unlugar

Djemma El-Fnaa: la jauría humana

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En el balcón de enfrente de mi casa puedo ver a una mujer tendiendo la ropa enfundada en una túnica negra que casi no deja que se le va la cara. Cojo el metro rumbo al aeropuerto. Mi Ryanair (gracias, Dios de los aviones baratos) sale hacia el sur con puntualidad prusiana. El paisaje desde la ventanilla del avión no parece un desierto. Es bastante verde, con plantaciones suficientes para dar de comer a una buena cantidad de comehierbas, no parece estar en medio de un desierto. Descendemos. Se me taponan algo los oídos, incluso el izquierdo me pega un pitido que debe ser porque algún hijoputa se acuerda en este momento de mi en la península Ibérica.

Desciendo por la escalera y me dejan en mitad de la pista. Accedo a unas instalaciones con ligero aroma a urinario (pis  y caca mezclado con alcantarilla reseca), como en los antiguos estadios de fútbol. Llego hasta una garita. Entrego mi pasaporte y una hojita de papel que da detalles sobre mi estancia a un hombre gordo moreno vestido con un traje pasado de moda en todo occidente. El tío charla con otro también trajeado sobre unas fotos que están viendo en el móvil, entre risas. Se monta cola. Mira mi documentación. Me dice algo. No lo entiendo. Balbucea, sigo sin entenderlo. Mi acompañante cree que el tío quiere que yo escriba algo más en la casilla de “profesión”, que sólo pone una palabra que no comprende. Cuando viajamos a Cuba puse que era tornero fresador, debí escribir aquí lo mismo. Escribo lo primero que se me viene a la cabeza y me deja pasar.

fnaa4Una maraña de taxistas, taxistas entre comillas, me ofrecen sus servicios. Seguimos camino hacia la parada del autobús, donde uno de estos conductores regatea precios aun dándose cuenta de que no le hago ni puto caso. Le pregunto que si allí para el número 19, y me dice que sí y adivina que no hay nada que rascar, pero insiste una última vez.

Hace calor en el autobús. Veo muchas motos y bicis conduciendo cómo y dónde buenamente pueden. Tardamos poco rato en llegar a la parada de Jema El Fnaa, al lado de La Kutubia. Nos bajamos. Es mi primer contacto con la jauría humana. Me ofrecen taxis y alguno hachís. Me siento observado. Caminamos hasta la plaza. Es mediodía y hay poca gente, sólo vendedores de zumo y encantadores de serpientes agilipolladas. Tomamos la calle que nos indica google, pero está equivocada. Un tipo consigue pegarse a nosotros y nos lleva hasta el Riad, que se encontraba a mano derecha en vez de a izquierda como decía el puto mapa. El pobre hombre nos ve cara de no dar dinero y se marcha.

Detrás de una pequeña puerta en un callejón está el riad donde nos alojamos. Nos recibe un chico simpático, que nos ofrece un te y explica las excursiones (que no vamos a hacer) que pueden realizarse en los alrededores. Subimos a una habitación que es como un oasis. Los gruesos muros, como los de las casas antiguas de pueblo, aíslan del calor (mantiene temperatura constante) y del run run ensordecedor exterior de la jauría humana.

Caminamos por calles estrechas o muy estrechas a un paso de ser atropellados por motos, bicicletas o carros tirados por mugrientos burros conducidos por hombres muy abrigados para la temperatura reinante a velocidades de gran premio y que, milagrosamente, ni nos rozan. Continúo sintiéndome observado, desnudado por miles de ojos. Todo el mundo me chista para intentar venderme desde hachís hasta su cuerpo. Sondean mi indefinida nacionalidad preguntando a voces. Yo ni les miro, sólo digo el latiguillo del que ya no me separaré en cuatro días: “no, megsí”, que repetiré como un mantra unos cuantos miles de veces para zafarme de toda la jauría humana que trata de venderme su vida o de avasallarme para sacarme un puñado de dirhams.

Llama la atención la copiosa ropa que esta gente lleva puesta a una temperatura que ronda los treinta y cinco grados. Y no van abrigados para lucir moda prêt-á-porter, porque la mayoría de las chaquetas de plástico imitación al cuero están raídas y bajo las gruesas desgastadas chilabas se les transparentan los gayumbos negros chinos Kalvin Clein. También me escama que el noventa por ciento de los caminantes son hombres. Las mujeres, si es que lo son, porque van tapadas la mayoría de pies a cabeza con túnicas para intentar resultar indiseables sexualmente (aunque las moras antes de engordar una tonelada suelen estar muy buenas) y por ello un hombre podría perfectamente pasar por mujer, viven ocultas al gran público. Tampoco hay excesivos niños por la calle, y bebés prácticamente ninguno, a pesar de que la tasa de procreación (o fornicio con fecundación) es, al menos en las estadísticas, muy alta.

En cuatro días sólo vi un perro. Gatos, en su mayoría escuálidos y curiosamente muy sucios (algo raro, porque es un animal extremadamente limpio), unos cuantos, pero no tantos como cuentan los viajeros. Pues sí, solamente vi un perro. Una especie de pastor alemán cruzado con galgo o algo así que descansaba, o estaba muerto, sobre la acera de delante de la mezquita de La Kutubia. En medio del ruido ensordecedor del tráfico el animal dormía, temporal o eternamente, recostado contra el suelo, sin inmutarse y aparentemente confiado de no ser pisado u atropellado. Nos paramos un instante para ver si respiraba, pero pudimos dar fe de que lo hiciese. Nadie le hacía caso. ¿Dónde están los perros en Marrakech? Los musulmanes no comen cerdo, pero podría ser que lo sustituyeran por perro al horno.



