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Filantropía

filantropia1

Imaginemos una cala, poco antes del amanecer. Justo en ese momento en el que algo nos dice que ya pronto comenzará a clarear. Me refiero a una cala de belleza salvaje y olores dulzones, rodeada de acantilados verticales azotados por las olas, de aguas profundas y una estrecha bocana a través de la que, cuando salga el sol, se vislumbrará un retazo de mar. Por el momento tan solo se intuye el horizonte, pues esta noche no hay luna ni estrellas. Las nubes las tapan. Y el viento no deja de bramar. La tarde anterior aquella estrecha cala había parecido un buen sitio para fondear y esperar a que pasara la inminente tormenta, pero durante la noche el viento ha cambiado y la Tramontana ha comenzado a soplar desde el norte, colándose directamente por la bocana y convirtiendo el lugar en una mortal ratonera. La nave que allí aguarda orza peligrosamente, pugnando por liberarse de las anclas y estrellarse contra los bajíos arenosos de la ensenada. Las ligaduras que amarran la tablazón van saltando una tras otra con lúgubres chasquidos, como el de un tendón que se parte. La mayor parte de la tripulación ha abandonado ya el barco, pero el capitán, haciendo girar entre las manos su viejo casco de bronce, valioso e inútil cacharro en una situación como aquella, vacila antes de saltar por la borda. Terminará haciéndolo. Nos encontramos en la cala Sant Vicenç, al norte de la isla de Mallorca. Nos encontramos a finales del siglo VI a.C., hace ya más, pues, de 2500 años.

filatropia2Aquel barco acabó hundiéndose a apenas unos metros de la costa. En un lugar, por cierto, en el que con el paso de los siglos decenas de naves de mayor o menos tamaño terminarían cayendo en idéntica trampa. En aquella ocasión, en todo caso, el naufragio hubo de ser una auténtica desgracia. Ignoramos qué fue de sus tripulantes, pero hemos de figurárnoslos mojados y en shock, aguardando el amanecer desde las rocas de la orilla. Preguntándose cómo salir de aquella cala, dónde encontrar ayuda en una isla poblada por bárbaros, y qué es lo que los dioses les tendrían deparado antes de lograr regresar a casa. O quizá no, acaso tan solo pudieran pensar en cosas más prosaicas, como qué sería lo que desayunarían aquella mañana, o qué habría sido del chiquillo encargado de limpiar el barco, el hijo del capitán, al que nadie había vuelto a ver desde la catástrofe.

Sí sabemos, empero, algunas cosas sobre el barco, pues, gracias a su hundimiento tan cercano a la costa, la arqueología subacuática ha podido estudiarlo a placer. Sabemos que era una nave grande para la época y para aquellas costas, con una eslora de más de veinte metros y una capacidad de carga rayana en las treinta toneladas. Sabemos que se trataba de un buque griego, llegado a las Baleares después de reabastecerse en el sur de Italia, y que seguramente tenía por destino las costas valencianas. Y sabemos que, en el momento de su hundimiento, viajaba cargado hasta los topes de valiosas mercancías.

Nos llama la atención, de hecho, su cargamento. Vino itálico transportado en ánforas, en cientos de ánforas, cuidadosamente apiladas para no desestabilizar la nave. Un pequeño alijo de lingotes de estaño, acaso fruto de los intercambios ya liquidados en el Mediterráneo Central. Y, por último, doce fardos, cada uno con una docena de picos y azadas de hierro recién fabricados. Ahí es nada.

filatropia3Ahí es nada porque, recordemos, estamos hablando de finales del siglo VI a.C. De una época en la que la metalurgia del hierro aún no está demasiado extendida por tierras ibéricas, una época de agricultura de subsistencia y tierras que no han sido todavía roturadas; una época en la que en un pequeño castillo de las montañas de Denia comienza a pisarse la uva por vez primera en territorio ibérico, y en la que los jefes de un puñado de ciudades dispersas (o lo que podemos llamar ciudades, para entendernos, aunque en realidad no lo eran) trataba de controlar las idas y venidas de unas gentes que nada tenían y nada necesitaban, y que por ende poco querían tener que ver con todo aquello; una época en la que el hambre mataba más que las guerras o la avaricia.

Pues bien, es a ese mundo al que nuestros esforzados marinos griegos se habían afanado por llegar. Arriesgando sus vidas, y perdiéndolas quizás, para llevar hasta aquellas tierras centenar y medio de herramientas de labranza. Herramientas para los siervos, y vino para sus señores.

