Bonifacio Singh: Madrid Sumergida
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Septiembre

madrids1

Bebiendo Steinburg
de madrugada
con cierto retraso
mental.
Así no se puede
llegar a casa
dejemos pasar el tiempo
siempre me llevo un disgusto
escuchando tu ventana abierta.

Madrid me lates viejo
sin echarte de menos.
Gritas: socorro, una rata,
perdón, es un chihuaua,
y no traigas más cocretas
que nos apestas el rellano
y tu marido se me revuelve:
“tío, estoy mal”,
“pues cuéntaselo a ellos”.
¿Qué hacemos con él?
Escucho la esclavitud
de tu matrimonio.
Necesitas bajar
al perro
pero te estás ahogando
en las variadas rutinas.
No somos objetivos
pero podemos explicar
algo más.

Madrid te compromete.
Compuestos y
sin polvo.
Pero, ¿qué ha pasado?
Que me están poniendo a parir.
Seiscientos Euros de perro
¡Chihuahua!
Y tu matrimonio se hunde
en el mejor momento
notas que se hunde
al llegar a casa
estás perdiendo el control
de tu hogar
Es hora de poner
los huevos
sobre la mesa
pasados por agua
sucia
de verano.
Qué asco de vida,
y al final
te doy
una hostia
sin mirar atrás.
Bebiendo Steinburg
tras tu ventana
veo la jodida
vida
pasear.


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La piel dura

Llega el verano a la gran picadora de carne. Madrid se convierte en la parrilla de San Lorenzo. Es la gran Luperca que amamanta a sus fieras iracundas achicharradas sobre sus siete mil colinas. La ciudad ha cambiado, los taxistas me adelantan a toda velocidad, por la derecha y por la izquierda. Los antiguos “pelas” siempre caminaban a paso de pisar huevos para esquilmar con desdén a sus clientes. Pero ahora se ha impuesto el estilo de conducción propio de un pakistaní neoyorkino. Una vez uno de esos pakistanís me llevó a toda velocidad hasta el Waldorf Astoria, y sobreviví. Me gustaría volver por allí, pero ya dudo de si podré alguna vez. En las noches de Madrid en que no sopla ni siquiera el viento abrasador, uno de mis dos tíos octogenarios no enciende el aire acondicionado de su casa por temor a constiparse. Prefiere sudar sobre el colchón, una salada piscina olímpica de sábanas. Él, que hizo la mili entre las gélidas tropas de alta montaña de Jaca, después de que le echasen del cuartel de la calle Canarias por robar. En mi cueva no hay aire acondicionado, ni lo habrá, porque soy el guardián de su memoria, quieran o no quieran. Como mucho tendré un ventilador comprado en los chinos, porque detesto el ruido de fondo de vuestros aparatos refrigerantes.

Mi otro tío de más de ochenta tacos, sólo dos años menor que el anterior (hijos de polvos únicos en años alternos), descansa sobres su catre con un brazo escayolado. En su casa, cuando el termómetro se dispara, comienzan a aparecer impepinablemente las cucarachas. Madrid está taladrado hasta el tuétano por ellas. A mi tío se le ocurrió perseguir a una para asesinarla a sangre fría, con saña, tropezó y cayó al suelo junto a la nevera. Lloró su mala suerte. Ella escapó bajo los muebles carcomidos. Él, que minimiza todos los riesgos al máximo, que hace años que no sale del kilómetro cuadrado de alrededor de su morada, que tiene tanto miedo a la muerte, va y se descojona un brazo en su propia cocina. Él, al que metieron en la cárcel de Carabanchel unos días por robar las baterías del motor de un avión, de un caza de los americanos de Torrejón. No pudieron probar nada y le soltaron. Mi madre fue a verle a la prisión y lloraron al saludarse a través de los barrotes. Las baterías estaban escondidas debajo de la pila de la cocina de mi casa, con las cucarachas haciendo guardia. Esquilmar a un yanki debería estar siempre potenciado mediante incentivos, por pura estética. Alimentar a las cucarachas da sus frutos, acabamos sintiendo simpatía mutua.

