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Zimbabwe

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Es domingo. Inusitado el encuentro con hombres en monos trabajando con alegría y celebrando una caída. Sudáfrica alberga una de las comunidades más numerosas de ciudadanos de la antigua Rhodesia. En los años 80, primero llegaron zimbabwenses de origen europeo, huyendo de la declaración de independencia y el primer gobierno nativo. La entrada del siglo XX forzó a miles de zimbabwenses a cruzar la frontera del vecino país sudafricano, buscando trabajo para alimentar a las familias dejadas en su tierra. Por las calles del país sudafricano es fácil toparse con ciudadanos del país vecino. Más de dos millones residen y trabajan aquí. Este domingo, un acto militar a unido a todos ellos en la fiesta de la esperanza. Volver a tener una posibilidad de construir una vida digna en las tierras de sus ancestros.  Nos llegan imágenes de hombres y mujeres de todas las generaciones en las calles de Harare, capital de Zimbabwe, alzando sus brazos en agradecimiento al acto militar que ha desembocado en la caída de uno de los líderes africanos más longevos en el poder. Robert Mugabe. Agradecen su salvación a los militares. Los mismos que han saqueado las cuentas bancarias y las tierras de este país, y que, sólo tres meses antes, infligían sin resquemor represiones violentas a los que osaban levantarse contra el régimen.

Mugabe se va. No por la puerta principal sino por la puerta de atrás. La ambición de un hombre de los tiempos de la descolonización ha errado en su estrategia de salida. Aquella que le permitiese mantener los honores y las riquezas atesoradas durante los 37 años de reinado dentro del partido que le catapultó como héroe nacional, el ZANU-PF. El mismo partido que lo encumbró presidente de gobierno y le permitió aparecer con feroces colmillos dictatoriales con los que atemorizar a su pueblo.

La esperanza es un estado de ánimo que nos controla, a veces, y no nos deja ver con claridad lo que estamos presenciando. Mugabe es un viejo de 93 años. El cansancio y el hastío, acompañado con un ego que ha escalado exponencialmente con la ayuda de un grupo de aduladores que se han beneficiado de estar cerca del líder, han podido con el líder del movimiento de liberación zimbabwense. Su mujer y una facción dentro zimbabwe2del partido conocidos como los G40, número relativo a la edad de sus miembros a pesar de que algunas de sus estrellas andan por la cincuentena, han forzado la maquina en el tiempo y lugar inapropiado.

Zimbabwe ha sucumbido a un golpe de facción partidista. El camino de la sucesión de líderes longevos de partidos únicos es siempre difícil, sin la presencia de brillantes estrategas del complot y de las alianzas. Imprescindibles para triunfar. Siempre hay una facción que pierde y una facción que vence en estos procesos. Pero siempre pierde el pueblo al que someten a una vida mísera y violenta. El partido sobrevive y el régimen se perpetua si sus facciones juegan bien sus cartas. Una generación de jóvenes, que han conseguido ganarse la simpatía y el apoyo incondicional de la primera dama, Grace, ha estado jugando en contra de la antigua oligarquía militar, veteranos de la guerra de independencia que lucharon junto y por Robert Mugabe. El botín, un país que fue la envidia y modelo económico del continente hasta que una expropiación de tierras forzosas llevó al país a una deterioración y devastación financiera y económica. Sus gobernantes, y el partido que los sustenta, han saqueado la riqueza del granero de África, como era conocido el país en los tiempos dorados de su economía.

La miseria a la que han sido condenados los ciudadanos de este país fue contagiosa. Mugabe se convirtió en la sombra oscura de lo que fue. Su familia en avariciosos, caprichosos personajes que han dado cancha a todo tipo de noticias de color negro. Lujo, sexo y muerte. Los hijos y la mujer de Bob son temidos por sus excesos en hoteles, restaurantes, y tiendas en los países vecinos. En el último viaje de Grace a Sudáfrica, la primera dama de Zimbabwe tuvo que ser rescatada y protegida con su inmunidad diplomática para no tener que hacer frente a los jueces sudafricanos tras la denuncia de agresión de una modelo que se encontraba en la habitación de hotel de su hijo. La chica acabó en el hospital tras un breve encuentro con Grace y sus guardaespaldas.

Excesos de la familia del hombre que fue amado por sus conciudadanos y acabó convertido en la causa de todas las agonías de su pueblo. El mismo que hoy celebra con júbilo su caída con la esperanza de una futura vida mejor. La maquinaria de propaganda funciona bien. Pero la realidad puede ser otra. En los procesos de sucesión de líderes africanos en regímenes de partido único, una salida pacífica y silenciosa es una anomalía. Estos últimos años hemos visto caer a Gadafi, a Dos Santos y ahora a Mugabe. Héroes de la descolonización africana que han salido por la puerta de atrás. Perdiendo, unos la vida, otros todos los honores y riquezas atesoradas durante años de expolio nacional. Es el cambio de era. Los longevos gobernantes que se resisten a renunciar al poder son forzados a abandonarlo por facciones que luchan en guerras internas de partido. Mientras que los regímenes autoritarios que han sustentado a esos líderes en el poder, apoyándose en facciones ganadoras dentro del partido, perpetúan su sistemas de gobierno en sus países. Está vez, Mugabe ha errado en la elección del caballo ganador.

El movimiento de jaque que ejecutó con la sustitución del vicepresidente Emmerson Mnangagwa por un joven de la facción de los G40, fue rentabilizado por la facción de los barones veteranos del partido para asestar un jaque mate a Mugabe. Mnangagwa levanto el puño del ejercito. El golpe de efecto, movilizando al ejercito por las calles de la capital, la detención dezimbabwe3 varios ministros de la facción del G40, así como la invitación al presidente y su mujer a no abandonar su palacete presidencial, ha sido suficiente para hacer entender al viejo veterano que su reino ha terminado y es el momento de volver a las barracas.

Todo ello ha sido posible con cierta tranquilidad social gracias al apoyo de los partidos de la oposición y asociaciones civiles. Las manifestaciones ciudadanas han sido animadas por los partidos en la oposición y activistas sociales que han respaldado este golpe de facción del partido ZANU-PF. ¿Cómo?. Los partidos de la oposición fueron cooptados por el régimen tras la aplicación de la estrategia política diseñada por el Mugabe de 2007. Su inclusión en el Gobierno fue un acto brillante del gran estratega de partido, Bob, para paliar su efecto en la movilización social, y en el rechazo del régimen por los países vecinos.

Las artimañas políticas de Bob han cimentado el camino por el que los militares han llegado al patíbulo de su ejecución política, sin oposición y crítica alguna. Victoria. El líder de los insurrectos, Mnangagwa, ha estado al lado de Bob desde los años de la independencia de Zimbabwe, en abril de 1980. Y allí se quedó hasta el día de hoy, siempre a la sombra del gran estratega. Temido por el grupo étnico Ndebele. Director de orquesta de la masacre de esa comunidad en los primeros años del gobierno de Mugabe. Viejo veterano de guerra de la independencia que comparte con Mugabe la misma urticaria por los sistemas democráticos, donde es necesario ejercitar la transparencia y rendir cuentas a los electores, los jueces, y los legisladores. Un hombre de continuidad que ha asestado un golpe de efecto para perpetuar el poder del partido y sus vasallos en el país. Ese mismo hombre, hoy es la esperanza de Zimbabwe.


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