Bonifacio Singh: Madrid Sumergida
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Tell el-Amarna

Estoy en una playa. Son mediados de los años ochenta. Un avión atraviesa el horizonte soleado. Es una avioneta con una pancarta de propaganda flotando al viento tras su cola. Tras la primera pasada longitudinal de norte a sur, el piloto da media vuelta y vuelve a sobrevolar a los bañistas. Entonces comienza a lanzar objetos por la ventanilla. Son gorras y pelotas de playa, baraturas chillonas con un logo publicitario adherido. Algunos de estos regalos caen en el agua, otros en medio de la arena. Se forman grandes tumultos e incluso amagos de pelea entre la gente disputándose los preciados trofeos. Una cualquiera de las gorras es lanzada por una mano anónima por la ventanilla y cae planeando lentamente, dibujando círculos irregulares en el aire. Un gran grupo de personas persigue el objeto a la vez con la mirada, y corren hacia él chocando los unos contra los otros. Casi al llegar al suelo, un soplido de brisa desvía la gorra, que cambia repentinamente su trayectoria de caída. Un vendedor de baratijas senegalés que pasa por allí ve cómo el hortera tapaseseras amarillo cae literalmente sobre sus marrones manos. La multitud se detiene ante él, expectante, bufando, con espuma en las bocas, hambrientos de premio, y se hace el silencio…. Unos le observan con cara de deseo, otros con mala hostia. El negro mira hacia un lado y entrega la gorra al primer niño al que ve, uno de los pocos que no se acercan al moreno con recelo. Yo no era el niño. No me gustan las gorras de propaganda.

amarna5Pasan los años. Vuelvo a la misma playa. Me gusta entrar en el agua cuando hay tormenta y todo el mundo se marcha corriendo refugiarse, entonces puedo observar las gotas de lluvia impactando sobre el mar. Pero ese día no hay tormenta, esa franja de tierra junto al mugriento Mediterráneo se encuentra atestada por una multitud de bañistas que fingen felicidad. Muchos de ellos tratan de disimular cuando mean en el agua. Hay retretes portátiles, pero están infrautilizados. Veo al mismo negro senegalés. Viene hacia mí, cargado hasta las trancas con su mercancía, parecen las mismas cosas, han variado poco con el tiempo. Él sigue viviendo con un grupo de compatriotas en un piso en Valencia y, en verano, se traslada en autobús todos los días hasta esta playa para sacarse un jornal. Antiguamente, él contaba a sus clientes que tenía tres mujeres en su país, y que mantenerlas era muy caro. Eso era un claro farol, pero le gustaba que los putos blancos pensaran en ello, en que la polla negra es capaz de cubrir a tres esposas. Y cuando pasaba alguna gachí buena a su lado él cantaba como el que no quiera la cosa lo de “mami qué será lo que tiene el negro….”. Lleva la misma pluma de gaviota desde hace lustros sobre el sombrero, que porta como una corona que le protege del sol. Me saluda, me da la mano, el gentío nos mira incrédulo, porque los negros no tienen nombre ni rostro, ni deben saludar, ni son personas, son todos el mismo negro. Recuerda mi cara entre la multitud, nadie más me recuerda, por suerte para mí, que huyo de ellos. Ambos hemos envejecido. Luce una buena dentadura, una blanca sonrisa postiza, yo tengo la raíz de una muela del juicio incrustada todavía en mi quijada, y los días de tormenta me sigue recordando que está ahí con una cabrona ligera punzada. No parece irle mal, irnos mal, seguimos caminando al sol, y amaneciendo, que no es poco, aunque puede llegar a ser mucha carga para nuestros lomos. Me alegro de su recuerdo, se alegra de verme, porque los recuerdos, se quiera o no se quiera, dan cierta seguridad al caminante, sea negro o blanco. Y el que no quiera o no pueda verlo, pobre de él. Tenemos que seguir andando por la arena, por la tierra reseca, el tiempo se nos acaba, se nos acabará.