piel3Trabajé un verano para un periódico catalán que quería hacer las Américas en Madrid. Lo dirigía un tipo con cara de podenco al que habían nombrado cronista oficial de la Villa y Corte. El hombre tenía tanto oficio como cara de culo, y me torturaba mutilando mis textos con la excusa de “demasiada literatura”. Tenía toda la razón con lo de “demasiada literatura”, soy un exagerado. Una mañana de agosto fui a una rueda de prensa, y cuando regresé me llamó a capítulo a su despacho. Me dijo que no se podía ir en pantalón corto a esos actos oficiales. Yo nunca preguntaba nada en las ruedas de prensa, no me interesaba absolutamente nada de lo que contaban en ellas sobre Madrid. Siempre en esos lugares me han mirado raro. No por no preguntar, sino porque me gusta llevar pantalones cortos en vez de corbatas, y ellos pasaban mucho calor y cierta envidia al observarme. Lo triste es que aguanto las temperaturas extremas algo mejor que la media humana, mis cojones y yo tenemos esa especie de termostato particular que no nos hace sentir el frío, el calor e incluso, muchas veces, el dolor físico. Pero no podemos controlar el asco hacia el prójimo.

El veinte de julio de hace cuarenta y cinco años, Armstrong aterrizó sobre la luna. Me refiero al astronauta, no al ciclista. Nada más bajar del módulo lunar y de decir sus famosas y estúpidas trascendentes frases, él y Aldrin observaron con estupor que había huellas anteriores a las suyas. Eran, sin duda, marcas de patas de lobo. Detrás de unas rocas pudieron ver a Luperca, escondida, enseñándoles los dientes. Su mirada les atravesaba la piel. Juraron no contar nunca lo sucedido. Borraron las huellas con una escoba que llevaban en la nave. Armstrong quería pasar también la fregona, pero Aldrin no le dejó. Las fotos de todo lo acaecido se encuentran guardadas bajo siete llaves en lo más hondo del Area 51, aunque también se comenta que existe una copia pirata en la caja fuerte de Bárbara Rey. Cumplo los años en el mes de julio. Siempre me regalaban dinero. Odio a los que regalan dinero y las fiestas artificiales. Tenía que asistir a mi propia celebración a regañadientes. No me gustan los cumpleaños, ni las bodas, los bautizos o las comuniones. El dinero no compra tiempo, el tiempo dobla la cerviz ante la muerte; piedra, papel o tijera. Todos buscan excusas para sobrevivir, y las respuestas que quieren escuchar. Quieren que les cuentes que es absolutamente seguro que mañana volverá a salir el sol, aunque sea abrasando, y que les concederá una prórroga de unos días más. El año termina el 31 de agosto, la nochevieja discurre durante la primera noche de septiembre. Coartadas para seguir corriendo sobre la piel dura de Madrid. Puede que mañana nos volvamos a encontrar.


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Extraterrestres

Un mono coge un fémur con muy mala hostia y lo lanza hacia el cielo. Es un Austrolopitecus, pero más bien parece un tío gilipollas disfrazado. Entonces, en un genial salto temporal hacia delante, el hueso, flotando como pedo en el viento, se convierte en una nave espacial. No, no es una recreación de la película de Kubrick, es un sueño o quizás una posible realidad. La chatarra espacial en cuestión es una nave extraterrestre que ha viajado a la Tierra con fines pacíficos. Han captado señales de radio en un transistor, el programa de Carles Francino de la SER, y han pensado que su deber ético era salvar a la especie humana de tanto tedio y gilipollez congénita. La gente observa el engendro alelada, unos en directo, otros a través de la tele, y la mayoría parecen, a la inversa, Asutralopitecus, sin necesidad de disfraz. Los alienígenas tripulantes bajan a tierra por unas escaleras mecánicas parecidas a las de El Corte Inglés y piden que Vladimir Putin y Juan Cotino sean su interlocutores oficiales, les gustan los tíos que van de frente, que no ocultan ser unos hijos de puta. Durante unas primeras conversaciones, de salida ofrecen que todo humano que quiera podrá trasladarse a su planeta podrá disfrutar de su gran invento o hallazgo: la vida eterna. Y todo gratis. Dicen que no habrá problema, mandarán más naves nodrizas, con una forma parecida a la de enormes penes, y podrán trasladar a toda la población mundial que quiera sin demasiado esfuerzo. Pero, no se hagan ilusiones ilimitadas, el agujero de gusano por el que han viajado hasta la Vía Láctea se va a cerrar como un orto en unos meses y no se podrá repetir la operación, y añaden que la vida eterna, por circunstancias medioambientales, no podría darse de ningún modo jamás en la Tierra.

