Bonifacio Singh: Madrid Sumergida
  • Home
  • Noctámbulos
  • Bonifacio Singh
  • Madrid sumergida

La muerte os sienta tan mal

muerte1

El tanatorio de la M-30 es como un inmenso muro de Facebook. Pasar un ratito allí es asistir en vivo y en directo a la representación social humana más teatral. Tras la muerte de una persona, de cualquier persona, no me imagino a más de otras tres, o a lo sumo cuatro o cinco, a las que su falta provoque algún tipo de agujero interior. El resto es pura representación tragicómica, superyo al más puro estilo red social, discursos vacíos que pretenden la pena más burda o la alegría más idiotamente chisposa, cuando lo que realmente apetece es meterse en el agujero y cagarse en la reputa madre que inventó este mundo.  El tanatorio antiguamente era la droga que sustituía a Twitter o a Facebook, incluso es posible que el fatuo de Zuckerberg se inspirase en los pasillos requetecontaminados por luz fluorescente de este antro de la muerte para crear su mefistofélico invento. En esas habitaciones, en las que se exhibe a los fiambres de cuerpo presente maquillados como puertas a través de un ojo de buey, se conjugan falsos ropajes, superficialidad y ego, todo por toneladas, y buenos deseos lanzados como eructos al aire o elogios hacia quien en realidad te importa o te importó un puto carajo. Siempre me gustó observar desde la última fila sin ser visto, como en “El estudiante de Salamanca”, a toda esta fauna arrastrada inconsciente por la corriente vital. muerte2En cierto modo allí me sucede lo mismo que en las redes sociales: observo y río, pero también me asqueo y prefiero borrar de mi horizonte a todo aquel al que no quiero odiar al ver lo que realmente le gustaría llegar a ser. Los humanos se ven a sí mismos como gurús reflejados en el espejo cóncavo del callejón del gato; las gordas se ven supermodelos, los bobos listos y a algunos incluso les da por creer que todo tiene un sentido. Todavía queda una última fase en el big-bang virtual: convertir Facebook en una gigantesca esquela en la que expresar el amor eterno por los muertos, en la que escribir tus mejores frases hechas de pésame para que vean lo buenísimo que eres. Aun me pregunto por qué junto al botón “me gusta”, expresión de la máxima felicidad humana (¿hay algo más maravilloso que contar que hoy has cagao blando y que tu cuñado o tu suegra pongan “me gusta”?), no hay otro que ponga “asco”.

Cuando el payaso Miliki palmó, el coro virtual comenzó a decir cosas como “puso una sonrisa en nuestra niñez”. Facebook y Twitter ardieron, se llenaron de inmensas muestras de gratitud hacia el simpático clown amante de esas inocentes criaturas conocidas como niños, que años más tarde crecerían para ser potenciales clientes de los discos horteras que trataba de vender al gran público este señor. A la juventud siempre le ha encantado el circo por los valores tan sanos y enrollados que representa, por ese olor a caca que embelesa siempre levitando como un trapecista alrededor de la carpa circense, ese hedor provocado por los excrementos de los animales supuestamente salvajes que pueblan sus espectáculos y por los artistas que mean al lado de sus infectas autocaravanas. La gran mayoría de los que se mostraban consternados ante tal óbito payasil no había nacido cuando los payasos eran estrellas de la tele en blanco y negro, y otros ni siquiera se acuerdan de su programa. Pero todos lloraban mucho. Yo recuerdo que había una parte de aquel invento, “la aventura”, en que el cabronazo de Fofó se reía de una forma surrealista de todos los valores que representaba el orden social, el buen hacer y la laboriosidad. Luego, para rematar, cantaban algunas canciones en su mayoría bastante reaccionarias y políticamente correctas, todas con bonito mensaje subliminal (impagables “Susanita tiene un ratón” y “Así, así que yo la vi…”) muy acordes con la asquerosamente meliflua personalidad de Milikito (aunque esa es otra larga historia…). Es posible que el cabrón con patas del grupo, el ideólogo del desbarajuste gracioso, fuera Fofó, porque cuando éste murió los payasos de la tele comenzaron a perpetrar un espectáculo cada vez más denigrante en el que colocaban a trabajar a todos sus familiares, que en la mayoría de los casos no tenían ni puta gracia. Finalmente cada uno se fue por su lado y Miliki y su simpático hijo Milikito se dedicaron a exprimir la gallina de los huevos de oro de la nostalgia hasta casi estrangularla. Curiosa semblanza la de esta saga familiar con la actual de los Borbones, también tan graciosos y campechanos. muerte44La familia Aragón acabó peleándose a brazo partido por el legado y la fama cosechadas en el pasado, a hostia limpia literalmente, en un nuevo espectáculo televisivo mucho más atractivo que el que protagonizaron sus padres. “Payaso come payaso”, podrían haberlo titulado. En Facebook no suele haber peleas familiares. Todo el mundo es buenísimo allí, incluso los que se odian o se han puteado a muerte toda la vida. “Qué bonita foto, tu hijo está precioso”, pueden afirmar aunque el tierno infante sea más feo que pegar a un padre con un calcetín sudao.