Regresamos al riad por la tarde para descansar antes de salir a cenar. Llamamos a la puerta y nos abrió otro recepcionista diferente, Abdel. Charlamos un rato. Nos ofreció también un té con menta. No suelo tomar más de un té o un café al día, porque si no no duermo por la noche, pero esta vez hice una excepción. Charlábamos animadamente los tres cuando, con un hábil cambio de tema, Abdel se puso a impartirnos una charla sobre el aceite de Argán. Ya sabíamos la historia, pero escuchamos su relato haciéndonos los educados (que no lo somos, claro). Saltaron mis alarmas cuando comenzó a elogiar una tienda donde vendían el mejor aceite que pudiéramos imaginarnos. Aderezó todo ello con una rocambolesca anécdota en la que un amigo suyo egipcio le descubrió el maravilloso establecimiento durante una visita a la ciudad.

Pellizco la pierna de mi acompañante disimuladamente, para que corte el rollo, porque llevábamos ya media hora con Abdel, pero ella no me hace caso y le da carrete haciéndose la buena niña (que no, que no lo es, en absoluto). Ella trata de cambiar de tema elogiando los vasos en los que nos han servido el té, y entonces el animado recepcionista se descuelga con: “yo puedo conseguirte unos vasos baratos, a Euro el vaso”. Hago ademán levantarme adornándome con un falso bostezo, y Abdel me dice, sin que se lo pidamos, que nos acompañará a la tienda del aceite de Argán maravilloso. Qué hijoputa.

La comida es extremadamente barata. No acostumbramos a acudir a restaurantes, pero aquí es posible hacerlo sin que te despeluchen. Desde la terraza de uno observamos cómo la jauría humana sale de sus madrigueras por la noche a meter ruido a Jemma El Fnaa (no Fnac, Fnaa). La plaza en cuestión parece un volcán en erupción, con fumarolas de humo de fritanga y estruendosos ritmos impelidos por grupos de percusionistas desperdigados en un informe caos.

Paseamos sin rumbo por el lugar. Un tipo me acerca a la cara una pobre culebra que parece muerta o aterrada. Otro trata de que me siente en su chiringuito restaurante. Otro trata de que me haga una foto con su mono disfrazado de Cristiano Ronaldo. Me preguntan mil veces por mi nacionalidad y mi ciudad. A algunos les soy sincero e inmediatamente se declaran admiradores del Real Madrid como excusa para venderme un bolso, un farol, hachís o su propio cuerpo.

Nos desviamos en plena noche hacia una de las tortuosas calles. Allí parece que somos los únicos con tez blanca de los que pasean, lo que nos sitúa como blanco, más si cabe, de todas las miradas y voces. Tratan de vendernos mil veces objetos imposibles, comida, hachís o su propio cuerpo varios cientos de personas. Me llaman la atención una anciana y una mujer con dos niños pequeños que piden limosna en dos puntos diferentes, y a las que hace horas hemos visto en la misma postura en el mismo lugar haciendo lo mismo (y volveremos a encontrarlas a cualquier hora del día o de la noche allí, inamovibles). Fatigados de evitar ventas y motos en gran premio callejero nos retiramos al riad.

El desayuno del establecimiento hotelero es abundante y rico. Y dos pajarillos se suben a la mesa y picotean las migas en incluso los bollos sin apenas timidez. Nos cuentan que son “de allí”, que todas las mañanas entran, por sistema, a desayunar. Uno de ellos, inconfundible, tiene un hilo anudado a una pata. Otro, más chiquitillo, una mancha gris en el pico. Les han colocado un cuenco de metal con agua en el centro del patio para que beban y se bañen. Viven bien estos dos pájaros.

fnaa2Las chicas que hacen las tareas del riad son serviciales y amables, pero a mi no me miran casi a la cara, sonríen hacia el suelo. Apenas nos hablan, a nosotros sólo se dirigen dando palique los dos recepcionistas. Iassud, el más joven es muy amable y no nos persigue, al contrario que Abdel, algo más mayor. Cuando salimos de nuevo por la puerta nos alcanza e interroga sobre hacia dónde vamos. Nos insiste en que al día siguiente nos acompañará a la tienda de los cojones del aceite de Argán. Yo propongo a mi acompañante evitarlo, aunque ella es mucho menos hija de puta que  yo y sé que no será capaz de ser algo grosera o de hacerle notar que no vamos a ser tan gilipollas como para comprar lo que él nos diga.

La escala social en Jemma El Fnaa (o como coño se escriba) es piramidal. En la cúspide, el poder absoluto, Dios vivo, está el rey Mohammed VI, única imagen decorativa figurativa permitida (en fotos de dudoso gusto que adorman casi cualquier sitio). Más abajo, los hombres, raza masculina. Por debajo, los guiris, machos y hembras, estas últimas deseables sexualmente o no. En la base de la pirámide, en lo más bajo, al mismo nivel, mujeres autóctonas (raza femenina), negros subsaharianos, serpientes, monos, gatos, caballos. Cuando Mohammed VI llegó al poder reformó la constitución impidiendo, al menos sobre el papel, los casamientos forzosos y que las mujeres solteras tuvieran que someterse a la autoridad de su padre o de su hermano mayor. En las tiendas ninguna mujer despacha, sólo hombres, un manojo de pollas vendedoras de cuero, telas, faroles, minerales, hachís o sus propios cuerpos.

