gcardiel

El viaje

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Inicié mi singladura desde las Columnas de Heracles, rumbo a Occidente, hacia lo más profundo del mar Océano. Viajaba con viento a favor, con la mejor tripulación, con la bodega repleta de víveres y armas, y sin otro fin que mi hambre de conocimiento. Nadie sabía qué había al extremo del mundo. Yo lo descubriría.

El sol se puso, amaneció, y volvió a desaparecer. Pero al alba del segundo día el astro regresó junto con un repentino viento huracanado que se enredó en nuestras velas. Los mástiles crujieron, el casco bramó, pero el piloto aseguró que era imposible luchar contra semejante tormenta y que tan solo cabía dejarse llevar, y yo no me atreví a contradecirle. La nave escalaba penosamente cada ola y se zambullía después en el abismo, solo para resurgir después, tras unos instantes de incertidumbre, sobre el dorso de una nueva onda. Hasta que, en un momento dado, cuando nuestro buque sobrepasó raudo la cresta de una gigantesca ola, ya no cayó. El vendaval se embolsó en las lonas, los cabos se tensaron, todo el maderamen viaje12gimió como un monstruo herido, pero el barco se elevó sobre las aguas, empujado por el viento. Y así continuamos navegando, cada vez más alto, sobre el océano, sin control sobre nuestra nave, durante más de dos meses.

Arribamos, al fin, a una gran isla de arena blanca. Treinta de nosotros permanecieron de guardia en la nave, y los otros veinte se internaron conmigo en aquel nuevo continente inexplorado. Inexplorado para nosotros, pero no ignoto, pues no habíamos caminado mucho cuando, sobre una roca, en caracteres griegos ya muy borrosos, encontramos una inscripción en la que no pudimos dejar de reparar: “Heracles y Dioniso estuvieron aquí”. Mientras la examinábamos, nos abordaron unos extraños hombres, que al punto bautizamos “cabalgabuitres”, pues llegaron cada uno a lomos de una de estas aves, que al parecer tenían amaestradas. Ellos se decían selenitas. Nos contaron por señas, pues no entendíamos sus gruñidos, que andaban a la gresca con los habitantes del Sol en una guerra interminable en la que ni unos ni otros conseguían imponerse, pero que con mi ayuda y con la de mis cincuenta hombres correrían mejor suerte. Yo, desde luego, me negué. No habíamos viajado hasta allí para eso. Además, ninguno de mis marinos se atrevería a cabalgar sobre uno de aquellos mostrencos alados, y menos hasta el Sol, que debía de estar todavía más lejos que la isla blanca a la que el viento nos había arrastrado, y que comenzaba a sospechar cuál era. Dejando a los cabalgabuitres con la palabra en la boca, continuamos nuestro camino por aquella extraña playa.

viaje13Unos cuantos estadios más allá, la arena dio paso a las praderas, blancas también ellas, pero al poco se abrió ante nosotros un valle recoleto extraordinariamente frondoso. En torno al río crecían unas misteriosas plantas que no dejaban de mecerse, pese a que no corría la más leve brisa. Al acercarnos, no obstante, comprendimos por qué. No eran plantas, o no lo eran del todo. Como auténticas Dafnes en el momento en el que Apolo las apresaba, los seres con los que nos topamos eran mitad vegetal, mitad humanos. Nacían de la tierra mediante nudosos y negros troncos, que se iban retorciendo hasta que, como por ensalmo, se ensanchaban dando paso a la cintura y al tronco de bellísimas hembras en la flor de la edad, desnudas y fragantes. De entre sus cabellos brotaban, entrelazadas, hojas de parra, y de las puntas de sus dedos surgían unos hermosísimos pámpanos. Las doncellas nos llamaron sensuales nombres, y nos besaron en los labios. Sus besos embriagaban. Varios de mis compañeros se abandonaron a sus caricias, pero antes de comprender qué es lo que sucedía se vieron enredados entre las ramas de aquellos seres y se convirtieron ellos mismos, poco a poco, en vegetales. Algunos aullaban asustados. Otros abrazaron contentos, o incluso ávidos, aquella sensual muerte.

- Para, para, para. ¿Se puede saber qué nos estás leyendo?

viaje14El torrente de palabras se detuvo, y Luciano de Samósata miró en torno a sí, desorientado, confundido. A él desde el principio aquella historia le había parecido una genialidad, y le gustaba más cada vez que la leía. No podía entender que su distinguido público, aquel cónclave de aristócratas atenienses medio ebrios con ínfulas de intelectuales, no apreciaran su última obra.

- Es un viaje a la Luna. Bueno, no está dicho explícitamente, pero yo creo que se entiende, a poco que uno escuche con atención.
Silencio.
- ¿Nos estás insultando?

Nuevo silencio, más tenso y prolongado.

- ¿Prestáis crédito a Ctesias de Cnido, a Apolodoro, a ni sé cuántos más, que se las dan de grandes eruditos cuando no cuentan más que patrañas, y no entendéis que…?

Pero Luciano cesó en su airada réplica al reparar en que ya nadie le hacía caso. Unas meretrices que se decían (quién sabe si ellas mismas se lo creerían) bailarinas acababan de entrar en la sala. El cómico agarró sus papiros, agachó la cabeza, dio un disgustado suspiro, y salió de allí. El verdadero despropósito había sido tratar de leer aquello ante aquel público. Pero estaba convencido de que su viaje a la Luna era bueno. Seguro que, a alguien, en algún momento, le interesaría oír hablar de un viaje así.

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