En la puerta del tanatorio siempre hay dos moros gorrillas. Normalmente no doy calderilla a esta clase de salvajes empleados, los miro con cara de mala hostia y punto. Pero estos dos moros, no sé por qué, suelen tratarme como si fuera uno de sus semejantes y me dan un sitio siempre en toda la puerta. La mezquita central está a apenas cien metros. Allí reparten cus-cus barato y mochilas con explosivos. Los peculiares aparcacoches funerarios me dan conversación cuando entro y cuando salgo. Debe ser por la cara de satisfacción que llevo en los ojos cuando huyo del lugar, que es un sitio del que vivos y muertos desean marcharse lo antes posible, aunque todo Dios trate de disimularlo. Hay gente que ríe mucho en el tanatorio para amortiguar el miedo que tiene a morirse. Miedo algunos, porque el resto, esa mayoría ruidosa que fuma compulsivamente sobre las barandillas con vistas a la M-30, no piensa ni en que poseamos la vida eterna ni en que seamos un pedo en el viento, no piensan a secas. Piso el acelerador. Madrid está extrañamente frío aunque sea ya casi mitad de mayo, la noche huele a agua mezclada con ozono troposférico. Las sombras caminan con las manos en los bolsillos entre una oscuridad primaveral que ya huele a verano. Madrid es de color gris, casi negro, por mucho que lo traten de pintar de colorines. Madrid está hecho de gente con la piel dura, de animales extranjeros llegados a la fuerza desde otras latitudes, enjaulados en barcos de esclavos. Las urracas blancas y negras anidan sobre los eucaliptos importados de las antípodas. En Madrid casi siempre hace o mucho calor o mucho frío. No necesito mapas ni gepeeses para guiarme, me dejo llevar por la marea de las calles hasta casa. Pongo la radio. Ando rodando por esta ciudad desde hace ya muchos años, y sé que ella ha robado el alma y la fe de muchos hombres. Música de cañerías sobre el asfalto congelado. Pleased to meet you, Mick, pleased to meet you, Keith; hola don Pepito, hola don José….


Sol de medianoche

medianoche1

Madrid, más de tres millones de lobos con piel de cordero. Más de tres millones de islas amuralladas humanas. En Madrid no hay nadie bueno. En Madrid nadie pregunta si te ve caer al suelo. Madrid, donde “amor” y “amistad” son como los mapas antiguos, trazados con inexactitud por desconocimiento del terreno. Madrid, más de tres millones de robots corriendo arriba y abajo. Los robots pueden tocar una canción exactamente como la escuchan, sin esfuerzo, matemáticamente, sin pestañear ni sentir la fatiga, pero nunca podrán interpretarla cambiándola, ni lo más mínimo. Aprender a tocar la guitarra es como excavar un túnel con una cuchara para escapar de tu celda, y todos los días tienes que tapar el agujero con un poster de Raquel Welch para que no lo descubran los carceleros. Madrid, tres millones de burbujas aislantes de plástico. Más de tres millones de imágenes de sonrisas, de ocio, de sushi, de monumentos fotografiados en ciudades lejanas. Y, de fondo, detrás de todo, gritos, gritos que rechinan, gritos silenciosos, gritos que resuenan desde Altamira hasta el museo de arte moderno. Gritos que quieren ser escuchados y que yo puedo escuchar y posiblemente tú no, por mucho que te esfuerces o digas que puedes hacerlo tú no puedes ni podrás escucharlos.

Cada día necesito más a este bosque. Es mi bosque de asfalto. Tardé décadas en conseguir marcar mi surco. Camino por mi bosque de asfalto y siento placer. Mi selva, mi territorio. Este suelo y estás paredes son mis ríos y mis árboles. Cada día necesito más a este bosque y menos a los animales que andan sueltos por él. Caminando arriba y abajo. Caminando arriba y abajo. Caminando arriba y abajo. Intenta entenderlo, estos son mis árboles.

La tragedia del hombre moderno. Nace. Sus padres piensan, y gritan a los cuatro vientos, que su hijo es un genio, que se aburre en el colegio porque los profesores son un coñazo, porque los planes académicos son una mierda, porque sus compañeros son unos hijos de puta crueles. Resulta que la realidad es diferente, sucede que su hijo tiene cara de acelga con Asperger, y que su expresión atesora menos gracia que pegar a un progenitor con un calcetín sudao. Su hijo es un singracia, punto. Y su hijo crece y se convierte en una especie de perchero con ojos, uno de esos que todos los años, cada vez que nieva en la sierra, manda fotos por washap a sus amigos, siempre imágenes de los picos encanecidos de blanco hechas desde la ventana de su oficina, una y otra vez, como si fuera el día de la marmota, o el año de la marmota, el idiota. No les acosaban por ser listos, sino por ser orejudos o feos. Hacerles buling debería ser obligatorio, darles de hostias. La tragedia del hombre moderno: querer que sus hijos perduren cuando él no ha podido perdurar, desear con todas tus fuerzas que sus vástagos sean genios cuando en verdad son bobos sin gracia o gilipollas a secas. Muérete de una vez, hombre moderno, mujer moderna, tú también, moriros al unísono.

Un día me encontré a medio camino entre desear estar vivo y no desearlo.

medianoche66Amo, aunque amar suene a petimetre concepto cursi, los días de verano en los que en Madrid anochece a las diez y media de la noche. Son esas tardes luminosas eternas y polvorientas durante las que yo me siento verdaderamente atado a esta sucia tierra. Odio estos inviernos light en los que ya no nieva pero durante los cuales cada vez siento más el acartonamiento del reuma en las manos. Hay un grupo de gilipollas que predican un cambio de horario para adaptarlo a la referencia solar y así recortarnos una hora de ese sol de medianoche. Son esos habituales repelentes niños Vicente, esos que creen en el positivimo, en el humanismo y la relación estricta causa-efecto. La puta causalidad. La ciencia es esa mentira tan gorda en la que todos creéis. No debería hacer falta recalcar una vez más que me importa una mierda lo que le suceda al medio ambiente de vuestro planeta, sigo insistiendo en que vais a palmar, vamos a irnos al hoyo, mucho antes de que se produzca un cambio en la estúpida  mente de la especie o en en el lodo que cimenta el fondo de las charcas donde construís vuestros palafitos de lujo. Está muy bien visto que China legalice tener un segundo hijo, incluso un tercero, llegan con un pan debajo del brazo. No eres más gilipollas porque no te entrenas, eres el Messi de los gilipollas, el Cristiano Ronaldo de los mascachapas. Quieren llegar lo más pronto posible a los diez mil millones de humanos que vivan en paz y amor sobre la Tierra, porque las muchedumbres son una bendición. Paz, puto hermano Caín. Las hembras tienen que parir sin parar porque ese es su cometido metafísico dentro del universo de mierda, es vuestro ontológico invento, mujeres, así que apechugad con él, parid, parid, parid, en el quirófano o en vuestra puta casa, o en la bañera, parid, parid. Creced y multiplicaos. En el fondo todos somos un poco creyentes, por mucho que nos proclamemos ateos, esa es otra gran mentira, la de los ateos. Es necesario ser creyente. Está tan bien visto parir como el festejo del carnaval. No me gusta disfrazarme, me asquea toda esa muchedumbre intentando parecer que son felices y que se lo pasan bien. Atentaron en Bataclán pero no el carnaval, los hijos de puta descerebrados moros, cabrones. Sois tan gilipollas por no comer cerdo, moros. Iros todos a la mierda si queréis, muchachos, disfrazaros, pero no me lo contéis por washap. Irse a la mierda no es interesante si no soy yo el que emprende ese escatológico viaje hacia el inexorable destino. Cagarme en tu cara es el único sentido de toda esta historia, imagino que te habrás dado cuenta.