La playa estaba separada de la ciudad sólo por una carretera, que daba directamente a las dunas. ¿Has follado alguna vez en alguna playa, sobre la arena? Puedo decirte que es mejor que hacerlo en un coche, mucho más cómodo. Cruzabas la calle, te descalzabas, todo recto estaba el mar, no tenía pérdida. Construyeron un paseo marítimo, de cemento. Luego pasó de moda machacar el paisaje natural, e intentaron ilegalizar lo construido, destruirlo e incluso llevarse la arena que habían depositado allí a otro lugar más chic. Lo que habían jodido debían salvarlo para continuar jodiéndolo más aún. No me gusta lo chic, me gusta mancharme los pies, y el sudor. Prohibieron a los senegaleses vender su mercancía sobre la arena, y la plagaron de socorristas ridículos, estilo Mitch Buchannon, para que la gente no se ahogase, y protegieron la playa con panolis vestidos de policías en vehículos para cretinos estilo quads. Pero la gente, gilipollas hasta la muerte, siguió ahogándose. La gente siempre va a seguir ahogándose, afortunadamente. En la playa ligábamos con unas sí y con otras no. Si hubiésemos ligado con todas, como hacen otros o dicen que hacen, no hubiese tenido emoción la cosa.

Bajo mi ventana un negro canta: “gooooolllllll de Áfricaaaaa”, cuando marca Senegal en el mundial. Los equipos africanos suelen correr como pollos sin cabeza, ahí reside su encanto, aunque ahora la mayoría de sus figuras juegan en Europa, y se ha desnaturalizado su estilo. Yo me alegro de que echen a España del campeonato del mundo de fútbol, quizás por estética, quizás por mi eterno esnobismo antiespañol, quizás porque soy gilipollas. Gracias por ser yo. Habito en mi efímera y exclusiva Tell el-Amarna.

amarna3En el siglo catorce antes de Cristo, Akenatón construyó aquella ciudad de nueva planta como máxima representación de su poder y de su nuevo Dios único Atón. Trasladó allí su capital y edificó su propio paraíso en la tierra, para vivir con Nefertiti en un nuevo mundo. Nefertiti parece ser que estaba buena, pero quién sabe si no era todo mentira. En los grabados de sus templos podía verse la vida privada de los dos amantes y sus seis hijas, una cotidianeidad rara para la época. Cuando el faraón murió, sus enemigos borraron del mapa la efímera ciudad, la abandonaron y devolvieron el estatus perdido a Tebas. El paraíso de los atonistas desapareció bajo las arenas del desierto, que rápidamente lo sepultó todo, se lo comió sin piedad. Apenas había durando quince años, había brillado mucho para disolverse pronto, como todos los paraísos, los de Akenatón o los de Perico de los Palotes. Borhardt encontró el busto de la diosa de ébano que se follaba Amenofis en 1912, en un barrio de la extinta ciudad aún no excavado y esquilmado por el cabrón con patas de Flinders Petrie. Dicen que el alemán lo maquilló y restauró para mostrar una pieza sublime a sus mecenas prusianos, cuentan que construyó así, mediante una media verdad, una leyenda, como ocurre con casi todas las leyendas. Todo es medio mentira y medio verdad. El desierto es parecido a la playa, pero a la playa la devora el mar, y el desierto borra, diluye las ciudades decadentes. Es siempre lo mismo, el tiempo que todo lo quita y todo lo da seas rey o villano. Pasaremos todos desapercibidos, nuestros huesos serán disueltos bajo la corrosiva tierra. Sangre, polvo y espuma. El viento nuclear del sol borrará todas las ciudades, a los negros y a los blancos. Y no podréis hacer nada por mucho que os lo propongáis. Madrid sumergida bajo la arena. Yo no lo veré ni tú tampoco, ni nunca viajaremos a Amarna.