Tomamos una mañana dirección hacia los zocos. Una maraña impenetrable de calles estrechas en las que todo el mundo trata de venderte algo. Un laberinto. Tratamos de caminar hacia el norte rumbo a la Madrasa de Yousseff, una antigua escuela coránica en la que 900 personas vivían apiñadas en 100 pequeñas habitaciones aprendiendo que hacer con sus vidas y las de los demás a través de los preceptos del Corán. Conseguir un rumbo fijo es muy difícil para el profano en el lugar. Hablaba con mi inocente acompañante de cómo llegar a la madrasa cuando un tipo en moto nos escucha, frena en seco y nos invita a seguirle. Hijoputa. No le hacemos ni caso, pero él sigue como si fuera nuestro guía oficial. Nos desespera con sus gritos y ademanes, nos entristece, aturde y finalmente nos enfada. No hay ni forma de despistarle. Le hago una seña. Lo agarro del hombro y le digo, en mi macarrónico francés y con mi puta sonrisa falsa en la boca: “no quiero ofenderte, pero no quiero guía, sólo pasear tranquilo, ti compgand?. Me contesta: “sí, pero tengo que echar gasolina a la moto”. Saco tres dirham de mi bolsillo, se los doy y el tío me echa una mirada de asco. Le digo adiós con la mano mandándole a tomar por culo inequívocamente. Un rato más tarde nos lo volvemos a encontrar, y nos llama a voces “amigossss”, invitándonos a entrar en una tienda en la que venden cuero, faroles, agua, e imagino que hachís y sus cuerpos. Le saludo con una sonrisa y gesto de “qué coñazo eres”, me entiende y finge ponerse serio.

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Buscamos el zoco de los tintoreros entre el laberinto de calles y cuerpos, porque a mi acompañante se le ha metido en el chocho que tiene que verlo. Nos desviamos por una calleja y un tipo nos dice que no pueden pasar occidentales. Cuando me doy la vuelta, me encuentro a mi espalda con dos halcones comiendo carne sobre unos palos en la puerta de una tienda. Los dos paran de comer un segundo y me miran. Quiero soltarlos. Quiero soltarlos. Quiero soltarlos. Finalmente un tío vestido con una sucia chilaba grisácea nos escucha comentar y resulta que nos dice que estamos en la puerta del zoco de los tintoreros. Entramos. Mi acompañante le da conversación. Mal asunto. Nos descuelgan mil y un trapos a precios no baratos. Le digo que mañana volvemos, la típica mentira piadosa, y finge creerme. Regresamos hacia Jemma El Fnaa.
Comemos varias veces en el mismo restaurante, Tubkal, en una esquina del placerío. Los camareros son gente amable, casi las únicas personas que no tratan de comerte la oreja en medio de toda la maraña. En una de las comidas nos sentamos al borde de la terraza, junto a la calle, y una recua de vendedores de tabaco, de gafas, de pañuelos de papel, de hachís y de su propio cuerpo nos ofrecen constantemente sus productos. Todo el mundo debe ganarse, y no parece que muy fácilmente, el sustento.

A determinadas horas, de las mezquitas salen cantos llamando a la oración. No los recitan los moecines tradicionales, sino que se nota que son cintas de cassette pregrabadas con alaridos no muy acompasados. En las puertas de las mezquitas puede verse a mujeres con niños pequeños pidiendo limosna. Los cánticos suben de tono y se repiten hacia el horizonte por las diversas mezquitas configurando una amalgama de sonidos indescifrables, más parecidos al grito de los Morloch, esa raza tan magnífica del futuro, llamando a trabajar y a merendarse a los Siloy que cantos religiosos.

fnaa5Observamos, desde la terraza del Café de France, como la jauría humana entra en ebullición sobre Jemma El Fnaa. Se dejan llevar por el mantra de sonidos informes y por el olor a carnuza requemada. Bajamos cuando terminamos nuestros zumos, porque Djemma El Fnaa (o como leches se escriba) es sólo para abstemios, y varias mujeres, o al menos eso parece que son, tratan de vendernos horribles falsos tatuajes de henna. Recomiendan que ni las mires ni te acerques, porque si lo haces te cojen la mano, te pintan sin permiso y si no les das algún dirham se ponen farrucas (o farrucos, porque puede que bajo las túnicas haya hombres o mujeres).

Un tipo barbudo pasea con su mujer, embozada en una especie de burka, de la mano por la plaza. ¿Eso no era un sacrilegio? Regateamos con un vendedor de bolsos. Me dice: “no estoy regateando contigo, sólo con tu mujer”. Ella cede y le paga unos pocos dirham más de lo que yo hubiera hecho.  A él se le ve satisfecho. Luego ella me echa la culpa de haber pagado de más, la muy zorra, acto que repite varias veces con otros objetos absurdos que queremos comprar. Yo quiero agenciarme un farol. Entro en una tienda. El tipo me dice que vale 50 dirham el que quiero. Le digo que no. Me dice que cuánto quiero pagar, le digo que 10. Me dice que ni hablar, le digo que máximo 15. Me hace ademán de que me vaya de la tienda. Otro tipo fuera me escucha comentarlo y me ofrece uno por 20 Dirham. Le digo que no, que 10. Entonces me mira como si fuera un semejante de verdad y me dice que no puede ser tan barato, de verdad, que no gana casi nada con ello, que lo comprenda. La mirada y la voz, sinceras, me ablandan, y le doy los 20, abusivos, dirham, por el puto farol. Me siento satisfecho por sentir “el resplandor” al menos en una persona de todas las que me he cruzado en esta ciudad.

