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... En vuestra memoria

pilla 1
A Freda, a Marian…

Y a Julia, Caya, Lara, Rosa, Cándida (¿quién eras, en realidad)


Hace tiempo que quería escribiros una carta.

Me hubiese encantado poder hacerlo con todas individualmente pero ante la imposibilidad material de semejante hazaña, no me queda otro remedio que practicar el siempre peligroso juego de poneros en contacto a unas con otras (aunque solo sea porque os voy a nombrar a todas en susodicha carta, que es como un cotilleo muy jugoso que os encantará hasta que os toque el turno).

Y digo peligroso juego no porque tema vuestra posible reacción, que creo inexistente o en todo caso inútil, sino porque ya bien he aprendido, en gran medida gracias a vosotras, que en el fondo estáis todas en la misma tarea. Posiblemente lo que diga se vuelva en mi contra y lo uséis para justificar aún más vuestras ansias de divinidad, cada una a su conveniencia.

Pero asumo el riesgo, total, más castigo parece ya poca cosa, y a mi corazón le conviene soltar un poco de lastre ante la oleada siguiente de horror que le provoca el mero hecho de que ya estaréis para siempre en mi vida.


1.

Freda, malograda ninfa…

Tú sin duda volviste a encender una leve llama de pasión de juventud en este aturdido y cínico (y miope) corazón. Fueron ¿ocho años, o algo más, o menos? Ese algo más (o menos) algodonoso y pastoso en que se convirtió el lento deceso de nuestro ídilio de madurez, me lleva a designarte para abrir las hostilidades.

Parafraseando al gran Cervantes, tú te jodes antes. Lady Freda, perdona el sarcasmo, pero tu castillo en las nubes se cayó hace tiempo. Eres una gran mentirosa.

Sobre los sueños que me sugerías realizar, eran tus sueños, en los que siempre salías triunfante y poderosa, con mayestático poder sobre tu súbdito por pura adhesión personal a tu causa, por fervor hacia ti. Prometías que tu gloria sería la mía, pobre alma que anhelaba tu gobierno sobre su proletaria vida. Pero el beneficio se quedó en tu familia, en tu cortijo, en tu miserable reino de visires pelotas y amigos de una noche al mes. Yo te he visto compartir las drogas con todos. En la fiesta eras la más colega de todos y cada uno de los presentes, pero cuando la fiesta terminó… te escondiste en el retrete a volcarte los restos y dejaste que creyeran que la noche era eterna. Y te fuiste con un gilipollas que te agenciase otro gramo. Y poco a poco… te tiraste a por la pasta.


2.

Ejem… Lady Marian… ummm.

Lady Marian…

Eres, has sido y siempre serás una zorra. No hay otro motivo en ti que el más puro egoísmo. Y no sé cómo diablos has conseguido sacarme todo en apenas… ¿tres años? ¿Mil? (Joder, son dos pero parecen eternos…) Y más aún, lo que te pagaré durante toda mi vida, si no hay un Dios que haga justicia (que no). Tu eres la segunda, jamás serás la primera en nada porque siempre hay otra más zorra que tú, y no tan lejos como te crees, que las puñaladas vienen del círculo más íntimo siempre. Y porque lo mejor siempre se deja para el final, es mejor quitar las costras para curar las heridas, y tal y tal…

Aunque no te lo creas, te calé pronto, pero cuando te tienen cogido por los huevos es difícil la autodefensa. ¡Qué zorrón, rediós!

Sí, siempre te vi venir, oh, sí, ya sabía de tus conveniencias, y qué bien te has vendido al que te ha provisto de bonitos adornos, te ha dejado una herencia en vida, (y crees que le manejas a tu antojo) y qué bien presumes de haber vuelto al fin a ese Olimpo al que siempre creíste pertenecer, y en el que solo lames sandalias de dioses purpurados.

Tú SIEMPRE fuíste a por la pasta.


3.

Para mí siempre Julia… cuantísimo te amé.

Cómo me calentabas la sangre, no podía explicar ese caos, ese cóctel de hormonas euforizante que me recorría las venas y al cual llegué a ser adicto. Por tí podía practicar yoga y “fight the power” (o se podría decir que fue más bien “flower”), de tarde en tarde, casi siempre ebrios de libertad y experiencias orgásmicas.

Yo quería creer en tí. En ese amor que tanto conocías, del que tanto hablabas y nunca te cansabas de defender. Ni siquiera sospechabas tu propia ignorancia sobre el tema. Hablabas y hablabas, y te implicabas en mil causas, y te implicabas, por supuesto, con todo aquel al que te trajinabas…

Te los tirabas a todos. Y yo me reía porque pensaba que sólo me amabas a mí. Pero a todos nos prometiste lo mismo, un tesoro que no poseías. Un queso a robar o algo para pasar el rato, no sé muy bien qué pretendías, abriste el coño para todo el mundo para demostrar el poder de tu coño, pero se te cayeron las tetas y se acabó el pastel, y al final te diste cuenta que el pastel, al amasarlo tú, salía más bien rocosete, je, y claro… te tiraste a por la pasta.

Con todos tus alias por bandera, con todo tu ser cosmopolita y rural, hoz y pendrive, con tu chulería de cani-rasta-barbie y tu “no future”, y tu coño, tu gran coño… te tiraste a por la pasta.

Entre todas habéis conseguido que no quiera ya a ninguna, salvo la que libremente pase su tiempo conmigo y comparta lo que tiene, y que si alguna vez se yergue en representante mía yo a su vez me enhieste dentro de ella cuando sea de ser.

“Y si alguna vez te yergues en representante mía, yo a su vez estaré haciéndolo dentro de ti”.

 

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