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Calor seco

- Es una historia larga. Durante los años cincuenta, Australia se encontraba invadida por seiscientos millones de conejos, una especie no autóctona introducida allí artificialmente que se reproducía sin control ante la ausencia de depredadores. Una mente lúcida inoculó a los pobres bichos una virulenta cepa del virus de la mixomatosis, y consiguió acabar con el setenta por ciento de ellos. Años más tarde la misma enfermedad se introdujo en Europa con la excusa de una supuesta plaga de estos simpáticos y fornicadores roedores….
– Los conejos fornican mucho….
– En los años setenta el virus atravesó la frontera española y eliminó al noventa por ciento de los conejos ibéricos, que arrastraron al infierno con su ausencia en la cadena trófica a varias especies que se alimentaban de su carne fácil.
– Ufff, qué calor hace….
– La madre naturaleza es una puta máquina de matar, y el hombre un hijo de puta de categoría especial.
– Mi madre tiene la cisterna del water rota…¿Qué decías antes de Wagner? “Tristan e Isolda” es una pasada.
– Se mandaban cartas delirantes. Federico le espetaba descalificaciones, le llamaba cabrón hijo de puta y todo eso que se dice en alemán, mientras que Ricardito le contestaba: “cásese o componga una ópera”…
– Ay, cómo me JODEN ESTAS PUTAS MOSCAS CON ALAS, coooño.
– Mientras Nietzsche agonizaba. su querida hermana organizaba reuniones sociales en su casa durante las que se podían oír los alaridos del pobre enfermo desde la habitación contigua, y la gente los escuchaba como algo místico. Luego ella se mudó a Nueva Paraguay con el macho nazi fornicador de turno y escribió un libro bajo la firma del pobre Federico. Qué puta zorra.
– Misógino suena eso. ¿Las tías no te caen nunca bien? No lo entiendo. Te gusta cualquier culo de color tostado, pero desprecias nuestras mentes…
– Sólo me cae bien Pam Grier. JODER, me he clavado un cardo en el pié…

calorseco2Los primeros días de verano son siempre los mejores. Recuerdan a esos tiempos en que parecía que habíamos tomado la poción mágica contra el aburrimiento. Me subo a mi cortacésped y empiezo a pedalear despacio. Hace un calor de cojones, el viento arrastra el típico aire madrileño polvoriento. Espartaco Cancellara ha salido a trotar sobre el asfalto suizo. Kurt retumba en mi cabeza aporreando el “Molly´s Lips” y así puedo empezar a subir la cuesta que conducía a la que era tu casa antes de que te murieses aquella infecta primavera. La primavera siempre está sucia. Es triste detestaros a todos cada día más. Se me cruzan innumerables conejos por el camino, son simpáticos esos cabrones. Pronto se convertirán en plaga, sus conejeras ahuecarán los arcenes de las carreteras, provocarán desprendimientos y cinegéticos accidentes mortales; son grandes tipos. Íbamos de caza, cruzábamos las rastrojeras masticando el polvo y las espigas secas a temperaturas infernales. “Ya sabes, si quieres venir luego no te andes quejando”, me decía mi padre. Me dejaban disparar con una escopeta de menor calibre para que no cayese al suelo a causa del retroceso. Todo niño debería aprender a manejar un arma de fuego, pero apuntando a siluetas negras con forma de persona con una diana pintada en el centro, no disparando contra pobres roedores, palomas o estúpidas perdices, inconscientes animales irracionales que después del disparo quedan desagradablemente destripados o descabezados; para colmo,  tus padres siempre te obligan después de la matanza a comérte las piezas cobradas  mediante calóricos e hirvientes estofados de patatas con carne en pleno verano. Pero daba más pena ver a aquellos pobres orejudos arrastrarse enfermos por la arena, los rematábamos piadosamente de un tiro en la cabeza. Luego disparábamos a las ranas cuando rondábamos algún arroyuelo, había que matar algo, fuese lo que fuese. Mi padre me confesó ruborizado que en una ocasión incluso despanzurraron un águila a perdigonazos como si fuese una paloma torcaz. No me dejaban apuntar a nadie humano ni con la escopeta descargada, decían que las carga el diablo, lo mismo que a las mujeres. Mi padre y sus amigos eran un poco grunge. Nadie podía estar más buena que Pam Grier en “Foxy Brown”. Tarantino es un tío muy salido con muy buenos gustos. Treinta y ocho grados a la sombra. Calor. Menos mal que es seco.


