tilla

El león acojonado

leon1

Érase una vez un león que fue criado por un ratón. Si os extraña esto, no tratéis siquiera de entender las complejas relaciones de los seres unicelulares, o los moluscos. A veces se dan estas cosas, más en tiempos de penuria. Relaciones de necesidad.

Érase una vez un león que creció al amparo de una familia de ratones, en Ratonlandia (que no es Eurodisney, sino las cloacas y los lechos fluviales, y a veces alguna despensa), es decir, que aparte de lo constreñido de algunos espacios comunes y el hecho de tener garras del tamaño de cualquiera de sus familiares, y del instinto, pues no pasaba nada, todo iba debuti, la mar de bien... y sonaba música y bailaban, y todo eso.

Érase una vez (la última, que ya huele) un jóven león al que los ratones se le subían al lomo por miríadas, los cargaba encima, ellos se colgaban de sus greñas y recorría kilómetros y kilómetros, y así llegaban más lejos en sus correrías...  Era una simbiosis brutal, el león asustaba a una aldea entera lanzando sus rugidos y los ratones se ponían tifos. Se comían hasta el dinero, los cabrones. Era una ruina natural, y por eso los seguros no se hacían cargo. Los cabrones.

leon2Entonces se corrió la voz (siempre me ha gustado esa expresión, muy sugerente... la voz se corre, claro, siempre que puede) por los pueblos, condados, alquerías, pedanías, concejos, municipios, clubs de carretera, ayuntamientos, consejos de administración... etc, vamos, que se lió parda, todos los jerifaltes saltaban como sobre brasas y bramaban órdenes de caza y disecado. Andaba todo muy revuelto y la banda de los Lion Kings arrasaba en la city, por aquí y por allá, porque claro, eso era como si se presentan los de Greenpeace en Canarias con el Capitán Planeta, no había quien les hiciese frente. Y el león, al que los ratones llamaban "Línea 3" por el color, de un lado para otro causando estragos y favoreciendo la plaga de roedores que asolaba los territorios hasta donde el sol se ponía (un día de carrera de león). Claro, evidentemente, el león no había descubierto sus instintos más primordialmente salvajes y, al no haberse visto envuelto en ningúna orgía de sangre y vísceras (aún), se contentaba con un paquete de Kelloggs al día cuando se derrumbaba exhausto en medio de cualquier camino, momento en que se convertía en una mullida cama para cientos de agradecidos mustélidos. ¡Qué tiempos para los ratones, gloriosos, se zamparon cosechas enteras en un abrir y cerrar de boca! Hasta se fumaron las plantaciones de Altadis, o de quien fuera, y entonces el jerifalte máximo dijo: ¡Basta ya! ¡Combatiremos el fuego con fuego!

Bonita frase, diría Nerón, pero ¿cómo combatir a un león salvaje con un chaleco bomba de ratones? Había que andarse con cautela, además era muy esquivo y si le perseguían grupos de hombres armados se daba a la fuga y, como todo era campo (antes), les despistaba. Así se las gastaba, el fiera. Era el Curro Jiménez de la época, desaparecía como un ninja en la estepa y de repente ¡zas!, otro saqueo a las arcas municipales, otro palo al erario público, no se podía con él. Contrataron a mercenarios extranjeros ávidos de trofeos, hasta el rey participó en la cacería. Se pegaron más tiros, puñaladas, lanzadas y pedradas en una tarde que en los cien años anteriores, que habían sido un muermo. Solo hubo heridos del bando humano, claro, pues los ratones se escondieron (aunque su tasa de crecimiento desdeñaría unos cuantos miles de bajas) y el león atacó certeramente y se retiró con celeridad, a lo guerrillero. Era el Che Guevara de las alimañas. Su melena y su barba se fundían contra el cielo mientras corría entre las mieses. ¡Oh, cuántas leyendas inspiró su ríctus esforzado que le fruncía el morro, provocado por los putos ratones que le colgaban de los bigotes! Él, ajeno a todo, seguía a lo suyo, corriendo, asustando, cayendo rendido y comiendose los cereales sin leche ni nada.

leon6Pero un día, ¡oh, fatalidad!, un ratón, el más tonto sin duda de la camada, se le quedó dormido en la melena, y cuando el famélico felino dobló la testuz hacia el cuenco de los cereales se precipitó dentro. Todo ocurrió rápido, ¡crack! ¡crack! (mmm, he pillado algo duro) y un regustillo metálico que le puso las pupilas como discos de vinilo.
Al día siguiente, el león miraba de reojo a los ratones y se le llenaba la boca de saliva, no sabía porqué pero se moría de ganas de tirarles los dientes, sobre todo a uno en concreto que le colgaba del belfo. Pero como era un acojonado, se contenía. No obstante un ratón viejo, al ver su mirada sedienta de sangre, decidió emigrar con su familia a un molino cercano.  En las sucesivas correrías el león mostró un comportamiento esquivo y cenó mohíno y en silencio, mirando de reojo a los ratones parásitos que se mullían la almohada en el pelo  de su espalda. Se mascaba la tragedia.

