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¿Por qué Cafrelengua?

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Antes de presentarles mis razones por las que me aventuro en lo que espero sea una larga serie de colaboraciones quincenales y de adelantarles su posible tenor, quisiera dar las gracias a aquéllos que propician que Vds. puedan leer estas líneas por haberme hecho este hueco virtual donde expresarme.

Dicho esto, Vds. se preguntarán qué necesidad había de parir esta nueva serie de textos y de invitarlos a que los lean. Pues, bien, les voy a ser absolutamente sincero: para que su seguro servidor pueda desahogarse.

Hoy día, tener alma de filólogo (etimológicamente, amigo de la palabra) es como tener almorranas: sufrir en silencio. Por mucho que uno se vea sistemáticamente atacado por la más variada gama de atentados a nuestra lengua, no por ello acaba por acostumbrarse, antes bien, se pasa buena parte del día preguntándose cómo es posible que se haya podido llegar a tal abismo de maltrato y porqué hay tan pocos instrumentos o agentes con los que combatir esta desoladora tendencia. Y sí, vaya por delante que los señores de la Real Academia de la Lengua no siempre están a la altura de las circunstancias. Pero de esto ya hablaremos en otra ocasión. Baste decir al respecto que los que estamos en las trincheras nos tenemos que cuidar muy mucho del fuego amigo.

Por otro lado, resulta paradójico constatar cómo cada vez hay más interés por aprender lenguas extranjeras cuando se está en cada vez peores condiciones para afrontar con garantías este reto. Pues, díganme Vds. quién en su sano juicio puede principiar a aprender alemán si no sabe lo que es un caso o una declinación, si no distingue los conceptos de sujeto y substantivo.

porquecafrelenguaRecuerdo, a este respecto, el caso de un joven que, estando la puerta de mi despacho abierta y encontrándome yo absorto en la escritura de un texto, se coló y se mantuvo de pie frente a mi mesa. Yo notaba su presencia pero me resistía a atender a tal inopinada visita sin que ésta hubiera demostrado un mínimo de buenos modales. Al cabo de un rato, nos encontrábamos él y yo enfrascados en una especie de porfía: él por esperar a que yo alzara la cabeza y tomara la iniciativa; yo, por aguantar hasta que él se dignase a pronunciar una frase, por pequeña que fuera, que anunciase su presencia. No pudo ser: al final, pudo más él que yo. Así que, haciendo de tripas corazón, le intimé:

- Haga Vd. el favor de salir del despacho y de volver a entrar con buenos modos.

El chaval, sorprendido de que lo hubiera tratado de Vd., se dio media vuelta y, con las mismas, volvió a plantárseme en idéntico sitio para pronunciar la siguiente frase que jamás podré olvidar y les reproduzco a continuación con todas sus letras:

- ¿Esto es lo de los idiomas?

Este individuo pretendía aprender Alemán, Francés o Inglés...

No encuentro mejor razón que ilustre el motivo principal de mi rabia, mi impotencia y mis ganas de proclamar mi voluntad de hacer algo por nuestra maltrecha lengua. Eso sí, de la manera más educada y accesible a todos mis sufridos lectores.

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