Es una cuestión de tiempo,
de tiempo
y desgana.
Una cuestión de tiempo,
de polvo al polvo.
Una cuestión del tiempo
que quieras perder
pensando
que tiene
sentido.

medianoche4Lo difícil en este mundo no es decir lo que ellos no quieren escuchar, decir eso es muy fácil, incluso placentero. Sí, puede que sea un poco puto hacerlo, pero se puede, sí, se puede, we can, porque el resto, los demás, al humano le importan una mierda. Lo realmente chungo es pasar esa linea divisoria para torpedear la nuestra de flotación, atravesar esa frontera hacia ese más allá inmundo de lo real y decirte a ti mismo lo que no quieres oír, tú a ti, esas vergüenzas tan de carne y hueso que tú y yo no conseguimos ocultar por mucho que vistamos nuestros genitales de farolillos hacia el exterior. Lo que no quieres escuchar, tu infierno particular, tu realismo, tu verdadero retrato hecho carne y palabra, toda esa mierda. Qué puto es decírtelo a ti mismo a la cara, ¿eh? Mientras tanto, para compensar la herida que me hago, jodo al resto un ratito cada día, les meto patadas en los huevos. Nos creemos que la vida es una cámara de fotos digital, con infinitas instantáneas  por lanzar, infinitas imágenes por captar, infinitos selfies de mierda por ejecutar, pero en realidad la vida es una película Kodak de extensión limitada  y a los demás no les gusta que les enseñes las fotos de tus vacaciones, aunque quieran disimular que sí, porque no les interesan nada de nada, ni tus selfies tampoco, se la sudan, y el carrete vas viendo que se acaba, que se acaba, que se acaba, y cuando las revelas y pasas las putas fotos al papel resulta que no te suele gustar ninguna de esas estampitas porque sales gordo y feo, porque no te ves bien, porque te imaginabas de otra manera muy distinta, no esa mierda que eres. Es mejor tirar las fotos a la basura, al contenedor y, al final, coges y te vas a hacerlas compañía tú también, al vertedero, haciendo el menor ruido posible. Vete y deja de joder, por favor.

Me resisto a dejar de ser lo que era. Exhalamos humo, pero ya sólo es vaho. Desapareces por donde has venido. Desapareces, desapareces, desapareces. Es como un caramelo de menta de esos que me gustan, va desapareciendo en mi estómago, esfumándose poco a poco, disolviéndose. Un caramelo de menta con sabor mezcla de ibuprofeno y de chorizo Joselito.

Tuvimos un amigo que vivía con una novia que padecía hipertiroidismo y anorexia. Ella lo acusaba de que compartían piso como dos compañeros, insinuando que coexistían sin roce genital, que él era un tío coñazo. Cociéndole, hay que reconocer que ella poseía cierta credibilidad en sus afirmaciones. Era evidente que necesitaba que se la intentaran follar, digo intentar porque ella no creo que en realidad lo permitiese, ni a punta de pistola ni de Prozac. Lo echó de casa con muy buenos modos, es muy educada, incluso se despidió con su sonrisa siempre falsa en la boca. Tiempo después, él la sustituyó por otra mujer, esta vez con hipotiroidismo, una hembra con unos muslos de diámetro superior, como dice el dicho madridista, a los de Chendo.

Si quieres adelgazar pésate después de cagar.

Noviembre de 2015. Gregoria tiene ochenta y ocho años. Vive en una casa de cinco habitaciones y dos baños junto a una ancha avenida madrileña, ella sola. Tiene tres hijos. Una de sus hijas es jipi, también su nieta, el retoño de ésta. Su hijo menor es de esas personas a las que aparentemente la vida les ha hecho que todo les dé igual, de esos para los que la cama es el último refugio. Por su parte, el mayor, el otro varón, es un santo angelical al que todas las amigas de su madre adoran. Bajo esa piel de cordero se esconde un hijo de puta, pero esa ya es otra historia más complicada, porque todos tenemos un hijoputa luchando por salir de dentro. Gregoria cumplió los ochenta y nueve años el 2 de enero de 2016 pero, cuatro días antes, el día de los inocentes, se fue a vivir a una residencia de ancianos. Era lo mejor para todos. Ella se había encargado de llamar putas a sus nueras previamente, para que se negasen a acogerla. Las habitaciones de la residencia son como camaretas de un campamento juvenil, donde las paredes de separación entre cuarto y cuarto no llegan hasta el techo, de esas que no logran salvar a sus ocupantes de ronquidos y pedos ajenos. Estos habitáculos están amueblados mediante una cama, un armario bajo y una mesita sin silla adyacente, y no tienen teléfono, para atender las escasas llamadas hay que tener móvil o bajar a recepción. Opcionalmente se pude colgar un crucifijo sobre la cabecera de la cama, pero no se permiten más agujeros en la pared. Allí todo el mundo tiene su andador propio, es obligatorio caminar con andador para evitar caídas y fracturas. medianoche5La tele está en un cuarto común, donde los huéspedes descansan con los cuellos retorcidos en escorzo imposible sobre sí mismo mientras babean. Nada más llegar, a Gregoria le dijeron que todos los huéspedes debían llevar pañal, tuvieran incontinencia urinaria o no. El treinta de diciembre la nieta jipi de Gregoria la llamó por teléfono para pedirle las llaves de la casa de cinco habitaciones para “ir con el novio y unos amigos” a pasar allí la fiesta de nochevieja. Gregoria se negó. Gregoria ha tenido tiempo en el pasado de llamar puta a la cara también a su nieta. Gregoria no es que sea tampoco una santa bajada del cielo. Greogria se quedó viuda hace veinticinco años. El 4 de enero una ambulancia se llevó a Gregoria al hospital de La Paz porque había tomado una de sus pastillas por duplicado sin darse cuenta, una pastilla tranquilizante. Durante dos días no pudo ponerse de pie, pero sobrevivió y siguió en la residencia. Dice que algún fin de semana volverá a su casa de cinco dormitorios. El 10 de enero Gregoria se cayó de la cama durante la noche, se la encontraron en el suelo tirada boca abajo. Pasó tres días más en el hospital, pero sobrevivió, regresó a la residencia. El 23 de enero se repitió la jugada, se tropezó en el baño y cayó contra el lavabo. La ingresaron en el hospital con un fuerte golpe en la cabeza. El 25 de enero dejó de reconocer a sus hijos. Murió el 27 de enero de 2016.

