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Noruega: bienvenidos al fin del mundo

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Cuando Miguel y yo llegamos al mirador de Dalsnibba, un pico de montaña con vistas privilegiadas del pueblo y del fiordo noruego de Geiranger, tuve el enorme privilegio de… no ver ab-so-lu-ta-men-te NADA. Os preguntaréis qué tiene de estupendo noruega2recorrer 21 kilómetros de carreteras sinuosas y pagar un peaje de 11 euros para ver un lienzo en blanco. Sin embargo, coincidiendo aquel día con el aniversario de mi nacimiento, fue uno de los regalos de cumpleaños más impresionantes que he recibido jamás.

Pero comencemos nuestra historia por el inicio. El recorrido partía del pueblecito a pie del fiordo de Geiranger, una de las localidades más destacadas para el turismo en Noruega occidental. La primera parada obligada tuvo lugar en Flydalsjuvet, mirador clásico desde donde se retrata estupendamente la lengua de agua que llega a Geiranger. Por supuesto, recorrí mi caminito de dudoso acceso para hacerme la foto de rigor. Tranquilos, es totalmente seguro si tienes un mínimo de cabeza (y os habla una cabra loca).

Tras unas cuantas poses y deleites del paisaje, el chiste del día lo encontramos fijado con spray amarillo en la carretera que subía hacia Dalsnibba. Ya tenía el Ohrwurm de los Bee Gees para el resto del trayecto.

Todo esto era muy bonito y estaba muy bien, pero se quedó en nada tras lo que vino a continuación. Sin tenerlo previsto, nos topamos con el Lago Djupvatnet. Por supuesto, el lago llevaba la retorta de años allí, yo fui la ignorante por no conocerlo (qué suerte a la sazón). No fui capaz de procesar la belleza lacustre. Di gracias a Thor, Odín y demás dioses nórdicos, que nos regalaron aquellas nubes plomizas convirtiendo la masa de agua en mi bautizado “lago negro”. Las montañas que lo bordeaban, negro grafito, aquellas motas de nieve blanca en connivencia y una casa grisnoruega4 solitaria, hacían del paisaje un lugar a la par mágico e inhóspito. Di también gracias por haber subido a la montaña en el penúltimo día del verano, sin ningún turista. Una visita privada y muy VIP. Todo mío. Todo para mí en su inmensidad y su silencio. Entenderéis que morí, que parte de mi espíritu se desgajó y se quedó allí para siempre.  Aún hoy me falta el aire rememorando mi lago negro.

Pero teníamos que continuar la ruta hacia el mirador. Así que Miguel me arrancó de aquel lugar al que me había pegado como una lapa y pagamos religiosamente el peaje de la carretera Nibbevegen. El ascenso por aquella carretera lunar ya merecía el precio y aún nos quedaba coronar el recorrido con unas espectaculares vistas del fiordo. Sin embargo, cuando alcanzamos la cima nos encontramos con un concilio de nubes blancas que rellenaban por completo el valle y que no dejaban vislumbrar apenas un milímetro de lo que había 1476 metros más abajo. Había llegado al fin del mundo. Unirse al espectáculo de aquellas nubes majestuosas volvió a robarme otro pedacito de alma.

noruega5Estoy plenamente convencida de que de haber gozado de buen tiempo, tras la borrachera de otras vistas espectaculares durante ese mismo día, la panorámica también me habría gustado; habría proferido unos cuantos “¡oh!, ¡ah!, ¡precioso!”; habría retratado la estampa unas cuantas veces y mi cabeza lo habría archivado en la sección “visto”. Afortunadamente, gracias al tiempo nuboso de aquel día, la experiencia quedó registrada en la sección “Stendhal”, un apartado mucho más exclusivo y permanente.

¡Ah, así que era esto? Bonito, ¿verdad?

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En su lugar yo vi esto otro. ¡Aaaaaaleluya!

No podía pedir más a ese ascenso tan especial.  Sin embargo, no sólo las vistas sino también el paseo en coche fue una verdadera atracción, un verdadero privilegio realizarlo con el otoño prematuro del condado. Recorrer sus carreteras mientras el negro cobalto de las alturas de Dalsnibba daba paso a los colores rojizos, pardos y verduzcos que avisaban de la vuelta a la vida del valle. Viajar en soledad en el otoño noruego es una experiencia única y vivamente recomendable.

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