Bonifacio Singh: Madrid Sumergida

La masa cómoda

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Me niego a participar en manifestaciones con gente al lado que las llama “mani”, o “manifa”. Para asistir a cualquiera de estos acontecimientos sociales de masas deberían hacer pasar a todo el mundo un simple test: el que gane más de treinta mil Euros brutos al año no debería poder participar. Y soy muy laxo con la cifra.

“Yo no hago huelga porque tengo que trabajar para dar de comer a mis hijos”. En la masa cómoda siempre tenemos una excusa. La de más peso que esgrimimos suele ser que mantenemos a algún que otro vástago putativo, un bien que está por encima de todo el resto porque Dios lo dijo. La masa cómoda siempre se apresta a tener hijos porque el reloj biológico es algo con lo que se viene de serie al nacer. Y el que contradiga al reloj es un raro o un hijoputa, o las dos cosas. Cuando un integrante de la masa cómoda llega a la mediana edad, o sea, a la edad del no tener acceso a follar más que con su cónyuge, adopta una frase que lo transporta automáticamente a su lugar en el mundo: “a mí lo que más me gusta es estar con mis hijos”.

masa33Venimos al mundo con un impermeable puesto. La cultura cae como una lluvia dura sobre nuestros lomos. El agua cala cualquier chubasquero por muy fuerte que sea su tejido. Lo importante en realidad es la capacidad para transpirar que tenga el chubasquero, para que nuestro cuerpo consiga expulsar la humedad sobrante, la que queda mugrienta dentro del chambergo. La masa cómoda se  cala hasta los huesos y sonríe con cara de gilipollas mirando al cielo, la vida es maravillosa incluso cuando llueve a mares.

Los pupitres de las grandes empresas, de los bancos, de las redacciones de los medios de comunicación de masas, de las compañías de seguros, están llenos de masa cómoda. Por la mañana abominan de los sindicatos y su convocatoria de huelga. “Los sindicatos están obsoletos, se comportan como las doce tribus de Israel”,  afirman, y vive Dios que es cierto. Por la tarde, al salir de trabajar, acuden a la manifestación a gritar contra el sistema. Recorren un par de paradas de metro y luego vuelven satisfechos para casa; de camino intentan parar a cenar en su restaurante de sushi favorito, pero está cerrado por miedo a que les rompan el escaparate. Las wiffis de los Iphones que la masa cómoda lleva a la manifestación consiguen levantar un halo de radiación que llega hasta Plutón. Si todos twitteasen, washapeasen  o Facebookeasen a la vez el manto terrestre podría perforarse hasta las antípodas. Muchos de ellos tienen suficiente coltán en su casa como para fabricarse con él una dentadura postiza. Pero sostienen que el sistema es una mierda. “-¿Dónde hay un cajero automático?. -¿No será para quemarlo?. - No, joder, es que he salido de mi ático sin efectivo, me siento como desnudo…”.

La masa cómoda quiere cambiar el mundo, cambiar todo para que se quede como está, porque en el fondo es maravilloso el sistema piramidal de préstamos bancarios. No hay ni uno dentro de la masa cómoda que no abogue por un mundo con hipotecas baratas. Compartí pupitre durante un año con Jesús López. Era el pequeño de nueve hermanos, siempre iba vestido con un raído chándal azul marino y olía a sudor seco. Todos los días cogía uno de los balones de fútbol del colegio y  lo pateaba por encima de la valla. A la salida lo recogía y se lo llevaba nadie sabe a donde. Al acabar el curso no quedaba ni un balón en el colegio. Él no los quería para nada, pero tuvimos que dejar de jugar al fútbol. Con dos o tres mil tipos como él la masa cómoda iba a ir bien jodida por el mundo, les patearía bien el culo, serían como un ejército compuesto por varios miles de Eric Cantona sacando todos el dinero del banco al mismo tiempo. Espero que Jesús no haya muerto de sobredosis o por un disparo de la policía. Discúlpenme, quise decir putos maderos. En el Dios de la desigualdad planetaria confiamos. Queremos más gurús y menos hombres. El tercer mundo es jodidamente aburrido, allí todo el suelo es rústico, no hay parcelas edificables en las que invertir el dinero de la masa cómoda.

masa2La masa cómoda vive preocupada por no poder recargar la batería del móvil. Y si follan siempre es con amor. “He adelgazado dos kilos en un mes y luego he cogido cuatro”, dice la masa cómoda. Salieron a la calle a pedir pan y coltán, y de paso quemaron unas cuantas calorías sobrantes. La masa cómoda sabe mucho de ontología fundamental, de filosofía política, de física cuántica y de teoría de cuerdas, pero cuando les pides ayuda para arreglar un grifo que se sale te dicen: “llama a un fontanero”.