Desayunamos. Abdel nos sonríe y nos agasaja. Nos cuenta que al día siguiente no nos verá porque tiene el día libre, que luego se despedirá de nosotros y nos acompañará un rato. No le hemos invitado a acompañarnos, claro. Cuando pasamos por recepción no hay nadie. Le hago una seña a mi amiguita y salimos a la calle evitando el encuentro. Le digo que demos un rodeo, pero ella, confiada, se niega, porque además hace mucho calor y ella para caminar es más vaga que el brazo de Espinete. Error. Cuando andamos en dirección al sur a paso de fascista, Abdel nos alcanza como alma que lleva el diablo. Charlamos con él de camino. Llegamos al palacio-museo al que queremos entrar, pero Abdel se pone muy pesado con que vayamos a la tienda de los cojones del aciete de argán. Me rindo ante él y ante mi acompañante, que no puede negarse ni ser borde. Llegamos a la tienda, entramos y Abdel se despide tras dos minutos confiando en que las dependientas con su habitual labia y chantaje emocional nos hagan comprar. Pero yo les digo que ahora no queremos cargar con cosas y salimos escopetados. Ellas se dan perfecta cuenta de que somos unos hijos de puta, pero se quedan con la esperanza, vana, de que no les estemos mintiendo y volvamos.

Entramos al Palacio de la Bahía, que fue propiedad en el siglo XIX de un hombre poderoso, un tal Bu Ahmed apodado “el hombre tronco”. El tipo estaba al parecer muy gordo, y era famoso porque vomitaba la comida, en plan bulímico como algunas de nuestras amigas, para luego poder volver a comer. Cuentan que era un puto gordo despreciable. Luego bajamos hacia la kasbah, aplatanados por el calor, hacia las tumbas saadíes, el camposanto misterioso oculto a los occidentales que descubrieron por casualidad dos oficiales franceses en medio del laberinto de calles. Volvemos a Jemma El Fnna (o como coño se diga) por la avenida donde aparcan los taxis, que huele toda ella a pis humano soltado sobre los muros, y que termina en la avenida de los coches de caballos de alquiler, que huele que apesta toda a pis de caballo deshidratado pero que, milagrosa y misteriosamente, no se encuentra llena de heces (mierdas) de caballo.

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Salimos del riad y, saltando de bar en bar y de zoco en zoco para amortiguar el calor, esperamos a que llegue la hora de nuestro regreso al aeropuerto. Atravesamos por última vez la multitud que nos ofrece bolsos, tabaco, taxis, hachís, fotos con un mono (disfrazado en esta ocasión Messi) y sus propios cuerpos. Tomamos de nuevo el autobús 19. El calor me pega al asiento. El autobús da un rodeo por la zona nueva de la ciudad,  compuesta por avenidas polvorientas con tráfico incesante. A las afueras se encuentran los hoteles de lujo. En el aeropuerto se finge seguridad extrema y nos hacen rellenar de nuevo una hojita de papel con chorradas.

No encontramos, por ninguna parte, odaliscas bailando la danza del vientre. Eso sí, si bebes agua del grifo dicen que puede que hagas bastante de vientre (del idem). En todo caso, nosotros nos bebimos en los puestos ambulantes unos zumos muy ricos sin envasar y aquí estamos, y sin necesidad de cagar a todo trapo después.

En la sala de embarque charlamos con una pareja jovencita, él calvete alto rapado y ella con tetas visiblemente gordas y hermosas, que nos cuentan que sólo han salido del hotel un día tras pasar mucho susto esa única mañana en la plaza y los zocos durante la que un tipo les ha comido la oreja diciéndoles que había vivido en Barcelona, les ha llevado a diversas tiendas perdidas de la mano de Dios, “creíamos que nos iban a atracar”, nos cuentan.... y luego una tatuadora de henna la ha pintado la mano a la fuerza y la ha cobrado, y varios vendedores se les han puesto farrucos e insultantes.... total, que se han pasado los días en la piscina y en el jacuzzi del hotel. Nosotros, a su edad, no podíamos venir a follar a Marrakech, no teníamos dinero más que para fornicar en nuestras propias casas en ausencia de nuestros padres y en aparcamientos cuando caía la noche.

Espero no haber ofendido a nadie en este texto, lo digo irónicamente, claro. Jemma El Fnaa, o como coño se escriba, la jauría humana.


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¡¿Italia?!