Me resisto a dejar de ser lo que era. Exhalamos humo, pero sólo es vaho. Es de noche y ya no hace frío como antes lo hacía. Inspirar a fondo para conseguir respirar hasta los tuétanos el olor del ozono de las tormentas.

Si sigues la calle de Gregoria, que está muy cerca de la mía, hay nueve Fruterías en el espacio de quinientos metros y tres tiendas de hacer manicuras de los chinos. Imagino que si te pones pesado cuando acabas de hacerte la manicura puedes hacer que te la succionen, a tu elección, un hombre o una mujer. Los chinos y las chinas, cuando cumplen la edad reglamentaria de procrear, los catorce, dejan de cumplir años y se transforman en seres sin edad definida a simple vista, todos parecen entre los dieciocho y los sesenta.  Mucha gente se creía omnipotente porque habían alquilado sus locales a bancos, ellos nunca dejarían de pagar el alquiler. Sin embargo, los hijoputas usureros se marcharon y dejaron sus instalaciones para ser ocupadas por tenderos chinos y fruteros moros. Fruterías, manicuras, peluquerías y “compro oro”, los negocios del presente en Madrid. Incluso florece ya alguna carnicería halal donde se follan a los corderos y luego los matan mirando a La Meca. En los comercios chinos pueden hacerte una felación si te pones un plasta, en las tiendas de los moros lo dudo mucho, sus mujeres imposible, con ellos tendrías más posibilidades.

Menudo viaje, menudo puto viaje....Me resisto a dejar de ser lo que era. El tiempo es limitado y eso genera urgencia. Es un viaje sólo de ida. El agua sube poco a poco y nadie va a quitar el tapón. Más se perdió en la guerra y volvieron cantando.

Mi madre se cayó en el autobús. El conductor pegó un frenazo y ella se pegó un costalazo de culo tropezando sus costillas sobre el borde de un asiento. Siempre las costillas. Sus amigas le decían que pidiera una indemnización, que jodieran al hijoputa del conductor. Los golpes en las costillas duelen al acostarte, sobretodo. Golpes en las costillas. Para dormir y sortear los dolores, el médico le recetó el bendito Diazepan, ese Dios maravilloso. Compramos una caja. Si al finalizar el tratamiento de Diazepan, si logras abandonarlo, puedes vender las pastillas sobrantes a algún yonki en el parque. Mi madre todavía toma un trocito de pastillas todas las noches, tras haber despotricado sistemáticamente a lo largo de su vida contra los hijos drogadictos de otras mujeres del barrio. Mi madre dice que los compadece, pero en realidad los desprecia. Yo lo máximo que he tomado es algunos tripis, y unos cuantos cientos de porros, quizás mil, y nunca coca, porque por suerte siempre estuvo fuera de mi alcance económico. El cuñado de un amigo mío murió de dosis letal. Se lo encontraron sentado en un sillón con el cuerpo en estado de descomposición.

Me reí de la desgracia ajena, ayer. Una vez más. Me reí de la desgracia ajena. Él me dijo una vez: “salgo a la calle para ver gente, para sentirme vivo”. Fue una nochebuena cuando me lo dijo, se quedó tan ancho. Yo, ahora, me río de su desgracia. medianoche6Durante una época pensé que sólo era un gilipollas, sólo un pobre gilipollas más como tú y como yo, pero desde hace tiempo me río de su desgracia, sin poder ni querer evitarlo. Eso a mi me hace sentirme vivo, me hace hombre, me hace vestirme por los pies, me hace respirar, me hace sentir los cojones flotando en la entrepierna, me hace tener esperanza en que habrá un mañana y que saldrá el coprófago sol allá en el horizonte. Reírme de su desgracia. Reírme de su desgracia. Reírme de cómo nació y de cómo morirá sin verse en el espejo, sin ser capaz de ello. Resulta jodidamente agradable. Parece una autocrítica, una flagelación, aunque no lo es. Pero él tiene suerte. Tiene mucha suerte, porque no es consciente de nada, sobretodo de su propia mierda. Ser gilipollas supone la mayor de las suertes, un don divino. Pero yo me consuelo con lo bien huele la desgracia ajena por la mañana o, como ahora, en mitad de la noche de Madrid, no el napalm en Danang sobre la selva, sino la desgracia ajena, la noche y la sangre de Madrid.

Madrid, eres más puta que guapa. No somos lo que comemos, somos lo que cagamos. Cretinizarse o morir, esa es la cuestión. Me tuve que sentar al ver aquel tumor en su radiografía, yo, que quería mantenerme siempre de pie sin flaquear, cediendo siempre mi asiento. Vivo en ti, Madrid, protegido del sol de la mañana debajo de tus mantas.

