gcardiel

Himnos

anquises1

A veces, solo a veces, el mundo resplandece.

Contaba el Bardo que, cierta mañana, las hijas de Céleo y Metanira, los altivos señores de Eleusis, bajaron a recoger agua de la fuente y se toparon con una anciana que tomaba el fresco a la sombra, apoyada en el brocal. La vieja iba sucia y harapienta, y el sol del camino había curtido su ya ajada tez. Tenía la mirada ausente, triste. Pero algo brillaba en su interior. Las muchachas lo percibieron, supieron de inmediato que la desconocida era alguien especial, y no tardaron en asediarla con inocentes sonrisas y sinceras caricias. Ella se dejó querer. Nada les dijo sobre su pasado, pero sí que buscaba trabajo para no morir de hambre y soledad.anquises2 Y las doncellas la llevaron a su casa, donde un bebé, el heredero de Eleusis y hermano de todas ellas, acababa de venir al mundo. Metanira, la madre, acogió con reservas a la recién llegada, pero por una vez confió en el criterio de sus entusiasmadas hijas. Y así la misteriosa anciana pudo instalarse en palacio. 

Pasaron los meses. El niño, Demofonte, se criaba radiante y lozano. Tanto que su madre ni siquiera se preocupó cuando el pequeño comenzó a rechazar sus pechos: imaginó que su vieja aya lo habría entregado al regazo de alguna nodriza del pueblo. Sus gorgoritos y muecas llenaban la casa de alegría. Y no dejaba de crecer. Florecía hermoso, sorprendentemente hermoso. Pese a todo, algo nublaba el ánimo de Metanira. Había algo raro en su niño. Por eso, comenzó a no quitarle ojo. Una noche, la madre, desvelada, se deslizó silenciosa hacia los aposentos del crío. No le encontró, ni tampoco a la anciana, allí no había nadie. Pero unas extrañas luces se filtraban por la ventana. Asomándose, la señora de Eleusis no pudo reprimir un grito de terror. Una hoguera ardía en mitad del patio, y su niño estaba dentro. La enigmática anciana permanecía al lado del fuego, con una sonrisa.

Cuando todos los habitantes de palacio se precipitaron fuera, oportunamente pertrechados de cubos de agua y con las espadas desnudas para cebarse sobre la vieja, lo único que encontraron fue al niño tumbado sobre las losas de mármol, llorando pero totalmente ileso. Su anciana nana había desaparecido, y no había rastro de la hoguera. Pero por primera vez en mucho tiempo hacía frío, mucho frío, en Eleusis.

Tanto frío hizo durante años en aquel reino que, cuando tiempo después una criada de palacio enfermó y aseguró entre delirios que aquellos salones habían acogido a la diosa Démeter, y que esta, desgarrada por la pérdida de su propia hija a manos del lúgubre Hades, había volcado sus cariños de madre y su magia divina sobre el pequeño Demofoonte, más de uno la creyó. anquises3Quizá fuera verdad, quizá solo el ensueño de una moribunda. En todo caso, ya era tarde. La anciana nunca volvió a aparecer por allí. Y Demofoonte siguió creciendo, sí, pero durante toda su vida su corazón se vio turbado por un misterioso anhelo. Un anhelo que nunca fue capaz de verbalizar.

Mejor suerte, solía añadir nuestro Bardo en sus historias, corrió el joven Anquises. Anquises era un pastor del monte Ida, aún mancebo. Nunca había descendido de aquellos intrincados montes, mas su tierno atractivo era ya célebre en toda la comarca. Pues bien, aquel día Anquises se había quedado en el aprisco, tocando la lira para entretenerse, mientras sus compañeros ascendían a los pastos para atender a las rollizas vacas del señor del lugar. Fue entonces, a media tarde, cuando entre los cercados apareció una muchacha. Olía a nardo desde la distancia, y llegaba acompañada de varios perros, que la seguían mansamente sin enredarse entre sus pies. Pero aquello no era lo más sorprendente. Caminaba engalanada como una señora, cargada de joyas y costosos ropajes, y sus cabellos flotaban con el aire de la montaña. Nunca antes se había visto a una mujer así por aquellos lares. Pero, sobre todo, era hermosa. El sol se había quedado tan prendado de su figura que todo lo demás parecía empalidecer a su paso. Tenía una belleza tal que, en cuanto la joven entró en una de las cabañas de pastores y le lanzó una mirada para que la siguiera, a Anquises se le nubló el entendimiento.

En cuanto el pastor penetró por aquella puerta desvencijada, todo se hizo confuso. La joven le aguardaba ya desnuda. Pero era difícil seguirla. Tan pronto parecía estar recostada en el jergón, mirándolo sonriente, como se la encontraba tirando de él hacia la cama, o incluso ya fundida con él en un ardiente, ávido abrazo. anquises4En la angostura del chamizo, todo fueron caricias desordenadas, besos, sudor, fragancia, algún mordisco, ni un solo ruido. Anquises no sabía muy bien lo que pasaba, pero por un momento, eufórico, se sintió un dios.

Mas enseguida todo aquello terminó. Y, para su sorpresa, la desconocida no se arrebujó en sus brazos adormecida, sino que de inmediato se incorporó, sin mirarlo siquiera, y comenzó a vestirse. Y entonces, por primera vez, la vio. La vio de verdad, no como antes. Y se le cortó la respiración. La muchacha era tan alta que, al levantarse, se había dado con la cabeza en el techo. Y era hermosa, sí, pero su hermosura no reflejaba la luz del sol, como había creído allá afuera, sino que la emitía. Iluminaba la cabaña entera. Acababa de copular con una diosa. Y sabía que aquello no estaba permitido por las leyes humanas y divinas. Que, para un mortal como él, aquel atrevimiento equivalía a haber sellado un destino que no podía por menos de ser trágico.

Sus instintos, su educación, su cerebro, todo le apremió a salir corriendo de allí, o bien a arrojarse a los pies de la terrible, tramposa y tentadora divinidad, implorando su clemencia. Pero, en vez de ello, no pudo por menos de extender una mano y acariciar, con ternura, una última vez, la mano de la diosa cuando esta ya se disponía a marcharse. Aquel extraño encuentro había merecido la pena. La bella y caprichosa Afrodita sintió la caricia, se volvió y, cuando contempló al todavía confuso efebo, comprendió y apreció el gesto. Quizás con él pudiera hacerse una excepción. Y Afrodita se desvistió y volvió a meterse en la cálida cama. El nacimiento de Eneas, el rapto de Helena, la ira de Aquiles, la destrucción de Troya, la fundación de Roma, el Imperio, todo aquello podía esperar. Anquises merecía la pena, y se estaba bien en aquella cabaña.

Porque a veces el mundo resplandece, y casi nunca nos damos cuenta. Solo algunos afortunados tienen los ojos abiertos, y saben apreciarlo cuando sucede.

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