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Discursos

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Se me antoja anodino. El uso de la palabra en la Casa del Pueblo se convierte en veleidad cuando debería ser tratada con la misma sazón y ahínco del cura aferrado al púlpito para lanzar amenazas sobre dioses y diosas. Pero grises se antojan estos días de discursos de intenciones en la Casa del Pueblo. Presidentes y reyes han hecho uso de la palabra en la misma semana de celebraciones.

El joven Jacob le ha dado a la verborrea de números y faltas en su discurso sobre el Estado de la Nación, como si las estadísticas y las matemáticas fueran verdades indiscutibles. Un hombre gris, un gris administrador que sólo da cuenta de que los números cuadran, como los de Golman Sachs o el Santander. Los hacen cuadrar, dan cuenta de su infamia en el púlpito de la Casa del Pueblo y desaparecen a seguir celebrando sus colecciones, Jacob en las colinas de Nkandla.

Hubo tiempos en que la tierra nativa de los Khois, Sand, Nguni, Sotho-Tswana, Shangaan-Tsonga y los Venda, inspiraba a sus líderes, y sus voces quedaban resonando en el tiempo dentro de las mentes de los nuevos y viejos convertidos. Esos días son pasado pero sus voces siguen resonando. Uno de ellos, Thabo Mbeki, se aferró al púlpito del Pueblo con el respeto y la dignidad que obliga el dirigirse a él, y exclamó hace 25 años:

Soy un Africano. Debe mi ser a las colinas y valles, a las montañas y a los claros, a los ríos, a los desiertos, a los árboles, a las flores, a los mares, y a los eternos cambios de estación que definen la cara de nuestra nativa tierra.

Mi cuerpo ha sido congelado por nuestra escarcha y los últimos días de nieve, y descongelado por nuestros días soleados, y derretido por el calor de los mediodías al sol. El restallar y zumbido de los truenos de verano, y la luz deslumbrante de los rayos, han sido causantes de temblores y esperanza.

Las fragancias de la naturaleza han sido tan dulces para nosotros como el espectáculo del salvaje florecer de la vida en la meseta.

Las formas dramáticas de Drakensberg, las aguas coloradas por el barro de Lekoa, iGqli no Thukela, y la arena de Kgalagadi, todos han sido partes del conjunto sobre el escenario de la naturaleza en el cual representamos el loco acto del teatro de nuestros días.

discursos2En el tiempo, y en el miedo, me he preguntado si debería conceder igual ciudadanía de nuestro país al leopardo y al león, al elefante y al springbok, a la serpiente negra y al mosquito pestilente.

Una presencia humana entre todos ellos, un rasgo en la cara de nuestra nativa tierra de este modo definida. Sé que nadie osa desafiarme cuando digo ¡Soy un Africano!

Debo mi ser a los Khoi y a los San, cuales solitarias almas se aparecen en los espacios abiertos del bello Cabo, ellos, golpeadas víctimas por el mayor cruel genocidio que nuestra nativa tierra jamás haya visto, ellos, quienes fueron los primeros en perder sus vidas en la lucha por defender nuestra libertad e independencia, y ellos, quienes, como pueblo, fueron destruidos como resultado.

Hoy, como país, guardamos un perceptible silencio sobre nuestros ancestros de las generaciones que viven, temerosos a admitir el horror de un antiguo acto, buscando borrar de nuestra memoria un cruel suceso, que recordando debería enseñarnos a nunca más ser inhumanos.

Estoy modelado por los emigrantes que dejaron Europa buscando una nueva casa en nuestra nativa tierra. Cualesquiera fueron sus acciones, siguen siendo parte de mi.

En mis venas fluyen la sangre de los esclavos malayos que llegaron del este. Su orgullosa dignidad conforma mis modales, su cultura es parte de mi esencia. Las líneas que perforan sus cuerpos, por los latigazos del amo de los esclavos, son un recordatorio grabado en mi consciencia de lo que no debería infligirse.

Soy el nieto de los guerreros y guerreras que Hinsa y Sekhukhune lideraron, de los patriotas que Cetshwayo y Mphephu llevaron a la batalla, de los soldados Moshoeshoes y Ngungunyane que enseñaron a nunca deshonrar la causa de la libertad.

Soy el niño de Nongqause. Soy él, quien hizo posible comerciar en el mercado del mundo con diamantes, oro, con la misma comida que mi estómago ansía.

Vengo de aquellos que fueron transportados desde la India y China, para encontrase con la realidad de que solamente estaban capacitados para proveer trabajo físico, quienes me enseñaron que podemos estar en casa y ser un extranjero, quienes me enseñaron que la misma existencia humana pedía que la libertad fuera una condición necesaria para la existencia humana.

Ser parte de todos esos pueblos, y con en el conocimiento de que nadie osa desafiar esta afirmación. Exclamaré que ¡Soy un Africano!

