tilla

Negra noche

He  sentido algo resbalar por mi frente, algo viscoso y palpitante, frío, extraño... me he palpado el agujero del cráneo, ese que tengo desde que me di un golpe contra la verdad, ya que la embestí de pico. No sabía si la verdad escapaba de mi cabeza a borbotones, o si por el contrario esa extraña materia vascular, violácea, húmeda y grasosa era lo que me impedía comprender nada. Y la certeza de ambos límites me resultaba insoportable. Taponé como pude, con los dedos, con el puño de la camisa, luego corrí al baño y me apliqué toallas y compresas. Salí de casa corriendo con un improvisado vendaje, hecho con mi corbata. No tenía tiempo, no podía pensar.

Me he parado. Lo recuerdo. No se donde, hice una foto. No la he mirado. Me da miedo lo que pueda mostrar o sugerir. Luego hice algo en otro sitio, no se si subí a un auto, no conducía yo. Seguramente algo me gasté, y me falta una o dos cosas de la cartera. ¡Qué se yo, si la verdad se me escapa o no me cabe!

En mi desesperación acudí al vudú y al tantra, y al guiño cómplice al que me vendiese un poco de esa verdad. No había escapatoría en esa noche aciaga, era terrible ver desprenderse mi sesera por un agujero, como tentáculo fluctuante. Ya me llegaba al ojo, me la peinaba tras la oreja y sonreía disimulando. ¿Cómo comprendería la verdad si la perdía toda? ¿Qué sería de mí sin mas yo que una carcasa inflada de verdad?

Anduve en círculos cerrados un buen rato más, creando una ensaimada de cerebro. Creo que ya eran las tantas. En la undécima copa del quinto pino hice un receso, me senté como si nada y miré el carnaval. Dentro de poco habrá más música. Nunca hubo paz, sino el espejismo de una tregua. Ya me iba pisando el taloencéfalo, me lo lié todo como un turbante y llamé a un taxi. Pensé en escribirle un mensaje, un único y emotivo mensaje final. Aunque fuese y sonase a mentira.


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