La segunda regla para identificar a la masa cómoda es el tamaño de su hipoteca. A cualquier persona que haya firmado una hipoteca superior a los cien mil Euros no debería permitírsele asistir a una manifestación. Una vez más soy muy laxo en este aspecto. Tampoco vale protestar por comprar terrenos rústicos hipotéticamente recalificables. Si eres tan estúpido como para hacerlo y no asumes el riesgo que conlleva tampoco tienes derecho luego a quejarte. El desconocimiento de la norma no permite su incumplimiento. Si eres tan idiota como para visitar la boca del lobo no pienses que luego podrás huir a llorar a tu casita construida con paja o con barro, mascachapas de la masa cómoda. El sistema capitalista está fundamentado en el riesgo y la desigualdad por encima de todo, así que si nos pilla el toro no vengamos luego con pamplinas.

Mi padre se despertaba de la siesta sobresaltado por los gritos de mi abuela, que le instaba a cortar las malas hierbas de la huerta. Aquello parecía una selva, y deslizar la guadaña resultaba bastante fatigoso. Sueño con él blandiendo la guadaña para cortar las piernas a la masa cómoda. Para cambiar el sistema tendríamos que tener muy presente que habría que renunciar a tener un cortacésped, deberíamos irremisiblemente retornar al método arcaico de segado mediante la guadaña, aunque luego dolieran los riñones. Pero no seamos ilusos, contando con la masa cómoda no hay posibilidad de dar la vuelta a la tortilla, sólo sería posible volver a cocinarla desde el principio confiando en que creciera una nueva especie de patata mutante. La masa cómoda es como un tubérculo blandurrio con el que el huevo cuaja muy mal.

En diciembre de 1930 un tendero neoyorkino acudió a una sucursal del Bank of United States a reclamar sus ahorros. No se fiaba ni un pelo de aquellos motherfuckers. Se cabreó mucho cuando los chupatintas y lacayos del banco trataron de convencerle para que no sacase el dinero con infectas excusas. Se largó de muy mala hostia, y a mediodía el muy cabrón propagó el rumor de que ese banco no tenía un chavo de sus ahorradores, que en la puta caja fuerte sólo atesoraban telarañas. Aquella tarde varios miles de personas de la masa cómoda rodearon aquella chonera financiera pidiendo que les soltaran sus cuartos. En veinticuatro horas quebró. Fue la chispa que provocó la quiebra del ochenta por ciento de los bancos yankis, que cayeron al vertedero como fichas de dominó, se disolvieron como un pedo en el agua: en el exterior sólo olió mal durante unos instantes. El sistema capitalista es pirámide con los cimientos de barro, con las vigas maestras sólo sustentadas por los delirios de grandeza de la masa cómoda, un engañabobos, nunca mejor dicho. Y la masa cómoda puede destruir y autodestruirse, es más inestable que la nitroglicerina, todos sus integrantes llevan el maletín nuclear bajo el brazo con el botón rojo a punto de ser pulsado. Miopes de nacimiento incapaces de ver más allá de su nariz.

masa2Las chicas de la masa cómoda se sienten seguras sobre sus zapatos de tacón mientras sueñan con ser madres maduras a los cuarenta, nunca es tarde para perpetuar la maldita especie. Fantasean con  practicar alguna profesión liberal y arrimarse a un supuesto gurú que se diga a si mismo de izquierdas, a ser posible soso, calvo y gordo; si el tipo atesora esas cualidades resulta poco peligroso para ellas. La basura blanca ultracatólica del medio oeste norteamericano es con creces más progresista que esta clase de masa cómoda. La basura blanca planta nabos, vive en aparcamientos de caravanas o roba los coches de la masa cómoda, que se caga en los calzones ante ellos. La masa cómoda necesita reclutar muchos lacayos policías que reciten de memoria aquello de: “yo sólo hago mi trabajo”. La masa cómoda nace con la única pretensión de trabajar por cuenta ajena, si no se sienten como los huerfanitos de Dykens. “Feliz el que, alejado de los negocios como en otro tiempo los mortales, paternos campos con sus bueyes ara sin rendir a la usura vasallaje…”, les grita Horacio, un tío no se sabe si nacido entre la basura blanca o la negra.

A ver, sí, es lo que estás pensando. tú seguramente eres parte de la masa cómoda sin saberlo, solamente lo intuyes porque eres idiota. Ponte delante de un espejo, cierra los ojos y dí tu nombre tres veces. Ábrelos de nuevo y si vomitas directamente al verte es que, por unos segundos, dejaste de pertenecer a la masa cómoda. Pero será algo efímero, sólo por unos instantes, porque el humano lleva de fábrica, otorgada por Dios, una autodefensa infalible contra el horror: el ser gilipollas.

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