Humanismo en libertad

humanismo1
Humanismo es positivismo radical. Las putas máquinas para ti son lo mejor, y piensas que llegarán a conseguir que viajes a infinita velocidad, para teletransportarte y que te hagas selfies el mismo día, porque te da tiempo, delante del Partenón, de la Torre Eiffel, del campo del Rayo Vallecano, de Angkor-Bat y del Big Ben, e incluso para introducirte en agujeros de gusano para que viajes al pasado y así poder subirte a las Torres Gemelas antes de que llegue Mohamed Atta montado en su Halcón Milenario. Pero siempre es tarde. Eres muy gilipollas, un gordo estúpido más, y te vas a morir igual, afortunadamente para mi, sin que nada de eso te ocurra, imbécil, que te mueras me consuela, mira tú por donde. Humanismo es decir que todo el mundo es bueno, buenísimo, y que la salvación es posible. Humanismo eres tú enviando washaps a las nueve de la mañana con las fotos de tus vacaciones, las de tu familia, las de tu cara de hez, fotos como napalm lanzado sobre Da-Nang antes de amanecer, a un grupo de gente que apenas conoces o, lo que es peor, que sí crees conocer. Antes nos martirizaban con sus putas fotos en sesiones de tortura de las que cada uno huía como podía, inventábamos excusas peregrinas más o menos creíbles, hacíamos eso o nos emborrachábamos previamente con el alcohol gorroneado al puerco exhibidor de fotos, y mirábamos al vacío mientras nos enseñaban aquellos papeles impresos o, años más tarde, mientras nos las ponían en la pantalla de la tele o de un ordenador hasta provocarnos un colapso o un ictus. Antes no tenían piedad, pero ahora ya no se puede elegir si quieres escapar, te las imponen a la fuerza en sus grupos de washap, te las envían a traición para que no puedas rechazarlas. El teléfono pita y tú les deseas la muerte con dolor, pero ellos continúan y continúan, y nadie les dice nada para que paren, a esos hijos de puta ególatras, nadie se atreve a relatarles lo gilipollas que son, por pura pena o asco existencial. Humanismo es querer que los demás piensen que eres más feliz que una perdiz. humanismo2Humanismo es mandar fotos de tu comida o de tus pies en la playa. Humanismo es organizar regalos de “amigo invisible” entre gente a quien le importas una puta mierda, que es casi toda la gente aunque parezca lo contrario. Humanismo es Fernández Liria hablando despectivamente de Gabriel Albiac cuando él sabe perfectamente que este último tiene razón en todo si ponemos pié en tierrra y nos olvidamos de las pajas lingüísticas, si nos apartamos del análisis sobre el hombre y su ruín existencia a través de la palabrería barata. El capitalismo va ligado ontológicamente al ser humano, mírate al espejo de una puta vez, cabrón, y lo verás. Humanismo es mandar a tu madre a un asilo voluntariamente, porque es lo mejor para ella. Humanismo es levantar la prohibición de un segundo hijo a las parejas Chinas, y animarles a que follen sin condón. Humanismo es la sana mezcolanza de culturas, impuestas unas a otras por la fuerza de las armas, del dinero o de follar más sin protección. Humanismo es ir a manifestaciones contra la guerra de Siria y al terminar tomarte un vermut en el Mercado de San Miguel con los que dicen que son tus amigos pero a los que dentro de unos pocos años, o meses, no volverás a ver, esos a los que en el fondo les das más igual que una mierda. Humanismo es masturbarte pensando en la mujer/marido de tu amiga/o y luego ir cacareando que la amistad es lo mejor del mundo delante de tu amigo/a o, en su defecto, por washap. Humanismo es no ver la tele si no te da la razón en todo. Humanismo es creerte mejor que los demás por leer tres o cuatro mierdas de libros que no entiendes ni sientes. Humanismo es ir a votar al menos malo y afearme a mi la sana costumbre de no votar a nadie. Sí, me paso por los cojones tus argumentos, esos de “si no votas no tienes derecho a participar”, pedazo de imbécil. Participo lo que me sale de los cojones, si me pongo lo hago a hostias, y tienes suerte de no cruzarte conmigo si me enfado. Humanismo es decir que la libertad existe, y que la felicidad existe, y que tu padre es tu padre, y que admiras a tu padre, y que tu padre es perfecto, y que tu madre no es o no ha sido alguna vez una puta. Humanismo es correrte en un vaso, no lavarlo, echar hielo dentro de él y servirle un cubata a tu amigo, y decírle lo que has hecho cuando ya ha apurado la copa.

Eran las ocho menos diez de la mañana. Me despertaron unos golpes fuertes que retumbaban fuera de mi cabeza. Parecía que la pared se iba a derrumbar. Me puse los pantalones y me asomé a la ventana a pecho descubierto. La calle estaba semidesierta. Hacía fresco, la típica mañana del Madrid de finales de octubre de esta era nuestra en la que no existe el invierno. No veía nada, todo el estruendo procedía de la vuelta de la esquina, algún cabrón había allí detrás. Me vestí y bajé de muy mala hostia. Unos tipos gordos recolorados de faz vestidos con mono azul martilleaban contra la pared de un pequeño edificio adosado al mío. Uno de ellos hablaba castellano, al otro se le distinguía un acento ruso o algo así. Pararon la faena al verme aparecer, fantasmagórico y ojeroso. Me dirigí al primero y le pregunté qué coño hacían. Sonrió, yo no. Dejó de golpear el muro. Jocoso, me dijo que aquello no era nada ruidoso, que esperara al día siguiente, cuando vendría “la máquina” a tirar la casita. Sus afirmaciones me alarmaron.

Hicimos variadas indagaciones durante el día previo al derribo. Siempre hay que temer una cosa de estas cuando te toca cerca. Nadie sabía por qué al ayuntamiento le había dado por hacer aquello a aquel edificio enano olvidado y abandonado. Entonces me enteré de toda su historia. Aquella caseta era en la que se pesaban y se pagaban abastos por las mercancías que entraban a Madrid a principios del siglo XX. La gente acarreaba como podía lo que quería y podía vender en la sucia ciudad, y abonaba con desgana y mala leche un dinero a la ciudad por dar su autorización a la venta. La ciudad luego se gastaba ese dinero en mierdas. Unos metros más atrás, bajando la cuesta, estaba la entrada a Madrid, en el antiguo cruce entre el Paseo de la Dirección y Villaamil. Mi casa, en la que nací, me crié y moriré, está situada en la puerta de Madrid, prácticamente sobre ella.

humanismo4Tu libertad empieza donde acaba lo que yo te diga. Mata a un vegano atragantándolo con un filete, atropella a un ciclista fixero con un coche eléctrico, haz el bien común y no mires a quién, estúpido. Hazles construir una cueva muy honda a las afueras de Peenemunde, pero incluso allí te encontrará la muerte, no te molestes en fabricar misiles para defenderte, tontolaba.

