que no puedo, o no debo, apretarlas tan fuerte como antes. Dos pájaros se cruzan en mi camino, pero sé, y ellos saben, que no podré alcanzarlos por mucho que corra. Recuerdo que besé a alguien dentro de un fotomatón. Su imagen se diluye a través de los segundos, pero puedo olerla y escucharla, aunque, al final del camino, cuando desciende la velocidad, desaparece, se esfuma junto a todos los demás rostros que salen del inconsciente. El recuerdo se cierra ahí con llave.

mercado2Me acuesto. Me duermo con dificultad porque al fondo retumba alguna autopista. Volamos por encima de los campos y de las azoteas. Las nubes de Madrid son grises y sucias. La gente no es como en Tokio, donde se cruzan los pasos de cebra sólo cuando lo marca el monigote verde iluminado. Los tejados aquí son rojizos, y el viento cruza, gris ceniza, desde el norte hasta bien olvidado el sur. Los mil soles siguen saliendo en tus pupilas, del este hacia el oeste, una y otra vez, y suenan mil músicas que se entremezclan en mi trayecto eterno, desde mi casa hasta la futurista estación de Sol-Vodafone, y desde allí hacia Plaza de España, y nos volvemos a encontrar, y nos volveremos a encontrar hasta que yo deje de respirar, y quién sabe hasta si un rato más allá porque apareceré como ectoplasma en tu habitación o en tus sueños. Y hace tiempo que no me recuerdas, pero yo te sigo recordando, y poco importa todo esto a nadie más que a mí. Pero el caso es que me importa, y me jode, ser así. Me gusta y me jode al mismo tiempo. Es necesario apartar un bosque enorme de palabras para poder ver tu rostro entre esta gran tienda de ambigüedades.

Estoy enganchado a tu silencio, aunque también a tu ruido, y mucho más a tus tormentas, a tus relámpagos y a tus truenos. “Todas las cosas fingidas caen como las flores marchitas”. Cicerón es muy cabrón a veces, cuando cuenta la verdad. Madrid escalofrío, Madrid tibieza, Madrid tristeza, Madrid eléctrico y rápido, Madrid demasiado alto; Madrid, me haces saltar hacia abajo para alcanzar tu inalcanzable cielo. Me gustan las bragas y las mujeres usadas.

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Alta velocidad

Fugacidad. Los hombres se distinguen de los niños sólo cuando hace frío.

- Si ves que un día me parezco a ellos compra una pistola y pégame un tiro.
- ¿En la cabeza o en el corazón?
- Mejor acribilla mi principal centro energético, así dejaré de escucharles. Cuando hablan es como si se afilaran las uñas contra una pizarra.
- No los odies, aunque sea por los viejos tiempos. Por cierto, ¿qué es ese olor tan raro?
- Es que se me ha escapado un chakra.

Viajamos en el AVE. Me acompaña Marcos Giralt, a ellos Ipad . Ellas llevan Iphones en faltriqueras de marca bajo la lorza. Ellos acuden al gimnasio por obligación. Ellas tienen las pantorrillas como los muslos de Rummenigge en el 82, y cuando se agachan se parecen a Horst Hrubesch rematando en plancha. Me miran con asco. Son sumillers aficionados, expertos cocineros de salón, amantes de la fotografía artística. Después de una hora, Giralt deja de hablarme sobre su padre muerto. Entonces me duermo. Sueño con que Houellebecq entra disfrazado de Dart Vader con una metralleta en la mano y los acribilla a todos aprovechando que están distraídos twitteando. Todo lleno de sangre, el cristal y el metracrilato, las manzanas Apple hechas trizas, el gilipollas de Steve Jobs revolviéndose en su tumba. El paraíso. Me despierto. Atravesamos la submeseta sur entre la niebla. Ya sólo me funciona al cien por cien una extremidad, sólo una de las cuatro, y con reuma por la humedad. Quiero que talen unos cuantos miles de bosques más para hacer libros y periódicos. Ahmadineyad inventará un misil para mandar a tomar por culo todo Silicon Valley.

- Este vagón es el 12…
- Sí, es el mío, no desespere.
- Ehhh….¿Qué móvil tiene usted?
- Pues este que me encontré en el suelo.
- Pero… ¿estaba liberado?
- No, me lo arregló mi pakistaní de confianza. No se preocupe, no lo uso apenas. Sólo para llamar al 112 si es menester, con prepago.

Sánchez se los cargaría a todos, no tiene ni para empezar con estos mequetrefes. Sánchez podría escalar el Chomolungma a pesar de su asma crónica. Sánchez los borraría del mapa con el eco de la suela de su zapato. A Sánchez no le hace falta colgarse carteles de la solapa proclamando profesiones rimbombantes, se los come con patatas y punto, por derecho. Tener cojones no es ir proclamando a los cuatro vientos que se tienen, ni diciendo lo malo que es el mundo, es ganarles siempre metiendo goles de zurda siendo diestro, para que rabien en un impecable arameo. Sánchez se los come con patatas, esa es la razón de que atraviesen su cuerpo con miradas asesinas. Sánchez se los come con patatas y cocretas congeladas. Es una persona poco agraciada de cara, pero los tiene bien puestos, en este mundo eso es mucho más importante. No le pediría que me acompañase a una isla desierta, porque ronca y su tono de voz es desagradable, pero si tuviese que llamar a alguien para que los pasase a cuchillo sin duda llamaría a Sánchez. O a Pepe, el del Madrid. Sánchez podría pasar perfectamente dos inviernos con los Inuit, matar focas a cascoporro y comérselas para desayunar, almorzar, merendar y cenar, todo ello sin quejarse por la baja calidad del menú del restaurante, y aprender a untar de grasa la planta de los esquís de su trineo para descubrir un nuevo Paso del Noroeste. Sánchez viajará algún día al Polo Sur, pero no se congelará ni morirá de jambre porque es capaz de comerse a su propio perro sin pan, o a sus hijos si es preciso. Sánchez no es gilipollas.