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El útimo mohicano del 'fútbol calle'

“Dale, Lukita, suelta, Lukita, eso es, suéltala, bájala. Eso es. Es él, es él, joder, es él”. El último mohicano del “fútbol calle”. Uncas pegando balonazos en el aparcamiento de un hotel para refugiados lejos de la plaza de su pueblo. “El pony” saltando y soltando, pasando la bola de esa forma tan peculiar que te da la calle, el jugar entre coches, entre socavones, puñaladas, hombres de carne y hueso, y bombas. Le reconozco entre un millón, huelo ese toque descarado inconfundible, ese que en el último segundo deja la pierna a salvo del cabrón que acude a cazarla al oler la sangre. Decían algunos gilipollas que conozco que Luka Modric era un bluf. Tú sí que eres un bluf, payaso, tú no has pisado los descampados en tu puta vida, y no queremos que los pises, nuestra tierra es nuestra, sólo la caminamos nosotros.

Es el último morriqueño, el que dispara con esas pistolas caseras que tiran con una goma de la bala, con las que si te aciertan de lleno te dejan fiambre. El último del barrio de Carlito´s Way. Fútbol antitecnológico, el que sólo puede verse a pie de campo permaneciendo de pié, mirando con lo de dentro. Fútbol a ras de tierra, ese que es imposible de criar pastando sobre césped artificial. Los niños juegan ahora detrás de muros con árbitros dirigiendo que no les dejan echar la revancha a hostias como lo hacíamos en las calles de Madrid. Veo a muchos aficionados postizos pululando por ahí, forofos de salón que venderían a su equipo, a su pueblo y a su padre a cambio de una moda pasajera. Muchas camisetas de la moda colorín. Veo gilipollas que ven el fútbol a escondidas de sus mujeres porque les ordenan pensar que es un deporte poco civilizado, gafapastas que se criaron con un Spectrum entre las manos encerrados en su habitación que van a bares una vez al año porque han llegado a creer que el fútbol es sano como afición, instrumento y herramienta socializadora. Que os den. El fútbol no te deja sólo, el fútbol te acompaña siempre, el fútbol te arropa en tu cueva, en tu reducto, es la calefacción en invierno y la brisa en verano. El futbol sabe a arena masticada entre dientes, a sangre en las rodillas. Ocultábamos los moratones con los que volvíamos a casa para que no nos regañaran nuestros padres. El fútbol no se elige, entra en tu memoria cuando todavía no tienes memoria.

modric2Las porterías eran dos árboles, o dos piedras, o dos bolsas, o balones desgastados. En aquellos tiempos sólo veíamos porterías en el Bernabéu o en algunos colegios de pago. Nos saltábamos alguna valla para jugar en ellas, pero siempre nos echaba con cajas destempladas algún tío con gorra. Peleábamos a hostias entre los coches y sobre la tierra dura aún sin remover de lo que luego sería el Madrid de asfalto. Teníamos que soltar el balón rápido para no volar por los aires en los campos minados de adoquines o de cristales. Veíamos los límites de la ciudad a lo lejos, esas fronteras que hoy se han movido mucho más hacia el horizonte.

Por mucho que trates de fundamentar la vida racionalmente, por mucho que te esfuerces en buscarle sólidos andamios, teorías perfectas, escaleras hacia el cielo, cualquier chimpancé con algo de ingenio puede desmontarte con facilidad todos esos argumentos. En realidad todo es creencia, todo es fútbol, nada existe más que en tu imaginación. Suelen intentar fabricar el conocimiento perfecto metafísicamente, desde fuera, con fundamentos divinos, con lo que no conoce nadie ni conocerá, pero si realmente ello no parte de dentro por mucho que te esfuerces no tendrá sentido, será siempre reductible al absurdo, tiene los pies hundidos en el barro. Entre las lindes de la realidad el lenguaje no fluye, no es más que letras expresando números, se le escapa casi todo, es una red muy fina sustentada en la nada, pura paja mental. Seguramente un día el sol no saldrá por el Este, pero el “fútbol calle” seguirá existiendo si encontráis entre todos una nave espacial que os lleve a otro lugar. Yo no lo veré. Me quedo con Luka jugando entre los coches. No le podréis quitar el balón.

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lanochemasoscura