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71

La guerra ha sido tan representada en el cine que, es cierto, ya resulta un poco coñazo. Si además una película trata sobre el sempiterno conflicto enquistado en el Ulster, ese que enfrenta a los mascachapas lealistas británicos contra los siempre pintados como pobrecitos y sin embargo rancios terroristas católicos del IRA, entonces apaga y vámonos. Entiendo perfectamente la postura de mi acompañante habitual, que se opuso frontalmente a entrar a la sala donde ponían “71”. Finalmente, alentado por las críticas favorables y por mi espíritu dictatorial vencí su resistencia.

He de decir que en el pasado no soporté peliculitas de “buenos y malos”, moñerías típicas como “En el nombre del padre” (monumento una vez más a la egolatría de Danny Day Lewis) u odas a la santidad de los católicos irlandeses como “Domingo sangriento”. Al comienzo parecía que “71”iba a ser “más de lo mismo”, además aderezado con unas escenas estilo “Rambo III”, llenas de ese espíritu castrense trufado de ese típico honor, camaradería y fuerza que tanto aborrezco. Por suerte, la cosa cambia rápidamente. El grupo de mozalbetes bien afeitados vestidos de caqui se encuentra con la cruda realidad: hostias por doquier por los cuatro costados y verdadero paisaje bélico, guerra urbana sucia. Y no precisamente en un territorio donde las lindes entre buenos y malos se distinguen con claridad. La guerra en el Ulster es en realidad un único monstruo con varias cabezas, incontrolable, un terreno más parecido al far west que a un campo de batalla al uso. No hay allí ni santos ni demonios, sólo hijos de puta tratando de sobrevivir en medio del caos irracional.

712Aunque esta road movie de huída se me hizo pesada en algunos momentos, quizá por la insensibilización que sufrimos ante el dolor humano visto en una pantalla, “71” tiene ratos hasta de buen ritmo, y algunos personajes bien esculpidos por la metralla y la humedad del lugar. Durante la noche, desde las partes altas de Belfast, puede observarse cómo los paisajes oscuros son arrasados por el fuego y escucharse la banda sonora de esta ciudad maltratada, su música de explosiones y tiros, una sinfonía sin final con unos músicos empeñados en alcanzar cada cual la nota más alta.

Tras la peripecia existencial al límite, para el soldado no termina una batalla, sino la noche de los muertos vivientes. Ha visto el horror y retorna hacia el sol. Se da cuenta de que lo importante es el día a día y de que el tiempo perdido no se recupera, que hay que aprovecharlo y exprimirlo con los tuyos, a toda costa y sin perder un minuto. Nunca se sabe se sabe cuántas veces se verá el amanecer a lo lejos, ni si al día siguiente desaparecerá por sorpresa su luz.

Pero lo más destacable de la película se desarrolla al observar cuando, en el preciso instante de la muerte, hasta el pistolero más avezado mira al enemigo como si fuera uno de los suyos, como si en su viaje dando vueltas alrededor del sol la persona a la que estaba enfrentado no fuera más que un compañero, una sombra humana a la que aferrarse en ese instante final que es la enorme soledad hacia la nada. Esa mirada de hombre a hombre en la que, ante el agujero infinito del fin de la existencia, los oponentes se diluyen y pasan a ser semejantes. “71” afortunadamente no sólo hablaba del Ulster.


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