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La Gran Belleza

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Mi relación con Italia ha sido siempre algo ambivalente. Bruneleschi, Masazio y Paolo Ucello me despertaron la curiosidad, también lo hicieron esa maldad congénita de los Medicis y sus salvajes condotieros. Son personajes algo extraños e individualistas, de los que sirven siempre al mejor postor. Pero la visión de una alemana afeitándose las axilas y el pubis en la fuente del “Hospital de los inocentes” (verídica visión, no onírica) cambió radicalmente para mi esa romántica manera de ver la vida italiana. Esa punky destruyó de un golpe de Gilette en su potorro la visión magistral que yo me había fabricado de Bruneleschi. Mi admiración por Masazio nunca ha cambiado desde que descubrí la Brancazi, sus personajes caminando a contracorriente de derecha a izquierda, esas escenas que salen de la piel misma. Italia me pareció un decorado de cartón piedra, un lugar en el que Santiago Bernabéu hubiese afirmado sin duda aquello de “Italia es muy bella, si no fuera porque está llena de italianos”. Mientras paseaba por el país de la bota me daba la impresión de que todo tenía un precio, casi siempre muy alto, y que el decorado de cartón piedra y vaciado por los propios italianos hasta el tuétano de su historia sólo era una excusa para exprimirme. Me pareció que ya no quedaba nada de ese encanto original que yo había, estúpido como casi siempre, imaginado.

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