Lo único cierto es que las uñas me crecen más en verano y que en invierno, algún día que otro, tengo ciática. Y que en las bodas y en los entierros veo siempre las misas caras aparentando felicidad y escucho los mismos discursos gilipollas.

¿Qué resulta más plausible o importante con el tiempo limitado que nos queda, alcanzar la velocidad de la luz o la vida eterna? Mi respuesta es clara: la vida eterna. La velocidad de la luz creo que es un invento positivista y, aunque se alcanzase, no aseguraría llegar a otro mundo habitable y perpetuar la puta especie. Sin embargo, la vida eterna nos otorgaría el tiempo necesario para conseguir abandonar el sucio planeta antes de que el sol lo achicharrase con todos dentro. Sin embargo, el ser humano todavía no está lo suficientemente evolucionado para llegar a un sentido colectivo de la especie, físicamente no ha superado el ansia individual de vivir, basta que necesite un teléfono móvil o con que tenga ganas de follar para tirar todo lo colectivo por la borda, es así de hijo de puta. Sólo con la vida eterna, que es el monolito de nuestra película 2001, podría el muy idiota comenzar a pensar en común. No, tú por mucho que digas no piensas en lo colectivo, crees que sí porque eres un pedazo de imbécil. La vida eterna no sólo permitiría viajar lejos y sin el límite que impone el tiempo, sino que castraría definitivamente a las religiones, casi terminaría con las creencias radicalmente para poner merecidamente al materialismo en el verdadero origen de las cosas. La carne del hombre es materialista, incluso la de los veganos. Pondremos huevos al sol unos cuantos días y les obligaremos a comérselos en tortilla.

Los domingos bajábamos por General Perón hasta el Bernabéu, nuestro templo pagano. Cuando terminaba el partido, retrocedíamos lo caminado y volvíamos a nuestro barrio, y nos metíamos en unos billares o nos sentábamos en un banco hasta que se hacía de noche y tocaba regresar a casa, entonces volvíamos a nuestras celdas para humanismo5que nuestros padres no echasen nuestro sucio olor en falta. Pero, antes de que cada mochuelo volviese a su olivo, recogíamos de la basura las cajas con los miles de boletos de quiniela sobrantes de cada jornada futbolística, esos que, caducados, tiraban en la tienda de las apuestas. Entonces, armados hasta los dientes con ellos, nos dirigíamos hasta la tapia del patio del colegio de curas y lanzábamos todos aquellos pequeños papeles por encima del muro, como bombas de racimo. Mezclábamos aquella masa con todo tipo de proyectiles accesorios, restos que encontrábamos en los contenedores, ya fueran botes de detergente vacíos o tubos fluorescentes fundidos y, de vez en cuando, nos llevábamos un par de almohadillas de plumas de las antiguas del estadio, las escondíamos debajo del abrigo al salir. Al llegar a nuestro campo de batalla, las rajábamos y, como un misil tierra-tierra, las encestábamos por encima de aquella pared dirigidas imaginariamente hacia la cara de aquellos hijos de puta de curas. Las almohadillas perdían todo su contenido en el aire, las plumas salían despedidas como la estela de un cohete espacial hasta que, ya casi vacías, golpeaban el suelo estruendosamente como si fuera la cabeza de algún futbolista criticado por el público tras una noche aciaga o como  el cogote de una repugnante rata arbitral (para ser árbitro de cualquier cosa hay que ser muy gilipollas) a punto de ser linchada. Soñábamos con que le atizara en la cabeza a algún cura desprevenido y se la abriera como un melón, y con que en vez de sangre saliera semen de la herida, porque ellos no bebían ni beben agua, sólo esa ambrosía del amor. Los curas de aquel colegio tenían las mismas aficiones que Jimmy Sommerville, del que se rumoreaba que después hacerle un lavado de estómago tras un desmayo que le dio (gilipollas voz de pito), le habían extraído de la cavidad gástrica litro y medio de semen recién ingerido.

humanismo6A la mañana siguiente, obsevábamos ufanos cómo el viento había cumplido su cometido, incluso a veces la lluvia también había ayudado, y el patio de los curas se encontraba lleno de papeles pegados, por todas partes, de cristales, de mierda en general, la inmundicia mundana que se merecían. Nos sentíamos satisfechos. Humanismo en libertad. Humanismo en libertad. Humanismo en puta libertad, gilipollas. Muchos de ellos, de esos asotanados serviles, afortunadamente habrán muerto, y con dolor, o pronto lo harán, imaginamos que con mucho semen endurecido en el estómago, porque hacían una muesca en el crucifijo por cada menor que violaban.

El sol se pone. Esperas ansioso al barco que te saque del sucio agujero de Porto Ercole antes de que te dé el jamacuco, pero nunca llega, ni el barco ni el perdón de tus pecados. Sudas y esperas, sudas y esperas. Tenebrismo. Al final Caravaggio estira la pata sólo, como un perro. Tiraron la caseta de abastos y pesajes, no dejaron ni un ladrillo en pie, los hijoputas. Madrid tiene miles de millones de deuda, pero da igual, ahora se plantean amurallarlo para cobrar a los coches que vengan de fuera, siempre hay que poner al otro una penitencia por existir para sentirte bien jodiendo al prójimo. Pero, tranquilos todos, pasará un poco, una mierda, un pedo de tiempo, y Madrid no se acordará de ti, ni de mi, sus descampados y sus calles están ahí para no pensar en nada, con memoria de elefante y de pez al mismo tiempo.

