Bonifacio Singh: Madrid Sumergida
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Alta velocidad

Fugacidad. Los hombres se distinguen de los niños sólo cuando hace frío.

- Si ves que un día me parezco a ellos compra una pistola y pégame un tiro.
- ¿En la cabeza o en el corazón?
- Mejor acribilla mi principal centro energético, así dejaré de escucharles. Cuando hablan es como si se afilaran las uñas contra una pizarra.
- No los odies, aunque sea por los viejos tiempos. Por cierto, ¿qué es ese olor tan raro?
- Es que se me ha escapado un chakra.

Viajamos en el AVE. Me acompaña Marcos Giralt, a ellos Ipad . Ellas llevan Iphones en faltriqueras de marca bajo la lorza. Ellos acuden al gimnasio por obligación. Ellas tienen las pantorrillas como los muslos de Rummenigge en el 82, y cuando se agachan se parecen a Horst Hrubesch rematando en plancha. Me miran con asco. Son sumillers aficionados, expertos cocineros de salón, amantes de la fotografía artística. Después de una hora, Giralt deja de hablarme sobre su padre muerto. Entonces me duermo. Sueño con que Houellebecq entra disfrazado de Dart Vader con una metralleta en la mano y los acribilla a todos aprovechando que están distraídos twitteando. Todo lleno de sangre, el cristal y el metracrilato, las manzanas Apple hechas trizas, el gilipollas de Steve Jobs revolviéndose en su tumba. El paraíso. Me despierto. Atravesamos la submeseta sur entre la niebla. Ya sólo me funciona al cien por cien una extremidad, sólo una de las cuatro, y con reuma por la humedad. Quiero que talen unos cuantos miles de bosques más para hacer libros y periódicos. Ahmadineyad inventará un misil para mandar a tomar por culo todo Silicon Valley.

- Este vagón es el 12…
- Sí, es el mío, no desespere.
- Ehhh….¿Qué móvil tiene usted?
- Pues este que me encontré en el suelo.
- Pero… ¿estaba liberado?
- No, me lo arregló mi pakistaní de confianza. No se preocupe, no lo uso apenas. Sólo para llamar al 112 si es menester, con prepago.

Sánchez se los cargaría a todos, no tiene ni para empezar con estos mequetrefes. Sánchez podría escalar el Chomolungma a pesar de su asma crónica. Sánchez los borraría del mapa con el eco de la suela de su zapato. A Sánchez no le hace falta colgarse carteles de la solapa proclamando profesiones rimbombantes, se los come con patatas y punto, por derecho. Tener cojones no es ir proclamando a los cuatro vientos que se tienen, ni diciendo lo malo que es el mundo, es ganarles siempre metiendo goles de zurda siendo diestro, para que rabien en un impecable arameo. Sánchez se los come con patatas, esa es la razón de que atraviesen su cuerpo con miradas asesinas. Sánchez se los come con patatas y cocretas congeladas. Es una persona poco agraciada de cara, pero los tiene bien puestos, en este mundo eso es mucho más importante. No le pediría que me acompañase a una isla desierta, porque ronca y su tono de voz es desagradable, pero si tuviese que llamar a alguien para que los pasase a cuchillo sin duda llamaría a Sánchez. O a Pepe, el del Madrid. Sánchez podría pasar perfectamente dos inviernos con los Inuit, matar focas a cascoporro y comérselas para desayunar, almorzar, merendar y cenar, todo ello sin quejarse por la baja calidad del menú del restaurante, y aprender a untar de grasa la planta de los esquís de su trineo para descubrir un nuevo Paso del Noroeste. Sánchez viajará algún día al Polo Sur, pero no se congelará ni morirá de jambre porque es capaz de comerse a su propio perro sin pan, o a sus hijos si es preciso. Sánchez no es gilipollas.

