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El año del dragón

¡Wantung pollo, malchando!

Sheng frotó su calva sudorosa con el mismo trapo hediondo por enésima vez en esa mañana. Los problemas, como cada día, se acumulaban uno tras otro en una larga sucesión, al igual que los clientes, los pedidos… “Como dice el proverbio: cada cosa a su tiempo, y un tiempo para cada cosa”. Pero estando solo tras el mostrador, no había forma de atender a todas las peticiones con un mínimo de profesionalidad, y eso perturbaba profundamente al anciano comerciante, que no tenía manos ni pies (ni, últimamente, cabeza) suficientes para atender a la creciente marea de trabajo que se acumulaba frente a él, y que no tenía visos de decrecer a corto plazo. Echó mano de la agenda electrónica para ir sacando envíos a la vez que cortaba verduras a toda velocidad y meneaba con un ritmo salvaje, cercano al Párkinson, tres o cuatro recipientes puestos al fuego.

-¡Vamos, viejo, que no tengo todo el día!
- ¡Ya tá, selvido!
-Pero esto no es lo que he pedido, yo quería los wailais con salsa de brounce, no esta mierda de color… de color… pues eso, mierda!!!
- No pleocupal, invita la casa…

El cliente partió a toda velocidad, no sin antes echar una mirada asesina al local. Pero al menos se había llevado la comida (gratis, sí, pero lo importante era “el recorrido del envase”, es decir, que los recipientes con el anagrama de “El Buda Sonriente” llegasen a todas partes y le hiciesen publicidad al negocio). Uno menos. Pero la fila no cesaba de crecer, y por más que llevase toda una vida dedicado a alimentar a tantas bocas, últimamente no daba abasto… “Si al menos Yi estuviese aquí…” Su nieta, Yi Ting, la niña de sus ojos, había partido hacía ya meses hacia lo que ella denominaba como “el resto de su vida”, una vida lejos de él, de ese antro, del olor a fritanga y el humo acre de los fogones. Cuando más la necesitaba, ella le había abandonado. Como su mujer, hacía siglos. Como su hija, hacía no tanto. Estaba solo. Total y absolutamente.

Miró con añoranza (mientras rebozaba gambas) los retratos familiares que adornaban el local. Generación tras generación, su familia había cocinado y servido a ingentes cantidades de seres humanos. Estaba en sus genes, tan profundamente impreso como el follar o el huir. Como el cazar o ser cazado. Pero veía claramente que él era el último de una estirpe, que tras él, nadie continuaría con el negocio. Cuando no le quedasen fuerzas para mover las sartenes, cuando la incipiente artritis diera al traste con la velocidad necesaria para servir comida rápida… Ese pensamiento le desasosegaba tanto, que inmediatamente incrementaba el ritmo de trabajo, sus manos parecían fugaces borrones sepia moviéndose a todo trapo y sus torpes pies ejecutaban un baile entre cocina y mostrador que a fuer de repetido prácticamente podía ser seguido por un bailarín algo experto, solo fijándose en las marcas que su recorrido de años había dejado por todo el suelo. Y, ¿qué otra cosa podía hacer? ¿A dónde podría ir, quién daría trabajo o alojamiento a un viejo que solo sabía cocinar y que ya no tenía la rapidez de antaño? Las nuevas franquicias solo aceptaban a jovencitos y jovencitas físicamente perfectos, como clones con gorrito. La artesanía, las recetas tradicionales… eso era cosa del pasado, como la gasolina, como las monedas de cobre. No, no tenía otra opción que seguir ejecutando ese baile diario entre efluvios y condimentos, poniendo la misma sonrisa arrugada al atender al cliente. I pin, lian pin, SA pin… y a por más carne, más pescado, más verduras, en una carrera desenfrenada hasta el día en que sus viejos huesos no aguantasen más. Quizá ese día reventase y sus vísceras alimentasen a la interminable fila de hambrientos por última vez.

Tuvo una remembranza repentina de su padre, Chen Pao, sirviendo mesas en ese mismo local hacía ya décadas (cuando el local disponía de mesas), con un trapo sucio como el suyo asomando del bolsillo trasero del pantalón y sonriendo como el gato de Cheshire a la clientela, frotando sus manos y dando gracias a su personal dios por otro día de ganancias. Y de él mismo de niño, jugueteando entre esas mismas mesas ya desaparecidas, corriendo como un loco entre el laberinto de piernas y patas de mueble, soñando con ser piloto de astronave y salir del planeta con rumbo a otros mundos, otras galaxias conocidas o por conocer. La ironía de la situación no se le escapaba al viejo, que reprimió una lágrima con el pico del delantal.

Un runrún empezó a sonar en la parte trasera del establecimiento, un molesto sonido crujiente que amenazaba con nuevos problemas, más graves aún, al pobre Sheng. “Otra vez ese maldito motor”. Puso más ingredientes a hervir, añadió otra media docena de salsas variadas y tras entregar otros tantos menús a los desesperados clientes, desapareció a toda velocidad tras la cortina de abalorios, dejando con la palabra en la boca al resto de la fila. Salió un minuto después, sucio de grasa de maquinaria y despeinado, tosiendo, pero con dos bolsas de muslitos de mar en salsa de… (taladrina?) para dos jovencitas rapadas a la última moda, a las que despachó con su habitual sonrisa. Al humo habitual del establecimiento se había añadido otro más oscuro y denso, aceitoso e industrial, que se quedaba pegado a la garganta como el hollín en una chimenea. Los clientes, mosqueados, empezaron a abandonar el local ante las súplicas de Sheng, que no dejó de entregar a cada uno de los que salieron un paquete de galletas de la fortuna por cortesía de la casa.

- ¡Vuelvan mañana! ¡Plóxima ólbita, todo mitad de plesio! La luz del sol empezaba a declinar tras la curva de la Tierra, entraba en la órbita oscura y tendría que ocuparse durante horas de arreglar ese maldito motor de fusión fría que mantenía todo su chiringuito flotando alrededor de su planeta natal, del que tanto había soñado en escapar durante su infancia, y del que finalmente el destino solo le había permitido alejarse lo suficiente para ver su eternamente azulada superficie desde la estratosfera.

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Cuando por fin terminó el trabajo, a punto de echar el cierre ante el frío espacial que se avecinaba durante las horas de oscuridad, vio un punto de luz que se acercaba y saludó con la mano a Abdoul, que pasó a apenas unas decenas de metros orbitando en su badulaque, dispuesto a entrar en la zona de sol y empezar su jornada, con la fortuna de contar con una buena prole de hijos e hijas. Solo y pequeño, Sheng siguió mirando hacia el infinito durante un buen rato antes de bajar los escudos anti-tormentas y recluirse en su micro-mundo de metal.

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