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Nada más llegar al aeropuerto de Ciampino (estas gentes son muy buenas poniendo nombres cómicos a aeropuertos), te embarga una sensación de caos muy familiar. El gordo que corta los billetes del autobús aeropuerto-Roma, cuyas lorzas casi no caben por el pasillo entre los asientos, es suficientemente grosero y resulta tan desagradablemente protector como para que suspires y te relajes, como para que te sientas cómodo entre tus semejantes espaguettis. Comencé a tener conocimiento sobre ese país en forma de bota tangencialmente, a distancia, a través de sus dioses humanos de carne y hueso, de sus pinturas, sus esculturas y sus edificios. Todo muy grandilocuente. Mi primer recuerdo importante es en el 81´, la imagen del estadio de San Siro y una tremenda lluvia de almohadillas sobre nuestro portero del Real Madrid, Agustín, que se retiraba a los vestuarios del estadio protegido por los escudos de los carabinieri. Los italianos tienen fama futbolística de cabrones pendencieros, vive Dios que real y ganada a pulso con el tiempo, y sus aficionados tiferos (tifosi) no van muy a la zaga de sus deportistas. Más tarde, recuerdo el día de la final del mundial 82´ en Madrid. Yo iba en aquel partido con la Alemania de Rumenigge, Breitner y Stielike, pero esos cabrones de condottieros los pasaron por encima. Recuerdo a Tardelli gritando y a Paolo Rossi con aquella flor en el culo de la que hacía gala. Era un equipo odioso y amarrategui, pero con dos coglioni. Los espaguettis invadieron nuestras calles al estilo Pertini, que tenía pinta de anciano borrachín, para festejar aquella hazaña, ensuciaron Madrid un rato y luego se marcharon.

italia2Es difícil distinguir por el sonido a un español de un italiano cuando los escuchas desde lejos. Hablan ambos muy alto, casi a gritos, abriendo mucho la boca. A distancia resultan gañanes similares. Yo tardé mucho, muchos años, en visitar por primera vez Italia. Nuestro querido profesor Valdovinos, ese puto genio de la Complutense, describió para nosotros maravillosamente sus paisajes artísticos durante sus clases. De ahí partió mi adoración por Masaccio, por Bruneleschi, por el colgado dibujante de cómic Paolo Ucello, por el cabeza cuadrada genial de Piero de la Francesca, por el algo amanerado Donatello, por el pobre desgraciado y pendenciero Merissi. Allí soñamos el paisaje italiano hasta casi hacerlo familiar. Llegué por primera vez a Florencia y me dio la impresión instantánea de que ya había vivido, en otra vida soñada quizás, en las calles de aquel pueblo grande de cartón piedra plagado de diletantes nobles y artistas. Atravesé il ponte Vecchio, esa amalgama de joyerías horteras, y fui corriendo a mi amado Hospital de los Inocentes. Pero en la sucia fuente que había justo debajo de aquellos pórticos, una punky alemana se estaba afeitando las ingles a la brasileña, literalmente. Soy un fan de las ingles peladas al máximo, pero aquel cuadro era francamente asqueroso, nada nada erótico, ni italiano. Una alemana ensuciando para siempre mi soñada grandiosidad. Florencia es un poco un decorado, un viaje al pasado. Los camareros florentinos son un poco groseros, y unos atracadores natos, unos chorizos sin paliativos ni excepción. Tuve que robar un libro en la tienda de la catedral de Brunelescchi (lo abrí y salí por la puerta haciendo que lo leía, como si nada), que luego descubrí que estaba escrito en inglés, y un rosario en San Miniato al Monte (mientras que mi acompañante, haciéndose la falsa turista simpática, como en la vida misma, distraía al anciano fraile que hacía de vendedor), para compensar el mal humor que me producían los precios de los souvenirs y de las bebidas en los bares del lugar.

Vagamos aquel verano por las tierras transalpinas. Me fascinó Venecia con sus canales, la pestilencia me atrae quizás por su hedor familiarmente madrileño. Hasta el segundo día en la ciudad lagunar, no nos dimos cuenta de que nadie pagaba por usar el transporte público colectivo flotante, ni tampoco por el motorizado. Nos gustó practicar esa religión tan transalpina, la de obviar el pago. En Italia me dio la familiar impresión de estar en un lugar rodeado de semejantes, de serpientes, de escanciadores de agua y vendedores de humo, como yo, pero ante los iguales siempre hay que protegerse. En Italia hay que pagar por bañarte en la playa y hasta por respirar, no quiero ni pensar lo que les cuesta fornicar con mujeres de no pago, seguramente debes prometerlas palacetes preciosos y erecciones imposibles. Recuerdo que en un autobús un espaguetti leía un periódico cuya portada la ocupaba a todo ancho el fichaje de Ronaldo “el gordo” por el Madrid. Leí por encima de su hombro, deliberadamente para molestarle, y, cuando se dio cuenta de que yo lo hacía, me miró con su típica amistosa mala hostia. Yo le comenté que el brasileño ya era nuestro. El tío soltó un exabrupto algo malhumorado, aunque como siempre simpático, y me lanzó el periódico encima, cerca de la cara, diciendo algo así  como: “quédatelo si quieres, el diario y al stronzzo del gordo”. El italiano se entiende perfectamente por vía oral, pero leerlo ya es otro cantar, así que el periódico no me sirvió ni para limpiarme el orto. Esa misma tarde cayó una tremenda tormenta sobre Venecia, de esas que te obligan a regresar a tu alojamiento descalzo con el agua por encima de los tobillos. ¡Qué bonitos recuerdos!

