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Madrid no es vuestra

Vosotros no sois de Madrid. Puede que seáis de pueblos de alrededor, o que llegaseis de tierras lejanas en algún momento crucial de vuestras vidas y ahora, para explicarlo todo, recurrieseis al tópico de que “nadie es extranjero en Madrid”.  No sois de aquí.  Se os nota nada más veros. Tenéis miedo a Madrid, os pesa, y no podéis disimularlo. Si decís que tenéis esas respuestas es que ni por el forro sois de aquí. No os engañéis, en Madrid sólo hay asfalto y preguntas sin resolver. La puerta está abierta si queréis largaros con viento fresco.

Cuando yo nací desde mi ventana todavía podían verse los límites de la ciudad, los inmensos descampados por los que corríamos, aquella sabana salvaje de los años setenta y ochenta.  Allí aprendimos a vivir a pulmón y a defendernos de los depredadores, a respirar a escondidas  la mugre y a amar la fealdad de sus calles agujereadas.  Os preguntan por Madrid, por sus rincones, y todos mencionáis bares y restaurantes. Sois madrileños de todo a cien. Los bares desaparecen siempre con el tiempo, o se convierten en franquicias que os encantan cuando bebéis cañas a menos de un Euro para sentiros bien dentro de vuestro ego. Las tiendas de moda se cierran y las personas se marchan a ciudades dormitorio o a capitales más civilizadas, desertan para morir o para buscar paisajes con un mar al fondo donde sentirse genios. No, Madrid, el mío, no está ahí. Madrid no es de todos, porque no es de nadie, y sus calles son eternas.

Madrid existe cuando me refugio en él caminando desde Cuatro Caminos  a Sol, cuando meo debajo de sus árboles más lejanos del centro y no escucho ninguno de vuestros cacareos ni de lejos. Madrid es sentirse como en casa entre las bestias vociferantes del Bernabéu, oler su sudor y formar parte de la manada. Por las torcidas aceras de este mal llamado foro no se puede andar sin estar alerta, nosotros paseamos siempre con las gafas de rayos x, las que nos vienen de serie incrustadas en la cara desde la infancia. Si no somos capaces de apretar suficiente el culo ni de usar los puños decentemente, entonces nunca podrá decirse que somos de Madrid. Hay que encajar los golpes para serlo, sin pestañear, hay que aprender a caer para poder saborear su aire escaso de oxígeno.

Aquí hay mil rincones que amo, y puede que algún día os cuente donde están, aunque también puede suceder que no me dé la gana de hacerlo por puro cabronismo de raza. Hay muchos gilipollas campando por Madrid y tú puede que seas uno de ellos. Madrid es volver a casa caminando borracho de madrugada y ver el vaho que sale de tu boca mientras respiras, sin frío ni cansancio. Madrid es recorrer a pleno sol de cuarenta grados sus avenidas y ver cómo sudan hasta derretirse las japonesas. Madrid es reírse de los guiris, de los que viven a tres mil kilómetros de distancia y de los que lo hacen a quince. Madrid es mirar al cielo y agachar la cabeza cuando llueve duro.

En Madrid han muerto todos los míos que se han muerto y hace tiempo que decidí que yo también lo haré. Mis pies están pegados a su cemento fresco y me hundo en sus arenas movedizas cada día más. Soy quizá un glóbulo rojo de sus venas que boquea escaso de oxígeno, un cáncer de médula en sus huesos o un estertor de muerte en sus pulmones, pero lo único que puedo decirte es que estoy dentro. Madrid siempre sitiada y malherida, por dentro y desde fuera. Cuando te miro Madrid siempre está detrás de ti. Su cielo está muy cerca del suelo y creo que por eso la quiero.  Pero en absoluto es ni será nunca vuestro Madrid. 

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