Aquellas herramientas no llegaron, claro está, pero otras muchas sí que lo hicieron. Y también las técnicas para fabricarlas en grandes cantidades. Con el tiempo, al cabo apenas de un siglo, la metalurgia del hierro se extendió, los campos pudieron roturarse y ponerse en cultivo, proliferaron la vid y el olivo, y el levante peninsular no tardó en convertirse en una próspera zona exportadora de productos agrícolas. Las ciudades crecieron, se poblaron de almacenes y se rodearon de imponentes fortificaciones erizadas de torres. filantropia4Y los jefes que en ellas residían se convirtieron en distinguidos aristócratas, en venturosos potentados que nunca, nunca perdieron el gusto por el vino itálico. Por el vino, por las vajillas, por los adornos de bronce, por la poesía, por Homero.

Y así, borrachos y felices, generación tras generación de aristócratas rio a carcajadas bajo los efluvios del alcohol desde lo alto de sus murallas, mientras las naves griegas, y luego las púnicas, desembarcaban en la playa más y más vino. Más y más herramientas. Y a cambio, porque un barco no navega bien si regresa con la bodega vacía, estivaban aceite y trigo, lino y esparto, y todo lo que producían aquellas tierras feraces. Atestaban las naves con centenares, miles de muchachos que habrían de servir de carne de cañón en un sinfín de guerras a miles de kilómetros de allí; con muchachas que servirían de carne de alcoba por todo el Mediterráneo. Los llenaban con la preciada plata de Sierra Morena, y con el hierro que manaba sin parar de aquellas tierras, y que acaso sería el mismo que, convenientemente trabajado, volvería a Occidente convertido en azadas.

Ya lo dijo el proverbio. Regala un pescado a un hombre, y lo alimentarás durante un día. Enséñale a pescar, y será tuyo para siempre.

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La barbarie no se cura

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Platón agradecía a los dioses, según se cuenta, el haber nacido griego en vez de bárbaro, varón y no mujer, y libre en lugar de esclavo. Esta es la leyenda de unas mujeres bárbaras que viajaban cautivas en un barco. Nos la cuenta Heródoto, pero sucedió mucho tiempo antes de que el padre de la Historia acometiera su colosal crónica. Sucedió cuando el mundo era joven, Grecia andaba en mantillas y el Mar Negro aún no había recibido su nombre.

barbarie2Surcaba el Mar Negro una nave desvencijada, la última de la flotilla helena que había acudido a aquel rincón del mundo escoltando a Heracles en su búsqueda del cinturón de Hipólita, reina de las amazonas. Se cuenta que el héroe tuvo que emplearse a fondo, pero que finalmente logró arrebatar el trofeo del talle de su difunta portadora. Nadie sabe con certeza qué sucedió durante aquel viaje. Acaso Heracles, el viejo héroe, ni siquiera existiera, perdóneseme la blasfemia. Pero lo que es seguro es que los griegos que lo acompañaban, que sostenían que lo acompañaban, pillaron y saquearon a placer en las costas meridionales del Mar Negro, y emprendieron el retorno a su patria con las naves repletas de tesoros. Mas, como siempre sucede en las grandes aventuras, no todos los expedicionarios consiguieron regresar al hogar.

Y es que los trofeos apilados en el vientre de la última nave no eran trípodes de bronce ni sedas asiáticas, relucientes armaduras o coronas de esmeraldas; eran mujeres maniatadas y amordazadas, y por lo demás desnudas. Amazonas, decían sus captores, asesinas de hombres. Bestias con aspecto de fémina. Asalvajadas, en fin, pero jóvenes y hermosas. Y peligrosas. Acaso alguna de las ligaduras estuviera suelta, quizá una de ellas logró tentar con su carne lasciva a algún desprevenido soldado, pero de repente todos los tripulantes helenos se vieron chapoteando entre la espuma de las olas, y la nave comenzó a desviarse de su rumbo, alejándose del resto de la escuadra sin que nadie más se apercibiera. Las cautivas se habían hecho con el buque.

