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La sal de la tierra

Hace ya bastantes años que soy fan declarado de Sebastiao Salgado, aunque eso de “ser fan” suene a gilipollas. Sí, puede que yo sea un gilipollas, muy posiblemente, soy un humano más con ganas de perseverar y permanecer. Pero en sus imágenes percibo algo magnético, sus personajes más que impresos sobre papel parecen de mármol, como el propio rostro del autor. Aparte de sus fotografías de garimpeiros, considero que Salgado es bastante desconocido en este puto país en el que vivo. Hay unos cuantos esnobs que admiran sus estampitas, que las cuelgan de sus paredes enmarcadas bajo metracrilatos a cambio de sentirse algo guays. Fotografía sin sentido ni camino, decorativa. Sus obras son para el público como un catálogo de vestidos de boda o de Ikea, cuando en realidad abordan sin tapujos la esencia del hombre miserable de carne y hueso. Sus fotografías son, en el fondo, como cuadros de Caravaggio, retratan a esa especie salvaje que es el hombre en medio del medio sobre el que, privado del instinto, le ha tocado sobrevivir. El ser humano, ese depredador insaciable que él describe como “la sal de la tierra”. Pero no os engañéis, esa “sal” no expresa solamente al sagrado condimento que da sabor, se refiere al mismo tiempo esa sustancia que aplicada sobre la superficie del planeta lo corroe todo y lo destruye. El hombre es el yin y el yan de la Tierra, su fruto aparentemente más preciado, su hijo más querido, pero separado absolutamente de su origen, del coño de la madre que late incandescente e inmutable bajo una dura corteza. Con el nacimiento del sentimiento individual, con esa plasticidad cerebral que da vida y sustrae el ancla del instinto, los pies del hombre despegan del suelo, hacen que se crea ominipotente, divino, y lo distancian de su destino cegándolo mediante el ansia de vivir. Salgado es puro Nietzsche.

Win Wenders me provoca un sentimiento ambivalente. Me fascina ese Harry Dean Stanton huyendo de todo lo que quiere por el desierto. Empatizo con esos ángeles sobre el frío Berlín y me siento como Bruno Ganz esperando angustiado a ese amigo americano. Pero muchas veces ese “quietismo”, esa inmovilidad del encuadre de Wenders, llega a empalagarme y aburrirme. Sin embargo, retratando a Salgado, este controvertido autor ha dado con la horma de su zapato. En “La sal de la tierra” su voz me mece asemejándose al mejor Herzog, ese que me hipnotiza con sus descripciones.

salgado2Salgado me regala una descripción de su descenso del todo a la nada. Me explica su vida a través de sus imágenes mientras bucea en la captación de la mísera grandiosidad de sus personajes. Salgado es la empatía hacia el prójimo, el gusto por su carne que es reflejo de su alma. Me produce calma y fascinación. Es el poeta supremo de la soledad humana, el observador con rayos-x en los ojos de lo que somos y de nuestra mirada hacia la infinita nada.

Seis mil millones de humanos tienen sólo una cosa en común: su origen terráqueo. Tras la separación de la especie Salgado busca el origen de la carne y la consciencia en la propia naturaleza. Su Biblia particular retorna a los cimientos, a las médulas de la creación. La tierra pura hierve en la lava, en el hielo, en el viento, en las montañas, y envuelve al creador hacia el eterno retorno, hacia la reconciliación con su región, con su país, con su mundo. Somos obra de esta esfera de agua, fuego, aire y tierra, y no nos libraremos de ella por mucho que nos lo propongamos. De ella vinimos y hacia ella vamos.

La carne se pudre, no sé si vosotros ya os habéis dado cuenta, a unos más tarde que a otros, pero siempre se pudre. Todo se disuelve entre el viento de este planeta que han poblado millones de seres que apenas han dejado huella individual. Somos ellos aunque no lo queramos creer o aunque no lo podamos ver. Todos somos como ese niño que Salgado retrata recorriendo el desierto con un perro armado sólo con un palo y una camisa raída, aunque la tentación sea sacrificarlo todo en busca de la inmortalidad. El hombre como sal y Dios de la tierra.


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