Los vikingos llegaron muy ufanos a la costa noreste americana, se oían sus carcajadas hasta Wisconsin, y construyeron sus poblados con cuatro palos, como las casas de los tres cerditos. Los Inuit observaban a los forasteros sin inmutarse, y eso les jodía mucho a los vikingos, que eran una panda de borrachuzos gigantones gordos de tez colorada. No se sabe si es que en sus cascos llevaban cuernos de vaca o es que les habían crecido en la frente debido a sus largas ausencias de casa a causa del trabajo. Miraban a los Inuit con desprecio, los llamaban despectivamente “enanos”. Se creían grandes profesionales de la extorsión y el saqueo, incluso asistieron a masters y doctorados sobre ello, pero allí, al otro lado del Atlántico, no había nada que hurtar. Ni siquiera violaban a las mujeres Inuit porque les parecían más feas que pegar a un padre, a ninguna le gustaba la cerveza ni ninguna escuchaba a Bruce Springsteen como ocurre siempre con las tías que están verdaderamente buenas. Entonces sobrevino la “pequeña edad del hielo”, se acabó de repente el “Óptimo climático medieval”. Las aguas del océano se enfriaron y los bacalaos que esos cornudos se comían dejaron de campar por las zonas limítrofes a Terranova. La nieve les llegaba a la altura de los cojones a los vikingos, y sólo podían ponerse pedo dentro de casa, “por los clavos de Cristo, qué jodido frío”, exclamaban a cada paso. Para colmo desapareció la caza y no había puta forma de cultivar nada en aquella mierda de tierra americana asentada sobre sucio permafrost. Los vikingos pasaban más hambre que el perro de un ciego, pero se negaban a practicar las técnicas de pesca de los Inuit porque para ellos eso eran mariconadas. Con el tiempo, no tuvieron más remedio que coger sus barcos y largarse con viento fresco. Al cabo de los años los Inuit ya ni se acordaban de aquellos gilipollas que no aguantaban el frío. La “pequeña edad del hielo” no acabó hasta mediado el siglo XIX. Los vikingos, al regresar a Islandia y Escandinavia, encontraron a sus mujeres fornicando con sus vecinos, pero no las mataron, ellas les echaron de casa. Las vikingas eran unas pedazo de putas, o al menos eso decían los vikingos, porque no existen pruebas arqueológicas de su infidelidad; algunos estudiosos creen que ellas les abandonaron porque eran muy aburridos. Los Inuit al final tenían razón con lo de que eran una panda de gilipollas con pretensiones. La cerveza sólo les hacía efecto placebo.

A mi padre le gustaba mucho pescar. Se parecía a Nelson Muntz. No soñaba con visitar las laderas del Kanchenjunga, sólo quería que le dejaran en paz con su siesta a la orilla de cualquier río. Caminábamos kilómetros por el barbecho y no me dejaba quejarme, nunca me cogía en brazos. Le gustaba dormir sobre colchones de lana, en esos en los que te hundes como si fueran un sarcófago. Olía a madera sucia húmeda, ese olor que ahora reconozco en mi mismo. Nos gustaba leer periódicos viejos que traía a casa todos los días. Las profesiones de sus amigos siempre acababan en “ero”. La última vez que le vi pesaba veinte kilos menos y los hijos de puta de los municipales me pusieron una multa de aparcamiento en la puerta del hospital. Por mucho que trato de disimularlo no puedo negarlo, odio a las fuerzas del orden, son todos, sin excepción, unos lacayos hijos de la gran puta. Los policías nos chupaban la polla a mi padre y a mi. Él conducía mejor borracho que sereno, y eso que sin beber ya conducía muy bien. Tenía los dedos como porras y siempre le dolían las muñecas, él decía que de meter las manos en el hielo. La correa de su reloj podía servirme de collar, pero la última vez que le vi le sobraba la mitad, casi le daba dos vueltas por el antebrazo. Nunca cogía ni un catarro. Tengo la urna con sus cenizas guardada debajo de la mesa. Le gustaba pescar porque así no tenía que escuchar a nada ni  a nadie a kilómetros de distancia. Pescar es un poco como pedalear, como cuando yo me bajo de la bici a mear siempre debajo de la misma encina y escucho respirar a Madrid a lo lejos, con ese sonido suave y agradable que emiten la mugre y el lumpen. Mi padre podía comerse cincuenta huevos. Me lo imagino paseando sobre las laderas nevadas del Chogori, en manga corta envuelto por un reconfortante silencio. Así debe ser morirse. Fugacidad.

Dedicado, obviamente, a Sánchez...


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Estaciones (Segunda parte)

A Bonifacio:

Como dice Bonifacio, ya no somos los mismos, el tiempo pasa para todos, aunque por ti parece que pasa más despacio, sigues ahí , en tu habitación ... es donde te recuerdo... tu habitación , ese lugar en el mundo tan especial para ti y para mí cuando te visitaba, buena música, fotos , pósters , esa perra cariñosa , miles de recuerdos en tan poco espacio, es como tu mente , no es una habitación cualquiera , es " tu habitación "... el sitio de tu recreo...
 
Sin saber el porqué, nos distanciamos en la lejanía, un agujero negro de unos cuantos años, pero muy presente en mi mente a diario ,  
sin estar, estabas...
 
