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El paquete

I

- El paquete está en posición.

Los cuatro hombres relajaron sus hombros de forma casi imperceptible. Después de unos segundos cuidadosamente cronometrados por el que parecía estar al mando, subieron en sendos vehículos y salieron a una velocidad discreta del aparcamiento subterraneo para incorporarse a la ancha avenida, y de ahí coger la M-30. Iban muy paquete2cerca el uno del otro, para impedir que los conductores más avispados se colasen entremedias.

A la altura de Bailén, otros dos vehículos similares se situaron detrás, y viendo que el convoy era demasiado evidente, el jefe ordenó que se dispersaran por las callejas para llegar desde diferentes puntos a la Almudena. Sus hombres sudaban dentro de sus trajes negros de chaqueta, no en vano la temperatura de ese mes de julio había sobrepasado en varias ocasiones los cuarenta grados, y ese día prometía ser de los más calurosos. Los coches disponían de aire acondicionado, pero los recortes en el presupuesto del Área de Seguridad "aconsejaban" no encenderlo, razón por la cual ocho hombres empapaban sus camisas blancas y aflojaban discretamente los nudos de sus corbatas. La tensión del momento tampoco ayudaba a bajar la temperatura, ya que era mucho lo que se jugaban en esa misión.

paquete4El hombre al mando miró su reloj una vez más. El paquete debía estar ya muy cerca, por lo que supuso que en breves momentos recibiría confirmación vía radiofónica. Encendió la radio del coche y sintonizó la COPE. Tras dos minutos de alabanzas a María, comenzó a sonar la música esperada: el Réquiem Nº 2 de Schubert. Era el momento. Los vehículos se detuvieron en doble fila a la espera de ver aparecer el Audi A4 azul. Esperaron. Los primeros dos minutos transcurrieron sin novedad, y el jefe del operativo comenzó a tener una sensación opresiva, como de presagio. Algo iba terriblemente mal.

A los cinco minutos se atrevió a contactar con la central en busca de noticias. Allí le confirmaron lo que su instinto ya había advertido: el paquete se había esfumado.

II.

- ¿Cómo, en el nombre de Dios, habéis podido dejar que pase ésto?

Las caras abatidas de los doce hombres parecían un mudo poema, no sabían bien dónde meterse. Habían fracasado ignominiosamente en su cometido, y lo sabían, lo cual hacía que rabiaran por dentro.

- ¡Vamos a ver, ésto era bien sencillo, coño! Recibir paquete, entregar paquete. Nada más. ¿No tenéis nada que decir?

paquete5Se miraron unos a otros en silencio, hoscamente. Los unos se culpaban a los otros, ya que el equipo B había llevado a cabo su parte con limpieza, y era el equipo A el que había fallado estrepitosamente. Sus hombres habían llevado el paquete hasta el vehículo alfa, pero entonces...

El tenso silencio se vio interrumpido por la entrada de otro hombre, mayor que los que estaban en la sala. El recién llegado alcanzó una silla del escritorio y se dejó caer pesadamente sobre ella. Los presentes musitaron un saludo, al que él no correspondió. Extrajo unos cuantos papeles de un cartopacio y pareció leerlos durante un rato. Transcurrido el breve lapso, durante el cual los hombres se miraron de reojo con nerviosismo, el anciano comenzó a hablar. Lo hizo en forma de pregunta, en apariencia inocente:

- ¿Entonces, durante cuánto tiempo estuvo el coche sin vigilancia?

Esa pregunta comprometía directamente al jefe del operativo, que se apresuró a decir:

- No más de uno o dos minutos, señor.
- Y, explíqueme, ¿cómo puede desaparecer en ese tiempo un coche cerrado? ¿O he de asumir que no lo estaba? ¿Acaso las llaves estaban puestas en el contacto?

El interpelado no pasó por alto el matiz sarcástico de la pregunta, pero se limitó a contestar con toda la flema que pudo mostrar.