He visto mi pueblo desgarradamente dividido, todos quienes son mi gente, enfrentados entre ellos en una batalla titánica, la de rectificar un error que ha sido causado por unos y otros, por defender lo indefendible.

He visto qué pasa cuando una persona tiene superioridad de fuerza sobre otra, cuando el fuerte se apropia de la prerrogativa, incluso de anular el mandato que dios creó a todos los hombres a su imagen y semejanza.

Sé que significa cuando la raza y el color son utilizados para determinar quién es humano y quién infrahumano.

He visto la destrucción de todo sentido de autoestima, el consecuente empeño de ser lo que uno no es, simplemente para obtener algunos de los beneficios de los cuales, aquellos quienes mejoraron como amos, se aseguraron de disfrutar.

He vivido la situación en el que la raza y el color es utilizado para enriquecer algunos y empobrecer al resto.

He visto la corrupción de las mentes y almas en la búsqueda de un innoble esfuerzo para cometer un verdadero crimen contra la humanidad.

He visto la expresión concreta de la negación de la dignidad de un ser humano emanado de la consciente, sistémico y sistemática opresiva y represiva actividades de otros seres humanos.

Allí la procesión de víctimas sin máscaras para tapar la brutal realidad, los vagabundos, las prostitutas, los niños de las calles, aquellos quienes buscan consuelo en la esencia del abuso, aquellos quienes tienen que robar para aliviar el hambre, aquellos quienes tienen que perder su cordura porque estar cuerdo es abrir la puerta al dolor.

Quizás lo peor de todo esto sea que quienes son mi gente, son aquellos quienes tienen que aprender a matar por un salario. Para ellos el mayor número de muertos es proporcional a su bienestar personal.

Y así, como peones al servicio de almas dementes, matan fomentando la violencia política en KwaZulu-Natal. Asesinan al inocentes en las guerra de taxistas.

Matan despacio o rápidamente para conseguir beneficios en el mercado ilegal de narcóticos. Están disponibles para ser contratados cuando los maridos quieren matar a sus mujeres y las mujeres a maridos.

discursos3Entre nosotros rondan los productos de nuestro inmoral y amoral pasado, asesinos que no tienen ningún sentido del valor de la vida humana, violadores que sienten total desprecio por las mujeres de nuestro país, animales quienes buscarían el beneficio en la vulnerabilidad de los niños, de los discapacitados, y los ancianos, el rapaz que no admite un obstáculo en su cruzada por el auto enriquecimiento.

¡Todo esto, sé y sé que es verdad porque soy un Africano!

Por esto, soy capaz de manifestar esta verdad fundamental, he nacido de un pueblo de héroes y heroínas.

He nacido del pueblo que no tolera la opresión.

Soy de una nación que no toleraría que el miedo a la muerte, tortura, encarcelamiento, exilio o persecución, resultara en la perpetuación de la injusticia.

Las grandes masas, que son nuestra madres y padres, no permitirán que el comportamiento de unos pocos identifique a nuestro país y pueblo como bárbaro.

Paciencia porque la historia está de nuestra parte, estas masas no desesperan porque hoy el tiempo está contra ellos. No se convierten en triunfalistas cuando el sol brilla a su favor.

Cualesquiera que sean las circunstancias que hayan experimentado, están determinados a definirse por si mismos quiénes son y deberían ser.

[…]

Soy un Africano.
He nacido de los pueblos del continente de África.
El sufrimiento emanado de los conflictos violentos en los pueblos de Liberia, Somalia, Sudán, Burundi y Algeria, es un sufrimiento que yo cargo también.

La deplorable vergüenza de la pobreza, sufrimiento y degradación humana de mi continente es una maldición que compartimos.

La maldición de nuestra felicidad que deriva de ello y de andar sin rumbo en la periferia de las necesidades de los asuntos humanos, nos deja en una persistente sombra de desesperanza.

Esto es un camino salvaje al que nadie debería ser condenado.

Cualesquiera sean los reveses del momento, nada puede pararnos!
Cualesquiera sean las dificultades, África estará en paz!
Aunque improbable puede sonar a los escépticos, África prosperará!

Quienquiera seamos, cualesquiera sea nuestro interés inmediato, aunque carguemos la pesada carga de nuestro pasado, aunque hayamos sido cazados por la moda del cinismo y la pérdida de fe en la capacidad de nuestro pueblo, dejarnos equivocarnos hoy y decir:

¡Nada puede pararnos!”. Thabo Mbeki, 8 de mayo de 1996, Cape Town.

El eco de los que honraron el púlpito de la Casa del Pueblo sigue resonando, mientras la huelga más larga de la historia de Sudáfrica está más cerca de su punto y coma.


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Gente en la conversación

  • Invitado - José Manuel Mercado Navas

    ¡Cuántos Adrianos negros, blancos o amarillos mientras que el mundo se va al garete! El triunfo de la razón no es sino una oda a la impotencia.

    de Getafe, Madrid, Spain
lanochemasoscura