italia4El himno nacional italiano es mucho más audible que el español, cuando los espaguettis suben a un podio tras un logro deportivo le da un aire emocionante a sus hazañas, y a ellos les hace parecer grandes atletas, escondiendo incluso lo tramposos que parecen. Ellos son campeones mundiales en tiro olímpico al ligue, su mejor disciplina, sobretodo en su vertiente playera, y son mundialmente reconocidos por su habilidad en el juego del Teto. Mi acompañante me contó una vez jocosa, mientras paseábamos una y otra vez de Piazza Navona a la fontana de Trevi y luego a la plaza de las cuatro fuentes, que la primera vez que pisó la ciudad de Rómulo y su pobre hermano Remo (el primero asesinó al segundo, claro, típico italiano), cuando caminaba por  las cercanías de Campo di Fiore con su mojigata amiga Rocío, desde un balcón unos mozos espaguettis les gritaron todo tipo de piropos y les invitaron a que subieran a visitarles con las bragas en la mano prometiendo a cambio de abrir una lisonjera botella de champán. Increíblemente, accedieron a subir al piso, una maniobra arriesgada, aunque la zona era de viviendas caras y siempre es posible dar un braguetazo en los barrios nobles cuando menos te lo esperas. Aquellos chicos, con la típica charla meliflua garibaldesca, trataron de camelarse a las mozas, y finalmente uno de ellos consiguió que Rocío accediera al fornicio tras la caída del sol. Al día siguiente, las dos chicas tenían apalabrado asistir a una audiencia papal. Rocío, de familia altamente conservadora y religiosa, había conseguido dos plazas privilegiadas de patio de butacas para ver la representación teatral de besamanos de Wojtila, era una ocasión única de conocer en vivo y en directo al Papa Viajero (y ultraconservador). A las ocho de la mañana, la chica interrumpió su fornicación para marchar hacia El Vaticano a paso de fascista, sin haber descansado suficiente ni dormido la borrachera, pero durante la espera (el sumo pontífice polaco tardó dos horas en aparecer), la moza se durmió causando estupor y risas entre los asistentes al sacro acto debido a sus fuertes ronquidos. Juan Pablo II apareció al fin y la despertó. Cuenta la leyenda que no podían despegarla de la silla, ya que todavía, tras el furor nocturno, hacía ventosa sobre ella.

En un mercadillo de Florencia, me compré una camiseta de imitación del Milan que rezaba “Rivaldo” en la chepa. Qué fracaso Rivaldo en el Milan, pobre Patapalo. Más tarde, nos encantó Verona, a pesar de que el cámping en el que nos alojamos era proporcionalmente caro al olor de sus letrinas. Caro y sucio. Y el balconcillo de Julieta era un verdadero timo para turistas. A Milán llegamos una tarde de verano en la que todo menos el Duomo estaba cerrado por vacaciones, y he de decir que nos pareció una ñorda de ciudad, absurda y caótica, como casi todo lo italiano pero más, y casi sin monumento alguno de cartón piedra que ver. Salimos escopetados hacia el Lago Como, en el que descubrimos un pequeño paraíso en la tierra mientras uno de los huéspedes del cámping en que nos alojamos, un tipo gordo de pelo grasiento que por las noches se acicalaba hasta casi parecer otra persona, le miraba poco disimuladamente el culo a mi acompañante en la playa privada del lugar. Estas anécdotas sexuales siempre me hacen gracia y animo a los participantes a que sucedan. Una profesora de la Complutense me contó una vez que un macho espaguetti intentó colarse por la ventana de su apartamento, trepando por una reja (recuerden la canción: “me subí a la reja con la polla tiesa”) el primer día que ella llegó para hacer uso de una beca artística que le habían otorgado en Florencia. No buscaba la violación el gachó, sino sólo rondarla y pedirle un besito, ellos son así. Hay dos tipos bien diferenciados de machos italianos: el que va arregladito hasta rozar los límites de la heterosexualidad, el impecable, impoluto, elegante (no quiero mirar a nadie de aquí), y luego está el malote que mira al trasluz el billete con que le pagas en la pizzería para comprobar que los diez Euros no son falsos, ese que luego te pide excusas insinuándote que allí hay mucho ladrón. Creen el cabrón y el ladrón que todos son de su condición.

italia5Hemos hablado de en algún momento de nuestras vidas visitar el sur de Italia, incluso Sicilia, pero todavía no nos hemos atrevido. Conducíamos por una carretera de un sólo carril en cada sentido, al norte de Rimini. Nos dirigíamos a San Marino, esa especie de monte-principado independiente, ese parque temático dedicado en exclusiva a la venta de objetos  “todo a cien”. John Cheever utiliza a veces la expresión “conducía como un romano”. Yo pienso que habría que hacer la extensible a “conducía como un italiano”. La carretera había sido convertida en autopista por los conductores locales. Por cada carril circulaban dos coches en paralelo en el hueco de uno. En medio de la improvisada “autostrada” había semáforos, casi en cada cruce, lo que formaba interminables atascos y regalaba al lugar una peste mezcla entre olor a salitre y a carburante. Los motores rugían, se escuchaba infame música italiana por las ventanillas, los cláxones sonaban constantemente, los pilotos hacían chillar rueda al arrancar sus Fiat de mierda a modo de Masserattis. Casi llegando al principado, paramos en un semáforo. Intenté respirar por la ventanilla y mirar por el retrovisor, y entonces pude ver a un ciclista que circulaba a modo de suicida entre aquellos agresivos automovilistas. Sorteaba el peligro con gracia, milagrosamente sin rozar la carrocería de ningún automóvil, trazando diagonales imposibles entre los estrechos huecos que éstos dejaban dentro de  la atiborrada carretera. Pasó por mi lado. Observé admirado. Me froté los ojos, pero era cierto: era Mario Cipollini, el rey león, el mismo que viste y calza. Se lo comenté a mi copilota. Ella contestó: ¿y quién es ese tío? “Stronzza, puttanna”, repliqué. Llegando a San Marino, adelantamos a Mario saludándole con la mano y pitándole sonoramente, pero no nos hizo ni caso.