Haces que todo
valga la pena
bonita
aun cagando
haces que todo
valga
la pena.
Haces que todo siga rodando
aunque te pongas fea
apretando.
Meamos en su calavera
o yo lo haré
por ti
bonita
o tú lo
harás
por mi
en ausencia.
Haces que casi nada
me recuerde
el mundo
al menos por un rato
bonita
incluso a veces
antes de
ponerte
las bragas
haces que todo
por
un rato
valga la pena.

Humanismo es positivismo radical. Las putas máquinas para ti son lo mejor, y piensas que llegarán a conseguir que viajes a infinita velocidad, para teletransportarte y que te hagas selfies el mismo día delante del Partenón, de la Torre Eiffel, del campo del Rayo Vallecano, de Angkor-Bat y del Big Ben, e incluso para introducirte en agujeros de gusano para que viajes al pasado y poder subirte a las Torres Gemelas antes de que llegue Mohamed Atta. Eres muy gilipollas, un gordo estúpido más, y te vas a morir igual, afortunadamente para mi, sin que nada de eso te ocurra, que te mueras me consuela, mira tú por donde. Humanismo es decir que todo el mundo es bueno, buenísimo, y que la salvación es posible. Humanismo eres tú enviando washaps a las nueve de la mañana con las fotos de tus vacaciones, las de tu familia, las de tu cara de hez, fotos como napalm lanzado sobre Da-Nang antes de amanecer, a un grupo de gente que apenas conoces o, lo que es peor, que sí. Antes nos martirizaban con sus putas fotos en sesiones de tortura de las que uno huía como podía, inventábamos excusas peregrinas más o menos creíbles, eso o nos emborrachábamos previamente con el alcohol del puerco exhibidor de fotos y mirábamos al vacío mientras nos enseñaban aquellos papeles impresos o, años más tarde, nos las ponían en la pantalla de la tele o de un ordenador hasta provocarnos un colapso o un ictus. Ahora ya no se puede elegir, te las imponen a la fuerza en sus grupos de washap, te las envían a traición para que no puedas rechazarlas. El teléfono pita y tú les deseas la muerte con dolor, pero ellos continúan y continúan, y nadie les dice nada para que paren, a esos hijos de puta ególatras, nadie se atreve a relatarles los gilipollas que son. Humanismo es querer que los demás piensen que eres más feliz que una perdiz. Humanismo es mandar fotos de tu comida o de tus pies en la playa. Humanismo es organizar regalos de “amigo invisible” entre gente a quien le importas una puta mierda, que es casi toda la gente aunque parezca lo contrario. Humanismo es Ferández Liria hablando despectivamente de Gabriel Albiac cuando él sabe perfectamente que este último tiene razón en todo si ponemos pié en tierrra, si nos apartamos de los análisis del hombre a través del lenguaje. El capitalismo va ligado ontológicamente al hombre, mírate al espejo de una puta vez, cabrón, y lo verás. Humanismo es mandar a tu madre a un asilo voluntariamente, porque es lo mejor para ella. Humanismo es levantar la prohibición de un segundo hijo a las parejas Chinas, y animarles a que follen sin condón. Humanismo es la mezcolanza de culturas impuestas unas a otras por la fuerza de las armas o del dinero. Humanismo es ir a manifestaciones contra la guerra de Siria y al terminar tomarte un vermut en el Mercado de San Miguel con los que dicen que son tus amigos pero a los que dentro de unos pocos años, o meses, no volverás a ver. Humanismo es masturbarte pensando en la mujer/marido de tu amiga/o y luego ir cacareando que la amistad es lo mejor del mundo. Humanismo es no ver la tele si no te da la razón en todo. Humanismo es creerte mejor que los demás por leer tres o cuatro mierdas de libros que no entiendes ni sientes. Humanismo es ir a votar al menos malo y afearme a mi la costumbre de no votar a nadie. Sí, me paso por los cojones tus argumentos, esos de “si no votas no tienes derecho a participar”, pedazo de imbécil. Participo lo que me sale de los cojones y tienes suerte de no cruzarte conmigo si me enfado. Humanismo es decir que la libertad existe, y que la felicidad existe, y que tu padre es tu padre, y que admiras a tu padre, y que tu padre es perfecto, y que tu madre no es o ha sido alguna vez una puta. Humanismo es correrte en un vaso, no lavarlo, echar hielo en él y servirle un cubata a tu amigo, y decírselo cuando ha apurado la copa.

 

Eran las ocho menos diez de la mañana. Me despertaron unos golpes fuertes que retumbaban fuera de mi cabeza. Parecía que la pared se iba a derrumbar. Me puse los pantalones y me asomé a la ventana a pecho descubierto. La calle estaba semidesierta. Hacía fresco, la típica mañana del Madrid de finales de octubre de esta era nuestra en la que no existe el invierno. No veía nada, todo el estruendo procedía de la vuelta de la esquina, algún cabrón había allí detrás. Me vestí y bajé de muy mala hostia. Unos tipos gordos recolorados de faz vestidos con mono azul martilleaban contra la pared de un pequeño edificio adosado al mío. Uno de ellos hablaba castellano, al otro se le distinguía un acento ruso o algo así. Pararon la faena al verme aparecer, fantasmagórico y ojeroso. Me dirigí al primero y le pregunté qué coño hacían. Sonrió, yo no. Dejó de golpear el muro. Jocoso, me dijo que aquello no era nada ruidoso, que esperara al día siguiente, cuando vendría “la máquina” a tirar la casita. Sus afirmaciones me alarmaron.

 

Hicimos variadas indagaciones durante el día previo al derribo. Siempre hay que temer una cosa de estas cuando te toca cerca. Nadie sabía por qué al ayuntamiento le había dado por hacer aquello a aquel edificio enano olvidado y abandonado. Entonces me enteré de toda su historia. Aquella caseta era en la que se pesaban y se pagaban abastos por las mercancías que entraban a Madrid a principios del siglo XX. La gente acarreaba como podía lo que quería vender en la sucia ciudad y abonaba con desgana un dinero a la ciudad por dar su autorización a la venta. Unos metros más atrás, bajando la cuesta, estaba la entrada a Madrid, en el antiguo cruce entre el Paseo de la Dirección y Villamil. Mi casa, en la que nací me crié y moriré, está situada en la puerta de Madrid.

