cabecera spuch

Carnecita de mi corazón

carnecita1

En una conversación de sala de espera se me presentó una cuestión moral en la que no había reflexionado en profundidad hasta hoy. ¿Es la caza moralmente reprobable? Desde luego para los vegetarianos, partidos animalistas y una parte de los amantes de los animales la cuestión no ofrece duda. Puede que se trate de personas más evolucionadas que yo, carnívora confesa, porque la cuestión no la zanjé tan rápidamente.

Para analizar el problema comencé distinguiendo entre el tipo de animal que se caza. Dejé fuera de concurso a los animales en peligro de extinción, a los animales trofeo y a cualquiera que no se cace por razones alimenticias. Considero que matar a un ser vivo sin tener una utilidad de supervivencia es extremadamente cruel. Bien es cierto que a mí me toca la carnecita2fibra sensible aplastar un mosquito o arrancar una flor pero, dejando aparte mi comportamiento extremo, no soy capaz de ponerme en la piel de aquellos que disfrutan con la muerte de un elefante o de colgar cabezas de renos en las paredes (además de ser una horterada escalofriante). No encuentro justificación ni comprensión en acabar con la vida de otro ser vivo por razones que encuentro tan superficiales.

Cosa distinta es la de aquellos animales salvajes de los que podemos extraer alimento, por supuesto, con los límites que reglamentariamente se establezcan y preservando la pervivencia de la especie: codornices, conejos, jabalíes, etc. El asunto de matar a Bambi ya me da más reparo por una cuestión cultural, pero no puedo reprochar a nadie que se alimente con él.  Encuentro que en estos casos hay cierta dignidad en la actividad ya que, puestos a comer carne, se ha tenido la valentía de encargarse del proceso personalmente, dando caza y preparando al animal para el alimento. Lo encuentro más honesto que ir a la carnicería y comprar un pedazo informe de bicho, sin haber sido testigo y ejecutor del proceso. Además, el animalito salvaje ha podido disfrutar de la felicidad de una vida libre, en contraste con la de mayoría de animales de granja, hacinados y alimentados con la calidad mínima exigible, en una condición de esclavitud desde su nacimiento hasta su muerte, en la que todos los carnívoros miramos hacia otro lado.

Los vegetarianos y otros defensores acérrimos de los animales considerarán que podemos sobrevivir sin carnes y derivados y zanjar la cuestión ya no sólo de la caza sino de nuestra manía omnívora. Yo no lo tengo científicamente tan claro, así que seguiré con mi mala/buena costumbre (rodéese lo que prefieran).

Entonces, si persisto en comer carne, como me siento responsable del proceso de esclavitud animal (porque yo no cazo), pienso en sacrificar mi bolsillo y comer carne de granjas ecológicas. De este modo, salvo mi conciencia y prosigo con mi tradición carnívora. Pero la solución no es tan fácil como parece. La producción de animales felices y la contribución indirecta a la reducción de emisiones gaseosas al ambiente parece una buena alternativa. Sin embargo, si sólo se comercializara carne ecológica una grancarnecita4 parte de la población no tendría acceso a ella porque no podría pagarla, no sólo por el precio actual sino también por el precio que alcanzaría al tratarse de un producto menos generalizado. Por lo tanto, se generaría una mayor desigualdad. Pero es que además la alimentación de calidad que exige sería difícilmente sostenible ya que habría que destinar una producción ingente de cereal y vegetales para proseguir con esta clase de explotación, con el consiguiente agotamiento productivo de la tierra y la reducción/dificultad de acceso a dichos alimentos destinados a consumo humano.

¿Dónde encontrar, pues, el equilibrio? La solución es muy compleja. Por mi parte optaré por comer una menor cantidad de carne y procuraré que sea de procedencia ecológica, porque necesito que el animal que mato al menos haya podido ser feliz. También aplaudiré a aquellos que practiquen su caza reglamentada y se sirvan de su afición para satisfacer su necesidad carnívora. Sin embargo, tampoco podré reprochar nada a aquel que no puedan permitirse estas vías, ya que no tienen otra opción. Quizás sea necesario un estudio en profundidad que derive una regulación con conciencia que permita a todos el acceso a una carne digna.

Añadir comentarios

Gente en la conversación

  • Invitado - José Manuel Mercado Navas

    Es cierto que la cuestión es peliaguda pero lo es simplemente porque las civiliaciones (algunas mucho más que otras) que se han ido sucediendo se han ido encargando de hacer proliferar la raza humana. La explosión demográfica de Homo Sapiens Sapiens ha desquiciado los precarios equilibrios entre los seres vivos de la llamada cadena trófica y, en el último siglo, los poderosos los han querido hacer soñar a sus siervos con la posibilidad de comer carne todos los santos días. A pesar de todo, a muchos todavía no les llega ni para llevarse a la boca el ala de un pollo eléctrico una vez al mes. ¡Menos mal que el TTIP lo va a arreglar todo!

    de Getafe, Madrid, Spain
  • Invitado - MISS MORGADO

    Garantizar un trato digno para los animales cuya carne vamos a consumir, sin por ello descuidar la enorme demanda mundial, me parece realmente difícil. Sin embargo, creo que tu solución como consumidora (comer menos carne y que ésta sea ecológica) es buena. Ojalá cunda el ejemplo...

lanochemasoscura