Recorrimos nuestro camino durante ese tiempo, pero como pulgarcito, yo iba dejando miguitas de pan para algún día volver sobre mis pasos, con la absoluta certeza de que así ocurriría.
 
Y como el buen vino, con el paso del tiempo vale más, ese tiempo me sirvió para apreciarte más, ese vacío fue doloroso, pero ahora lo veo como si el destino nos hubiera puesto a prueba, una prueba que él creía que iba a ganar , peo no sabía que estábamos hechos de hierro.
 
P.D. : Tú nunca caminarás sólo.

…………………………………………………………………

Fui al Calderón a ver a los Stones. También fui a Hollywood, y estuve en Niu Yor, y en Madrid te conocí. Y nunca voy a regalarte un Cartier enlazándolo a tu muñeca. Mi bolsillo sólo me ha dejado ver una vez en la vida a sus satánicas majestades. Te eché en falta durante años. Dentro de ese agujero oscuro dio tiempo a que tu padre se fuera por mala suerte, y a que el mío se marchase por tentarla demasiado. Eran tipos duros como el pedernal. Olemos a ellos. Sé que aún le buscas, yo también le busco detrás de cada esquina. Él era más, mucho más grunge que Kurt Cobain. Y no he podido acercarme a Dios en vivo nunca, a nuestro tótem mágico, el que está en todas partes, el señor Zimmerman. Me tengo que conformar con que fluya por nuestra sangre, y con su foto colgada en la pared, ese delgado muro que sólo caerá a base de bombardeos con Napalm cuando yo ya esté muerto. También cuelga todavía allí, con grapas, una foto del “Jinete pálido”, una que me entregaron huérfana de padre una vez, porque uno de nuestros conocidos iba a regalarle un póster de James Dean a una tía y se confundió con el número de la solapa. Menuda sorpresa al abrirlo. Y arriba, encima de esas flores de Van Gogh que para mí siempre son un deseo de trigal con cuervos, está la foto de Voight con Rizzo cojeando por el frío de Nueva York, soñando con trasladarse al calor antinatural de Miami Beach. No me gusta el invierno, pero nunca tengo frío, prefiero el verano, aunque odio los supuestos paraísos tropicales, sólo los soporto un rato, y además nado fatal, soy demasiado de secano. Deberíamos viajar a Nueva York, aunque Manhattan no es nuestra patria tanto como el desolado antiguo Bronx. Cuando me emborraché allí también te eché de menos, porque las borracheras no son las mismas nunca si no estás tú. Nueva York está así vacía, tanto cómo el Bernabéu lo está sin vosotros. Yo soy una fiera más dentro de esa jaula, pero no soy nadie sin tu sombra alargada al lado, sin tus botas, que ya descansan en la basura. Hemos caminado tantas veces tristes por la “senda de los elefantes” de General Perón, y tantas noches has escuchado de mi voz torcida eso de “hace una noche para caminar por Manhattan”….

Tú corrías por la banda haciendo tus regates, yo me dedicaba a parar los de otros, muchas veces a golpes. Tú no lo sabes, pero naciste el día que murió Brian Jones. Se ahogó en la piscina, quién sabe si demasiado triste al encontrarse lejos de su enemigo íntimo Keith. Yo soy de Keith a muerte. Él odiaba a Brian porque éste había dado de hostias a Anita Pallemberg. Deberíamos pasar un verano en Villefranche sur mer, exiliados del ruido, para que fueses capaz de enlazar más de cuatro horas seguidas de sueño. Yo estoy aquí para contarte estas historias que siempre escuchas como en vilo. Estoy para ser tu memoria, vuestra memoria, hasta que me apague. Y si la pierdo alguna vez ya sabes lo que tienes que hacer, no vale la pena cabalgar sin ella, a los caballos salvajes se les pega un tiro y es mejor recordarles vagando por la pradera, no atados. Como cuando caminábamos en círculos por aquel patio y no veíamos el final. Tengo la memoria para recordaros quién fuisteis, quienes fuimos, y la imaginación para proyectarla hacia vosotros, para recordaros con cariño, si te digo que odio siempre te estoy mintiendo, sólo llego hasta la mitad de ese camino por mucho que corra a favor de viento.

