Bonifacio Singh: Madrid Sumergida

Negocio de bragas usadas

Pensamos montar un negocio preapocalíptico vendiendo por correo bragas usadas a salidos japoneses. De todos los colores y precios, lo importante es el olor. Las lanzaremos en fardos mediante paracaídas, porque la venta electrónica todavía funciona muy mal en España, encargas juguetes sexuales por correo y los acaba usando el cartero. Nadie se cree que tengamos ante nuestras narices la cuarta guerra mundial (la tercera la se desarrolló varias veces en mi habitación, como dicen los cursis) y no nos demos cuenta. Sería demasiado soñar que ocurriera, sobretodo ahora que ya no soy reclutable. No tengo ninguna gana de irme a pegar tiros a un monte lejano, ya no subo a la velocidad de antes las cuestas. La guerra y el tiempo son dos diferentes tipos de asesinos, sólo se diferencian en que uno de ellos sabe matar, con silenciador, mejor que el otro. Me gustaría atravesar caminando el Col du Clapier, pero no siguiendo a las tropas de un Aníbal Barca cualquiera. Antes no me hubiese importando acompañar a ese ejército de los elefantes Alpes arriba bajo temperaturas gélidas, ya sabéis casi todos que resisto el frío algo mejor que la mayoría. Soy una mezcla de la persona que soy en realidad, de la que quiero ser y de la que quiero enseñaros a vosotros.

Mi madre no fue nunca al colegio. Según me cuenta, ella y sus hermanos aprendieron las cosas básicas de las letras y los números de una maestra a la que pagaban para que acudiera ocasionalmente a las casas de los arrieros. Mi progenitora me enseñó a leer y a escribir a los cuatro años. Me enseñó a no llorar, a levantarme del suelo, a tragar saliva, a sumar, a restar, a multiplicar y a dividir por muchas cifras. Ella era capaz de hacer las cuentas de memoria, y me regañaba cuando me equivocaba, pero también sonreía. No me explico por qué lo aprendió así, con esa facilidad de la que yo carezco aun siendo parte de sus propios huesos, ni cómo hoy lo ha olvidado casi todo de una forma tan involuntaria y tan voluntaria a la vez. Cuando yo fui al colegio vieron que dibujaba muchas de las letras y de los números al revés, a mi manera, y tuve que reaprender, a la fuerza, sus formas de nuevo. Me sacaban a la pizarra y alguno se reía. Luego no sonreían tanto cuando me veían enfrente en el campo de fútbol, destilando tanta mala hostia por centímetro cuadrado. Nunca tuve demasiados complejos, ni de flaco, ni de bajo, ni de casi nada, creo que es una cuestión de mirarse con la mayor fidelidad a ti mismo delante del espejo, aunque esa es una empresa casi imposible. Sigo escribiendo a mano a la forma que me grabó en la cabeza mi madre. Aprendí de los dos modos, del derecho y al revés, y ahora puedo falsificar sin dificultad casi cualquier firma. Me limpiaba el orto con sus cuadernos de caligrafía. Mi madre, aún ahora que se está apagando, es capaz de leer a mayor velocidad que yo, pero regañamos cada vez que me pregunta cuántas pesetas son determinadas cantidades traducidas a Euros. “Hay que morir con las botas puestas”, le digo desempeñando ahora yo el papel de padre. Mi madre nos pegaba con la zapatilla y con la mano, con fuerza, y al principio llorábamos, pero al final nos reíamos; es como cuando yo te digo que me retuerzas la piel del brazo con todas tus fuerzas y sonrío porque me provoca un agradable cosquilleo; o como cuando cojo tus brazos y siempre te hago daño, y sabes que si intentas golpearme en defensa propia no me saldrán cardenales y te dolerá al impactar con tu mano sobre mí cuerpo, saldrás siempre perdiendo. Todo es cuestión de contener la respiración hasta casi ahogarse pero sin llegar a ahogarse, de respirar siempre hasta la última gota de oxígeno de tus pulmones. Tengo una voz extraña y serios problemas para expresarme en cualquier idioma. Pero a base de escuchar canciones lo entiendo casi todo. Y si disimulo bien podré asistir a mi propio funeral sin ser visto.

Pienso en todo ello. Voy descendiendo deprisa sobre dos ruedas por un camino estrecho y serpenteante, entre árboles. Chispea una lluvia ligera. Me gusta la lluvia. No es una escena de un sueño. Los frenos hidráulicos que he puesto me ayudan a arriesgar, porque tengo las muñecas ya algo desgastadas y doloridas por la edad, y sé que no puedo, o no debo, apretarlas tan fuerte como antes. Dos pájaros se cruzan en mi camino, pero sé, y ellos saben, que no podré alcanzarlos por mucho que corra. Recuerdo que besé a alguien dentro de un fotomatón. Su imagen se diluye a través de los segundos, pero puedo olerla y escucharla, aunque, al final del camino, cuando desciende la velocidad, desaparece, se esfuma junto a todos los demás rostros que salen del inconsciente. El recuerdo se cierra ahí con llave.

mercado2Me acuesto. Me duermo con dificultad porque al fondo retumba alguna autopista. Volamos por encima de los campos y de las azoteas. Las nubes de Madrid son grises y sucias. La gente no es como en Tokio, donde se cruzan los pasos de cebra sólo cuando lo marca el monigote verde iluminado. Los tejados aquí son rojizos, y el viento cruza, gris ceniza, desde el norte hasta bien olvidado el sur. Los mil soles siguen saliendo en tus pupilas, del este hacia el oeste, una y otra vez, y suenan mil músicas que se entremezclan en mi trayecto eterno, desde mi casa hasta la futurista estación de Sol-Vodafone, y desde allí hacia Plaza de España, y nos volvemos a encontrar, y nos volveremos a encontrar hasta que yo deje de respirar, y quién sabe hasta si un rato más allá porque apareceré como ectoplasma en tu habitación o en tus sueños. Y hace tiempo que no me recuerdas, pero yo te sigo recordando, y poco importa todo esto a nadie más que a mí. Pero el caso es que me importa, y me jode, ser así. Me gusta y me jode al mismo tiempo. Es necesario apartar un bosque enorme de palabras para poder ver tu rostro entre esta gran tienda de ambigüedades.

Estoy enganchado a tu silencio, aunque también a tu ruido, y mucho más a tus tormentas, a tus relámpagos y a tus truenos. “Todas las cosas fingidas caen como las flores marchitas”. Cicerón es muy cabrón a veces, cuando cuenta la verdad. Madrid escalofrío, Madrid tibieza, Madrid tristeza, Madrid eléctrico y rápido, Madrid demasiado alto; Madrid, me haces saltar hacia abajo para alcanzar tu inalcanzable cielo. Me gustan las bragas y las mujeres usadas.

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Gente en la conversación

  • Invitado - José Manuel Mercado Navas

    Empática y entrañable desazón, Bonifacio. Cuanto más chungo se pone nuestro mundo, más crecemos. Me gustaría que fuese de otro modo. Estaría dispuesto, incluso, a no crecer a ese precio.

    de Getafe, Madrid, Spain
lanochemasoscura