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Carmina y amén

Los primeros planos de “Carmina y amén” deberían subtitularse. Me recordaron a los minutos iniciales de “La vendedora de rosas”, en los que las palabras se convertían más en un exabrupto reflejo de la violencia vital que en un medio de expresión oral precisa. En el cine, las matemáticas para mi no mandan mucho y, por tanto, las palabras alcanzan sólo el lugar que deberían ocupar, el de meros cuantificadores de la realidad que las traspasa, simples instrumentos complementarios de la imagen y el fuera de plano. Cuando el significado personal y el sentimiento del espectador toman el mando, el cine alcanza el cielo. El espectador manda en “Carmina y amén”. La jerga y el acento andaluz cerrado de los amigos y familiares de Paco León provocan que sea necesario un esfuerzo intelectual considerable para entender sus palabras pero, a través de ello, fuerzan a la imaginación a traspasar la frontera del escenario de la historia. El texto es un poco lo de menos en este caso, es un mero pretexto para pintar un cuadro caravaggiano. Tenebrismo andaluz, claroscurismo con sabor a calle. El Porto Hércole donde Carmina se inventa el camino hacia los últimos días de su vida, saltándose a la torera las líneas de guión que quiere y las convenciones sociales que hagan falta. Porque sí.

carmina2He de confesar que la primera de estas películas de Paco León la quité cuando comencé a verla en la tele. El tío me cae simpático aunque no haya apenas visto ninguno de sus trabajos televisivos. No soy fan del Luisma, ni de “Homo zapping”. Pero la tele no es el cine. El cine requiere estrujarse un poco el cerebro, sin ello, sin ese ejercicio de músculo gris, las cosas no valen la pena, por eso amo el cine, con sus butacas y su “pagar por ver”, aunque seamos pobres tenemos que cumplir con el rito, por cosas así vale la pena hacerlo. Sentarme apoquinando pasta previamente provoca en mí un efecto mágico. Carmina Barrios, tiene esa magia, es simplemente Carmina Barrios, es sencillamente genial, fumando y vomitando sangre, con sus ojos de sapo, sus michelines y volándosele la blusa mientras monta en moto. Huele a autenticidad, a cicatrices de las que duelen, de esas que para sobrevivirlas nos las tenemos que tomar a risa. No hace falta mucho mimbre para hacer gracia, con la supuesta cotidianeidad es suficiente, no son necesarios asteroides estrellándose sobre la tierra ni bombas atómicas, ni millones de dólares ni de Euros. La risa ni se compra ni se vende cuando se sazona con auténtico sabor amargo. Con muy poco les es suficiente a Paco León y a su madre para lograrla, tocados como están por la mano de los dioses ateos de la carne y del hueso.

Un grupo de ancianos asiste a un velatorio y sueltan la frase: “se está muriendo gente que no se ha muerto nunca”. A uno de los actores, traspasando la barrera de la cuarta pared, se le escapa la risa. Y Paco León no lo corta. Se descojonan todos, detrás y delante de la cámara, porque esta película es la vida, cine dentro del cine o vida dentro de la vida, como ustedes gusten llamarlo. Cuando la mierda nos llega hasta el cuello perpetramos los mejores actos de nuestras existencias, e incluso cuando mentimos decimos la verdad. Salve, Carmina Barrios, Carmina Burana, Carmina y… amén.

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