Ninguna mujer sabe pilotar un barco. Menos aún las amazonas, incultas, de naturaleza bárbara y bestiales instintos. Pero, tras sufrimientos sin cuento sobre un mar cambiante, cuenta Heródoto que un viento favorable, nacido del más puro azar, terminó por arrastrar aquel buque a la deriva hacia el norte, haciéndolo encallar en unas tierras ignotas. Tierras agrestes, esteparias, por las que los griegos tardarían siglos en aventurarse.

barbarie3Los escitas locales, de hecho, pronto tuvieron noticia de la llegada de aquellos extraños seres que, malolientes, vapuleados y en cueros, habían invadido las fronteras de su territorio. Y enviaron una expedición contra ellos. Pero pronto descubrieron que se trataba de mujeres, y bellas por añadidura, por lo que cesaron en sus ataques. Además, ellas se habían apoderado de una manada de caballos salvajes, de los caballos indómitos que pacían por aquellas tierras y que nunca antes nadie había conseguido amaestrar, seguramente porque se requería una naturaleza embrutecida como la de las recién llegadas para entenderse con semejantes bestias. El caso es que, a lomos de aquellos pencos, las mujeres habían repelido cada una de las acometidas escitas. Así que estas cesaron. En su lugar, los escitas optaron por otro tipo de acercamiento. Seleccionaron a unos cuantos jóvenes, los más gallardos de la tribu, y los enviaron al lugar que las mujeres habían elegido para guarecerse, con orden de plantar sus tiendas en las inmediaciones y mantenerse a la expectativa.

Así lo hicieron. Y sucedió lo que tenía que suceder. Los modales y el donaire de los escitas, sus joyas y ceñidos leotardos estampados, terminaron por impresionar a las hembras. Una tarde, cuando una de ellas recogía agua desprevenida a orillas de un riachuelo, uno de los jóvenes la descubrió y saltó sobre ella. La mujer se resistió al principio con uñas y dientes, gritó y golpeó, pero sus compañeras estaban lejos y su agresor actuaba con resolución. Mas lo que al principio era una violación terminó convirtiéndose, cuenta Heródoto, en un encuentro amoroso. Un encuentro que se repetiría una y otra vez, un encuentro que otros jóvenes de ambos pueblos imitarían, y que terminaría sirviendo de acicate para que finalmente amazonas y jóvenes escitas unieran sus campamentos y se enlazaran en un sinfín de relaciones duraderas. De amazonas y escitas surgiría, así lo quiere la leyenda que oyó nuestro historiador de cabecera, el linaje sármata.

barbarie4Pero la barbarie en el corazón de aquellas mujeres nunca terminó de curarse. Nos lo refiere Heródoto extrañado, quizá asqueado. Lo imaginamos con el entrecejo fruncido y un gesto de desdén. Parece ser que, aunque los escitas no lograron aprender la monstruosa lengua de las hembras, ellas sí dominaron pronto el idioma local. Y que, unos meses después de aquella primera unión, los jóvenes varones, de común acuerdo y siguiendo las indicaciones originales de sus jefes tribales, propusieron a las amazonas acabar con aquella insólita situación, levantar el campamento y regresar al poblado escita, donde sus familias las acogerían debidamente, las cubrirían de regalos y las educarían hasta convertirlas en verdaderas mujeres. En mujeres debidamente civilizadas. En esposas.

La barbarie, sostenía Heródoto, la barbarie nunca llega a curarse. Porque, ante tan generosa y sublime oferta, las amazonas se limitaron a enarcar una ceja, encogerse de hombros, e indicar a sus jóvenes consortes, a los jóvenes que se decían sus consortes, el camino de regreso a su aldea.

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Escrito en piedra

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Esta noche quiero hablarles de una de las inscripciones más sorprendentes de cuantas nos ha legado la Antigüedad: la piedra de Behistún. Grabada a finales del siglo VI a.C. en la pared de un acantilado, al oeste del actual Estado de Irán, reproduce un mismo texto en tres lenguas diferentes: persa, babilonio y elamita. Desde el camino que discurre a los pies de la montaña, un centenar de metros más abajo, los caracteres resultan de todo punto ilegibles. Y ello pese a su colosal tamaño. La inscripción de Behistún cubre, pásmense, casi cuatrocientos metros cuadrados de pared rocosa.

piedra2El epígrafe tiene su importancia para los historiadores. Gracias a él, y gracias a la miseria que empujó a un pilluelo local a escalar el vertiginoso acantilado para calcar al carboncillo la inscripción a cambio de unas monedas, sir Henry Rawlinson, un militar británico destacado en la zona para adiestrar a las tropas del sah de Persia, pudo desentrañar hace casi doscientos años los secretos de la escritura cuneiforme. Descifrando, de una sola tacada, el persa antiguo, el babilonio y el elamita. La piedra de Rosetta, no me cabe duda, envejecería arrumbada en el rincón más polvoriento del Museo Británico si Rawlinson y sus secuaces hubieran podido requisar tan extraordinario monumento para traérselo consigo a Europa. Pero no se pudo, era demasiado grande.