- Las llaves del vehículo le fueron entregadas al responsable del punto de control, tal como figuraba en el plan, señor.
- ¿Y qué ocurrió cuando los conductores fueron a recogerlas?
- Pueees, señor...
- Sí, ya se lo que ocurrió, pero prefiero oírlo de sus labios.
- El encargado no estaba, señor. Mis hombres le buscaron por todo el edificio, pero no le encontraron.
- Ya. ¿Y entonces?
- El jefe del equipo A bajó al vehículo. Y tampoco estaba, señor.
- Y, ¿cuál fue su diligente actuación, Valverde?
- Se peinó la zona, señor. Se localizó al capellán en un bar aledaño, señor, y se procedió a su interrogatorio. De sus respuestas inconexas, señor, se dedujo que el vehículo se lo había llevado otra persona... señor.
- ¿Y a quién se supone que le entregó las llaves el capellán?
- Al parecer, señor, hay un jóven perteneciente a las JOC que trabaja en un despacho de la iglesia. Un tal Willy, señor. El capellán asegura que le entregó a él las llaves para que aparcase el coche, porque estaba en doble fila...
- ¿Y qué sabemos de ese tal Willy?
- Nada, señor, nadie sabe darnos un nombre o una dirección.

paquete99Ante la urgencia del momento, decidió explayarse:

- ¡Pero parece que se trata de una sucia rata hippie, señor, un barbudo indecoroso que apesta con su presencia tan sagrado lugar. Al parecer le han regalado el nombramiento y el cargo, pues indudablemente de otra forma no hubiese soñado con alcanzar la posición que le permitió realizar tan horrible acto de terrorismo!
- ¡Suposiciones, burdas suposiciones!
- ¡Señor, si me permite la audacia, con unos cuantos hombres más y un par de días, yo podría peinar los barrios bajos de la zona sur, de donde sin duda procede esa escoria, localizarle y recuperar el paquete!
- ¡Monseñor! ¡Ya bastante la ha cagado usted, como para permitirle seguir haciéndolo!
- ¡Eminencia! ¡Le ruego que me permita estar al mando! Esto se ha convertido en una cuestión personal. ¡Machacaré los huesos a ese cabrón!

paquete6En ese momento, un secretario con alzacuellos entró precipitadamente en el salón y se dirigió hacia el hombre de mayor autoridad. Le susurró algo al oído y se retiró dos pasos hacia atrás.

El rostro del anciano reflejó una súbita alegría, y su voz rezumaba júbilo cuando habló por fin:

- ¡Hermanos, Dios, con su infinita misericordia, ha obrado el milagro! Una vez más, su infalible acción ha logrado lo imposible. ¡El paquete ha aparecido, y está a salvo! ¡Alabado sea!

Un murmullo excitado recorrió las filas de hombres allí presentes.

¡Milagro! Empezaron a oírse gritos fervorosos.

- ¡Gracias, Señor, por tu divina intersección!
- ¡En verdad, en verdad eres Uno y Trino!
- ¡¡¡SILENCIO!!!

Los hombres, con la palabra en la boca, se quedaron mirando a su superior.

- El paquete ha aparecido, sí, pero ¡no crean que su incompetencia quedará sin castigo! ¡He tenido que movilizar a quince patrullas de la policía local, amén de tres unidades de la Nacional, para encontrar mi coche! ¡Por Dios, si hasta se han movilizado tropas de la 2ª Mecanizada y el 3º de Reservistas! ¡Me habéis obligado a utilizar todos mis contactos castrenses, ¿sabéis lo que eso significa? ¡Ahora me pasaré lo que queda de año dando misas en honor a sus Santas Patronas! ¡¡¡Y gratis!!! Pero vuestro pecado no quedará impune, no señor. Yo he de hacer que no sea así. Ahora mismo vais a poneros el uniforme completo, sotana, clériman, bonete, estola, todos los complementos, TODOS!!! ¡Y a formar a ambos lados del pórtico de la Catedral, a bendecir, pero con los hisopos de plomo, hasta que se os caigan los brazos!

III.

paquete88Valverde, o mejor dicho, el Obispo de Teruel y Albarracín, a la sazón ex-jefe de seguridad del ex-arzobispo de Madrid Antonio María Rouco Varela, agitaba el brazo con denuedo para que el pesado hisopo salpicara gotas de bendición sobre los presentes.Ya llevaba una semana haciendo lo mismo, antes y después de cada misa, vestido con toda la parafernalia bajo un sol de justicia.

La suerte, en última instancia, les había favorecido. ¿Qué hubiése ocurrido si la policía, al hallar el vehículo cerca de la Cañada Real, no hubiese encontrado en su maletero el preciado paquete? ¡Gracias a Dios, nadie había tocado la caja de cartón llena de teselas azules con una diminuta Vírgen del Mar pintada primorosamente en cada una de ellas, y gracias a Su Misericordia, su ex-eminencia podía disfrutar de un agradable baño en su recién acabada piscina cubierta, desde la cual, y gracias a su pared acristalada, era probable que les estuviese observando en ese preciso momento!

Monseñor Valverde hizo un discreto saludo al ático de enfrente, se limpió el sudor y siguió agitando mecánicamente el frasco de agua bendita.

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