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Un ligero gesto, apenas nada

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El pueblo, sostiene Salustio en su recuento de la guerra de Yugurta, era voluble, traicionero y dado a las rencillas; gustaba de lo novedoso y desdeñaba la paz y la tranquilidad.

La noche extendía su manto sobre aquel cúmulo de casas arracimadas en mitad del desierto. Pese a las miserias de la guerra, una guerra sangrienta y atroz que por el momento se combatía a centenares de kilómetros de allí, aquella era una noche festiva en la ciudad de Vaga, la capital de Numidia. Los dioses tenían que recibir las honras que merecían, y más en aquellas circunstancias tan terribles, por lo que durante toda la jornada se había escuchado música por las calles, se habían sucedido los desfiles y los discursos, y el vino había corrido a raudales. Al atardecer, todos los notables de la ciudad celebrarían opíparos banquetes, vaciarían sus ya desprovistas despensas, y abrirían las puertas de sus mansiones a sus amigos y seguidores. yugurta22Es más, incluso los legionarios romanos que componían la fuerza de ocupación de la ciudad habían sido invitados al evento. Todos ellos se repartieron despreocupadamente entre las casas de sus alegres anfitriones. Aquella iba a ser una noche para el recuerdo.

Y lo fue, sin duda. Lo fue incluso en la casucha de Dábar el tuerto, un tugurio infecto y estrecho situado junto a las murallas. Aquel día Dábar no había regresado de los campos. Posiblemente estaría beodo, tirado en alguna esquina después de haberse bebido el salario de toda la semana. Su esposa no paraba mientes en ello. Desgraciadamente, estaba acostumbrada. Y es que nadie en la casa de Dábar esperaba poder celebrar nada aquella velada festiva. Para empezar, no tenían con qué.

De improviso, un grito angustiado rasgó el tranquilo runrún de la vecindad. Se hizo el silencio. Todo el mundo contuvo el aliento, aterrado. Segundos después, otros chillidos comenzaron a sucederse aquí y allá. La gente subió a las azoteas para tratar de comprender el motivo. También lo hicieron la esposa de Dábar y sus dos hijos. La negrura de la noche era impenetrable, nadie sabía qué era lo que sucedía, hasta que, sin saber muy bien cómo, de casa en casa se difundió un ominoso rumor. Estaban matando a los romanos.

yugurta3Los hijos de Dábar, como muchos otros jóvenes de la vecindad, no se lo pensaron dos veces: hicieron acopio de piedras y tejas y se apostaron sobre la cornisa de la casa, con la funesta intención de descalabrar al primer romano que pasara por allá. Riendo, felices, como si aquello fuera un juego. Al fin y al cabo, todavía no habían cumplido diez años. Pero la esposa de Dábar estaba aterrada. Tras intentar sin éxito que sus muchachos entraran en casa, descendió ella, sin saber qué hacer, ansiando tan solo sumergirse en lo más profundo del lecho.
Pero entonces sucedió. La puerta de la casa se abrió despacio, chirriando, y por el hueco se coló una sombra menuda, gateando indecisa entre jadeos. Era una anciana, apenas cubierta con un manto desgarrado y mugriento sobre los hombros. Tras unos instantes alzó el rostro y clavó sus ojos aterrados sobre los de la dueña de la casa. Esta la reconoció de inmediato. Era la madre de Mucio, el prestamista del barrio. Dábar había tenido negocios con aquella familia en el pasado, antes de la guerra.

Ninguna de las mujeres dijo nada. Tan solo se escrutaron la una a la otra, graves. Entonces la vieja, reuniendo quizá sus últimas fuerzas, comenzó a gatear de nuevo y, casi arrastrándose, desapareció en la otra estancia de la casa. Apenas un segundo después, tres rufianes armados con palos irrumpieron en la vivienda. A ellos no les conocía la esposa de Dávar. Pero tampoco con ellos necesitó intercambiar palabra alguna. yugurta4Tan solo hizo un ligero gesto, apenas nada. Aquello bastó para que los perseguidores se abalanzaran hacia la otra habitación en pos de la anciana, la agarraran de los pelos y se la llevaran con ellos, entre patadas.

Aquella noche, en la ciudad de Vaga, todos los romanos que la poblaban, soldados o no, hombres, mujeres y niños, fueron asesinados. También murieron sus partidarios, sirvientes y esclavos. Unos días después, el rey Yugurta hacía su entrada triunfal en la que hasta unos meses atrás había sido su capital, y que ahora recuperaba gracias al exterminio de la guarnición romana. Sin que nadie, ni entonces ni ahora, terminara de entender de qué manera se había conseguido orquestar en secreto semejante genocidio. Ni por qué la matanza se había llevado a cabo con tanta saña en viviendas, calles y plazas.

