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Sacrosanta administración

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Aviso a navegantes: en cualquier momento puede ser secuestrado por especímenes reconocibles por doquier, quizás uno de ellos se encuentra justo a tu derecha, izquierda, o encima de ti. Mira con cautela porque el próximo secuestrado puedes ser tú. Un visado era mi meta pero me topé con un funcionario de inmigración.

La llegada del día de su tramitación lo había estado posponiendo porque sabía muy bien a lo que debía enfrentarme. La fraternidad y hospitalidad sudafricana es una entelequia, y la brutalidad está impresa en negro sobre blanco. Nada es fácil en este país, y eso hace mella en los caracteres de los especímenes que residen al sur del continente africano.

La oficina de inmigración está controlada por algunos de esos especímenes. Esta vez han tomado la forma de mujeres, jóvenes algunas viejas otras, dispuestas como muñecas rusas al otro lado de un mostrador. Por inercia, la que mensualmente alimenta sus cuentas corrientes, se mueven de derecha a izquierda, hacia delante hacia atrás, deslizándose sin rudos movimientos, como si visualizáramos una secuencia a cámara lenta. Cada acto de estas muñecas rusas es único.

Muy diferente es el ritmo de los que llegamos al otro lado del mostrador, locomotoras a marcha forzadas por llegar a la meta de la carrera de salto de obstáculos, nuestro permiso de residencia. Bultos humanos a la huida para conseguir tocar con nuestras puntas de los dedos el preciado sello.

Somos muchos y estamos unidos. El calor humano está integrado en cada una de las partículas del aire secuestrado en la sala de espera de tramitación de visados. Africanos de todas partes del sur del continente reunidos, día tras día, en un mismo cuarto, a sabiendas de que allí uno llega para dejar pasar las horas. Conocida la hora de entrada, un misterio la hora de salida. Una sala de historias que contar y rebeldía que compartir. La impotencia une y nos hace iguales frente a la brutalidad de los funcionarios de la administración, que siguen ahí, sólo debes levantar la vista y divisarlas deslizándose a cámara lenta de izquierda a derecha, adelante, atrás. Son reconocibles sus voces pero se pierden en el espacio infinito de la sala de espera.

Inmigración es un laberinto de acertijos. A quién se dirigen. A ti, a mí, a él, a ella. Qué me tocará hoy, ensaladilla rusa, o tortilla francesa. La boca de mi muñeca gesticula mientras la miro y de ella salen sonidos transformados en palabras, a veces con sentido y muchas otras sin sentido para mi. A dónde se dirigen esa sucesión de palabras, cuál es el objetivo del disparo de verborrea, yo o el de mi izquierda. Un acertijo. Alzo mi brazo, alzo mi voz, me excuso, una y otra vez, pero nada de nada, está bien entrenada para evitar mi mirada, la de los del otro lado del mostrador.

¡No! es la palabra exclamada que más resuena en la sala. Por favor…le sigue los talones. Alguien se acerca por mi espalda, presiento una materia que ha cruzado mi espacio orbital. Qué es, quién es. La muñeca rebuzna que me quite de ahí, que desaloje los alrededores de su mostrador. La muñeca rusa al ver que estoy en estado catatónico y no me muevo un milímetro llama al guardia de seguridad.

-Aquí no se puede estar, siéntese hasta que llegue su turno.
-Pero no hay sitio dónde sentarse, está todo ocupado.
-Le he dicho que en esta zona no se puede estar, muévase.

Los otros han aterrizado en la sala, hora de partir. Ellos son los elegidos. Los reconoces por la calma en que aterrizan en inmigración. No tienen prisa, sus caras no empáticas observan con desidia a los que nos arrastramos como gusanos por los corredores de inmigración. Nos desprecian. No entienden que nos humillemos tirando horas y horas en los alrededores de los mostradores, suplicando por dos minutos de atención a las muñecas rusas y no hallar respuesta.

Ellos llegan, las miran y se arriman al mostrador. No hay intercambio de palabras, sólo de material. Pasan el pasaporte acompañado por billetes verdes entre sus hojas. Las muñecas no quieren testigos, no quieren a ninguno de los resignados en lugares con punto de mira a la osadía. Saben que tienen el poder. ¡Fuera!.

La mala hostia que controlas no se escape por las orbitas de tus ojos o de tu boca te consume, y la impotencia de saber que debes abandonarte a ser consumida por la ira te descompone, porque ellas tienen el poder, y no escatiman una oportunidad para recordártelo. ¡Fuera!.

No he dejado de observar los pósters que decoran la entrada y corredores de inmigración. Otra adivinanza. Escrito en grandes letras rojas: hot line. Pegatinas y pósters por doquier anunciando la línea de teléfono caliente para denunciar a los funcionarios que acepten sobornos. Me pregunto quién estará al otro lado de la línea. Una muñeca rusa a la que conquistar con mi voz. Tú o yo, quién llama primero.

Ring, ring, ring..
-Hot line, estoy aquí para lo que dispongas.
-Hola, bueno, no sé como empezar, a ver es que acabo de ver como una funcionaría aceptaba dinero de …
-Tú nombre, tus apellidos, tu nacionalidad, tu número de pasaporte, tu número de teléfono, tu dirección, fecha de entrada en el país.
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¿Reconoces algún espécimen a tu lado?

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