Bonifacio Singh: Madrid Sumergida
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Hostal Maidan Manzanares

Una familia sale de su guarida un domingo por la mañana. Es el primer día soleado de la primavera en Madrid. Observan el Manzanares, embelesados, apoyados sobre la barandilla de un puente con forma extraña. Les parece ver el Támesis, el Tíber, el Volga. Se sienten afortunados de estar vivos, sonríen. Seguramente pasará ante sus narices algún transatlántico repleto de pasajeros saludando, o se disputará alguna regata de catamaranes, o miles de personas nadarán corriente arriba en un triatlón popular al que podrían apuntarse. El deporte es sano, sobretodo para los bolsillos de las empresas organizadoras de eventos supuestamente solidarios. Es maravilloso machacarse las rodillas arrastrando los pies por el asfalto a un ritmo de siete minutos por kilómetro, o nadar cansinamente cual lenguado borracho tragando agua contaminada embutido en un bañador de competición que difícilmente retiene tus michelines de elefante marino.

El paterfamilias de esta prole madrileña lee el periódico. En él hablan sobre Ucrania. Las fotos son bonitas: antidisturbios vestidos de guerra enfrentándose a tipos armados con bates de béisbol, algunos cadáveres ensangrentados caídos sobre el suelo en posturas imposibles y espectaculares incendios. El diario de los domingos es un rito ancestral para esta familia, sólo lo compran el séptimo día de cada semana como una costumbre heredada de generación en generación. Pero se aburren pronto de él y lo tiran en una papelera, casi inmaculado. Después se sientan en alguna terraza a tomar una caña a tres Euros, comentan lo bien que se tira la cerveza en esta nueva franquicia barística y ven a sus hijos retozar sobre el cemento mientras ellos twittean frases ingeniosas y cuelgan fotos artísticas en sus Facebooks a través sus Iphones. Embriagados por la euforia dominical, piensan en apuntarse todos juntos a una ONG de ayuda al cuarto o al quinto mundo, estarían dispuestos a sacrificar algunos de sus días de vacaciones para visitar esos países lejanos tan exóticos llenos de gente hambrienta y mugrienta, siempre que el viaje lo sufragase el gobierno de turno o alguna de estas filantrópicas asociaciones dedicadas a la limosna.

El Manzanares nunca será el Sena, ni el Danubio. Es un riachuelo domado y sometido, sólo visible gracias a la megalómana imaginación humana y a unas cuantas represas. A mediados de la década de los noventa del siglo pasado, una gran crecida provocada por una tormenta provocó su desbordamiento. El encargado de abrir las compuertas que retienen el agua a su paso por la ciudad no pudo llegar a tiempo para abrirlas a causa de un atasco en el que se vio inmerso, el embotellamiento natural madrileño de cuando caen cuatro gotas. La masa de líquido elemento inundó la M-30, incluso los conductores de Audis y BMWs no anfibios tuvieron que salir nadando por las ventanillas abandonando sus barcos, un desastre terrible. Y denunciaron a las fábricas de automóviles por no haberlos equipado con botes salvavidas. Al día siguiente todo se secó, los perros volvieron a cagar sobre las aceras y la capa de mugre retornó inexorablemente sobre la piel de asfalto. 

El Dnieper ha bajado ardiendo durante unas semanas. Se llevó por delante algunas cosas en Kiev. Pocas cosas, pero al menos se derribó algunas, rompió algo la norma del lampedusismo imperante. El sistema de préstamo está basado en la desigualdad lo vistáis como lo vistáis, y sólo funciona mediante el mecanismo de “mirar hacia otro lado” cuando la desgracia es ajena. Les da miedo, te da miedo, ver, aunque sea en la distancia, que un río de gente puede matar lo mismo que lo hace vuestro orden establecido mediante el pretexto del bien común. El río de gente destruye todo a su paso, lo inunda, y sin esa destrucción no se puede crear nada nuevo, os pongáis como os pongáis, y muere gente en el camino, y puedes ser tú, y el fin nihilista justifica los medios. No se sabe qué surgirá después, ahí está tu creencia o no en el ser humano. Seguramente el río volverá a rebosar de mierda. Pero ya es algo que por un rato floten sobre él vuestras cabezas cortadas, por lo menos se podrán hacer unas bonitas fotos.

