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Objetivo: adiós ciudad

Me declaro ratón de campo. Cada día que respiro los humos de la ciudad siento con mayor intensidad la llamada de lo salvaje y cada sol que se acuesta reniego más de mi pisito, de mi barrio que, dentro de las circunstancias y de tanta burbuja inmobiliaria no está tan mal: bien comunicado, edificios de altura máxima de tres pisos, amplias avenidas, profusión de parques y árboles, vistas del horizonte tanto del este como del oeste, silencio relativo... pero no huele a campo, no hay tanto bicho y planta, no se respira el sosiego rural.

El culmen de mi alergia urbana llegó hace no mucho, un domingo soleado de octubre en el que tuve la infeliz idea de desplazarme en mi cochecito utilitario a la capital (en transporte público ya ni se me ocurre porque, por surrealista que parezca, resulta más barato acercarse en vehículo particular que en tren y metro). Íbamos mi compañero y yo, ¡ay inocentes!, a una sesión matutina de Tai Chi, cuando otro deporte nos aplastó por el camino.  Las calles estaban tomadas por corredores domingueros por la causa que tocase esta vez. Las calles cortadas y el barrio de destino inaccesible. A cada intento de abordar la ruta nos alejábamos más de nuestro objetivo. Así pues, desistimos.

ciudad2Desaparecida la ansiedad por llegar a nuestra actividad, reparamos en lo que bullía alrededor. Como aperitivo, los coches circulando a golpe de claxon, que parece que este no se gasta, a diferencia de los intermitentes que no se usan ni por amenaza terrorista. Imagino que provocar ese sonido insoportable era su forma de desfogar su frustración, pero lo encuentro un tanto ridículo: no por molestar al prójimo se va a conseguir avanzar más y mejor. Como plato principal, teníamos a los corredores ocupando la vía del sentido contrario, respirando y presenciando la contrariedad de los que no usábamos las patitas para cubrir el trecho. Me pareció todo un despropósito ya que no encuentro sentido correr en una ciudad. No solamente avanzaban a bocanadas de polución revenida, sino que de postre se regalaban un CO2 recién elaborado por los tubos de escape concentrados bajo el mando del guardia de tráfico. Para finalizar el atracón, no había ningún elemento de separación entre los corredores y los vehículos, más que la pintura de línea continua, lo que me parece una falta de seguridad terrorífica. La carrera, muy saludable no me parece. ¿No será mejor irse a correr por la campaña?: se respira mejor y alegra el corazón ver los árboles rubios y pelirrojos de temporada, los conejos saltarines, los caminitos de hormigas y algún rebaño de vacas u ovejas pastando pacientemente.

De haber sabido la que nos aguardaba en la ciudad, creo que hubiera aprovechado aquel día glorioso para subir a un monte de la sierra madrileña, disfrutando de la jara, el romero, el tomillo, arañas y lagartijas, piedras musgosas, algunas setas y practicar Tai Chi en comunión con la naturaleza. No me extraña que en la fábula el ratón de campo se volviera a su hogar. Ratón perspicaz. En las ciudades vivimos todos alienados y separados de nuestra tierra, que nos haría más humanos, más felices.

Mi misión comienza hoy: objetivo, adiós ciudad.

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