Las colinas de Roma son unas cuestas muy poco empinadas. Y el Tíber parece una fosa séptica de color verdusco. Me lo imaginaba de otro tono, más azulado. No sé cómo no se intoxicaron Rómulo y Remo durante su travesía, Luperca les rescató de la suciedad. Trabajé para una empresa italiana una temporada. Habían venido a España a intentar pegar un pelotazo bursátil y hacer la guerra a su grupo enemigo, a la Mediaset de Berlusconi, en la época del auge y caída de las infectas empresas “puntocom”. Nuestros jefes respondían perfectamente a todos los tópicos espaguettis que puedan imaginarse. Vivíamos allí el día a día en un constante clima de intrigas palaciegas, de apuñalamientos por la espalda entre la penumbra de nuestro palazzetto, e incluso de enamoramientos imposibles entre ellos. Eran tipos graciosos a los que les sentaban maravillosamente los trajes de marca, hombres de esos que espetan sin rubor “este deportivo resulta incómodo de conducir”. Eran amables al tiempo que exhalaban cierto tufillo a azufre y a esencia de Armani. Vivieron a todo trapo hasta que un día llegó un tipo algo más fornido y bragado de la casa matriz y ofreció un trato ventajoso a los empleados para cerrar el chiringuito sin hacer ruido. Nuestros jefes se marcharon sin despedirse, eran italianos que tenía la costumbre de decir adiós a “la francesa”, no en vano Niza fue durante un tiempo italiana.

Nunca hemos viajado más al sur de Roma. Da respeto pensarlo, cuenta la leyenda que por allí son bastante más salvajes que el resto, no quiero ni imaginármelo . Las autopistas de  peaje son sumamente caras en Italia. Salimos aquella tarde de Milán. No sabíamos si parar en Turín o alojarnos en cualquier sitio que encontrásemos a nuestro paso sobre la campiña del Piamonte. Paramos en varios cámpings, todos con aspecto muy sucio y ruidoso, y, en contraste con su calidad, tremendamente caros. “Vaffanculo”, decía mi acompañante siempre al salir de la recepción de estos chiringuitos, desencantada, yo le respondía: “por favor, no te expreses así de grosera hasta que pasemos la frontera francesa, aquí nos entienden todo estos cabrones”. La esperanza de encontrar dónde dormir sin que nos atracasen fue disipándose con los kilómetros. Me vino entonces a la mente una idea clara: “atravesemos el Montgenevre y que le den por culo de una vez a esta panda, no vaffanculo, sino que les den por culo”. Ella, entusiasmada con la idea, me sonrió, le cambió el semblante de repente. Subimos ese puerto en dirección contraria a lo que lo hizoitalia6 Aníbal y enseguida divisamos la frontera francesa, y muy pronto observamos, descendiendo la verde ladera, la agradable Briançon. Respiramos aliviados, como siempre que entramos en ese país, y nos bajaron radicalmente las pulsaciones y la mala leche. Y dejamos de decir vaffanculo dos veces cada tres minutos.

“Mira, una pizzería”, comentaba jocoso un tipo con acento de Móstoles en el autobús de Terravisión de vuelta al aeropuerto de Ciampino. Dentro del ruidoso y viejo autocar, pegado con cinta celo sobre la pantalla de un vetusto televisor que ya no funcionaba, un cartel rezaba: “prohibido comer y beber dentro del autobús”. Los ceniceros habían sido arrancados de la parte de atrás de los asientos, por si las moscas, y de casi todos ellos colgaban chicles pegados con saña. Roma es un compendio de todo. Es una colección de iglesias y de arte, de palacios decadentes, de coches circulando y aparcando en los lugares más inverosímiles, de parquímetros que nadie usa, de bares de copas con una cerveza extremadamente cara (tomarte una a buen precio es misión imposible). Pero también hay que desterrar el mito de que no se puede comer nada medianamente barato, no es cierto, se puede comer pasta y pizza, que os informo que es la comida típica local, a un precio nada exorbitante, incluso tomarte un café de calidad a poco más de un Euro, sí. Los helados a cinco Euros es ya otro tema más escabroso que nos hizo entonar una vez más el estribillo de “vaffanculo”. La primera vez que escuché esa linda tonada fue en un campo de fútbol, allí lo aprendí, cantando aquello de “Juve, Juve, vaffanculo”, o en su defecto “Milan, Milan, vaffanculo”. Y le cogí el gusto a la frase,  por qué no.

Puse la tele en el hotel romano cuando regresamos por la noche. Mi acompañante se durmió rápido, no se enteró de que emitían en un canal de Berlusconi una resposición del glorioso programa “Colpo grosso”, en el que con excusas infames un grupo de chicas enseñaban las mamas. No hubo necesidad de escuchar sus protestas antimachistas. Me encanta Italia, a pesar de que esté llena de italianos. Santiago Bernabéu, al que ahora quieren borrar del callejero de Madrid por franquista (manda cojones), me comprendería. Aunque tienen cierto encanto estos espaguettis, observarlos es como mirarnos al espejo, un espejo algo convexo, porque vamos por lo general peor vestidos que ellos. Ya tengo ganas de volver a Roma, seguramante este próximo otoño retorne, alejándome en el mismo hotel, paseando las mismas calles, mirando los mismos monumentos de cartón-piedra y bromeando con las legiones de pakis vendedores de palos de selfie que corren por sus calles. A mi me gusta el monumento a Víctor Manuel II, al que llaman despectivamente “La máquina de escribir”. Es como una metáfora sobre ellos mismos, todo ampuloso, un poco cantoso (suelen cantearse, claro, con facilidad), pero monumental, desafiante, un tanto para la galería, pero agradable para observar al anochecer mientras regresas al hotel doliéndote los pies. Luperca era muy maja. En Roma hay muchísimas iglesias, una cada veinte metros, e incluso convirtieron el panteón de Agripa, en realidad construido por Adriano para fornicar allí dentro con Antinoo, en templo cristiano. Hay un grupo de gatos muy simpático, uno de ellos al que le falta una pata, que viven en las ruinas de Largo di Torre Argentina. La carne de gato dicen que sabe muy parecido a la de conejo.