Llegué a esa pequeña cárcel para niños y estabas allí. Nunca seremos sus Beast of Burden, nunca les dimos la razón ni se la daremos, ni a hostias, ni les regalamos una sonrisa aunque fuera falsa, les costará sangre intentarlo, hay que caminar con la cabeza alta y sin lloriquear, erguidos, aunque nos duelan los riñones. Sólo tú me has visto derrumbarme y romperme, hay que aguantar la compostura, little brother. No te asustes nunca, aunque sé que eres mucho más valiente y más fuerte que yo. Si tienes miedo y te vale la solución, puedes llamarme a las tantas de la mañana, sabes que me acuesto muy tarde, que soy un gato-perro-murciélago, que me duelen las manos de golpear paredes y puertas, pero creo que hasta después de quedarme sordo conservaré este oído tan asquerosamente fino que no me deja dormir bien, ese que me despierta pero que me protege de emboscadas. Estoy en medio del bosque, y cuando traspase la frontera te esperaré, o si no me apareceré en tus sueños ligeros, como ánima del purgatorio, para que sigas mis huellas, mis miguitas de pan, hacia la nada.

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Estaciones

 

Estación 1. Jugábamos a las máquinas en los bares, como cada verano. Nos aburríamos. Teníamos que estirar el dinero todo lo posible, desarrollar habilidades imposibles. Pasábamos el rato con cualquier balón que nos llevábamos al pié o a la mano, nos encantaba tirarnos pedradas. Bajábamos al Parque Sindical caminando, cuando todavía no habían talado los árboles del Paseo del Rey para ampliar la maldita M-30. Y ese día compramos en El Corte Inglés el disco de “Serrat en directo”, y lo estrenamos en el flamante tocadiscos nuevo. Escuchábamos “La aristocracia del barrio”, dándole las interpretaciones más disparatadas, las que sólo cobraban sentido en nosotros mismos. Imaginábamos que Serrat era un tipo que utilizaba siempre el doble sentido, haciendo veladas alusiones sexuales en todo lo que decía. Seguimos corriendo, arriba y abajo. Los descampados empezaron a llenarse de casas y arrancaron las moreras de las que cortabas las hojas para engordar a tus gusanos de seda. Yo sigo vivo. Tú te ahogaste en una excursión del instituto. Nadabas aun peor que Jeff Buckley, nunca nos gustó el agua. Corrías como un demonio asustado, yo no podía alcanzarte por más que entrenaba.

Estación 2. Era la típica mañana de septiembre. Aquel infecto lugar olía que apestaba a polvo y a orín (eufemismo para decir que olía meados). Comencé a darme cuenta de que todo lo que yo me imaginaba era mentira, que aquello no iba a ser muy agradable. Del silencio total me rescató un tipo con los pies demasiado grandes, uno de esos espíritus a los que invoco, allá donde esté, cuando el miedo no me deja respirar. Los que me hacían llorar se hicieron mis amigos porque estaban tan asustados como yo. Aprendimos a escondernos en las profundidades de cada uno. Me metieron el odio en el cuerpo con tenazas, les deseé la muerte de todas las formas posibles Ya nada volvió a ser lo mismo. Soñábamos con comprar aquellos edificios, demolerlos y echar sal en sus ruinas, al estilo de lo hecho con Cartago, para que nada volviese a crecer allí. También con que un asteroide cayese sobre aquel lugar con todos dentro. Los años se hicieron largos, pero no eternos.

Estación 3. Me estaba creciendo un asqueroso bigote, un bozo que me resistía a rasurar. No recuerdo cual era el juego al que jugábamos, pero quedamos aquella tarde con la excusa de la máquina de aquel bar. Tú llegaste con más de media hora de retraso, cuando estaba a punto de largarme. Te rompiste un hueso jugando en la playa y yo fui a buscar una muleta por todas las farmacias de guardia del pueblo para que pudieras caminar. Compré aquel disco de Dire Straits que hoy me parece tan estúpido, y adornaba las cartas que te enviaba con frases que no entendía del “So far away”. En la boca del metro de La Latina me di cuenta de que no nos volveríamos a ver, y me jodió bastante el destino inexorable, ser consciente de él. Me enteré de que tu padre se arruinó con el bingo y las cartas; debisteis sufrir, aunque el pobre no parecía mal tipo, sólo andaba perdido en la oscuridad, como todos nosotros.

