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Jazz in Marciac

bassoues

A veces encuentras lugares impensables que se convierten en imprescindibles; sitios donde nunca soñaste estar pero que se cruzan en tu viaje deslumbrándote con una luz tan intensa que te atrapa para siempre. Con suerte, algunos de estos rincones únicos terminan por convertirse en un segundo hogar y en su seno formas una segunda familia.

Me convertí en la marquesa de Mascarás algún principio de agosto de estos últimos veranos. Este marquesado ficticio se extiende desde Bassoues hasta Marciac, en el departamento de Gers, en el Midi-Pyrénées francés. En el recorrido por la D943 entre ambas poblaciones se encuentran las colinas de Mascaras, un pequeño y hermoso paraje, una pincelada más de la belleza de la campiña francesa.

Descubrimos Marciac un día de lluvia en un largo recorrido por las bastidas más célebres de la Gascuña. Paramos allí por casualidad. Nos sorprendió el pueblo cortado, la enorme multitud de coches aparcados por doquier en los márgenes de la carretera o en improvisadas y enormes zonas de estacionamiento alrededor de toda la villa. Paramos con la idea de dar un breve paseo antes de retirarnos a cenar, algo ausentes ya por el cansancio y el dolor de cabeza.

Bajamos por una de las calles principales en el interior de una estructura urbana perpendicular típica en la zona donde todas las calles desembocan en la plaza y es imposible perderse. A medida que nos acercábamos a la bastida, la música y la gente lo fueron invadiendo todo. Sorprendidos, nos dejamos guiar por nuestro oído y caminamos hasta el centro. Así nos dimos de bruces con Jazz in Marciac, uno de los festivales de referencia en Francia.

En todos estos años nunca hemos contemplado la bastida del siglo XIII de Marciac en su estado natural. Hemos cruzado la plaza infinitas veces, paseado por sus soportales o entrado y salido por todas las calles que dan a su interior bajo el armazón de velas que la cubre para dar cobijo del sol al escenario y al público que asiste a los conciertos. Se ha convertido en una de las citas fijas en nuestras vacaciones de la que no queremos o no podemos prescindir, pero siempre en las mismas fechas, cuando la bastida está vestida y preparada para la celebración.

Marciac es jazz por excelencia. Puede ser difícil imaginar la dimensión de este festival si uno no ha pasado por allí nunca. Al margen de contar con uno de los carteles más interesantes y amplios del panorama del jazz, la particularidad que lo caracteriza es saber transmutarse durante veinte días en un centro neurálgico donde el jazz lo inunda todo: exposiciones, mercados, festival off, conciertos y música en directo en cada restaurante o bar... Todo el pueblo se transforma y la música se escucha y se respira en cada esquina.

Pero lo que convierte al JIM en mi lugar imprescindible es su entorno y su gente. La enorme afluencia de público cada año nos obligó a buscar un lugar cercano donde poder alojarnos sin problemas. Y otra vez la casualidad nos condujo hasta un pequeño pueblo medieval a quince kilómetros de distancia. En Bassoues encontramos el pequeño camping municipal que se ha convertido en nuestro casa. No fue fácil. Monsieur Pierre, Pierrot para los amigos, tardó unos años en confiar en "esa pareja española tan rara". Raros porque nos integramos con los franceses y renegamos de los ruidosos españoles en cuanto tuvimos oportunidad.

No tardamos mucho en darnos cuenta de que en Bassoues todo giraba también alrededor del jazz. Al principio nos encontrábamos en los conciertos, en el off o paseando por Marciac, después empezamos a renunciar a nuestra preciada independencia para hacer planes con nuestros vecinos.

Hemos paseado por Bassoues y alrededores con Gilbert visitando la iglesia de Saint Fris y su donjon del siglo XIV que dan a este pequeño pueblo su perfil característico. Junto a él y Martel hemos trasnochado disfrutando de largas conversaciones en las que intercambiaban experiencias vividas en sus rutas y viajes africanos. Christian nos ha regalado cada mañana, café en mano, sus crónicas y comentarios sobre las actuaciones musicales de la jornada previa. Pierre se ha mofado de nosotros siempre que ha podido al mismo tiempo que se ocupaba de cumplir con nuestros pequeños deseos y de surtirnos de su armagnac casero. Hemos visto crecer a Rafael y Valentin...

Nuestra pequeña familia francesa se reúne cada verano bajo la batuta de Pierre Castet en un lugar privilegiado, recogido y tranquilo, cuartel general de verano de los adictos y adeptos al jazz. No hemos faltado ningún año desde aquel día de lluvia.

Este agosto volveremos a encontrarnos y disfrutaremos del jazz y de muchas otras cosas sencillas. Pasearemos hasta Bassoues para comprar pan cada mañana bajo la bastida y después recorreremos de nuevo los 15 kilómetros que nos separan de Marciac. Nos sentaremos ante el escenario de la plaza a distintas horas del día mientras leemos la gacetilla del festival y degustamos un pain au chocolat. A la vuelta hacia Bassoues te obligaré a parar en el comienzo de la recta que lleva hasta Mascaras. Me meteré entre los girasoles e intentaré una vez más tomar una instantánea con la cámara que nunca conseguirá reflejar ese horizonte que me cautiva.

Nunca sabré porque de entre todos los lugares que he fotografiado, precisamente este se me resiste tanto. Quizás es por todo lo que representa, los momentos vividos, la música escuchada, las conversaciones perdidas. No he conseguido captar en una imagen el espíritu, por eso me quede con su nombre. Ya saben, soy la marquesa de Mascaras.

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