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Carnota

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A quince minutos del fin del mundo, a varias horas de ninguna parte, enclavada en el extremo suroeste de A Costa da Morte está Carnota. Con poco más de 5.000 habitantes, en este pequeño pueblo costero se sitúa la playa más grande de Galicia: una extensión de siete kilómetros de fina arena blanca azotada perpetuamente por un mar salvaje, abierto hacia lo desconocido. Este mar, que nunca deja de rugir, se funde con el cielo y nubla la línea del horizonte formando una cúpula azulada que nos recuerda nuestra insignificancia. El tiempo y el espacio desaparecen en este arenal, en el que es lógico pensar que las aguas se precipitan al abismo negro de lo insonsable, más allá. Paz, inmensidad y trascendencia. Espuma blanca, sal y piedra rodean Carnota. De sus montañas, desnudadas en algunas zonas por el último incendio, destaca el Pindo, el monte sagrado desde no se sabe cuándo. Formas pétreas imposibles, misteriosos petroglifos prehistóricos, un valioso testimonio que a nadie parece importarle, surcan este Olimpo celta. Dólmenes y castros rodean esta catedral del megalitismo en un concierto del que hemos olvidado su significado. Pindo. El monte Albán gallego, la catedral geodésica de un culto solar que se percibe sólo con pasearse a sus pies. Algo magnético y poderoso posee al caminante. Acantilados, muerte y lluvia. Vida, el río Xallas y la caída del Ézaro. Gigantes de piedra modelando sus sueños.

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Carnota es la tienda del Largo, donde Manola me vendía los barriletes a peseta, la mujer más dulce del mundo. Carnota es también el kiosco de Juan Manuel, que ya no existe. Nos regalaba los helados el día en que caducaban... y también nos los regalaba otros días. Echaba petardos frente a la parada de taxis y los cientos de gorriones que anidaban en las palmeras huían volando. Carnota es la plaza nueva y a pedra escrita, el bar de Pedro y el Miramar, comercial Caracas, mi amiga Cristina, Rafa y Pili, Antía y Sabela y la gente más hospitalaria que he encontrado en toda mi vida. A mis amigos Jorge e Iván nunca los he olvidado, hace casi treinta años que no los veo.

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Carnota es famosa por su hórreo, el tercero más largo de Galicia tras los de Araño y Lira. Aguarda solemne por el grano que ya no volverá a albergar, que antes atestaba sus muros de granito. La Iglesia ya no recibe el maíz de los campesinos como tributo. El hórreo permanece erguido, orgulloso, al lado del cementerio parroquial y el palomar del que han huído las palomas. Apenas hay gente por sus calles. Los jóvenes han tenido que emigrar como hace cincuenta años. Mis amigos ya no viven allí. Muchos se han ido a trabajar de camareros a Tenerife. Algunos se han establecido en esa isla para siempre y ya no volverán. En su lugar, turistas alemanes e ingleses han comprado a precio de saldo las casas que van quedando vacías. Los extranjeros viven del campo y trabajan sólo para comer. Y es que nada puede compararse a vivir en este lugar, donde el misterio es el mismo lugar.


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