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Ébola

Un hombre corre. El mayor spring que su cuerpo le permita sacar para evitar una condena al mortuorio. No quiere echar la vista atrás, enfermedad y muerte es lo que queda. Tiene que ser veloz si no quiere que ese pasado le cace y se convierta en presente. Él corre, corre para evitar una cuarentena.

Cada dos años se repite la misma noticia que pasa desapercibida en los comederos periodísticos. Nuevo brote de Ebola. El Congo, Guinea, Uganda, Sierra Leona, Liberia, lugares que han aprendido a convivir con una enfermedad que mata, como otras más en una lista que se convierte en interminable en esos lejanos lugares, donde el valor de la vida se gradúa según su capacidad de supervivencia. Los fuertes resisten, los débiles se desvanecen a la sombra de los que sobreviven. La muerte es ineludible pero se resisten a morir estigmatizados dentro de sus comunidades. Agonizar en soledad es una condena indigna en África.

 ebola2¿Qué es diferente ahora?. La enfermedad es una vieja compañera, siempre ha convivido con ellos. Qué ha cambiado. Los militares llegaban para saquear, para amedrentar a las comunidades que molestan al que manda. Conocen el efecto de sublevarse a las ordenes impuestas por los que ostentan el poder. Sublevación igual a represión militar. Pero algo es diferente ahora. La solidaridad entre vecinos enfermos y sanos no es algo extraño, las enfermedades son congénitas al hombre, y la muerte su efecto esperado a este lado del mundo. Lo diferente es la nueva presa. Hoy los militares aparecen para cazar al enfermo. Rodean sus casas, y hospitales cercanos, para capturar a enfermos del Ebola y todo aquel que haya tenido contacto con ellos. Lo que no ha cambiado es el pánico de hombres y mujeres ante la llegada de los militares, pero sí la condena. La reclusión en un nuevo mortuorio. A morir agonizando dónde no pertenecen y lejos de los que saben quiénes son.

Organizaciones internacionales varias, manejadas por los que pagan las deudas de los Gobiernos africanos, exigen actuaciones firmes para atajar la enfermedad. Firmeza y contundencia en los lugares de origen para parar el contagio, pregonan. El virus se mueve, y se mueve cada vez más cerca del norte de África, y eso es el sur de Europa. Los Gobiernos endeudados asienten y ejecutan. Sin recursos financieros, sin hospitales acondicionados para hacer frente a la hilera de enfermos que se arrastran a sus puertas, sin personal cualificado para asistir a los contagiados, sólo queda una actuación firme y contundente. Aislar a las comunidades infectadas militarmente. Nadie entra, nadie sale, enfermo o sano. Montar mortuorios allí donde se captura un enfermo de Ebola.

En el otro mundo, donde los fuertes conviven con los débiles, no se permite condenas aleatorias, crueles, indignas, más de lo estrictamente necesario. Se alzan hurras por aquellos que no tienen las fuerzas suficientes para correr rápido. Un enfermo es asistido y se exige una muerte digna alrededor de los suyos. Una mujer alza su voz por el abuso de estar horas esperando en un aeropuerto de su país de origen, para que después se la aísle e imponga una cuarentena hospitalaria. Denuncia el aislamiento de estar dentro de una burbuja de plástico sin acceso a libros, teléfonos, abogados,… Sociedades del otro mundo que alzan su voz por el sacrificio preventivo de un perro. Gritan, insultan, se cabrean, se movilizan contra la ejecución de medidas que violan los derechos individuales. De hombres, de mujeres y de perros.

 ebola3Las organizaciones internacionales se llevan las manos a la cabeza. Qué hacéis. Esta vez piden a sus correligionarios que no discriminen, o pongan en cuarentena a sus conciudadanos, hombres y mujeres buenas que asisten a enfermos contagiosos de virus mortales en lugares lejanos y pobres. Agonizar en soledad es una condena eludible en este mundo.

El hombre en Sierra Leona sigue corriendo, y no dejará de correr hasta llegar a su lugar elegido. Allí donde le conocen, donde saben quién era su padre y su madre. Corre para dejar atrás el mortuorio impuesto por el Gobierno y ejecutado por militares. El barrio de la ciudad donde llegó para trabajar, para darse una oportunidad y a su familia. Ese barrio sitiado por militares para frenar el contagio en sus raíces como se ordena desde el otro mundo. Para que nadie entre o salga. Donde enfermos y sanos son encerrados en hormigueros de excrementos y vómitos. Donde escapar a la enfermedad depende del azar. El azar de poseer un cuerpo que resista la enfermedad. Corre, corre veloz antes del que Ebola te arranque tus fuerzas.

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