 

Tu libertad empieza donde acaba lo que yo te diga. Mata a un vegano atragantándolo con un filete, atropella a un fixero con un coche eléctrico, haz el bien común y no mires a quién, estúpido. Hazles construir una cueva muy honda a las afueras de Peenemunde, pero incluso allí te encontrará la muerte, no te molestes en fabricar misiles para defenderte, tontolaba.

 

Lo único cierto es que las uñas me crecen más en verano y que en invierno, algún día que otro, tengo ciática. Y que en las bodas y en los entierros veo siempre las misas caras aparentando felicidad y escucho los mismos discursos gilipollas.

 

¿Qué resulta más plausible o importante con el tiempo limitado que nos queda, alcanzar la velocidad de la luz o la vida eterna? Mi respuesta es clara: la vida eterna. La velocidad de la luz creo que es un invento positivista y, aunque se alcanzase, no aseguraría llegar a otro mundo habitable y perpetuar la puta especie. Sin embargo, la vida eterna nos otorgaría el tiempo necesario para conseguir abandonar el sucio planeta antes de que el sol lo achicharrase con todos dentro. Sin embargo, el ser humano todavía no está lo suficientemente evolucionado para llegar a un sentido colectivo de la especie, físicamente no ha superado el ansia individual de vivir, basta que necesite un teléfono móvil o con que tenga ganas de follar para tirar todo lo colectivo por la borda, es así de hijo de puta. Sólo con la vida eterna, que es el monolito de nuestra película 2001, podría el muy idiota comenzar a pensar en común. No, tú por mucho que digas no piensas en lo colectivo, crees que sí porque eres un pedazo de imbécil. La vida eterna no sólo permitiría viajar lejos y sin el límite que impone el tiempo, sino que castraría definitivamente a las religiones, casi terminaría con las creencias radicalmente para poner merecidamente al materialismo en el verdadero origen de las cosas. La carne del hombre es materialista, incluso la de los veganos. Pondremos huevos al sol unos cuantos días y les obligaremos a comérselos en tortilla.

 

Los domingos bajábamos por General Perón hasta el Bernabéu, nuestro templo pagano. Cuando terminaba el partido, retrocedíamos lo caminado y volvíamos a nuestro barrio, y nos metíamos en unos billares o nos sentábamos en un banco hasta que se hacía de noche y tocaba regresar a casa, cuando volvíamos a nuestras celdas para que nuestros padres no echasen nuestro sucio olor en falta. Pero, antes de que cada mochuelo volviese a su olivo, recogíamos de la basura las cajas con los miles de boletos de quiniela sobrantes de cada jornada futbolística, los que caducados tiraban en la tienda de las apuestas. Entonces nos dirigíamos hasta la tapia del patio del colegio de curas y lanzábamos todos aquellos pequeños papeles por encima del muro. Mezclábamos aquella masa con todo tipo de proyectiles accesorios, restos que encontrábamos en los contenedores, ya fueran botes de detergente vacíos o tubos fluorescentes fundidos y, de vez en cuando, nos llevábamos un par de almohadillas de plumas de las antiguas del estadio, las escondíamos debajo d el abrigo. Al llegar a nuestro campo de batalla las rajábamos y, como un misil tierra-tierra, las encestábamos por encima de aquella pared dirigidas hacia la cara de aquellos hijos de puta de curas. Las almohadillas perdían todo su contenido en el aire, las plumas salían despedidas como la estela de un cohete espacial hasta que, ya casi vacías, golpeaban el suelo estruendosamente como si fuera la cabeza de algún futbolista criticado por el público tras una noche aciaga o por una repugnante rata arbitral (para ser árbitro de cualquier cosa hay que ser muy gilipollas) a punto de ser linchada. Soñábamos con que le atizara en la cabeza a algún cura y se la abriera como un melón, y con que en vez de sangre saliera semen de la herida, porque ellos no bebían ni beben agua, sólo esa ambrosía del amor. Los curas de aquel colegio tenían las mismas aficiones que Jimmy Sommerville, del que se rumoreaba que después hacerle un lavado de estómago tras un desmayo que le dio, le habían extraído de la cavidad gástrica litro y medio de semen recién ingerido.

 

A la mañana siguiente, el viento había cumplido su cometido, incluso a veces la lluvia también había ayudado, y el patio de los curas se encontraba lleno de papeles pegados, por todas partes, de cristales, de mierda en general. Nos sentíamos satisfechos. Humanismo en libertad. Humanismo en libertad. Humanismo en puta libertad, gilipollas. Muchos de ellos, afortunadamente, habrán muerto, o pronto lo harán, con mucho semen endurecido en el estómago, hacían una muesca en el crucifijo por cada menor que violaban.

 

El sol se pone. Esperas el barco que te saque de Porto Ercole antes de que te dé el jamacuco, pero no llega nunca, ni tampoco el perdón de tus pecados. Sudas y esperas, sudas y esperas. Tenebrismo. Al final a Caravaggio le da el jamacuco y estira la pata. Tiraron la caseta de abastos y pesajes, no dejaron ni un ladrillo en pie. Madrid tiene miles de millones de deuda, pero da igual, ahora se plantean amurallarlo para cobrar a los coches que vengan de fuera, siempre hay que poner al otro una penitencia por existir para sentirte bien jodiendo. Pero, tranquilos todos, pasará un poco, una mierda de tiempo, y Madrid no se acordará de ti, ni de mi, sus descampados y sus calles están ahí para no pensar en nada, con memoria de elefante y de pez a la vez.

 

Haces que todo

valga la pena

bonita

aun cagando

haces que todo

valga

la pena.

Haces que todo siga rodando

aunque te pongas fea

apretando.

Meamos en su calavera

o yo lo haré

por ti

bonita

o tú lo

harás

por mi

en ausencia.

Haces que casi nada

me recuerde

el mundo

al menos por un rato

bonita

incluso a veces

antes de

ponerte

las bragas

haces que todo

por

un rato

valga la pena.


lanochemasoscura