Así que los ratones, que aunque lo digan los cuentos no son de asambleas (ni era el momento), crearon un comité secreto para combatir al león antes de que se les revirase. Sus miembros, una veintena de gordos ratones macho de dientes putrefactos, serían los encargados de roer el vientre, las pelotas, los ojos, orejas y hocico del león en un ataque coordinado y contundente. El resto simplemente se le echarían encima, hasta axfisiarle.

En un momento, todo estuvo decidido. Se establecieron turnos de vigilancia. Se decretó el toque de queda. Se empezó a dormir lejos del felino. Le ponían más cereales que de costumbre para cebarle. Le cantaban al oído canciones de ratón. Se hacían con él los guays.

Si nuestro protagonista hubiese sido más avispado, se habría olido algo, porque tanto baboseo y tanto rascarle el cuello era algo extraño y nuevo, pero ya hemos dicho que era un acojonado, y lo de que era un memo no lo hemos dicho, pero se presupone por su actitud hasta el momento. ¿Qué se le puede pedir a un león criado por ratones? Tenía una mente huidiza, una racionalidad irracional, y solo sabía obedecer a sus agudos grititos.

Le llevaron a una aldea abandonada, y allí fue la encerrona. Habían aparecido las mesnadas reales, al recibir el chivatazo, pero calfiicaron el evento de "baja peligrosidad" y se limitaron a rodear el lugar de lanzas y esperar. Quinientos ratones grises cargaron por el Este. Doscientos cincuenta ratones blancos, más pequeños, formaron una barricada en el Norte. Ratones de pueblos cercanos se unieron en una creciente oleada, caían como lemmings sobre el área de combate, y hasta los murciélagos hacían pasadas rasantes. El león saltaba y esquivaba como un poseso, pues el comando suicida al completo le colgaba del bajo vientre y roían con voracidad. Y dolía. ¡Cómo dolía!

leon4El dolor despertó a la bestia dormida, por fin se liberó del miedo, y se llevó por delante a todo Cristo viviente. No respetó. Fue devorando ratones y hombres por igual hasta las puertas del mismísimo palacio real, donde se pegó un festín con la guardia personal del monarca, sus sirvientes más prescindibles, las doncellas, los pajes, las sotas, los caballos y por fín llegó hasta el rey, que estaba rodeado de sus sirvientes menos prescindibles, es decir, su harén. Se las zampó una por una, haciendo movimientos de capoeira para que no se le escaparan y saltando de un lado a otro todo el rato, que ni se le veía. Había que pasar muchos años a base de corn flakes para entender tal voracidad. Era una máquina de matar y deglutir de media tonelada, pero con la mente de una sabandija. Era una plaga bíblica, en sí mismo.

Cuando por fin se quedó a solas con el rey, simplemente le señaló la corona con la zarpa. El rey se la quitó y se la ofreció al león, que se la puso y se sentó en el trono. Eructó. Gruñó. Le gustaba aquello. Se quedó dormido, por primera vez en su vida libre del peso de los ratones, y se murió a causa de la tremenda ingesta. El rey le quitó la corona y huyó por la comarca, asolada y llena de cadáveres. Ya no quedaba reino ni nada, y todo por la estupidez humana, la codicia ratonil y la furia de un león que pasó su vida acojonado y murió libre y rey.

Este cuento no se cuenta en ninguna parte porque no quedó nadie vivo. A mí me lo contó un anciano loco que llevaba una corona y bebía vino de cartón, una de esas madrugadas... y me parece que lo interpretaba Tom Hanks, creo, pero no me acuerdo, iba muy pedo. Él, yo un poco, pero bien.

Añadir comentarios

Gente en la conversación

  • Invitado - Bonifacio

    "Beber vino de cartón", qué bonita hipérbole. Calimocho de competición, con un ligero sabor a coca-cola. Acuérdate de mi padre, que rellenaba la botella de coñac Napoleón con Terry para dárselo a mi cuñado.

  • Invitado - William

    Al yerno, matarratas. Nosotros siempre nos conformaremos con un Charles House mezclado con Cola Jimmy...

lanochemasoscura