extraterrestres2Desde que el hombre tomó conciencia de sí mismo como individuo, la especie se dividió, se plegó sobre sí mismas hasta crear más de seis mil millones de especies de un único ser. El ansia de vivir de cada uno destrozó de un golpe el futuro, la esencia humana se jodió a sí misma. Sin ética colectiva es imposible la supervivencia. La fábrica de excusas humana funciona a pleno rendimiento dentro de cada sesera, asegurando, tarde o temprano, la conversión del planeta en crematorio colectivo. Es como la pescadilla que se muerde la cola: sin un proyecto común no hay manera de juntar esfuerzos para primero llegar a la vida eterna, y después para construir un cohete espacial que permita huir al hombre superando las enormes distancias del enorme orto intergaláctico. De eso saben mucho los extraterrestres, un poco gilipollas y algo sosainas de carácter, pero supervivientes de sí mismos. Con la vida eterna adjudicada no se necesitaría la memoria, no haría falta para nada, todo sería una infinita línea recta hacia delante, el recuerdo sería un arma inútil para sobrevivir, se le trataría como a una mierda del pasado. Se subsistiría sin mapas, sin riesgo y sin nostalgia. Menuda puta mierda sería ahí la nostalgia. ¿Qué tienen de malo la memoria y la nostalgia, panda de gilipollas? Prefiero vivir con ellas que con vosotros.

La gente estaba eufórica con lo de poder vivir para siempre. Se organizaron grandes fastos, conciertos de David Bisbal por doquier, hasta reaparecieron Ella Baila Sola para festejar el acontecimiento, y casi el mundo entero quiso apuntarse al viaje. Pero no todos. Aparte de una pequeña lista de personas que tendrían vetada la entrada en el planeta extraterrestre, véase gente sin puta gracia del estilo del citado Carles Francino, como Dolores de Cospedal, como Eduardo Madina o como Pablo Motos (ser más asesinable por moñas del planeta), un reducido grupo de terráqueos mostró escaso interés por la vida eterna. Somos nosotros. Pensamos que casi le pueden dar por culo a tanto deseo de existir. Estuve hablando con el señor Antonio el sábado pasado. Me contó que tiene un nogal de más de doscientos años en su campo de almendros, al lado de una choza y de un pozo. Charlamos sobre el repentino jamacuco que le había dado a Di Stefano, con pesar me dio a entender que de esa el genio no iba salir. El señor Antonio hasta físicamente se parece increíblemente a mi padre y al gran Di. Es del Atleti, pero me contó que cogía un tranvía desde Campamento para llegar hasta el Metropolitano. Yo le relaté que mi padre acudía unos días al Bernabéu y otros al feudo atletista, a aquel mítico fondo fétido metido en una hondonada del terreno. Se hizo de noche mientras charlábamos. Se dejó de escuchar a las dicharacheras golondrinas que salen a cazar mosquitos a la hora que cae la fresca. Nos preguntamos donde irán a morir las golondrinas Becquerianas. Una vez una se murió en un patio interior de mi casa. Le echábamos agua y pan para ver si se recuperaba, pero al parecer era cierto eso de que no pueden parar de volar, son tiburones del aire, si detienen su eterno movimiento se mueren, no pueden volver a despegar.

extraterrestres6Un pájaro se cayó del nido en casa del señor Antonio, y uno de sus nietos, que tiene cara de bestia, lo asesinó de un pisotón, sin querer queriendo. Di Stefano se murió. La nave espacial partió hacia el infinito finito, y al llegar se dieron cuenta de que todo era una encerrona. A la mayoría se los comieron crudos, estilo sushi, y a otros los torturaron intentando divertirse, pero como no tenían conciencia individual no consiguieron desatar ni una carcajada extraterrestre. Les estuvo muy bien empleado a ambas razas de lerdos. En la Tierra nos quedamos unos cuantos, follando, bebiéndonos los excedentes de cerveza y muriendo. Preferiría aprender a volar que vivir eternamente. Pero no puedo volar aunque quiera. Tengo miedo al tiempo, pero mucho más al olvido, mi memoria no puede esperar. Vivir con miedo es peor que morir, eso está claro, así que muero un poco cada día. Vamos a correr, pero hacia atrás, y que ellos sueñen que se montan en cohetes espaciales. Al final nos enteraremos de que las golondrinas nunca mueren, de que son siempre las mismas, inmortales, mientras que no aterricen no mueren, extraterrestres de la Tierra. Miley Cyrus se quedó con nosotros. Nos gustó que se quedaran las más guarras posibles.


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