El aprendiz de río que pasa por Madrid nunca se llevará de forma natural toda la basura. No tiene suficiente fuerza ni transporta suficiente agua como para erigirse en vengador. Ni aunque lloviera cien mil días seguidos lo conseguiría, no podría apostar a su cirrosis ni a su sobredosis ni invocando al Dios de la lluvia. Por sí sólo, no. Pero los hombres construyeron una presa algo más al norte de la ciudad, como en “La selva esmeralda”. A sus pies, en Mingorrubio, nos bañábamos de niños dentro de su ya incipiente contaminación. Quizás muramos por ello, pero tú también te vas a morir, posiblemente antes que yo, te lo repito. El agua acumulada en esa construcción artificial humana sí que sumaría la suficiente potencia al Manzanares para arrasar la ciudad, con un poco de suerte y otro poco de dinamita os iríais todos a tomar por culo. Un cabrón Ned Ludd bastaría para haceros pupa. Pero tranquilos, creo que no lo veremos. Todavía no hay suficiente hambre y sí mucho que perder.

Después del desastre en la presa, tras la gigantesca inundación, ese padre de familia emigraría a otro país con su prole. Dejaría de comprar el periódico los domingos, lo leería en una táblet, deslumbrándose como el imbécil que es al intentar leer sobre un engendro no diseñado para leer; pero feliz. Encontraría un maravilloso trabajo, viviría una maravillosa vida lejos de Madrid. En la lejanía, maldeciría que la inundación no se hubiera podido realizar por Twitter o por Facebook, incolora, inodora e insípida. A los que os marchéis no os echaremos de menos. El río sigue y seguirá meando oscuro su cólico nefrítico. Me siento seguro cuando siento su olor a podrido. Hostal Maidan Manzanares.

 

Quebert contra Dotcom

Cuando sólo existían los libros de papel, en aquel lejano y prehistórico siglo XX cuando la cultura era toda de pago, yo ni me planteaba leer algunas cosas, sobretodo los libros catalogados en las estanterías bajo el rótulo de “novedad” o “más vendidos”. Ahora recorro estas secciones en librerías y grandes almacenes no para comprar, sino para ver qué me apetece birlarle a la industria editorial. Miro los precios de la contraportada y me froto las manos, es un doble placer: leer y robar. Por ese camino llegué al archiconocido relato de Joel Dicker este invierno. En el libro, el tal Quebert pasa el rato relatándole a Goldman sus teorías sobre los principios fundamentales para llegar a ser un gran escritor. Lo del asesinato de fondo no es más que una burda excusa. La verdad es que le dice unas cosas muy interesantes, aparte del sempiterno y manido “si no duele no sirve”. Le hace creer cosas a su hijo literario adoptivo como que es necesario caer para aprender a levantarse y que hay que salir a correr bajo la lluvia para sentirse vivo. Tópicos o no ambas cosas no dejan de ser verdad. Al final del relato parece que el bueno y enamoradizo (y algo pedófilo) Harry Quebert ha conseguido convencer a su discípulo. Goldman piensa que está preparado para triunfar, aunque con el triunfo vengan aparejadas desdicha y soledad. Pero, de repente, descubrimos que todo es mentira, una impostura, una puta falacia. El relato en sí constituye una metáfora vital perfecta: creencias que se desmoronan; humanos cayéndose constantemente del guindo; ideas perfectas aplicadas a sucias personas que las joden impunemente; complejos de culpabilidad al verse a uno mismo reflejado en el espejo de sus propias contradicciones; animales perdidos en la nada por creerse dioses.

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No hay nada mejor que tú


No hay nada mejor que tú
muñecas con la cabeza rota
arrancada
y calles
muchas calles
recuerdos de ti en la frontera
acuérdate de mí
cuando vuelvas sobre tus pasos
o cuando te mires en el sucio río.
Me sube por las venas
tú no lo entiendes
pero me sube
por la sangre,
me deja sordo y ciego
desprecias su poder
me encierro en su jaula
yo pongo el cemento
los barrotes
no quiero saber
nada
de la gente de
la tele.

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