Pero es que además la pared de Behistún nos cuenta una historia extraordinaria. Y lo hace por triplicado, en los diversos idiomas de las gentes que por aquel entonces transitaban entre Babilonia y Ecbatana. Para que todo el mundo se enterase de lo ocurrido.

piedra3La inscripción narra el ascenso al trono de Darío I el Grande. Sí, el mismo monarca que pretendió someter a los griegos, y cuyas huestes se estrellaron contra un muro de valientes hoplitas en las llanuras de Maratón. Pero esa es otra historia, y aún no había sucedido cuando se labró esta piedra. El acantilado de Behistún nos habla, en cambio, de la muerte de Ciro el Grande, el segundo con ese nombre, rey de Persia. Nos describe cómo, meses antes de morir, Ciro había repartido el Imperio entre sus dos hijos, Cambises y Esmerdis, encomendando la parte occidental a Cambises, el pequeño, y la oriental a Esmerdis, el primogénito. Este último había quedado en Ecbatana, afanándose en organizar la inagotable burocracia imperial, mientras que Cambises había partido al frente de los ejércitos a la conquista de Egipto. Llevando consigo como “portador de la lanza” a Darío, el joven vástago de un insignificante gobernador local; lejanamente emparentado, eso decía él, con la familia imperial aqueménida.

La campaña fue sumamente propicia para Cambises, que sometió con toda facilidad a las huestes del faraón Ahmose y se convirtió en dueño y señor del país del Nilo. Ítem más, al poco de comenzar la campaña, Cambises se enteró de que su padre Ciro había muerto a manos de la reina Tomiris de los masagetas; y de que, siguiendo las instrucciones precisas que el propio Cambises había dictado a sus adláteres en la corte de Ecbatana, el príncipe Esmerdis, su hermano mayor, había sido asesinado sin tener la oportunidad siquiera de reclamar el trono. Cambises II se convertía, pues, él solo, en el nuevo rey de Persia. Ciro, su “portador de la lanza”, fue el primero en felicitarle.

Pero el relato de la piedra de Behistún continúa. Poco tiempo después, Cambises II recibió nuevas noticias de Ecbatana. Esmerdis había sido coronado. No el propio Esmerdis, evidentemente, sino más bien un malvado mago llamado Gaumata que había recurrido a sus artes diabólicas para hacerse pasar por el príncipe asesinado, ascendiendo así al trono. Cambises no se lo pensó dos veces. Reunió a un pequeño grupo de guardaespaldas, los más veloces de entre sus jinetes, y partió al galope hacia Ecbatana, no sin antes brindar con Darío, su fiel Darío, por el éxito de la empresa.

piedra4No llegó muy lejos. Al parecer Cambises, presa de los remordimientos por haber ordenado el asesinato de su hermano, o acaso afectado por algún encantamiento que el mago Gaumata le hubiera lanzado desde Ecbatana, enfermó al poco de emprender el viaje, perdió la cabeza y terminó poniendo fin a su propia vida ante la impotencia de sus aterrorizados escoltas.

Darío no quería el poder. Pero los batallones persas desplegados en Egipto le escogieron espontáneamente para vengar la muerte de Cambises. Al frente del ejército expedicionario persa, Darío recorrió media Asia y cayó sobe Ecbatana, donde capturó y ajustició con sus propias manos al impostor Gaumata, cuyos encantamientos, en efecto, le habían tornado idéntico, absolutamente idéntico, al añorado príncipe Esmerdis. Sobre el cadáver de Gaumata se apilaron, antes de que cayera la noche, los de toda su guardia personal, los de buena parte de los magistrados y funcionarios de Ecbatana, y los de la madre, las hermanas y la esposa de Esmerdis, culpables de no haber sabido identificar al impostor que se había hecho pasar por el príncipe legítimo; que se había hecho pasar, con asombrosa eficacia, por su hermano, su hijo y su marido. Reparado así el honor de la dinastía Aqueménida, Darío I fue proclamado, con toda justicia y para el bien del Imperio, nuevo rey de Persia.

Es esta una historia extraordinaria, no me digan ustedes lo contrario. Y, pese a lo que alguna mente retorcida, filogriega sin duda, pudiera llegar a pensar, es una historia totalmente verídica. Una inscripción de cuatrocientos metros cuadrados que alguien se molestó en tallar en lo alto de un acantilado en plena meseta iraní ha de ser verídica a la fuerza.

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