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Una diosa en un carro

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Esta mañana de domingo, hojeado ya el periódico y hastiado de que en la radio los anuncios de las grandes compañías energéticas se intercalen con soflamas incendiarias, me da por recordar. Me da por recordar, pásmense ustedes, considérenme enfermo si quieren, me da por recordar lo sucedido en cierta ciudad griega, cuna, eso dicen, de la democracia, hace ya casi dos mil seiscientos años. En una mañana primaveral como esta, bajo un sol radiante pero que apenas llegaba a entibiar el ambiente, muy parecido al que se filtra hoy por mi ventana.

diosa3En aquella ciudad griega, la tensión se cortaba con un cuchillo. Unos años antes, valiéndose de las disensiones políticas y de las continuas pendencias callejeras, un tirano había conseguido hacerse con el poder por la fuerza de las armas. Había gobernado durante un tiempo, pero al final había sido derrocado. Se habían restablecido así las elecciones y las instituciones de antaño. Una vez más la gente volvía a elegir a sus gobernantes. Pero las antiguas disensiones no tardaron en reverdecer. Las distintas facciones tan solo trabajaban en su propio beneficio, los debates en la asamblea terminaron convirtiéndose en un mero intercambio de improperios, las argumentaciones, en eslóganes de tres palabras que hasta una cabra podía repetir. Y compartir. Muy pronto, la situación terminó enconándose tanto que ni siquiera podían elegirse magistrados que gobernaran la ciudad. No había acuerdos ni para eso.

Pero entonces, una mañana primaveral, una tropilla de heraldos irrumpió en las calles, gritando sin cesar: “¡Ciudadanos! ¡Acoged con propicia disposición a vuestro gobernante, a quien la propia Atenea, honrándolo más que a hombre alguno, repatría!”. Al oír aquello, la gente abandonó sus hogares y se arremolinó en las calles, expectante. Por un momento, las discusiones en la asamblea, en las tiendas y en las plazas cesaron, y todo el mundo contuvo el aliento.

Y entonces, como salida de ninguna parte, apareció en las puertas de la ciudad la mencionada Atenea. Era una mujer rubia, extraordinariamente alta y notoriamente hermosa. Vestía armadura y un singular casco empenachado, y sostenía entre sus manos su escudo y su enorme lanza. Avanzaba en un carro, soberbia, sosteniéndose sin aparente esfuerzo mientras el auriga apenas lograba refrenar el brío de los corceles. Y junto al carro, con una sonrisita altanera en los labios, marchaba, solemne, el tirano destronado. El tirano que regresaba a casa.

diosa2¡Pero si es él!, se escuchó exclamar a alguien entre la concurrencia. ¡Pues claro que es él!, le contestó, irritado, quien se encontraba a su lado. Pero ¿cómo se atreve a volver? Esta ciudad ya no es la de entonces ¡Le van a destrozar! Un runrún alarmado y desafiante recorrió la multitud congregada mientras el carro, la diosa, el auriga y el hombre que desfilaba junto a ellos penetraban por las puertas de la ciudad, sin encontrar oposición.

¡Qué desfachatez! ¡Nadie le quiere ya por aquí!

¡Los tiempos han cambiado! ¡Y ahora no tiene soldados que le apoyen, y sin ellos no es nadie! ¿Pero qué se habrá creído?

La pequeña comitiva alcanzó la Vía Sacra, y por ella continuó su recorrido, camino de la Acrópolis. Los cascos de los caballos, el traqueteo del carro y el repiqueteo de la armadura de la diosa apenas resultaban audibles entre unos murmullos que poco a poco se iban convirtiendo en un verdadero clamor. Unos centenares de metros más allá, alguien gritó un improperio desde una ventana. Como si de una señal se tratara, desde las casas aledañas arreció una lluvia de inmundicias sobre los integrantes del cortejo. Algo que parecían heces humanas cayó a los pies de los caballos. Pero estos ni se inmutaron, pues nada se interponía a su avance.

¿En serio pretende que nos traguemos lo de Atenea? ¡Pero si a esa tracia la conocemos todos! ¡Si vende flores en el ágora todos los viernes! Masculló entre dientes un anciano que asomaba por una bocacalle. ¡Imbécil, no es esa, esa es mucho más bajita! Le espetó con desprecio su acompañante. ¡Esta se vende a sí misma en el Cerámico, y muy barata! A lo que el esclavo que iba con ellos no pudo sino menear la cabeza, atónito. ¿Y esta es la famosa sabiduría de los griegos? ¿Plantifican una armadura y un casco sobre una mujerona y ya la quieren hacer pasar por diosa?

diosa4Nadie se lo va a creer, barruntaban algunos.

Nadie lo permitirá, sostenían otros.

Todas las facciones se unirán para expulsarle de nuevo, profetizó un entendido.