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Café Populart

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En ocasiones nuestros lugares en el mundo son espacios cerrados, pequeños en dimensiones pero enormes en emociones. Lugares que visitamos con regularidad, donde vivimos momentos imprescindibles sin los que nos sería casi imposible sobrevivir. Algunos dejan de serlo con el paso del tiempo, porque cambiamos de amigos, de pareja, de hábitos o sencillamente, de gustos y nos cansamos de ellos. Otros, sería necesario que alguien los borrara del mapa, que cerrara sus puertas o nos prohibieran la entrada para que no cruzáramos su umbral.

Somos animales de costumbres, como todos, pero más insistentes. E igual que los domingos los creyentes van a misa de doce, nosotros solemos visitar casi siempre en sábado, aunque no necesariamente, un pequeño club de jazz madrileño que ya hace tiempo que se convirtió en nuestro templo particular: el Café Populart.

No recuerdo exactamente la primera vez que lo visité, seguramente alrededor del año 90. Creo recordar que fui junto a algún compañero de trabajo, pero quizás mi memoria me traicione y aterricé allí de casualidad en alguna noche de juerga o en esa época curiosa en la que recorría el centro de Madrid en busca de jazz.

Durante años frecuentaba otros locales donde se podía escuchar jazz en directo, como el Clamores o el Café Central. Pero por algún extraño motivo desarrollé una especial relación emocional con el Populart. Todos mis íntimos lo saben y muchos de ellos han compartido conmigo noches de música y copas. Y han sido tantos días, tantas noches y tantísimas horas, que el cajón de recuerdos que le corresponde, rebosa ya desde hace tiempo.

café populartMe cuesta recordar los rostros o los nombres de los primeros camareros, los que nos servían las copas a mi amiga Rocío y a mí a mediados de los noventa. Allí íbamos a parar en los buenos y en los malos momentos, cuando teníamos algo que celebrar o alguna desgracia que ahogar entre amigos y alcohol. Porque la música siempre fue un excelente bálsamo para las penas y una espectacular acompañante para las alegrías.

A finales de los noventa -cuando te encontré y te volviste mi sombra-, empezamos a visitarlo juntos y en seguida, aquel lugar oscuro, cuyas paredes estaban repletas de fotos en blanco y negro y todo tipo de instrumentos musicales en una extraña pero hermosa amalgama única y particular, te sedujo también.

El cantor de jazz esbozado en manchas blancas sobre negro que da vida propia al pequeño escenario ha acompañado a un sinfín de bandas y formaciones musicales que nos han ofrecido momentos inolvidables. Muchos de ellos, repiten, año tras año, casi desde el primer día. Otros se embarcaron en distintos proyectos musicales o desaparecieron y no volvieron jamás. Pero gran parte de los músicos que han pisado este escenario, guardan con el Populart la misma fidelidad que nosotros, y después de volar lejos, a festivales y escenarios internacionales, a otras ciudades dentro y fuera de España, vuelven, siempre vuelven.

Ahora que quedaron atrás los tiempos del tabaco, el ambiente es más respirable y al mirar hacia el techo ya no te encuentras con esa neblina espesa y oscura, parecía que el tiempo se había congelado. Durante años nos hemos sentado casi siempre en la misma mesa mientras que nuestros camareros nos servían una  Franciskaner sin tener que pasar por el trámite de preguntar. Hemos escuchado a músicos magníficos versionar estándares de jazz, presentar o repetir temas propios, intercambiarse entre ellos en el escenario en distintas formaciones musicales, siempre imprevisibles, impresionantes. En ocasiones, he sentido como el tiempo y el espacio se congelaban en aquel lugar y el mundo se paraba, y nada, excepto la música que me atravesaba el alma, importaba.

logo-populartEl Café Populart se ha mantenido como un faro en la noche en el número 22 de la calle Huertas desde 1989. Una tarea difícil; muchos han caído y no han podido sobrevivir. Pero este impresionante club, y nosotros, hemos tenido suerte, porque la mano negra ha pasado de lejos, solo rozando sus puertas, este verano. El susto ha quedado en una reforma que ha iluminado con mayor claridad su interior aunque, ya abierto al público, aún quedan pendientes sus últimos retoques.

Volvimos allí para celebrarlo con ellos hace unos días y escuchar a Menilmontang Swing -un placer, como siempre-. Las paredes que aún desprendían un ligero olor a pintura fresca, se veían desnudas sin sus instrumentos y fotografías pendientes de colgar. En el escenario, ahora situado al final del local, faltaba el viejo cantor de jazz. Esperemos que haya vuelto de nuevo a acompañar a los músicos con sus grandes manos para nuestra próxima visita.




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