Estación 4. Me moría de ganas de huir, pero estaba cagado de miedo. Pagué los platos rotos de mi propia estupidez. Sólo como una rata entré en aquella clase de niños medio malos, y me sonó tu cara. Me dijiste que dejara de preocuparme, que aquello ya había pasado a la historia, que ésto era otro mundo, que le diesen por el culo a todo lo pasado. Resucité de unas cenizas que nunca habían ardido. Decíais que yo era una mezcla racial entre siniestro, borracho y hardcoreta. Me ponía la que se sentaba delante, y luego me enteré de que su abuelo, en tiempos remotos, había delatado al mío. Me siguió poniendo durante algún tiempo. Jugamos nuestras cartas como pudimos y nos fuimos encaminando cada uno hacia su ninguna parte. Supongo que seguiréis yendo al Calderón hasta que lo derriben, pero yo, ya lo sabéis, soy vikingo hasta la muerte. Y es cierto, por mí ha pasado poco el tiempo, casi ni me he movido.

Estación 5. Fueron los años de la gran glaciación post Wündt; pasamos un frío que te cagas aquellas noches que volvíamos andando a casa borrachos. Paseábamos por las calles como los dos personajes de “Midnight cowboy”. Yo te sigo admirando porque no dudo que habrías caminado por Madrid vestido como John Voight si te hubiese dado la puta gana. Nos lamentábamos de los amigos tan asquerosos con los que la lotería vital nos había agraciado. Hicimos aquel viaje en tu coche destartalado, gastamos más aceite que gasolina. Escuchábamos en el casete a Silvio Rodríguez y su “Al final del viaje”. Teníamos más J.B que sangre en las venas y por aquel entonces no hacían test de alcoholemia. Poco a poco las carreteras que antes recorríamos juntos nos fueron separando. Ya no olía tanto a gasolina y sí mucho más a hollín. Siempre sueño con que apareces de repente y me rescatas, con que nos largamos al fin del mundo a quemar el camino. Es una pena que ya no seamos los mismos. Me moría de frío aquella noche durmiendo sobre aquel banco, pero estábamos hechos de hierro.

Estación 6. Casi estrellaste cuesta abajo mi desvencijado Renault 11, pero fue por una buena causa. Ese verano fui el tuerto en el país de los ciegos. Todos me odiaron por juntarme contigo. Si la Guardia Civil nos hubiese parado nos habrían metido en la cárcel. Los otros tres dormían en el asiento de atrás mientras sonaba en la radio una vez más Silvio diciendo aquello de que quería ser el batiscafo de tu abismo, y tú comentabas, un poco cursi, que la canción te reflejaba, pues sentías que tenías el corazón con muros. Se veía a una legua que sólo lo decías por caerme bien. Y entre drama y comedia llegamos trovando a la edad media. Tus enemigas dicen que has engordado mucho; la verdad es que da lo mismo, olías demasiado bien como para tenerlo en cuenta; ni mi perra ni yo tendríamos problemas para seguir tu rastro.

Estación 7. Las fiestas navideñas sabían cada vez más a rancio. Ellos se reían todo el día y yo decía que me importaban una mierda. El turrón se conservaba fatal fuera de la nevera porque se derretía, y si lo metías dentro se filtraba sobre su superficie un extraño sabor a hielo carbónico. Hacía tiempo que, por arte de magia, había comenzado a distinguir las palabras de las canciones en inglés. Me divertía exhalar vaho cuando salía a la calle. Me gustaba la niebla y el frío, aunque odiaba el invierno. En esos días, en los que tenía menos que nada que hacer, recorría a pié de arriba abajo la calle Bravo Murillo; luego bajaba Fuencarral y volvía, tomando el metro en Gran Vía, en dirección contraria hacia el barrio. Una tarde cualquiera de un día cualquiera regresé a casa, rasqué un rato en la guitarra el Hallelujah del señor Cohen y, tras ver los programas televisivos de turno hasta las cuatro de la madrugada, me eché a dormir en mi catre. Por la mañana remoloneé todo lo posible bajo el calor de las mantas soñando con los habituales sueños imposibles. Cuando me levanté y arrié la persiana me di cuenta de que ya no flotaba en esa eterna fase preparatoria en la que uno imagina lo que quiere llegar a ser, en esa etapa en la que se desea construir, sino que lo que estaba delante era mi vida, y que el futuro se encontraría ya, para siempre, situado en el presente. Ya no habría vuelta a atrás.

Puedo dejarte
el polvo en la cuneta
la tristeza
las heridas
sueños y asfalto
piedras de mi zapato
falsas visiones.
Pero recuerda
que no hay más que nada
más allá
de lo que te digo
de la sombra que reconoces
como tuya.
Respirar es suficiente
caminando con cuidado
sin agarrarse
a la inercia sin fin
a la borrachera de colores
de grises y de negros
para cuando o hacia donde
corren los días.


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