Los gestos de desdén se alternaban con sonrisitas de desprecio, las muecas abochornadas con no pocos ademanes iracundos. A aquellas alturas, el griterío se había hecho ya ensordecedor.

Pero nadie se interpuso al paso del carro, del auriga, de la diosa que no era diosa, ni de su complacido acompañante, aquel viejo conocido de los habitantes de la ciudad. Odiado por todos, puede. Pero allí estaba.

Y gobernó con mano de hierro aquella ciudad durante los treinta años siguientes, sin que nadie moviera un dedo para evitarlo. Hasta que murió, anciano, en su lecho.

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Todopoderoso Zeus

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Hoy cantaré a Zeus, arranca uno de los célebres himnos homéricos; el más grande e importante de los dioses, su soberano, cuyas tonantes palabras se escuchan en la lejanía, el que todo lo puede. Hoy, en efecto, cantaré a Zeus.

La canción de Zeus es la del retoño repudiado que se termina revelando contra el maltrato del padre. La canción de un progenitor, Cronos, al que se le había vaticinado que uno de sus hijos terminaría quitándole la vida, por lo que había decidido devorarlos, uno a uno. La de una madre, Gea, que ocultó al más zeus2pequeño de sus bebés, renunciando a su cercanía para esconderle en el rincón más recóndito de una húmeda cueva cretense, a fin de protegerle. La canción de un joven dios que, criado entre mortales y ninfas, alcanzó el vigor suficiente para derrotar al padre enloquecido y arrebatarle el trono olímpico. Liberando, de paso a todas las demás deidades del estómago inmortal.

La canción de Zeus es también la del viril caudillo que encabezó la sangrienta lucha contra los titanes. Pavoroso resonaba el negro mar, relata Hesíodo, y la tierra retumbaba con estrépito hasta el tenebroso Tártaro, pues Zeus no contenía su ira y lanzaba sin cesar sus rayos, haciendo que el mundo estallara en llamas y el Océano hirviera en torno a sus enemigos. Trescientas rocas del tamaño de montañas lanzó contra ellos, sepultándolos al instante. Uno de los titanes, pese a todo, escapó, consiguió emboscarse y, con la mayor de las perfidias, le cortó a traición los tendones de las corvas, haciéndole caer de hinojos. Se hizo el silencio, el Universo contuvo el aliento. Pero, entre los más atroces sufrimientos, el divino padre volvió a alzarse y, entonces sí, su cólera fue terrible. La tierra entera ardió bajo sus rayos, y el felón entre los felones, el monstruoso Tifón, pereció derritiéndose entre aullidos.

La canción de Zeus es la del juez severo cuya autoridad ordena el Cosmos. El rey, el padre, pueden mostrarse benevolentes, pero el árbitro del mundo no puede serlo, pues un solo desliz y el universo se hundiría en el caos. Ni siquiera Prometeo, que tan solo quería socorrer a la desvalida humanidad, pues tan noble afán y no otro había sido el que le había llevado a robar a los dioses el fuego celestial, pudo escapar a su castigo. Un padre le hubiera perdonado, un rey le hubiera otorgado su gracia, pero el sabio y ecuánime Zeus no pudo, no quiso, y no lo hizo. Prometeo recibió el más ejemplar de los castigos. Fue encadenado en lo más alto de un precipicio, en la cordillera del Tártaro, y Zeus envió un águila para devorarle el hígado. Pero, por voluntad de su divino juez, el hígado de Prometeo se regeneraba cada noche, alargando así el tormento. Es más, anzeus3tes de que se ejecutara la pena, Zeus había modelado una mujer con arcilla, la había llamado Pandora, y la había colocado junto a Prometeo, sabedor de que este se enamoraría perdidamente de ella. Así Prometeo recordaría durante su suplicio eterno que había sido ella, su amada, quien había desatado, ante sus propias narices y sin que él hubiera podido hacer nada, todos los males de la humanidad a la que él mismo había pretendido salvar. Así los demás hombres comprenderían que no se podía desafiar las leyes universales.

La canción de Zeus es, en fin, una sinfonía. Una sinfonía con distintos movimientos que, de alguna manera misteriosa, enternecedoramente humana, miserablemente humana, se acompasan.

La canción de Zeus culmina en un único verso, compuesto por un bardo ciego: “Sal sin hacer ruido, que viene Hera, que no te vea”. Tetis, la más bella de las ninfas, se había colado en su alcoba. Para ganarse el favor de Zeus hacia su hijo Aquiles, se había abrazado a sus rodillas, se había sentado en su regazo, le había acariciado la barba, le había susurrado palabras tiernas muy cerca del oído. Pero entonces Zeus había escuchado aproximarse a su esposa Hera. Y el padre de los dioses, el matador de titanes, el juez supremo, no había podido evitar encogerse y, con un hilillo de voz, pronunciar las consabidas palabras. Sal sin hacer ruido, que viene Hera, que no te vea.

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