Los vikingos llegaron muy ufanos a la costa noreste americana, se oían sus carcajadas hasta Wisconsin, y construyeron sus poblados con cuatro palos, como las casas de los tres cerditos. Los Inuit observaban a los forasteros sin inmutarse, y eso les jodía mucho a los vikingos, que eran una panda de borrachuzos gigantones gordos de tez colorada. No se sabe si es que en sus cascos llevaban cuernos de vaca o es que les habían crecido en la frente debido a sus largas ausencias de casa a causa del trabajo. Miraban a los Inuit con desprecio, los llamaban despectivamente “enanos”. Se creían grandes profesionales de la extorsión y el saqueo, incluso asistieron a masters y doctorados sobre ello, pero allí, al otro lado del Atlántico, no había nada que hurtar. Ni siquiera violaban a las mujeres Inuit porque les parecían más feas que pegar a un padre, a ninguna le gustaba la cerveza ni ninguna escuchaba a Bruce Springsteen como ocurre siempre con las tías que están verdaderamente buenas. Entonces sobrevino la “pequeña edad del hielo”, se acabó de repente el “Óptimo climático medieval”. Las aguas del océano se enfriaron y los bacalaos que esos cornudos se comían dejaron de campar por las zonas limítrofes a Terranova. La nieve les llegaba a la altura de los cojones a los vikingos, y sólo podían ponerse pedo dentro de casa, “por los clavos de Cristo, qué jodido frío”, exclamaban a cada paso. Para colmo desapareció la caza y no había puta forma de cultivar nada en aquella mierda de tierra americana asentada sobre sucio permafrost. Los vikingos pasaban más hambre que el perro de un ciego, pero se negaban a practicar las técnicas de pesca de los Inuit porque para ellos eso eran mariconadas. Con el tiempo, no tuvieron más remedio que coger sus barcos y largarse con viento fresco. Al cabo de los años los Inuit ya ni se acordaban de aquellos gilipollas que no aguantaban el frío. La “pequeña edad del hielo” no acabó hasta mediado el siglo XIX. Los vikingos, al regresar a Islandia y Escandinavia, encontraron a sus mujeres fornicando con sus vecinos, pero no las mataron, ellas les echaron de casa. Las vikingas eran unas pedazo de putas, o al menos eso decían los vikingos, porque no existen pruebas arqueológicas de su infidelidad; algunos estudiosos creen que ellas les abandonaron porque eran muy aburridos. Los Inuit al final tenían razón con lo de que eran una panda de gilipollas con pretensiones. La cerveza sólo les hacía efecto placebo.

A mi padre le gustaba mucho pescar. Se parecía a Nelson Muntz. No soñaba con visitar las laderas del Kanchenjunga, sólo quería que le dejaran en paz con su siesta a la orilla de cualquier río. Caminábamos kilómetros por el barbecho y no me dejaba quejarme, nunca me cogía en brazos. Le gustaba dormir sobre colchones de lana, en esos en los que te hundes como si fueran un sarcófago. Olía a madera sucia húmeda, ese olor que ahora reconozco en mi mismo. Nos gustaba leer periódicos viejos que traía a casa todos los días. Las profesiones de sus amigos siempre acababan en “ero”. La última vez que le vi pesaba veinte kilos menos y los hijos de puta de los municipales me pusieron una multa de aparcamiento en la puerta del hospital. Por mucho que trato de disimularlo no puedo negarlo, odio a las fuerzas del orden, son todos, sin excepción, unos lacayos hijos de la gran puta. Los policías nos chupaban la polla a mi padre y a mi. Él conducía mejor borracho que sereno, y eso que sin beber ya conducía muy bien. Tenía los dedos como porras y siempre le dolían las muñecas, él decía que de meter las manos en el hielo. La correa de su reloj podía servirme de collar, pero la última vez que le vi le sobraba la mitad, casi le daba dos vueltas por el antebrazo. Nunca cogía ni un catarro. Tengo la urna con sus cenizas guardada debajo de la mesa. Le gustaba pescar porque así no tenía que escuchar a nada ni  a nadie a kilómetros de distancia. Pescar es un poco como pedalear, como cuando yo me bajo de la bici a mear siempre debajo de la misma encina y escucho respirar a Madrid a lo lejos, con ese sonido suave y agradable que emiten la mugre y el lumpen. Mi padre podía comerse cincuenta huevos. Me lo imagino paseando sobre las laderas nevadas del Chogori, en manga corta envuelto por un reconfortante silencio. Así debe ser morirse. Fugacidad.

Dedicado, obviamente, a Sánchez...


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