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Mañana es igual que ayer en Bancalari

Mañana es igual que en Bancalari

En la gigantesca área metropolitana de Buenos Aires, entre los partidos de Tigre y San Fernando, se encuentra este barrio. Todo lo que sabes no vale nada en cuanto llegas aquí. Otro mundo, con sus propias reglas. La policía procura no adentrarse demasiado en este enorme poblado de casas a medio hacer, que nace en la localidad de Don Torcuato y se expande siguiendo el cauce de basura del río Reconquista. No has visto suficiente pobreza si no has estado en Bancalari. No sabes lo que es la hospitalidad si no has estado en Bancalari. Las tiendas de lujo están a una media hora en coche de las ratas que rebuscan en los desperdicios. Así es Buenos Aires. No hay alcantarillado, no hay agua corriente en muchas zonas. Los niños enferman con facilidad debido a la contaminación. Se vende chatarra.

Los sonidos del tráfico, de las peleas callejeras, de los ladridos, de las sirenas... se mezclan con los de los televisores a todo volumen, las conversaciones familiares, las polkas paraguayas, los ensayos de la comparsa y los reclamos de los vendedores ambulantes. Hay mucho movimiento, hay color, hay ilusión entre el cielo color gris polución y el barro de la desesperanza. Gran parte de los vecinos son paraguayos, gente alegre y luchadora, obreros que van y vienen cada día del centro a la barriada en moto, en autobús o en remís. Casi nadie tiene coche aquí, o por lo menos un coche completo, porque los que están en buen estado los roban enseguida. Un ejército de perros inmundos deambula entre las viviendas, buscando algo que llevarse a la boca. A veces muerden a algún motorista confiado que se les acerca más de la cuenta. Hay una especie de cestas metálicas donde se depositan las bolsas de desperdicios. Se elevan un metro del suelo para que los canes no las alcancen. Jesús salva, lee la Biblia.

Los gatos permanecen en la sombra durante el día e inspeccionan los tejados a partir del atardecer. Las casas están cercadas con ladrillos desnudos. Y las pocas ventanas que tienen están protegidas con barrotes de acero. Alambre de espino, cadenas y candados adornan las puertas. Bancalari es un sitio peligroso por las noches. Chorros, esnifadores de pegamento y demás ralea salen a armar gresca. Buscan llegar al día siguiente y van armados. Primero disparan y después roban. Ni siquiera preguntan. Lo que sea para sacar unos pesos. La próxima dosis es su futuro. Las noches duran demasiado por estos lares. El futuro de los jóvenes languidece hipotecado en latas de disolvente. Mañana se inaugurará la nueva tienda de Dior en la capital, a unos cuantos kilómetros. Mañana es igual a ayer en Bancalari. Las aguas de su río no pueden verse ya, bolsas de plástico lo cubren por completo en varios tramos. La cochambre de la gran ciudad va a parar allí, al desagüe de la capital de la República Argentina. Mientras, los ciudadanos de primera clase duermen plácidamente en sus countries privados con hermosos jardines, muros impenetrables y seguridad privada. Llamen a una ambulancia.

Cuando llueve las calles se inundan, el agua se eleva más de un metro y entra en muchas casas. Los coches no pueden circular por las pistas de barro anegadas. No importa. Ya amainará. Los turistas nunca pasearán por esta barriada, no fotografiarán a los niños sucios y descalzos que pueblan sus calles para subirlos al Facebook. Aquí no suenan tangos, aquí no huele a ñoquis, aquí no se percibe por ninguna parte la bohemia porteña ni se venden souvenirs. Argentina muere en este barrio y renace convertida en otra cosa. No es de color plateado, es marrón oscuro. Comestibles Ramírez, siempre a su servicio.

Bancalari es una inmensa cuadrícula que comprende 59 manzanas donde viven miles y miles de almas. Es el Buenos Aires oculto que no aparece en las guías de viaje ni en los anuncios de televisión. Huele a meados y a olvido, a marginación y a esperanza. Al mediodía, sus residentes cocinan asados delante de sus casas en latas partidas por la mitad como ajenos a todo, abstraídos de los homicidios del día anterior. La gente la persigna cuando pasa frente a la iglesia de San Cayetano. Hay tiendas de alimentación, de ropa, de artículos de santería y ferreterías. Hay hasta una piscina y varios polideportivos. Pero los chavales juegan a la pelota en los patios de las casas y en los descampados. Cuelgan una red de dos extremos y practican una curiosa mezcla entre fútbol y balonvolea. Las reglas son como en el vóleibol pero solo se puede golpear el balón con piernas, pies, hombros, pecho y cabeza. Los más mayores organizan equipos y se van turnando. Los pequeños deben contentarse con mirar. Juegan ajenos a la miseria y, si te paras a verlos, olvidas también toda esa inmundicia, toda esa injusticia. Mientras no anochece, el ambiente es familiar y los desconocidos te invitan a entrar a sus hogares para ofrecerte lo mejor que tienen. Nadie es extranjero en este barrio de extranjeros.

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